Empieza el Mundial 2026 de Canadá, Estados Unidos y México. Una cita siempre especial porque se celebra cada cuatro años. es el torneo deportivo más seguido del planeta y una oportunidad para la unión y comunión entre personas del mismo país, que por el fútbol son capaces de dejar sus diferencias a un lado durante al menos un mes.
Pero el Mundial que Gianni Infantino prometió como el más inclusivo de la historia arranca rodeado de polémicas y situaciones vergonzosas. Detenciones en aeropuertos, visas denegadas a periodistas y delegaciones enteras, precios de entradas que han llegado a rozar los dos millones de dólares en reventa, y un modelo televisivo que convertirá cada partido en algo parecido a un show de la NFL.
El debate global en los días previos no ha tenido casi nada que ver con el fútbol... La situación migratoria de Estados Unidos, los excesos organizativos de la FIFA y la mercantilización de un deporte que cada vez se parece más a un producto de consumo masivo son los elementos que merece la pena señalar antes de olvidarse de todo y ver a la Selección Española hacernos soñar por la segunda estrella.
La frontera más hostil del mundo para un torneo "global"
Antes de que arrancara la competición, Amnistía Internacional y más de 120 organizaciones de derechos civiles y humanos emitieron una advertencia formal de viaje para el Mundial FIFA 2026 en Estados Unidos, alertando a aficionados, jugadores y periodistas sobre un "aumento del autoritarismo y de la violencia" bajo las políticas migratorias de Donald Trump. No era una advertencia casual; en los días previos al pitazo inaugural, los hechos la fueron confirmando uno tras otro.

Un estudio de la BBC con datos del Departamento de Estado reveló que la tasa de rechazo de visas para ciudadanos de 11 de los 48 países clasificados para el Mundial superaba el 40 %. Entre los afectados, aficionados que ya tenían sus entradas compradas y que vieron cómo su sueño mundialista se disolvía frente a un ventanillo consular. La Orden Ejecutiva 14161 incluye excepciones específicas para deportistas, entrenadores, árbitros y personal técnico acreditado, pero la medida no contempla exenciones para los aficionados de las naciones afectadas. Dicho de otro modo: los jugadores pueden entrar, pero sus propios seguidores, no.
El caso más sonado es, evidentemente, el de Irán. Según la televisión estatal del país, el bloqueo administrativo dejó en el limbo a 14 integrantes de la delegación oficial iraní, entre los que figuran el secretario general de la federación y el vicepresidente, lo que impidió de forma directa su presencia en las sedes de Los Ángeles y Seattle. La selección tuvo que preparar parte del torneo desde México, usando Tijuana como base de entrenamiento, en una imagen que resume con crueldad la paradoja del evento. Irán pidió a la FIFA intervenir, pero el organismo, fiel a su costumbre, miró hacia otro lado.
La selección de Irak tampoco se libró. El delantero Aymen Hussein, una de sus principales figuras, estuvo retenido cerca de siete horas en el aeropuerto O'Hare de Chicago antes de recibir autorización para entrar al país. El fotógrafo oficial del equipo, Talal Salah, no corrió la misma suerte al ser detenido más de diez horas y recibió una negativa definitiva tras una revisión de seguridad. El delantero suizo Breel Embolo, por su parte, no pudo abordar su vuelo por una condena judicial antigua y tuvo que tramitar una visa de emergencia.
Asimismo, la Asociación Internacional de Prensa Deportiva (AIPS) envió una carta formal a la FIFA para denunciar que un número considerable de periodistas iraníes y de varios países africanos vieron rechazadas sus solicitudes de visado, calificando la situación como un "problema antiguo e inaceptable". Entre las restricciones se incluía la emisión de visados de una sola entrada.
Y, para colmo, Estados Unidos convive con una crisis de violencia armada sin parangón en ningún otro país desarrollado. Recibir a millones de aficionados del mundo en un país donde el acceso a armas de asalto es un derecho constitucional genera escalofríos. El contraste entre el discurso de fraternidad universal que vende la FIFA y la realidad de las fronteras, los centros de detención y los rechazos arbitrarios en los aeropuertos resulta difícil de ignorar. La misma potencia que firma como anfitrión del torneo es la que mantiene una de las fronteras más militarizadas del planeta, junto con México, uno de los otros dos países sede.
El Mundial de fútbol más grande y caro de la historia
Más allá de la política migratoria, el Mundial 2026 tiene otra cara igualmente incómoda: la de los excesos. El torneo de 2026 es el más grande en la historia del fútbol, con 48 selecciones, 16 más que en las últimas siete ediciones del campeonato, y un calendario que incluye 104 partidos en total. Más equipos, más partidos, más ciudades, más días de competición. Todo más. Excepto, quizás, la calidad media de los encuentros, que con semejante ampliación de participantes inevitablemente diluye el nivel de la fase de grupos.
Y luego están los precios. Según The Economist, el Mundial 2026 es el evento cultural más caro de la historia en términos de acceso para el público. Las entradas para la final en el MetLife Stadium de Nueva Jersey llegaron oficialmente hasta 32.970 dólares, mientras que en reventa se han visto precios superiores a los dos millones. Incluso Donald Trump admitió que no pagaría esos precios.

La organización de aficionados Football Supporters Europe (FSE) calificó la estructura de precios de "abusiva" y de "traición monumental", y presentó en marzo una demanda ante la Comisión Europea contra la FIFA por los precios que considera excesivos. La FIFA respondió con el argumento de que los precios reflejan el mercado estadounidense y que una tarifa baja solo dispararía la reventa. Infantino llegó a decir que si alguien pone una entrada a dos millones de dólares en reventa, eso no significa que las entradas cuesten dos millones. El razonamiento no convence a nadie.
Un aficionado que quiera seguir a su selección a lo largo de la fase de grupos tendrá que pagar entre 190 y 600 euros por partido, entre 580 y 1.200 euros por los cuartos de final, y entre 3.600 y 7.400 euros por la final. Eso sin contar vuelos, alojamiento ni manutención en ciudades como Nueva York, Los Ángeles o Boston. Algunos aficionados ya han adoptado estrategias defensivas, como hospedarse a 45 minutos o una hora de las sedes, alquilar coches y combinar hoteles con Airbnb, fijando presupuestos de alrededor de 75 dólares por persona y noche. La promesa del Mundial más inclusivo se ha esfumado rápidamente.
Fútbol con pausas publicitarias: bienvenidos al modelo americano
Si las polémicas sobre visas y precios resultan incómodas, el tercer factor es la publicidad. La FIFA introducirá por primera vez pausas comerciales dentro de los partidos del Mundial 2026. El organismo autorizó a las cadenas de televisión a emitir anuncios durante las pausas de hidratación obligatorias que se realizarán en cada mitad de los encuentros. Cada partido tendrá dos pausas de tres minutos, una en cada tiempo, que se activarán aproximadamente en el minuto 22 de cada periodo.
La justificación oficial es el calor porque las sedes del torneo presentan condiciones climáticas exigentes y los jugadores necesitan hidratarse. Es cierto, pero la coincidencia entre esa necesidad médica y el negocio publicitario resulta demasiado conveniente para ignorarla. La medida será obligatoria en los 104 partidos del torneo, lo que convierte cada encuentro en una dinámica similar a cuatro cuartos en lugar de dos tiempos continuos, y acerca el fútbol a modelos de transmisión típicos de deportes estadounidenses como la NFL y la NBA, donde los tiempos muertos y las pausas comerciales forman parte central del espectáculo televisivo.

Eso sí, la publicidad debe iniciarse al menos 20 segundos después de que el árbitro detenga el juego y finalizar mínimo 30 segundos antes de la reanudación, lo que deja un espacio comercial efectivo de cerca de dos minutos y diez segundos por pausa. Con al menos 208 interrupciones oficiales durante el campeonato, si cada pausa ofrece alrededor de dos minutos de publicidad efectiva, el torneo podría sumar más de siete horas de espacio comercial adicional dentro de los propios partidos.
El impacto económico de todo esto es descomunal. Según un informe de WARC Media, el Mundial de 2026 inyectará alrededor de 10.500 millones de dólares en el mercado publicitario global, una cifra que supera ligeramente la inversión registrada en Qatar 2022, aunque sigue por debajo de los 12.600 millones alcanzados en el Mundial de Rusia 2018. Si se cumplen las previsiones, el Mundial de 2026 podría impulsar el PIB global en hasta 40.900 millones de dólares.
Hay que tener en cuenta también que los aficionados ya no consumen contenido únicamente a través de la televisión, sino que interactúan con marcas a través de múltiples plataformas digitales, redes sociales, experiencias de marca y contenido generado por creadores. Ello explica que la FIFA haya firmado acuerdos con TikTok y YouTube para retransmitir momentos clave del torneo.
Lo que está claro es que el llamado "efecto Mundial", que se supone que actúa como acelerador automático del gasto publicitario global, parece haberse diluido frente a la realidad de un mercado más complejo.



