Hay santos cuya historia parece sacada de una novela de aventuras, y San Onofre es uno de ellos. Hijo de un rey —abisinio o egipcio, según la tradición—, fue arrojado al fuego siendo un bebé por orden de su propio padre, instigado por el diablo, y salió ileso. Ese comienzo extraordinario marca el tono de toda una vida. Cada 12 de junio, el santoral católico recuerda a este anacoreta que renunció al trono para vivir solo en el desierto durante más de sesenta años.
Conocer la historia de San Onofre es, también, entender algo sobre la fascinación humana por el retiro voluntario del mundo. En España, el nombre Onofre lo llevan hoy apenas unos 1.500 hombres, casi todos ellos con más de sesenta años, muchos bautizados el propio día de su onomástica. Un dato pequeño que dice mucho sobre cómo los santos han dado nombre a generaciones enteras.
San Onofre: el príncipe que eligió el desierto
Según el relato hagiográfico que ha llegado hasta nosotros, San Onofre creció en un monasterio de la región de la Tebaida, en el Alto Egipto, cerca de la actual Luxor. De adulto, inspirado por el ejemplo de profetas como Elías y Juan el Bautista, decidió abandonar la comunidad y adentrarse en el desierto para vivir como ermitaño. Una luz, que la tradición identifica con su ángel de la guarda, le condujo en la oscuridad hasta una cueva donde un anciano ermitaño le recibió y le instruyó durante algún tiempo.
La vida de San Onofre en el desierto era de una austeridad extrema: comía dátiles y bebía agua, su único vestido eran sus propios cabellos y unas hierbas secas entretejidas a modo de faldón. Un ángel le llevaba pan y agua cada tarde, y la Eucaristía los sábados y domingos. No es un cuento medieval: este relato se conserva en el Martirologio Romano y la Iglesia Ortodoxa Copta también lo venera como uno de sus grandes modelos ascéticos.
San Onofre y Pafnucio: el encuentro que lo contó todo
La única fuente que tenemos sobre San Onofre es el relato del abad San Onofre y la crónica de Pafnucio, el monje asceta que lo encontró por casualidad en el desierto. Pafnucio llevaba semanas caminando sin rumbo fijo, buscando a los grandes ermitaños de Egipto, cuando topó con una figura de aspecto aterrador: un hombre cubierto de pelo blanco de pies a cabeza, con la barba hasta el suelo, que le dijo sin inmutarse: «Sígueme, que yo estoy con Dios». Era San Onofre.
El anciano relató su historia al visitante, y pocas horas después murió. Pafnucio lo enterró junto a una palmera y, según la tradición, unos leones mansos le ayudaron en esa tarea. Inmediatamente, la fuente de agua cercana se secó y la cueva se derrumbó. Era el año 400. Sin ese encuentro fortuito, la historia de San Onofre se habría perdido para siempre.
Los patronazgos más curiosos de San Onofre
San Onofre acumula un repertorio de patronazgos que sorprende por su variedad. Es patrón de los tejedores, de los desempleados, de los viudos y de quienes buscan casa propia. También se le invoca para encontrar marido —en Sicilia existía una letanía que las jóvenes solteras rezaban de rodillas—, y popularmente se le considera protector de la castidad y de quienes piden una buena muerte. Esa amplitud es rara incluso dentro del santoral.
La explicación está, probablemente, en la radicalidad de su renuncia: un hombre que lo tuvo todo y lo dejó todo genera una devoción que se proyecta sobre necesidades muy distintas. En España, la ermita de Sant Onofre en Badalona —construida en 1498 por los monjes de Sant Jeroni de la Murtra— y la de Palau-Saverdera en el Cap de Creus son testimonio de que San Onofre tuvo un culto vivo en la Corona de Aragón durante siglos.
Cómo se representa a San Onofre
La imagen del ermitaño piloso
La iconografía de San Onofre es inconfundible. Se le representa como un anciano de largas barbas y cabellos que cubren todo su cuerpo como si fuera un manto de piel, acompañado de una palmera —la que marcaba su ermita— y de una corona y un cetro tirados a sus pies, símbolo del poder terrenal que rechazó. A veces aparece junto a Pafnucio, que lleva un libro abierto representando el relato que escribió.
La conexión con el arte medieval
En la Edad Media, San Onofre fue un tema muy recurrente en retablos y miniaturas. Su figura conectaba visualmente con la de San Juan Bautista y la de María Magdalena penitente: santos que habitaban los márgenes del mundo civilizado y cuya humanidad desnuda resultaba a la vez perturbadora y esperanzadora. El culto a San Onofre floreció especialmente en los territorios de influencia italiana y aragonesa, donde los eremitorios rupestres tenían una larga tradición.
Qué significa San Onofre en 2026
Celebrar a San Onofre hoy tiene más vigencia de lo que parece. En un mundo donde la hiperconectividad es la norma, la figura de alguien que elige el silencio radical —no como fracaso, sino como vocación— interpela de un modo nuevo. No se trata de imitar al ermitaño del desierto, sino de reconocer que la necesidad de soledad y de desconexión es tan antigua como el ser humano, y que la tradición espiritual lleva siglos tomándola en serio.
La historia de San Onofre y Pafnucio también nos recuerda que detrás de cada testimonio espiritual hay alguien que se tomó la molestia de escribirlo. Sin Pafnucio no hay Onofre. Esa cadena de memoria es lo que convierte una vida solitaria en herencia colectiva, y es, en el fondo, lo que hace que hoy, 12 de junio, sigamos hablando de un ermitaño del siglo IV que eligió vivir solo bajo una palmera en el desierto de Egipto.






