Mortal Kombat II es puro entretenimiento sangriento con un patético y genial Karl Urban

La nueva Mortal Kombat II apuesta por más sangre, más fidelidad al videojuego y un Johnny Cage vulnerable y carismático para corregir el rumbo del reboot de 2021.

La secuela de Mortal Kombat llega este 8 de mayo a los cines con la presión de corregir el rumbo de una franquicia que, pese a su éxito comercial, no terminaba de encontrar una identidad cinematográfica clara. Mortal Kombat II responde a esa exigencia abrazando sin complejos el exceso, la literalidad del videojuego y una capa de autoconsciencia que, por momentos, roza la parodia.

El resultado es una película que entiende mejor a su público y al material de origen, aunque siga atrapada en las limitaciones de un cine de franquicia diseñado ante todo para satisfacer a la base de fans. Pero sus casi dos horas de duración no se hacen pesadas, y eso es un plus en los oscuros tiempos que corren.

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Más sangre, más bromas y menos contención

Si algo define a esta segunda entrega es su decisión de llevar al extremo aquello que el reboot de 2021 solo insinuaba: la violencia gráfica. La secuela redobla la apuesta con desmembramientos, cráneos partidos, chorros de sangre y fatalities recreados con una fidelidad que roza lo fetichista. Aunque debo decir que eché de menos alguna columna vertebral arrancada como en los títulos de NetherRealm Studios; sobre todo viendo a Karl Urban en pantalla, que nos ha malacostumbrado a la violencia extremísima y cuasicómica de The Boys.

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Pero, en comparación con el anterior producto, sí que reconozco que las peleas son más sangrientas, las apuestas más altas y la puesta en escena más contundente que en la primera película, con coreografías que buscan replicar en imagen real la fisicidad exagerada del juego.

Las secuencias de combate son el gran argumento de Mortal Kombat II. Simon McQuoid encuentra aquí un tono más decidido: la cámara se recrea en los impactos, los escenarios remiten de forma directa a niveles icónicos —como el guiño al escenario 'The Dead Pool'— y los efectos visuales asumen el artificio sin aspirar a una verosimilitud imposible. Es cine de acción que no teme parecer digital porque asume su condición de traslación literal de un videojuego.

Esa honestidad visual tiene el coste de que la película vive y muere en función de sus peleas. Cada vez que el relato se detiene para explicar motivaciones, reglas del torneo o geopolítica fantástica de reinos y dimensiones, pierde el interés por completo. Eso sí, Jeremy Slater introduce un cambio de enfoque en el guion; en lugar de insistir en Cole Young como protagonista —un personaje ajeno a la saga de videojuegos que ya generó desconexión en el reboot—, desplaza el foco dramático hacia Johnny Cage y Kitana.

Johnny Cage y Kitana, el alma entre las vísceras

Y es que la incorporación de Karl Urban como Johnny Cage es el movimiento más inteligente de la secuela. Urban interpreta a un actor de acción noventero, pasado de moda y ligeramente patético que ve cómo su carrera se desmorona justo cuando se le ofrece formar parte de un torneo que podría redefinir su lugar en el mundo. No es el Cage omnipotente de algunas entregas del juego, sino una estrella de capa caída que parte de la vulnerabilidad, lo que le permite un arco de redención más claro y agradecido.

Cage aporta una mezcla de comedia meta y carisma físico que eleva las escenas en las que participa, hasta el punto de convertirse en el verdadero motor dramático junto a Kitana. Adeline Rudolph construye a una protagonista femenina marcada por la venganza y el peso de la herencia, una hija adoptiva de Shao Kahn que se mueve entre lealtades fracturadas y secretos del torneo. Entre ambos personajes se articula el intento de la película de ofrecer algo más que golpes y guiños.

Kitana Mortal Kombat 2
Kitana en Mortal Kombat 2 | Fuente: Warner Bros.

No quiero olvidarme de la secuencia de Cage contra Baraka, uno de los momentos más destacados del metraje que condensa las virtudes del filme: una coreografía clara, un uso juguetón del gore y un protagonista que combina acción física con chascarrillos. Aquí la película nos da, sencillamente, una buena escena de acción con personajes por los que es posible sentir cierto apego.

Es verdad que el humor referencial puede cansar un poco, aunque yo siempre lo agradezco en este tipo de propuestas. Hay constantes guiños verbales a franquicias como John WickEl señor de los anillos o Harry Potter —propiedades del mismo conglomerado de Warner— que acaban resultando más un recordatorio de catálogo que otra cosa, rompiendo a ratos la inmersión, aunque es una cinta ideal para ello. El filme funciona mejor cuando el fan service se dirige al universo Mortal Kombat, con líneas de diálogo icónicas como el "Get over here!" de Scorpion o el "It's show time" de Cage.

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En cualquier caso, las adaptaciones de videojuegos al cine arrastran décadas de resultados irregulares, cuando no directamente desastrosos. Mortal Kombat II no es desastrosa, simplemente es la película que deberíamos haber tenido la primera vez. Una mejora clara respecto al reboot de 2021 en casi todos los apartados clave.

No te equivoques: es una película para fans del juego (que, por cierto, se ha confirmado una nueva entrega) o de sus personajes, con momentos pensados para el humor y una estructura dirigida a la acumulación de set pieces más que a cualquier aspiración dramática ambiciosa. En ese sentido, la cinta ofrece exactamente lo que su núcleo de público viene buscando desde hace décadas y que otros intentos de adaptación no habían logrado consolidar. Es Mortal Kombat en pantalla grande, y eso no puede estar mal.