El fotógrafo aguarda inmóvil junto al géiser, con el objetivo fijo en la boca humeante. De repente, una columna de agua y vapor se alza hasta los 56 metros de altura: Old Faithful ha cumplido su cita, la misma que repite cada noventa minutos desde hace siglos. La escena se repite año tras año en Yellowstone, pero no es un espectáculo exclusivo de este parque: concentra la fascinación que empuja a decenas de millones de personas a recorrer los parques nacionales de Estados Unidos, un mosaico de paisajes que contiene desde bosques lluviosos milenarios hasta cañones que desnudan la historia de la Tierra.
En 2024, según los registros del Servicio de Parques Nacionales (NPS, por sus siglas en inglés), diez parques nacionales concentraron la mayor afluencia de visitantes. Algunos son clásicos del imaginario colectivo; otros, tesoros escondidos a las puertas de grandes ciudades. Todos comparten una capacidad de asombro que trasciende la postal. Este recorrido por los diez más visitados propone una lectura en clave científica y geológica: cada uno de ellos esconde un relato sobre la formación de los continentes, la evolución de la vida o la fragilidad de los ecosistemas.
La fiebre de los parques nacionáles
La red de parques nacionales estadounidense, que en 2024 superó los 320 millones de visitas totales, tiene su origen en la ley de 1872 que declaró Yellowstone como «un parque público para el beneficio y disfrute del pueblo». Aquel gesto pionero dio paso a un sistema que hoy atesora 63 parques, además de monumentos, reservas y vías paisajísticas. Pero la popularidad no se reparte por igual: apenas un puñado de espacios reciben la mitad de los visitantes. Esta concentración responde a una mezcla de accesibilidad, fama mediática y singularidad geológica, un cóctel que convierte a estos diez enclaves en auténticos fenómenos de masas.
Great Smoky Mountains: el reino de la salamandra
Ningún otro parque nacional atrae a tanta gente como el de las Grandes Montañas Humeantes, en la frontera entre Tennessee y Carolina del Norte. En 2024 superó los 12,9 millones de visitantes, una cifra que multiplica por tres la del segundo clasificado. La razón principal es su ubicación: a menos de un día en coche para más de la mitad de la población del este de Estados Unidos. Pero quienes solo esperan frondosos bosques se llevan una sorpresa aún mayor.

La Gran Cordillera Humeante es una de las zonas de mayor biodiversidad del hemisferio norte templado. Alberga más de 30 especies de salamandras, una variedad que le ha valido el sobrenombre de «la capital mundial de las salamandras». Los biólogos del parque documentan periódicamente nuevas especies de invertebrados, hongos y líquenes en un territorio que sirvió de refugio para muchas especies durante las glaciaciones del Pleistoceno. Esta antigüedad geológica —las montañas se formaron hace entre 200 y 300 millones de años— ha permitido que evolucionen linajes endémicos únicos. La humedad constante, atrapada por la vegetación y la orientación de las laderas, crea un microclima que favorece la proliferación de musgos, helechos y una explosión cromática en otoño.
A pesar del gentío, el bosque conserva rincones de calma profunda. En las cotas más altas, el abeto de Fraser —especie amenazada por un insecto invasor— se aferra a cumbres azotadas por el viento. Caminar por el sendero de los Apalaches, que cruza el parque durante 114 kilómetros, permite experimentar la misma sensación de inmensidad forestal que conocieron los cherokee, quienes llamaban a estas montañas «Shaconage», el lugar del humo azul.
Grand Canyon: el gran libro de la geología
El segundo puesto corresponde al Gran Cañón, con 4,7 millones de visitantes en 2024. La cifra apenas araña la magnitud del desfiladero: una herida de 446 kilómetros de largo y hasta 1.800 metros de profundidad que expone las tripas del planeta. Cada capa de roca, desde el esquisto Vishnu del Precámbrico hasta la caliza Kaibab del Pérmico, narra un capítulo distinto de la historia terrestre, con fósiles de organismos marinos que atestiguan la presencia de antiguos mares hoy desaparecidos.
La comunidad científica debate aún la edad exacta del cañón: algunos investigadores sostienen que la incisión principal del río Colorado comenzó hace unos seis millones de años, mientras que otros defienden un origen mucho más antiguo, que podría remontarse a los 70 millones de años. Lo cierto es que el agua sigue esculpiendo la roca a un ritmo casi imperceptible, arrastrando sedimentos que terminan depositados en el delta del golfo de California. Desde el borde sur, sobre todo al amanecer, el cañón se comporta como un anfiteatro de luz cambiante que obliga a los geólogos y a los viajeros a la misma reverencia silenciosa.
Zion: cañones de arenisca y bosques colgantes
Con 4,6 millones de visitantes en 2024, el parque nacional de Zion, en Utah, se ha consolidado como el tercer espacio más frecuentado del país. Su atractivo radica en la verticalidad de sus cañones de arenisca Navajo, modelados durante millones de años por el río Virgin. El Narrows y Angels Landing, dos de sus rutas más icónicas, ofrecen una experiencia casi cenobítica: avanzar por el lecho estrecho de un cañón flanqueado por paredes de mil metros de altura produce una sensación de escala difícil de reproducir en ningún otro lugar.
Zion es también un laboratorio de ecología vertical. La diferencia de altitud entre el fondo del valle y las cimas supera los 1.500 metros, lo que genera una zonación de hábitats comparable a la que se observa al viajar desde el desierto de Sonora hasta los bosques canadienses. En el camino asoman águilas reales, venados bura y, si hay suerte, el borrego cimarrón del desierto. Los manantiales colgantes, alimentados por la filtración del agua a través de la roca porosa, crean oasis de helechos y musgos que desafían la aridez de los acantilados circundantes.

Yellowstone: el volcán que respira bajo los pies
Fue el primer parque nacional del mundo y el cuarto más visitado en 2024, con 4,5 millones de entradas. Pero más que un espacio protegido, Yellowstone es un inmenso campo termal activo alimentado por un supervolcán cuyo magma asciende desde decenas de kilómetros de profundidad. El parque contiene más del 60 % de los géiseres del planeta; Old Faithful es solo el más célebre de un catálogo de más de 10.000 chimeneas hidrotermales que incluye fuentes termales, fumarolas y ollas de barro burbujeante.
El suelo tiembla con frecuencia —el Observatorio Vulcanológico de Yellowstone registra entre 1.500 y 2.500 sismos al año—, recordatorio de que la caldera sigue viva. La última gran erupción ocurrió hace 631.000 años y no hay indicios de una catástrofe inminente, pero el sistema geotérmico regala espectáculos cotidianos: Grand Prismatic Spring despliega una paleta de colores creada por bacterias termófilas que prosperan en aguas casi en ebullición. Alrededor de este corazón ardiente vagan bisontes, osos grizzly y lobos reintroducidos en los años noventa, en uno de los experimentos ecológicos más exitosos de la historia contemporánea.
Yosemite: la catedral de granito
Los 3,9 millones de visitantes que llegaron a Yosemite en 2024 acudieron atraídos por el perfil inconfundible del Capitán y el Half Dome, pero el parque es mucho más que un catálogo de paredes para escaladores. Sus valles y cúpulas de granito son el resultado de la acción glaciar durante el Pleistoceno, cuando lenguas de hielo de hasta 1.200 metros de espesor limaron las aristas de la roca y crearon un paisaje de U que explica la verticalidad de sus cascadas. Yosemite Falls, con 739 metros de caída escalonada, es la más alta de Norteamérica.
El naturalista escocés John Muir, cuyo activismo fue clave para la protección del parque en 1890, dejó escrito:
«En cada paseo con la naturaleza uno recibe mucho más de lo que busca.»
Muir encontró en Yosemite una suerte de santuario que hoy comparten excursionistas, geólogos y artistas. Las secuoyas gigantes del bosque de Mariposa, algunas con más de 2.000 años de edad, añaden una capa de asombro biológico a un lugar donde el tiempo parece medirse en eras geológicas y no en calendarios humanos.
Rocky Mountain: el techo de Estados Unidos
Con 4,1 millones de visitantes en 2024, el parque nacional de las Montañas Rocosas, en Colorado, es el más alto del sistema: su cima, Longs Peak, alcanza los 4.346 metros. La altitud define la experiencia: la vegetación cambia de densos bosques de coníferas a tundra alpina en apenas unos cientos de metros de desnivel, un ecotono que alberga especies adaptadas a condiciones extremas como la marmota de vientre amarillo o el pika americano, un pequeño lagomorfo que se ha convertido en indicador del calentamiento global.
El paisaje está esculpido por glaciares, aunque hoy quedan menos de una decena de ellos, remanentes de la última glaciación. Las morrenas y los circos glaciares pintan una topografía que los montañeros recorren en busca de lagos de origen glaciar, como el Dream Lake o el Sky Pond, cuyas aguas cristalinas reflejan los picos. La carretera Trail Ridge Road, que cruza el parque a más de 3.700 metros de altitud, permite acceder sin esfuerzo a panorámicas de alta montaña normalmente reservadas a los alpinistas.
Acadia: el embate del Atlántico
En la costa de Maine, las olas del Atlántico golpean formaciones rocosas que cuentan una historia de erosión de millones de años. Acadia, con 3,9 millones de visitantes en 2024, debe su fama a enclaves como Thunder Hole, una cueva donde el agua se dispara a más de 12 metros de altura con un estruendo que retumba como un trueno. La isla Mount Desert, núcleo del parque, es un mosaico de acantilados, playas de cantos rodados y bosques de abetos y píceas que cambian de color con cada estación.

Los guijarros redondeados de las playas son obra de miles de años de oleaje incansable, y los acantilados muestran las huellas de antiguos glaciares que hace 18.000 años arrastraban bloques de granito como si fueran guijarros. La roca rosa de granito, que domina el paisaje, es la misma que se empleó para construir el puente de Brooklyn y otros monumentos de la costa este. La red de senderos, que incluye los carriage roads construidos por John D. Rockefeller Jr., invita a perderse en un entorno donde el bosque y el océano se abrazan sin mediación.
Grand Teton: la cordillera que nació de un tirón
Con 3,4 millones de visitantes en 2024, Grand Teton debe su espectacularidad a un origen geológico relativamente reciente y violento: la cordillera se elevó hace menos de diez millones de años a lo largo de una falla normal que, en algunos puntos, ha desplazado los bloques de roca más de 9.000 metros. Esta juventud tectónica explica sus aristas afiladas y la ausencia de estribaciones: las cumbres brotan directamente del valle de Jackson Hole, un contraste que deja sin aliento.
Los lagos glaciares —Jenny, Jackson, Leigh— actúan como espejos de los picos, y en sus orillas pastan alces y bisontes. El parque es también un aula de geología al aire libre: las rocas sedimentarias que lo rodean contienen fósiles marinos del Paleozoico, prueba de que esta región fue fondo de un mar interior hace más de 500 millones de años. En invierno, las temperaturas pueden desplomarse hasta los -53 °C, pero cuando el verano derrite la nieve, la vida estalla con una intensidad que recuerda la fragilidad de los ecosistemas de alta montaña.
Olympic: tres mundos en un solo parque
La península Olímpica, en el estado de Washington, encierra en sus 3.700 kilómetros cuadrados una variedad de paisajes que ningún otro parque nacional estadounidense puede igualar: playas del Pacífico con farallones y pozas intermareales, bosques lluviosos templados tapizados de musgos, y cumbres glaciares que rozan los 2.400 metros. En 2024, 2,9 millones de personas recorrieron esta triple frontera ecológica.
El bosque de Hoh Rain Forest recibe entre 3.500 y 4.200 milímetros de lluvia al año, una humedad que convierte cada árbol en un jardín vertical de líquenes, musgos y helechos. En la costa, las mareas descubren estrellas de mar, anémonas y erizos en un hábitat que fluctúa cada seis horas. Y en las cumbres, el marmota olímpica —una especie endémica que solo vive en estas montañas— silba de madriguera en madriguera mientras los glaciares, en retroceso desde hace décadas, exhiben grietas de hielo azul que delatan su lento pero inexorable deshielo.
Cuyahoga Valley: el parque urbano que renace
A solo 24 kilómetros del centro de Cleveland, Ohio, Cuyahoga Valley cierra la lista con 2,8 millones de visitantes en 2024. No hay grandes desfiladeros ni cumbres sobrecogedoras, pero el parque atesora un valor distinto: la restauración ecológica de un río que en los años sesenta ardía en llamas por la contaminación industrial. El incendio del Cuyahoga en 1969 se convirtió en un símbolo del deterioro ambiental y fue uno de los catalizadores de la creación de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos.
Hoy, el río serpentea entre profundas gargantas excavadas por antiguos glaciares, escoltado por bosques de arces y robles que recuperan terreno. Los humedales vuelven a filtrar el agua, y la fauna —castores, garzas azules, ciervos de cola blanca— regresa a un paisaje que hace medio siglo se daba por perdido. Cuyahoga Valley demuestra que la popularidad de un parque nacional no siempre depende de la espectacularidad geológica, sino también de la capacidad de un ecosistema para resurgir donde parecía imposible.




