Una lengua de fuego anaranjado rasga el cielo nocturno de Florida y, durante unos segundos, la noche se convierte en día. Son las 00:35 del 2 de abril de 2026 —hora peninsular española— cuando el cohete más potente jamás construido por la NASA, el Space Launch System, se despega de la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy con un estruendo que los testigos describen como un maremoto sonoro. Casi cuatrocientas mil personas se apiñan en las playas, los puentes y las carreteras de la Costa Espacial para presenciar el momento. A bordo viajan cuatro astronautas. Su destino es la Luna.
La misión Artemis 2 acaba de arrancar. Es la primera vez en cincuenta y tres años que un ser humano se aleja de la Tierra lo suficiente como para contemplar la cara oculta del satélite. No pisarán el suelo lunar —eso tendrá que esperar—, pero su viaje de diez días constituye el eslabón intermedio de un plan meticulosamente diseñado para devolver a la humanidad a la superficie de la Luna y, esta vez, quedarse. Ese plan se articula en tres fases principales, aunque la ambición de la NASA va mucho más allá.
El legado de Apolo y el nuevo programa
Entre julio de 1969 y diciembre de 1972, doce astronautas estadounidenses caminaron sobre la Luna durante el programa Apolo. Luego, el silencio. Las prioridades presupuestarias mutaron, la Guerra Fría encontró otros escenarios y el polvo lunar no volvió a recibir una huella humana. Más de medio siglo después, el regreso responde a motivaciones muy distintas: la explotación de recursos, la competencia geoestratégica con China y la voluntad de utilizar la Luna como campo de pruebas para un objetivo aún más ambicioso: Marte.
El programa Artemis —cuyo nombre alude a la hermana gemela de Apolo en la mitología griega— fue anunciado formalmente en 2019, aunque sus raíces se remontan a proyectos anteriores cancelados o redefinidos. La arquitectura general descansa sobre tres pilares tecnológicos: el cohete SLS, la cápsula Orion y, en el futuro, la estación orbital Gateway y los módulos de alunizaje desarrollados por SpaceX y Blue Origin. Pero antes de llegar a eso, la NASA necesitaba verificar que todo funcionaba. De ahí las tres fases.
Primera fase: Artemis 1, la prueba sin tripulación
En noviembre de 2022, tras varios aplazamientos, un cohete SLS se elevó desde la misma plataforma que vio partir a las misiones Apolo. A bordo no viajaba ningún astronauta, sino una cápsula Orion equipada con sensores y maniquíes instrumentados. La misión Artemis 1 duró veinticinco días y medio y cumplió su objetivo principal: insertar la nave en una órbita retrógrada distante alrededor de la Luna —alejándose hasta 430.000 kilómetros de la Tierra, más lejos que cualquier otra cápsula diseñada para tripulación— y regresar con éxito.
El amerizaje en el Pacífico, el 11 de diciembre de 2022, fue impecable. Pero la inspección posterior reveló un problema inquietante: el escudo térmico de Orion, diseñado para soportar temperaturas de casi 2.800 grados centígrados durante la reentrada atmosférica, se había comportado de manera anómala. El material ablativo se volvió excesivamente impermeable en algunas zonas y llegó a desprenderse en fragmentos mayores de lo previsto. «El verdadero desafío es volver a probar el escudo térmico», explicaría tiempo después Tristan Vey, gran reportero del servicio de Ciencias de Le Figaro, al expresar la prioridad absoluta de la siguiente misión. La NASA dedicó más de dos años a investigar el fallo y modificar el diseño antes de autorizar un vuelo tripulado.

Segunda fase: Artemis 2, el viaje tripulado
La noche del 1 de abril de 2026, tres estadounidenses y un canadiense se enfundaron sus trajes de vuelo y se dirigieron a la torre de lanzamiento. Reid Wiseman, comandante de la misión y veterano de la Estación Espacial Internacional, ocupaba el asiento central. A su lado, Victor Glover —piloto y primer afroamericano en una misión lunar—, Christina Koch —ingeniera y especialista de misión— y Jeremy Hansen —representante de la Agencia Espacial Canadiense—. El cuarteto representaba una declaración de intenciones: Artemis no sería un programa exclusivamente estadounidense. Canadá se había ganado su plaza contribuyendo con el brazo robótico Canadarm3, destinado a la futura estación Gateway.
El SLS funcionó según lo previsto. Dos minutos después del despegue, los propulsores laterales se desacoplaron. Ocho minutos más tarde, la etapa central se apagó y Orion quedó en órbita terrestre. Un último empujón del motor de la etapa superior criogénica puso a la nave rumbo a la Luna. Los astronautas iniciaban un viaje de cuatro días de ida, tres días y medio de sobrevuelo lunar y otros tantos de regreso.
El plan de vuelo incluía un paso por la cara oculta que ningún ojo humano había contemplado en directo desde la distancia orbital. La maniobra implicaba una pérdida total de contacto por radio con la Tierra durante algo más de tres horas: el tiempo que Orion tardaría en bordear el limbo lunar y reaparecer por el otro lado. Un ejercicio de confianza absoluta en los sistemas de navegación automática. «Los estadounidenses son muy conscientes del riesgo», señalaba Vey en las horas previas al despegue. «Han descubierto que no es tan sencillo fabricar un cohete enorme».
Diez días en nueve metros cúbicos
El habitáculo de Orion ofrece a sus cuatro ocupantes un volumen de nueve metros cúbicos. Para hacerse una idea: equivale aproximadamente al interior de una furgoneta de tamaño medio. En ese espacio, los astronautas comen, duermen, realizan pruebas médicas y fisiológicas, gestionan las comunicaciones y, si surge un contratiempo técnico, deben solventarlo con los medios de a bordo.
La monotonía constituye uno de los adversarios silenciosos del vuelo. «Va a ser una vida muy monótona durante cuatro días», anticipó Vey en un directo, refiriéndose al tramo de ida. La rutina se estructura en turnos: ejercicio físico para mitigar la atrofia muscular en microgravedad, verificación de sistemas, periodos de descanso. La comida se reduce a raciones deshidratadas y el agua, estrictamente racionada. No hay privacidad. El retrete —un sistema de succión adaptado— está integrado en un lateral del módulo, apenas separado del resto por una cortina.
A pesar de la preparación, los imprevistos acechan. Durante el vuelo, el comandante Wiseman comunicó por radio una incidencia que combinaba lo prosaico con lo surrealista: «Observo que tenemos dos cuentas de Microsoft Outlook y ninguna de las dos funciona». Desde la Tierra, los controladores de la misión resolvieron el problema en menos de una hora. El episodio, que trascendió a los medios, ilustraba la paradoja de una misión que llevaba a cuatro personas más lejos que ningún otro ser humano mientras lidiaban con los mismos fallos informáticos que cualquier oficinista en su jornada laboral.
Tercera fase: Artemis 3 y el regreso al suelo lunar
Si Artemis 1 probó el cohete y la cápsula, y Artemis 2 ha validado el funcionamiento con tripulación, Artemis 3 representa el momento culminante: dos astronautas —un hombre y una mujer— descenderán al polo sur lunar, una región que ninguna misión anterior ha pisado. La NASA mantiene 2028 como fecha objetivo para este alunizaje, que pondrá fin a una sequía de presencia humana en la superficie de cincuenta y seis años.
El polo sur no se ha elegido al azar. Las sondas orbitales han confirmado la presencia de hielo de agua en el interior de cráteres permanentemente ensombrecidos, donde la temperatura nunca supera los doscientos grados bajo cero. Ese hielo es, al mismo tiempo, un recurso científico —puede contener registros del Sistema Solar primitivo— y un recurso logístico: descompuesto en hidrógeno y oxígeno mediante electrólisis, suministraría agua potable, aire respirable y combustible para cohetes. En otras palabras, quien controle el agua del polo sur controlará la viabilidad de una presencia lunar sostenida.
La arquitectura técnica de Artemis 3 difiere sustancialmente de las misiones Apolo. Orion y su tripulación viajarán hasta la órbita lunar, pero el descenso a la superficie correrá a cargo de un módulo de alunizaje independiente. La NASA adjudicó su construcción a SpaceX, que propone una versión adaptada de su nave Starship: un cilindro de acero inoxidable de cincuenta metros de altura que, tras repostar en órbita terrestre, se dirigirá a la Luna, aguardará el acoplamiento con Orion y descenderá verticalmente hasta el borde de un cráter. El diseño ha suscitado escepticismo en algunos sectores por su complejidad —requiere múltiples reabastecimientos orbitales previos—, pero la NASA mantiene su apuesta.
Un astronauta no estadounidense formará parte de la tripulación de Artemis 3, en virtud de los acuerdos internacionales que sustentan el programa. Aunque la identidad no se ha cerrado, fuentes cercanas a las negociaciones señalan que Japón parte en cabeza, como recompensa por su contribución tecnológica al programa y por el suministro de componentes clave para la estación Gateway. La Agencia Espacial Europea también aspira a enviar un representante en misiones posteriores.
La competencia con China
El programa Artemis no se desarrolla en el vacío geopolítico. China ha trazado su propia hoja de ruta lunar con una precisión cronométrica. En 2019, la sonda Chang'e 4 realizó el primer alunizaje controlado en la cara oculta. En 2020, Chang'e 5 trajo a la Tierra muestras de suelo lunar, las primeras desde la misión soviética Luna 24 en 1976. En 2024, Chang'e 6 recogió material de la cuenca Aitken, en el polo sur. El objetivo declarado es enviar un taikonauta a la superficie en 2029 y, a medio plazo, establecer una base permanente en colaboración con Rusia.
«Los estadounidenses van muy rezagados», advertía Tristan Vey durante el seguimiento de Artemis 2. La afirmación, que puede parecer provocadora, se sustenta en los hechos: mientras China avanza paso a paso con un calendario que rara vez se desvía más de unos meses, Estados Unidos ha encadenado retrasos en todos los frentes. Artemis 1 se pospuso en cuatro ocasiones antes de volar. Artemis 2 llegó con más de un año de demora sobre la fecha inicial. Artemis 3, originalmente programada para 2024, se ha deslizado hasta 2028. El margen para nuevos contratiempos se estrecha.
La rivalidad, sin embargo, no ha impedido que más de cuarenta países se hayan adherido a los Acuerdos Artemis, un marco multilateral impulsado por Washington que establece principios como la transparencia en las operaciones, la interoperabilidad de los sistemas, la asistencia mutua en emergencias y el compromiso de no apropiarse de recursos celestes de forma unilateral. China ni siquiera ha solicitado su inclusión en este foro, lo que ha llevado a algunos analistas a hablar de dos bloques lunares incipientes: uno liderado por Estados Unidos y otro por la potencia asiática.

Más allá de 2028: Gateway y la presencia permanente
Las tres primeras misiones Artemis no son más que el prólogo de una ambición mucho mayor. A partir de 2029, la NASA planea lanzar los primeros módulos de Gateway, una estación orbital que se situará en una órbita de halo casi rectilínea alrededor de la Luna. Desde allí, los astronautas podrán descender a distintos puntos de la superficie sin necesidad de que cada misión arrastre consigo todo el combustible y los suministros desde la Tierra.
Gateway será un proyecto internacional en el que participan las agencias espaciales de Estados Unidos, Europa, Japón y Canadá, con módulos de habitabilidad, laboratorio, suministro energético y acoplamiento. Su construcción en el espacio profundo plantea desafíos logísticos sin precedentes: cada componente deberá ser enviado desde la Tierra mediante lanzadores comerciales o gubernamentales y ensamblado en una zona donde la radiación cósmica es más intensa que en la órbita baja terrestre y donde una evacuación rápida resulta imposible.
Paralelamente, la NASA ha iniciado los estudios para un campamento base en la superficie polar, con hábitats presurizados, vehículos no tripulados para exploración y unidades de extracción de recursos. La visión a largo plazo —dos décadas o más— contempla estancias de varios meses, cultivo experimental de plantas en regolito lunar y producción local de materiales de construcción mediante impresión 3D. Todo ello serviría como ensayo general para el horizonte último del programa: una misión tripulada a Marte, que la agencia sitúa de forma tentativa en la década de 2040.
El camino no está exento de obstáculos. Los sobrecostes del programa Artemis han sido objeto de críticas en el Congreso estadounidense, que en sucesivos informes ha señalado desviaciones presupuestarias de miles de millones de dólares. La dependencia de un único módulo de alunizaje —Starship— genera inquietud entre quienes abogan por una redundancia de proveedores. Y la posibilidad de un accidente catastrófico en Artemis 3, aunque estadísticamente baja, comprometería todo el calendario posterior. Sin embargo, la inercia del programa parece sólida. Con Artemis 1 completada, Artemis 2 en vuelo y la tercera fase en el horizonte, la NASA ha recorrido ya la parte más incierta del trayecto: la que separa los planos sobre el papel del rugido de un cohete en marcha.




