El ADN revela la ascendencia de un enterrado en un megalito español

Los análisis genéticos de un enterramiento medieval hallado en el Dolmen de Menga desvelan un perfil mixto europeo, norteafricano y de Oriente Medio. La orientación de los cuerpos sugiere un sincretismo entre prácticas islámicas y creencias paganas vinculadas al monumento prehist

La luz cenital se filtraba entre las enormes losas de cubierta del Dolmen de Menga cuando los arqueólogos, en 2005, realizaron un hallazgo que nadie esperaba. En el atrio de acceso a la galería megalítica, apenas a unos pasos de la entrada monumental, yacían dos fosas simples excavadas en el suelo. Dos individuos adultos habían sido depositados allí más de mil años atrás, en plena Edad Media, dentro de un monumento que para entonces ya superaba los cuatro milenios de antiguedad. La sorpresa no fue menor: se trataba de una reutilización de un lugar sagrado construido por comunidades neolíticas y calcolíticas, un gesto que abría interrogantes sobre quiénes eran aquellos hombres y qué creencias les impulsaron a elegir un enterramiento tan fuera de lo común.

El equipo de la Universidad de Sevilla, bajo la dirección de los prehistoriadores responsables de las excavaciones en curso, documentó con minuciosidad ambos depósitos. Carecían de ajuar funerario –sin cerámicas, sin armas, sin adornos– y las osamentas reposaban en una postura idéntica: las cabezas giradas hacia el interior del dolmen, apoyadas sobre el costado derecho, los rostros orientados hacia el sureste. Fue la extraña coherencia de esa postura lo que encendió las alarmas. No parecía un enterramiento improvisado; respondía a una lógica ritual que desafiaba las necrópolis islámicas y cristianas documentadas en la comarca de Antequera durante la misma época.

El hallazgo inesperado de 2005

El Dolmen de Menga, catalogado como uno de los grandes monumentos megalíticos de la Península Ibérica, forma parte del Sitio de los Dólmenes de Antequera, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO. Su construcción se remonta al Neolítico final o a comienzos del Calcolítico, alrededor del 3800 a. C. Con sus veintisiete metros de longitud, más de seis de anchura y una altura que supera los tres metros en algunos tramos, la galería se sostiene sobre ortostatos colosales que los constructores prehistóricos trasladaron desde canteras situadas a cientos de metros de distancia. Durante más de un siglo de investigaciones arqueológicas, nadie había documentado un uso funerario tan tardío. Los dos enterramientos medievales irrumpieron como una anomalía que obligaba a repensar la biografía del lugar.

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Una primera datación por radiocarbono situó los restos en dos momentos distintos: el más antiguo, entre los siglos VIII y IX de nuestra era, y el posterior, en torno al año 1000, ya en pleno siglo X o comienzos del XI. Ambos individuos habían superado los cuarenta y cinco años en el momento del fallecimiento –un umbral notable para los estándares demográficos de la Alta Edad Media– y compartían la misma orientación corporal. Sin embargo, el esqueleto más temprano presentaba un estado de conservación tan precario, con intrusiones de raíces que habían fragmentado el material genético, que los investigadores pronto comprendieron que solo podrían extraer ADN nuclear del difunto más reciente.

La tumba del siglo X: un perfil genético sin parangón

El análisis genético, publicado en 2025 en Journal of Archaeological Science: Reports, corrió a cargo de un equipo internacional liderado por la Universidad de Sevilla y la Universidad de Huddersfield, con la participación de especialistas de las universidades de Bolonia, Reading, Coímbra, la Escuela de Medicina de Harvard y el Instituto Broad del MIT. Los investigadores lograron secuenciar tanto el ADN mitocondrial, heredado por vía materna, como el cromosoma Y, que traza la genealogía paterna, a partir de una muestra ósea del varón enterrado hacia el año 1000.

El resultado desveló una composición genética que no encajaba en ninguna categoría simple. El individuo portaba marcadores europeos muy antiguos, presentes en la península ibérica desde la Edad del Cobre, combinados con un componente norteafricano y de Oriente Medio que lo conectaba directamente con poblaciones del otro lado del Mediterráneo. «Con los datos genéticos disponibles podemos afirmar que este hombre era, en su mayor parte, de ascendencia europea, pero con una huella significativa de linajes magrebíes y próximo-orientales», explicó Leonardo García Sanjuán, catedrático de Prehistoria y Arqueología de la Universidad de Sevilla y coautor principal del estudio.

La sorpresa no residía tanto en la presencia de genes norteafricanos en suelo andaluz –los contactos entre ambas orillas están bien atestiguados desde la Antigüedad– sino en la nitidez con que aquellos genes se habían conservado y en el puente que tendían hasta la actualidad. Al cotejar los marcadores mitocondriales con bases de datos modernas, los científicos encontraron una mutación idéntica en dos personas vivas: una mujer en Marruecos y un hombre en Argelia. Más de mil años separan al enterrado de Menga de esos descendientes probables, un latido genético que atraviesa el Estrecho y la historia.

Un linaje que viaja desde el Calcolítico hasta el Magreb actual

El cromosoma Y del individuo pertenece a un haplogrupo que ya circulaba por Iberia en época calcolítica, al menos desde el tercer milenio antes de Cristo. Se trata de una firma genética muy extendida en Europa occidental durante la Prehistoria reciente, aunque con ramificaciones que alcanzan el norte de África. Por el lado materno, el ADN mitocondrial pertenecía a un linaje típicamente europeo, conocido en la Península desde el Neolítico temprano, pero que también está documentado en el actual Marruecos y en la región del Magreb. No era un perfil exótico, sino un testigo de la circulación continua de personas a través del Mediterráneo, potenciada primero por fenicios, griegos y cartagineses, después por el Imperio Romano y, más tarde, por la expansión del islam.

Los investigadores subrayan que la ascendencia norteafricana estaba «ampliamente difundida» en el sur de Iberia desde al menos el siglo III o IV después de Cristo. La llegada del islam a la Península a partir del año 711 no hizo sino intensificar unos vínculos que ya existían. Al-Ándalus se convirtió en un crisol donde convivieron musulmanes, cristianos, judíos y comunidades que practicaban formas de religiosidad popular de raíz pagana, especialmente en zonas rurales alejadas de los grandes centros de poder. El varón de Menga encarna, en su propia carne, esa mezcla de herencias.

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Al-Ándalus y la mezcla de creencias en la frontera medieval

Entre los siglos VIII y XI, la comarca de Antequera formaba parte del corazón omeya primero y de los reinos de taifas después, un territorio fronterizo donde las identidades religiosas eran a menudo más fluidas de lo que sugieren los textos oficiales. Los registros escritos hablan de mozárabes que mantenían el cristianismo bajo dominio islámico, de judíos que ocupaban cargos en la administración, de musulmanes de distintas corrientes y de campesinos cuyas creencias hundían sus raíces en prácticas precristianas que nunca llegaron a desaparecer del todo.

Los dos enterramientos de Menga carecen de los elementos habituales de las necrópolis islámicas de la época. No están orientados hacia La Meca en el sentido estrictamente canónico –aunque los rostros miran en esa dirección– ni llevan asociadas estelas con epigrafía árabe. Tampoco están acompañados de los símbolos cristianos que cabría esperar en una sepultura mozárabe. La ausencia de ajuar, que en otros contextos se interpretaría como un indicio de pobreza, adquiere aquí un significado ambivalente: tanto el islam como ciertas corrientes ascéticas del cristianismo y del judaísmo desaconsejaban los objetos en la tumba, pero también lo hacían muchas tradiciones paganas que concebían la muerte como un tránsito hacia el inframundo sin necesidad de pertenencias materiales.

«Lo que vemos es un gesto deliberado de respeto hacia un monumento que ya entonces era antiquísimo», apunta García Sanjuán. «El hecho de que ambas inhumaciones se realizaran en la entrada del dolmen y que las cabezas apunten hacia el interior sugiere que aquellas personas veneraban el lugar, quizá otorgándole un significado que combinaba elementos islámicos con otros de origen pagano». La expresión «veneraban el dolmen» no es casual: refleja la posibilidad de que el megalito fuera interpretado no como una construcción humana, sino como un accidente natural sacralizado, una cueva artificial donde residían fuerzas sobrenaturales.

Cabezas hacia el interior: la alineación que desafía las necrópolis islámicas

Uno de los detalles que más ha llamado la atención de los especialistas es la orientación de los cráneos. En las necrópolis islámicas bien documentadas del sur peninsular, como la de la ciudad de Elvira o las de los arrabales de Córdoba, los cuerpos suelen colocarse en decúbito lateral derecho, con el rostro dirigido hacia La Meca, pero el eje del enterramiento suele ser perpendicular a la dirección del rezo. En Menga, en cambio, el eje de las inhumaciones sigue deliberadamente el eje de simetría del dolmen, que discurre de sudoeste a nordeste. Las cabezas se sitúan al sudoeste, mirando hacia el interior la galería, y los rostros quedan encarados al sureste, aproximadamente hacia La Meca. Es una disposición híbrida: respeta la regla de mirar hacia la ciudad santa, pero la subordina a una alineación más antigua, la del propio monumento megalítico.

«La aparente alineación simbólica de las inhumaciones con el eje de simetría del monumento megalítico de Menga contrasta con lo que encontramos en las necrópolis islámicas de la zona», escriben los autores en el artículo científico. La frase es deliberadamente cautelosa: no afirman que se trate de un ritual islámico ni de uno pagano, sino que el contraste con los patrones conocidos invita a pensar en una práctica heterodoxa, una espiritualidad de frontera que no encaja en las categorías rígidas.

«Es como si quienes enterraron a estos hombres hubieran querido honrar dos fuerzas al mismo tiempo: la nueva fe que llegaba del desierto y el viejo espíritu que habitaba las piedras desde tiempos inmemoriales», reflexiona Yves Gleize, arqueólogo y antropólogo biológico del Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas de Francia y de la Universidad de Burdeos, ajeno al estudio pero consultado por su conocimiento sobre rituales funerarios medievales. Gleize recuerda que en el mundo islámico las cuevas gozan de un significado religioso muy especial: «El profeta Mahoma recibió las primeras revelaciones en la cueva de Hira, y las grutas aparecen con frecuencia en la literatura mística como lugares de retiro espiritual». Desde esa perspectiva, un dolmen pudo ser visto como una cueva artificial, un refugio sagrado idóneo para quienes buscaban una conexión con lo divino al margen de los templos oficiales.

Cuevas, profetas y megalitos: la lectura simbólica

La hipótesis de Gleize aporta un matiz que enriquece el debate. Si los dólmenes eran percibidos como cuevas –estructuras de piedra que se adentran en la tierra y que, vistas desde fuera, recuerdan a una gruta natural–, entonces su reutilización funeraria durante la Edad Media cobra un sentido religioso profundo. No se trataría solo de un aprovechamiento pragmático de un espacio ya excavado, sino de una decisión teológica. «En el imaginario islámico, la cueva es el lugar donde el creyente se retira para encontrarse con Dios, donde el profeta recibió la primera revelación y donde la tradición sitúa numerosos episodios de santidad», explica.

Esta lectura no excluye el componente pagano que sugiere García Sanjuán, sino que lo complementa. El megalito podía ser a la vez la casa de los antepasados prehistóricos y un remedo de la cueva sagrada islámica. Las culturas campesinas de la Antigüedad tardía y de la Alta Edad Media practicaban con frecuencia un sincretismo donde los santuarios naturales –árboles, fuentes, rocas– eran reinterpretados bajo el prisma de la nueva religión dominante sin perder del todo su carga pagana. El investigador de la Universidad de Évora, Leonor Rocha, que no participó en el estudio pero conoce bien la reutilización de megalitos en Portugal, confirma que este fenómeno no fue exclusivo de Andalucía. «En la región del Alentejo tenemos evidencias de reutilización de dólmenes durante la Edad Media, aunque por desgracia no se han conservado restos óseos que permitan análisis de ADN», señala. El caso de Menga, por tanto, no es una rareza aislada: forma parte de un patrón peninsular que solo ahora, gracias a las técnicas genéticas, empieza a desvelar su verdadero alcance.

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Rocha subraya que el hallazgo «me parece de gran interés, precisamente porque han podido recuperar los huesos y porque el análisis genético añade una dimensión que hasta ahora se nos escapaba». Sin huesos, los arqueólogos portugueses solo pueden especular sobre la filiación étnica o religiosa de quienes buscaron sepultura en monumentos milenarios. El equipo de Menga ha tenido la fortuna de contar con un osario legible, y esa ventaja ha permitido construir una narrativa que va más allá de la mera arqueología descriptiva.

El ADN no puede responder a la pregunta final

Con todo, el estudio deja deliberadamente abierta la cuestión más delicada: ¿qué religión profesaban estos dos hombres? El ADN puede rastrear ancestros y migraciones, pero no revela las plegarias que se pronunciaron sobre aquellas fosas. «Nos movemos en el terreno de la inferencia», reconoce García Sanjuán. «Podemos decir que su visión del mundo probablemente era una mezcla de creencias islámicas y paganas, porque los datos materiales apuntan en esa dirección, pero no tenemos una prueba definitiva». La falta de inscripciones, de objetos litúrgicos o de cualquier símbolo explícito convierte a Menga en un espejo donde cada investigador proyecta sus propias hipótesis.

El coautor recuerda que la península ibérica durante la Alta Edad Media fue un laboratorio de convivencias y de conflictos religiosos, y que las prácticas funerarias de las capas populares rara vez reflejaban la ortodoxia de los tratados teológicos. «.

El equipo de Silva, García Sanjuán y sus colegas ha abierto una ventana que tardará en cerrarse. Los dos enterramientos del Dolmen de Menga son ahora algo más que una anomalía estratigráfica: se han convertido en un símbolo de la complejidad genética y cultural de la Iberia medieval, un recordatorio de que las identidades nunca fueron puras y de que las piedras más antiguas siguen guardando secretos que ni el mejor ADN logra descifrar por completo.

«El hecho de que ambos individuos fueran enterrados en la entrada de un monumento que en su época ya era extremadamente antiguo y con las cabezas apuntando hacia el interior puede ser significativo, indicando que esos dos hombres veneraban el dolmen. En conjunto, esto sugiere que su cosmovisión pudo ser una mezcla de creencias islámicas y paganas».

Leonardo García Sanjuán, Universidad de Sevilla

Mientras los laboratorios perfeccionan las técnicas para extraer información de las muestras más degradadas, el primer enterramiento, el del siglo VIII o IX, aguarda su turno. Su ADN, hoy ilegible, tal vez algún día cuente la otra mitad de la historia. Hasta entonces, el dolmen seguirá en pie, mudo como lo ha estado durante cinco milenios, protegiendo en su atrio los restos de dos hombres que eligieron dormir bajo las mismas losas que habían protegido a los muertos de la Edad de Piedra.