Dos guerreros nativos blanden sus hachas. En el suelo, una joven se arrodilla, los brazos abiertos en un gesto de súplica, su vestido blanco ya manchado. La escena, plasmada por John Vanderlyn en 1804, no representa un hecho histórico, sino su eco distorsionado. Para entonces, la figura de Jane McCrea llevaba un cuarto de siglo transformándose en lo que un historiador contemporáneo llama una «santa de la Revolución». Pero la mujer que inspiró esa iconografía, una colona corriente de la América británica, sigue siendo, a día de hoy, un enigma.
De ascendencia escocesa e irlandesa, McCrea había nacido en Nueva Jersey alrededor de 1752. Hija de un ministro presbiteriano, se trasladó a principios de la década de 1770 a Nueva York, donde residía con su hermano mayor en el momento de su muerte. Su vida privada, como la de tantas mujeres de su época, se ha desvanecido casi por completo. Ninguno de sus escritos ha sobrevivido. Ni una línea de su puño y letra que permita a los historiadores discernir sus ideas políticas, sus lealtades o sus miedos. Solo ha perdurado un hecho brutal, acaecido el 27 de julio de 1777, en las inmediaciones de Fort Edward. Ese día, un grupo de guerreros nativos aliados de la Corona británica la tomó prisionera. Horas más tarde, estaba muerta. Este vacío biográfico, lejos de ser un obstáculo, fue el lienzo perfecto sobre el que se pintó una de las piezas de propaganda más efectivas de la Revolución Americana.
Una muerte entre dos fuegos
El valle del río Hudson era en 1777 un territorio en disputa, un polvorín donde las viejas lealtades imperiales chocaban con la incipiente causa patriota y las promesas incumplidas a las naciones originarias. La campaña británica para dividir Nueva Inglaterra avanzaba desde Canadá al mando del teniente general John Burgoyne. En este contexto bélico, Jane McCrea decidió visitar a su amiga Sarah McNeil en su casa de Fort Edward. McNeil se preparaba para huir del avance de las tropas británicas y sus aliados nativos. No lo consiguió a tiempo.
Los relatos de lo que sucedió a continuación son fragmentarios y contradictorios, un mosaico de testimonios ensamblado a partir del rumor y la urgencia de la guerra. La versión más difundida sostiene que McCrea y McNeil fueron capturadas por guerreros a menudo identificados como wyandot o mohawk. Una mujer negra, Eve, probablemente esclavizada por McNeil, logró esconderse en la casa con su hijo pequeño y escapó a la captura. Sobre el destino de McCrea, las fuentes coinciden en lo esencial: murió de forma violenta. John Bartlett, un cirujano del Ejército Continental que acababa de regresar de Fort Edward, escribió en un informe inmediato que «la pobre chica fue disparada a sangre fría, escalpada y dejada en el suelo, y la otra mujer [McNeil] aún no ha sido encontrada». Otras versiones insistían en la autoría patriota, sugiriendo que la joven cayó en el fuego cruzado de las tropas rebeldes que perseguían a sus captores. El general estadounidense Morgan Lewis, futuro gobernador de Nueva York, abonó esta teoría años después al señalar que las heridas de bala en el cuerpo de McCrea indicaban que «no había sido asesinada exclusivamente por indios», ya que estos no habrían querido «malgastar su munición».
De víctima a mártir: la carta que encendió la mecha
La noticia llegó a los periódicos a mediados de agosto de 1777, inicialmente como una muerte más entre las muchas que salpicaban el avance británico. Pero la historia experimentó una mutación fulminante. En cuestión de semanas, la joven anónima ya tenía nombre, rostro y una causa. El Boston Independent Chronicle del 14 de agosto llamó «demonios» a los nativos, describiendo a McCrea como una «hembra inofensiva e indefensa, por naturaleza demasiado débil para defenderse». El artículo no olvidó añadir una carga explosiva: la culpa última recaía en los británicos, que habían soltado a sus «mercenarios».

Este relato encontró su amplificador definitivo en la correspondencia del mayor general Horatio Gates. El 2 de septiembre de 1777, en plena campaña de Saratoga, Gates escribió una carta incendiaria al general británico John Burgoyne. La acusación era directa: Burgoyne había «contratado a los salvajes de América para escalpar a europeos y descendientes de europeos». Gates fue un paso más allá y envolvió la muerte de McCrea en un halo de tragedia romántica, afirmando que fue asesinada el día de su boda, «vestida para recibir a su prometido, pero encontró a su asesino empleado por usted». Burgoyne, horrorizado, respondió con una negativa que destilaba desesperación y elocuencia ilustrada: «Condescendí a informaros que no sería consciente de los actos que me imputáis por todo el continente americano, aunque la riqueza de los mundos estuviera en sus entrañas y un paraíso en su superficie».
Su protesta fue inútil. La carta de Gates, reproducida y comentada hasta la saciedad, actuó como un catalizador. Para entonces, la historia de Jane McCrea ya palpitaba en todos los periódicos importantes de las Trece Colonias. En Inglaterra, los miembros del Partido Whig, simpatizantes de la causa rebelde, la enarbolaron como arma antibelicista. La publicación London Annual Register aseguró que el crimen «golpeó cada pecho con horror» y se demoró en la imagen de McCrea como víctima «en toda la inocencia de la juventud y la flor de la belleza». La propaganda, en ambos lados del Atlántico, ya no necesitaba los hechos. Operaba con el poder de una fábula patriótica.
La doncella de oro y el hacha del salvaje
Si la prensa creó a la mártir, la cultura visual del siglo XIX la inmortalizó. El poeta y diplomático estadounidense Joel Barlow incluyó a McCrea en La Columbiada, un ambicioso poema épico de 1807 con versos tan explícitos como «Un largo rizo adorna esa cabeza celestial», en referencia a su cabellera. El teatro y los grabados populares replicaron una y otra vez la misma imagen: una mujer joven, hermosa, blanca y suplicante bajo el hacha de un guerrero indígena.
La obra más influyente fue, sin duda, El asesinato de Jane McCrea, pintada por John Vanderlyn en 1804. El lienzo codifica el relato propagandístico en una sola escena arquetípica. McCrea aparece arrodillada, con el rostro vuelto hacia el cielo y los pechos semidescubiertos en una estética que mezcla lo sacrificial con una sensualidad perturbadora. Los dos guerreros que la flanquean, con los torsos desnudos y los rostros desfigurados por la furia, encarnan el estereotipo del «salvaje» irracional y violento. «; estaba diseñando una teología nacional. La nueva república necesitaba santos seculares, y McCrea, vaciada de biografía, era la recipiente perfecta.
La víctima invisible: ¿qué justificó su martirio?
El verdadero poder del mito McCrea residía en lo que ocultaba. La propaganda no solo exageró la maldad del enemigo, sino que silenció el complejo tablero de alianzas que llevó a los nativos a luchar junto a los británicos. La Confederación Haudenosaunee, o de las Seis Naciones, se encontraba en una encrucijada trágica. Una larga historia de tratados rotos por los colonos europeos había erosionado su confianza, pero según señala el Servicio de Parques Nacionales (NPS), la mayoría de las tribus de Nueva York «se aliaron con la corona debido a las viejas alianzas y a la creencia de que tenían más posibilidades de conservar sus tierras bajo el dominio inglés». No obstante, la guerra también dividió a los iroqueses: dos de las seis naciones optaron por luchar del lado de los patriotas.

La acusación de «escalpamiento», convertida en la prueba irrefutable de la barbarie indígena, era otro ejercicio de cinismo histórico. Como documenta la historiadora Mairin Odle en Under the Skin: Tattoos, Scalps and the Contested Language of Bodies in Early America, la práctica tenía «claros paralelismos con las propias formas europeas de tomar trofeos y violencia ritual». Durante la Guerra Franco-India, dos décadas antes, la colonia de la Bahía de Massachusetts había ofrecido recompensas en metálico por los cueros cabelludos de hombres, mujeres y niños nativos de tribus enemigas. Era una táctica mutuamente practicada, pero el relato patriota la monopolizó como un rasgo exclusivo de la otredad salvaje.
Staiti, que ha estudiado el caso en profundidad, ofrece una interpretación descarnada del proceso. «Se convirtió en una herramienta útil. Se convirtió en una santa, se podría decir, de la Revolución», afirma. «Detrás de todo eso estaba la sensación de que los líderes estadounidenses no pueden permitir que esto le vuelva a pasar jamás a las familias blancas, a pesar de que los estadounidenses blancos eran igual de despiadados con los nativos americanos». El horror selectivo convertía a McCrea en la única víctima cuyo sufrimiento importaba, un patrón que justificó décadas de expansión violenta hacia el oeste.
Los huesos de la discordia
Ni siquiera la muerte garantizó a Jane McCrea la paz de una sepultura intacta. Su cuerpo fue enterrado cerca de Fort Edward, pero la fascinación por su relato condenó sus restos a una segunda vida macabra. Exhumada en varias ocasiones, los doctores del siglo XIX examinaron su cráneo en busca de pruebas que sostuvieran o desmintieran el mito. Un médico llegó a afirmar que «no encontró marca alguna de corte o cuchillada», una observación que, de ser cierta, derrumbaba la historia del escalpamiento como causa de la muerte inmediata y daba peso a la teoría de que murió por una bala perdida.
El expolio fue más lejos. A finales del siglo XIX, un periódico neoyorquino denunció que los huesos de McCrea habían sido robados y «esparcidos por todo el país». Un museo local no tuvo reparos en exhibir entre sus «raros y valiosos tesoros» un «diente de la señorita Jane McCrea». La exhumación más reciente, llevada a cabo en 2005, confirmó lo que muchos temían: su esqueleto estaba casi intacto, pero su cráneo había desaparecido, casi con toda seguridad sustraído como un souvenir mórbido más de un siglo atrás. La mártir se había convertido en una colección de reliquias, disuelta su humanidad incluso en el subsuelo.
La imposibilidad de conocer los hechos es hoy la única certeza. En un artículo publicado en 2009, los historiadores Jeremy Engels y Greg Goodale lo resumieron con una claridad demoledora: «Todo lo que sabemos con certeza es que fue asesinada en el norte del estado de Nueva York a finales de julio de 1777, y luego enterrada cerca de Fort Edward. Cualquier acceso a lo que ocurrió en aquel fatídico día se ha perdido».
El espejo de Cherry Valley
La función última de la propaganda no es solo movilizar, sino también legitimar la respuesta. El relato de McCrea allanó el camino para una venganza que no se haría esperar. Si la muerte de una joven en Fort Edward inflamó a las milicias patriotas y fue un acicate para el alistamiento que desembocó en la victoria de Saratoga, también sirvió como precedente moral para atrocidades como la masacre de Cherry Valley, ocurrida el 11 de noviembre de 1778, en la que una fuerza de lealistas, iroqueses y británicos mató a unos treinta civiles y tomó alrededor de setenta prisioneros.
La represalia fue descomunal. La Expedición Sullivan de 1779, orquestada por el propio George Washington, ejecutó una campaña de tierra quemada contra la Confederación Iroquesa. Las tropas rebeldes arrasaron más de cuarenta aldeas, quemaron cosechas y hogares, y provocaron el desplazamiento de miles de personas. Se estima que murieron unos doscientos nativos americanos. La rueda de la violencia giraba, y en cada ciclo la memoria selectiva de McCrea era invocada como prueba de la barbarie del otro, una cortina de humo para ocultar la propia. El historiador independiente Blake Grindon aporta una clave esencial para entender este choque de códigos militares: la guerra indígena del siglo XVIII «estaba realmente centrada en minimizar las bajas entre los combatientes», por lo que la disposición europea a aceptar masacres frontales probablemente sorprendió a las tribus nativas tanto como estas a los colonos.

La memoria oficial, no obstante, ya había elegido su icono. La historia de McCrea fue funcional al nacimiento de los Estados Unidos porque ofrecía una justificación perfecta para la expulsión del adversario interno. Ya no se trataba de una guerra por la independencia contra una potencia lejana, sino de una cruzada civilizatoria. La imagen de la doncella rubia, prometida y después ultrajada, operaba como el negativo fotográfico de la nueva república blanca, masculina y vengadora.
En los pliegues de esta historia, lo que queda al descubierto no es el carácter de Jane McCrea, que sigue siendo una hoja en blanco, sino las obsesiones de quienes la convirtieron en mito. La joven pudo haber sido lealista, como su prometido David Jones, o patriota, como su hermano. No importó. Su cuerpo, en el imaginario colectivo, dejó de ser suyo para pasar a ser un mensaje de odio. Quizás el único acto de justicia que podemos concederle a casi 250 años de distancia sea despojarla de las palabras que otros pusieron en su boca y devolverle el silencio del que nunca debió ser arrancada. En el cementerio de Fort Edward, bajo un monumento que reza «Jane McCrea, muerta por las balas de los salvajes», la tierra sigue guardando el secreto. Lo demás es literatura, lienzo e Indepndencia.




