En una ladera del norte de California, poblada de secuoyas de la costa, retamas negras y zumaques venenosos, el biólogo Mike Fay tropezó, resbaló y sintió un pinchazo en el empeine del pie izquierdo. Sus pies, curtidos por centenares de kilómetros caminados en sandalias, estaban habituados a la agresión del bosque. Pero aquella astilla chocó con un hueso, se alojó en un tendón y se negó a salir. Su compañera de expedición, Lindsey Holm, tuvo que extraerla con unas pinzas. «Mis gritos se oían de una montaña a otra», recordaría Fay después. «Fue uno de los dolores más intensos que he sentido en mi vida.»
Lo dice un hombre que acumula dieciséis heridas por colmillo de elefante en tres décadas de trabajo en África. A finales de 2007, sin embargo, Fay, biólogo de la Wildlife Conservation Society y explorador residente de National Geographic, había cambiado la jungla por otra obsesión: las secuoyas costeras de California, los árboles más altos del planeta. Aquella expedición a pie de once meses, completada con Holm en 2008, recorrió cerca de 2.800 kilómetros en zigzag desde Big Sur hasta más allá de la frontera con Oregón, atravesando la totalidad del territorio histórico de Sequoia sempervirens.
El detonante había sido una rodaja. En un parque estatal, Fay se quedó parado ante un disco de 1,80 metros de altura cortado de una vieja secuoya y expuesto al público. Cerca del centro, una etiqueta marcaba el año 1492, el de la llegada de Colón. «La etiqueta que más me impresionó fue una que estaba a unos ocho centímetros del borde —recordaría Fay—: "Fiebre del oro, 1849". Entonces comprendí que durante los últimos centímetros de la vida de ese árbol prácticamente acabamos con un bosque de 2.000 años de antigüedad.»
Una franja estrecha junto al Pacífico
La secuoya costera no crece en cualquier sitio. Ocupa una franja de tierra de unos 750 kilómetros de longitud y entre 8 y 75 kilómetros de anchura a lo largo de la costa pacífica de Norteamérica: una cinta verde estirada entre el océano y las montañas. El bosquecillo nativo más meridional se encuentra en el condado de Monterey, en California, y los más septentrionales se reparten por el extremo suroccidental de Oregón. Fuera de esa estrecha lengua marítima, el árbol no prospera de forma natural: necesita la niebla del Pacífico, los suelos fértiles de las llanuras aluviales y un régimen de humedad muy específico que solo se dan ahí.
El nombre engloba tres parientes que conviene no confundir. El término secuoya alude en sentido amplio a la subfamilia Sequoioideae, que incluye a Sequoia sempervirens junto con Sequoiadendron giganteum, la secuoya gigante, y Metasequoia, la secuoya del alba. La costera, la del relato de Fay, es la más alta de las tres. La gigante, que crece en la Sierra Nevada interior, es la más voluminosa. La del alba, originaria de China, es un fósil viviente redescubierto en el siglo XX.
Sequoia sempervirens es la única especie viva del género Sequoia dentro de la familia de las cipresáceas. Sus nombres comunes incluyen secuoya costera, secuoya de la costa y secuoya de California. Es un árbol perennifolio, longevo y monoico, con una vida que oscila entre los 1.200 y los 2.200 años o más. Esa longevidad explica por qué un solo ejemplar abarca, en su tronco, capítulos enteros de la historia humana: la rodaja que detuvo a Fay no era una metáfora, sino un calendario.
Cohetes vegetales en el Parque de Humboldt
Hay un lugar donde las cifras alcanzan su máxima expresión. Cuando la travesía de Fay y Holm había cubierto ya tres cuartas partes de su recorrido, los expedicionarios llegaron al extremo sur del Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Humboldt, la mayor extensión ininterrumpida de bosque primario de secuoyas costeras que se conserva en el mundo: unas 4.000 hectáreas. Las llanuras aluviales entre sus ríos y riachuelos forman un hábitat insuperable para estos árboles. La combinación de suelos fértiles, agua y niebla procedente del mar ha producido allí el bosque más alto del planeta. De las 180 secuoyas costeras de más de 106 metros documentadas, más de 130 crecen en ese tramo.

Cuando vadearon un curso de agua color esmeralda y treparon por la orilla opuesta, los dos exploradores entraron en el bosque más imponente que habían visto en su vida. Las secuoyas brotaban del suelo como cohetes espaciales, con la base ennegrecida por antiguos incendios. Algunas presentaban una corteza gruesa y correosa que ascendía en espiral hacia el cielo. Otras tenían cavidades en las que cabían veinte personas. Copas del tamaño de autobuses yacían en el sotobosque, medio sepultadas por matas de aleluya de Oregón y helechos de Navidad, después de haberse precipitado desde la altura equivalente a un edificio de treinta plantas. No era extraño que ese mismo bosque hubiera sido elegido como localización para escenas de Parque Jurásico y El retorno del Jedi.
El árbol más alto conocido vive a poca distancia, en el Parque Nacional de las Secuoyas. Se llama Hyperion, en honor al titán de la mitología griega, y es una secuoya costera de California, el ser vivo más alto del que se tiene registro, medido en 116,22 metros de altura en 2026; fue descubierto el 25 de agosto de 2006 por los naturalistas Chris Atkins y Michael Taylor. Su altura fue verificada en 2006 por el ecólogo Stephen Sillett mediante un telémetro láser y una cinta de fibra de vidrio descolgada desde la copa hasta la base. Sillett trepó hasta la cima del árbol y dejó caer la cinta en línea recta hasta el suelo; el procedimiento fue filmado por National Geographic.
Más altos que la Estatua de la Libertad
Comparar Hyperion con un edificio reconocible ayuda a calibrar la cifra. El Big Ben de Londres mide 96,3 metros y la Estatua de la Libertad, sumando pedestal, alcanza unos 93 metros: ambas construcciones quedan claramente por debajo del árbol. El segundo conífero más alto del mundo, el abeto de Douglas (Pseudotsuga menziesii), llega a 100,3 metros, seguido de la pícea de Sitka (Picea sitchensis), cuyo ejemplar conocido más alto mide 96,7 metros. Ninguno se aproxima a las cifras de la secuoya costera.
Hyperion no está solo. El mismo parque alberga el segundo, el cuarto y el quinto árbol más altos conocidos: tres secuoyas costeras llamadas Helios, Icarus y Daedalus, que en 2022 medían 377, 371 y 363 pies respectivamente. La nomenclatura, tomada de la mitología griega, refleja el espíritu de los descubridores: bautizar a estos árboles como titanes parece la única manera proporcionada de nombrarlos.
Su edad, en cambio, sorprende por lo contrario. Según los criterios habituales de las secuoyas, Hyperion es bastante joven y aún crece con vigor; Sillett calcula que el árbol podría tener "solo" unos 600 años, lo que en escala humana equivaldría a unos 20. Su localización exacta se mantiene en secreto, una decisión de los guardas para evitar la avalancha turística y la compactación del suelo en torno a la base, factor que, según los ecólogos, puede acabar matando al árbol al privarlo de agua.
A apenas un centenar de metros de Hyperion se extiende una tierra arrasada que dejó la tala de los años setenta. Hasta 1978, más del 90 % del bosque antiguo de propiedad federal había sido cortado. La supervivencia del árbol más alto del planeta es, en buena medida, fruto del azar: cuando la administración Carter compró aquel valle e incorporó esas hectáreas al Parque Nacional, las motosierras estaban ya muy cerca.
El secreto está en la corteza
¿Qué permite a estos árboles alcanzar tales dimensiones y sobrevivir milenios? La biología de la secuoya costera funciona como una colección de defensas superpuestas. En su corteza y su duramen abundan unos compuestos llamados polifenoles, y los insectos y hongos que descomponen la madera los rehúyen. Además, la corteza, gruesa y correosa, contiene poca resina, lo que vuelve a las secuoyas grandes muy resistentes al fuego: las llamas chamuscan la base, ennegrecen el tronco, pero rara vez consiguen matar al árbol.

La capacidad más extraordinaria, sin embargo, es la de regenerarse. Cada vez que el cámbium —el tejido vivo bajo la corteza— queda expuesto a la luz, la secuoya produce brotes nuevos. Si se parte la copa, si se rompe una rama, si un leñador serrucha el tronco, una nueva rama o un nuevo árbol nacen de la herida y crecen con rapidez. Por todo el bosque se ven tocones enormes rodeados de un círculo de árboles de segunda generación, los llamados «anillos de hadas». Todos esos árboles son clones del mismo padre, y su ADN puede tener miles de años de antigüedad.
Las piñas son sorprendentemente diminutas, del tamaño de una aceituna, y solo esporádicamente producen semillas viables. Por eso el rebrote a partir de los tocones, no la reproducción sexual, ha sido la clave de la supervivencia de los bosques de secuoyas durante toda la era industrial. Los silvicultores aprovechan otra cualidad parecida: la gran tolerancia a la sombra. Algunas secuoyas pueden permanecer aletargadas durante décadas bajo la sombra de sus mayores. Pero cuando el árbol dominante cae o es talado, abriendo el dosel del bosque, el árbol dormido renace y se cubre de brotes nuevos. Los biólogos llaman a este fenómeno «liberación».
Una historia escrita en madera roja
La historia reciente de Estados Unidos está, casi literalmente, grabada en madera de secuoya. Antes de que comenzaran la tala comercial y el desbroce hacia 1850, la especie ocupaba unas 810.000 hectáreas a lo largo de la costa de California (excluida la zona meridional, donde la lluvia es insuficiente) y la esquina suroccidental de la costa de Oregón. Durante milenios, las tribus tolowa, yurok y chilula, entre otras, vivieron tras una barrera casi impenetrable de árboles de más de cien metros, alimentándose de salmón, carne de uapití y bellotas de litocarpo, y tallando largas canoas con los troncos caídos.
Esa forma de vida terminó bruscamente en 1848, cuando Estados Unidos arrebató California a México y se descubrió oro en el territorio. Los comerciantes de la costa Este vieron una manera más fácil de enriquecerse: explotar la madera rojiza y resistente a la podredumbre que ya gozaba de gran demanda en un estado cuya población se cuadruplicaría en una década. Los grandes bosques de los alrededores de San Francisco quedaron casi arrasados. Más al norte, los barones de la madera adquirieron, con métodos más o menos honestos, miles de hectáreas de tierras federales a 6,20 dólares la hectárea, inaugurando una era de explotación privada que perdura.
De las 650.000 hectáreas actuales de bosque de secuoya costera, el 34 % pertenece a tres empresas, el 21 % al estado de California y al gobierno federal, y el resto a pequeños propietarios. El terremoto y los incendios de San Francisco de 1906 multiplicaron el trabajo en los aserraderos: para reconstruir la ciudad, surgieron pueblos madereros en toda el área de la secuoya y empresas como Pacific Lumber y Union Lumber adquirieron una influencia decisiva en el panorama industrial estadounidense. Los bueyes que arrastraban los troncos fueron reemplazados por motores portátiles y trenes de vía estrecha.
Los registros históricos de los aserraderos describen árboles que hoy parecerían imposibles. Un árbol supuestamente de 114,3 metros fue cortado en el condado de Sonoma por el aserradero de los hermanos Murphy en la década de 1870; otro, supuestamente de 115,8 metros y 7,9 metros de diámetro, fue talado cerca de Eureka en 1914, y el llamado Lindsay Creek Tree fue documentado con una altura de 120 metros cuando lo arrancó una tormenta en 1905. Un ejemplar supuestamente de 129,2 metros fue talado en noviembre de 1886 por la Elk River Mill and Lumber Company en el condado de Humboldt, del que se obtuvieron 79.736 pies tabla comercializables a partir de veintiún cortes. Esas cifras históricas, sin embargo, cuentan con escasa evidencia que las corrobore: pueden ser exageraciones, pueden ser ciertas. En cualquier caso, los gigantes que cayeron a finales del siglo XIX y principios del XX podrían haber superado a los que hoy se consideran récords.
El nacimiento de un movimiento
La tala desencadenó la respuesta. La defensa de los grandes árboles ayudó a impulsar el moderno movimiento conservacionista estadounidense. En 1900, un grupo de ciudadanos fundó el Sempervirens Club, que logró la creación del Parque Estatal de las Secuoyas de la Costa de Big Basin en 1902. Casi dos décadas después llegó la organización que cambiaría la escala del esfuerzo. En 1917, el director del Servicio de Parques Nacionales, Stephen Mather, pidió a los conservacionistas John C. Merriam, Madison Grant y Henry Fairfield Osborn que viajaran al norte de California para investigar el estado de las viejas secuoyas costeras, que estaban siendo taladas en gran número. Tras presenciar la devastación durante el viaje, Merriam, Grant y Osborn decidieron que proteger los bosques antiguos comprando bosquecillos y creando un parque público era una tarea urgente, y en 1918 fundaron la Save the Redwoods League para conseguirlo.

El cómputo de un siglo de trabajo es elocuente. Save the Redwoods League es una organización sin ánimo de lucro cuya misión es proteger y restaurar las secuoyas costeras (Sequoia sempervirens) y las secuoyas gigantes (Sequoiadendron giganteum) mediante la compra preventiva de los derechos de desarrollo de zonas notables. Se sostiene con donaciones de particulares y con financiación de fundaciones, empresas, agencias gubernamentales e inversiones, destinadas a comprar, restaurar y abrir al público las tierras forestales. La Liga ha protegido más de 200.000 acres (810 km²) de bosque y, en 2018, había contribuido a crear 66 parques y reservas de secuoyas, entre ellos el Parque Estatal de las Secuoyas de Humboldt y los Redwood National and State Parks.
El Parque Nacional de las Secuoyas, donde vive Hyperion, llegó más tarde. Al final del mandato del presidente Johnson se cerró un compromiso para crear un parque nacional de 58.000 acres en Redwood Creek que combinaría tierras estatales y federales; cerca de la mitad del terreno comprado por la federación había sido talado y necesitaba una rehabilitación extensa. El parque fue creado oficialmente el 2 de octubre de 1968. La expansión posterior, que los miembros del Sierra Club denominaron "la última batalla de la Guerra de las Secuoyas", se completó en 1978: la misma fecha que separó a Hyperion de las motosierras.
Lo que queda y lo que falta
El balance hoy es agridulce. En 2018, la Liga publicó su primer Informe sobre el Estado de la Conservación de las Secuoyas. En general, las noticias son buenas: el objetivo de preservar una porción amplia de los bosques restantes está aproximadamente a la mitad de su cumplimiento para las secuoyas costeras y prácticamente completado para las secuoyas gigantes. Sin embargo, gran parte de esos bosques son de segundo crecimiento, y solo una pequeña fracción se encuentra en condiciones de bosque antiguo, alrededor del 5 % del rango original. La cifra es contundente: del bosque primario que existía antes de 1850 sobrevive una vigésima parte.
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasificó a la secuoya costera como especie en peligro en 2011. La amenaza ya no es la motosierra masiva, sino otras presiones más sutiles: el cambio climático, la disminución de la niebla costera (un factor que la propia investigación de la Liga ha estudiado, junto con las comunidades del dosel y la función de los nudos de raíz), la fragmentación de los rodales y la acumulación de combustible en los bosques jóvenes y densos. El mayor problema, según el informe, es la acumulación de combustibles en los bosques de segundo crecimiento, con masas densas de árboles más pequeños y abundante materia muerta sobre el suelo: la Liga sostiene que se necesita financiación pública para reducir la densidad arbórea y retirar el combustible acumulado, o se perderá el progreso de las últimas décadas.
La gestión forestal sostenible, la idea que llevó a Mike Fay a recorrer 2.800 kilómetros en sandalias, sigue siendo una pregunta abierta. Su intuición, sin embargo, era que sí existía un modo de potenciar a la vez la producción maderera y los muchos beneficios ecológicos y sociales que proporcionan los árboles en pie. Si ese sistema funcionaba con las secuoyas, dijo Fay durante la expedición, podría aplicarse a cualquier bosque del mundo donde se talara para obtener ganancias a corto plazo. «California revolucionó al mundo con el chip de silicio», resumió en su recorrido. «Ahora podría hacer lo mismo con la gestión forestal.»
Testigos en pie
Una investigación que acompañó a la expedición arrojó un dato contraintuitivo: cuanto más envejecen estos árboles, más madera producen. La idea de que los bosques antiguos están estancados o en declive resulta, según las mediciones realizadas a más de cien metros de altura por equipos como el de la botánica Marie Antoine, sencillamente errónea. Una secuoya de 750 años no es una reliquia: es una fábrica de biomasa que sigue creciendo. La misma especie que tarda siglos en alcanzar su altura máxima sigue añadiendo madera, almacenando carbono y horadando el cielo cuando muchos otros árboles ya han dejado de crecer.
De pie en una de las pocas catedrales vegetales que quedan, el bosque primario protegido del Parque Estatal de Humboldt, uno entiende por qué Fay aceptó once meses de astillas, ampollas y heridas. El silencio bajo las copas a treinta pisos de altura no es el de un parque cualquiera. Es el silencio acumulado de dos milenios. Inmutables y arraigadas en su hábitat remoto, las secuoyas costeras resisten el peso de la niebla, las tormentas del Pacífico, los incendios estacionales y la lenta presión de los tiempos. Han visto pasar imperios, fiebres del oro, leyes, nombres y lenguas. Nosotros somos, en su escala, las últimas personas en pasar ante ellas.




