El ADN ha dejado de necesitar huesos para contar su historia. Por primera vez, un equipo de científicos ha conseguido extraer y secuenciar material genético humano directamente de las paredes rocosas de una cueva, sin que hiciera falta un solo resto óseo.
El hallazgo, publicado el 21 de julio en Nature Communications, cambia las reglas del juego en arqueogenética. Hasta ahora, el ADN antiguo solo podía recuperarse de dientes, huesos, sedimentos o herramientas; las paredes de piedra eran, para la ciencia, un archivo mudo.
El ADN que llevaba miles de años esperando en la roca
El equipo, liderado por Alba Bossoms Mesa y Matthias Meyer del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, junto con Hipólito Collado Giraldo de la Junta de Extremadura, analizó 24 paneles de arte rupestre en 11 cuevas de España y Portugal. Su objetivo inicial no era genético: buscaban estudiar pigmentos y costras minerales asociadas a las pinturas prehistóricas.
Fue durante ese análisis cuando apareció lo inesperado. En algunas muestras, los investigadores detectaron trazas de ADN humano conservadas en la propia superficie rocosa, algo que la comunidad científica consideraba prácticamente imposible tras milenios de exposición a la humedad y los cambios de temperatura.
Cómo sobrevivió el ADN durante 2.000 años en una pared
El ADN recuperado en este estudio se vincula a un fenómeno tan simple como fascinante: el contacto humano directo. Tocar la pared, frotarla, depositar saliva o sudor durante la preparación del pigmento fueron suficientes para dejar una huella genética que perduró milenios. Uno de los enclaves clave del proyecto es la Cueva de Maltravieso, en Cáceres, cuyas pinturas de manos llevan décadas siendo referencia mundial en arte prehistórico.
De las 120 muestras recogidas, solo cinco contenían ADN humano auténtico, con una antigüedad mínima de 2.000 años. El dato más llamativo es que cuatro de esas cinco procedían de zonas sin pintura, usadas originalmente como controles negativos del experimento.
Las cuevas españolas que hicieron historia
En la cueva del Covarón, en Asturias, el ADN recuperado pudo compararse con secuencias de antiguos cazadores-recolectores occidentales, los grupos que poblaron Europa tras la última glaciación. Es la primera vez que se logra vincular material genético directamente con una pared decorada con arte rupestre.
El proyecto, bautizado First Art, nació precisamente en Extremadura a partir de las investigaciones sobre la cueva de Maltravieso, donde se identificaron algunas de las representaciones pictóricas más antiguas de Europa. Con los años, esa experiencia se amplió a otros yacimientos de la península ibérica.
Contaminación: el gran enemigo del ADN antiguo
El principal obstáculo del estudio no fue encontrar el ADN, sino distinguirlo del material genético moderno. Los propios investigadores reconocen que el ADN de los arqueólogos que tomaron las muestras es una amenaza constante para la fiabilidad de los resultados.
Esa asimetría entre la señal antigua, débil y degradada, y la contaminación reciente, mucho más abundante, sigue siendo el mayor desafío del campo. Aun así, el equipo logró aislar información genética fiable en varias de las cuevas analizadas, entre ellas Altamira, aunque no todas las cavidades estudiadas cedieron material aprovechable.
De las muestras identificadas con sexo determinado, tres correspondían a mujeres y una a un hombre, un dato que aporta pistas, aunque todavía limitadas, sobre quiénes frecuentaban estos espacios.
- Técnica pionera: primera extracción de ADN humano directamente de roca sin pintura ni pigmento.
- Alcance geográfico: 11 cuevas analizadas en España y Portugal.
- Colaboración internacional: equipos de Alemania, Reino Unido, Italia, Canadá y China.
- Limitación actual: el ADN no puede atribuirse todavía a un artista concreto.
Lo que viene: cuevas de todo el mundo como archivos genéticos
Este hallazgo no cierra una investigación, la abre. Los propios autores del estudio plantean que cualquier cueva con condiciones ambientales similares —humedad controlada, estabilidad térmica— podría convertirse en un yacimiento genético todavía sin explotar, desde el sur de Francia hasta regiones de Asia y América.
El reto para los próximos años será estandarizar los protocolos de muestreo para minimizar la contaminación sin perder la señal antigua. Si lo consiguen, las paredes de las cuevas podrían dejar de ser solo lienzos del pasado para convertirse en auténticos archivos biológicos de quienes las habitaron.





