No hay faro más antiguo que el volcán Stromboli. Cuando el Victoria IV surca las aguas del Tirreno en dirección sur, bordeando la costa italiana, Laurent Ballesta no consulta los sofisticados instrumentos del puente de mando. Prefiere confiar en una guía ancestral: el diminuto resplandor anaranjado que parpadea en el horizonte. No es una construcción humana, sino las explosiones de lava de la cumbre, un fulgor que ha persistido durante miles de años. Ese punto de luz –conocido como el Faro del Mediterráneo– señala el archipiélago Eólico, al norte de Sicilia, y marca el destino de una expedición que busca desentrañar los secretos de los volcanes submarinos y la vida que se empeña en florecer a su alrededor.
En la primavera de 2023, Ballesta, biólogo marino y fotógrafo, se embarcó junto al vulcanólogo Francesco Italiano, uno de los mayores expertos italianos en actividad volcánica, y el cineasta Roberto Rinaldi, un profundo conocedor de estos fondos. Durante tres semanas recorrieron las islas Eolias, un conjunto de siete islas situadas en el corazón del sistema volcánico más activo del Mediterráneo. Italiano buscaba indicios que permitieran anticipar erupciones; Ballesta quería descubrir qué especies eran capaces de adaptarse y sobrevivir en entornos tan hostiles. La travesía revelaría paisajes tan inhóspitos como extraordinarios y pondría a prueba la tenacidad de la vida submarina.
El faro del Mediterráneo
Stromboli se yergue más de novecientos metros sobre el mar y sus erupciones casi continuas le han valido el apodo de Faro del Mediterráneo. Durante milenios, los navegantes han orientado sus rumbos gracias a las lenguas de lava que se derraman por la Sciara del Fuoco, una cicatriz negra en la ladera norte por donde los desechos volcánicos se deslizan directamente al agua. La isla es solo la parte visible de un vasto edificio geológico; bajo la superficie, la actividad se multiplica, alimentando respiraderos hidrotermales, fumarolas y corrientes de gases a temperaturas que superan los 130 grados Celsius.
El equipo ancló primero en Panarea, la más pequeña de las Eolias. Aunque se la considera un volcán dormido, la isla bulle de actividad. En sus aguas someras, el paisaje submarino se transforma en un laboratorio natural de acidez extrema. Nada más sumergirse, los buzos notaron el cosquilleo del dióxido de carbono y el olor sulfuroso que impregnaba el agua. Burbujas de vapor y gases, como una lluvia invertida, ascendían en cortinas incesantes desde el lecho marino. Cuenta la leyenda que los antiguos romanos amarraban aquí sus embarcaciones para limpiar los cascos de percebes; hoy, esas mismas emanaciones disuelven cualquier estructura calcárea con una eficacia despiadada.
«Hay una gran sensación de precariedad aquí, pero la vida submarina es así: a la vez frágil y obstinada», anotó Ballesta en su diario de a bordo. La frase encierra el espíritu de todo el viaje.

Panarea: el jardín ácido
Bajo la superficie de Panarea, el efecto de la acidez resulta evidente a simple vista. No hay corales ni organismos de concha dura; las praderas de posidonia exhiben hojas blanquecinas, quemadas por la agresión química, y un gusano poliqueto que cometió el error de construir su tubo calcáreo demasiado cerca de las fumarolas ve cómo su refugio se deshace lentamente. Solo prosperan las bacterias anaerobias, que no necesitan oxígeno. Sobre las paredes rocosas forman un fieltro espeso que ondea con suavidad al compás de las corrientes ácidas. La imagen, entre hipnótica y perturbadora, se completa al salir del agua: los labios y las mejillas de los buceadores quedan agrietados, y los grifos cromados de sus equipos se oxidan tras unas pocas horas de exposición.
Los científicos han instalado en Panarea una estación de monitorización que registra el sonido de las burbujas. Italiano había observado que un aumento del ruido precedió a una gran erupción en Stromboli, pero necesitaba más pruebas. Para obtenerlas, pidió ayuda al equipo de Ballesta: debían explorar un lugar único que él mismo había descubierto una década atrás mientras cartografiaba el fondo marino. El sonar había revelado un valle estrecho, de unos noventa metros de largo por quince de ancho, alineado de forma casi perfecta entre Panarea y Stromboli, a unos veinte kilómetros de distancia.
El Valle de los 200 Volcanes
Descender a setenta y cinco metros de profundidad en ese punto es como adentrarse en un paisaje marciano. El fondo se tiñe de rojos, naranjas y amarillos, pero, a diferencia del planeta rojo, este lugar respira, rezonga y escupe. Columnas delgadísimas de óxido de hierro cristalizado, formadas durante milenios por la precipitación de minerales al contacto con el agua fría, se alzan como chimeneas de una factoría geológica. Mientras una se construye, otra parece extinguirse y una tercera se derrumba. Italiano lo bautizó como el Valle de los 200 Volcanes, y cada una de esas torres exhala gases y agua caliente, con temperaturas que rozan los 300 grados Fahrenheit.
En ese entorno, la vida se vuelve microscópica y casi inverosímil. Un pequeño gusano plano, Prostheceraeus vittatus, se desliza con sigilo sobre las algas pioneras que tapizan las laderas de una chimenea, como un bosque en miniatura verde esperanzador. El animal, más pequeño que una uña, se aventura hasta la misma cima de los respiraderos, caminando sobre óxidos de hierro en un agua cargada de dióxido de carbono. Nadie sabe qué busca allí. Cerca, una araña de mar o pantópodo, de patas larguísimas y cuerpo casi inexistente, deambula sobre una fumarola; Ballesta solo había visto ejemplares de ese tamaño en la Antártida.
La recogida de muestras exigió una precisión quirúrgica. Introdujeron termómetros en las pequeñas aberturas de las chimeneas, extrajeron viales de agua caliente y gas, y en apenas una hora sobre el fondo lograron muestrear veinte puntos antes de iniciar el lento ascenso de tres horas para descomprimirse junto con las pruebas.
Resurgir de las cenizas
Con los datos en la mano, la expedición puso rumbo a Stromboli. La cumbre humeante se recortaba en la distancia, y los frecuentes temblores habían provocado desprendimientos que rediseñaban constantemente el relieve submarino. Una ladera de la isla se mostraba verde, tapizada de olivos e higueras; la otra, la Sciara del Fuoco, era un pasillo calcinado por donde cenizas, rocas y arena caían al mar. Ballesta quería comprobar cómo se había recuperado el ecosistema tras el último gran deslizamiento de tierra, ocurrido en 2002.
Al sumergirse, los campos de algas amarillentas del género Cystoseira, que bullen de vida animal oculta, desaparecían de golpe bajo un manto de arena negra y piedras afiladas. Parecía un planeta yermo, hasta que una raya águila o un rape (Lophius piscatorius) surgían de la nube de sílice levantada por las aletas. Observando con detalle, aparecían las especies pioneras: esponjas incrustantes, pequeños cnidarios y, sobre todo, una colonia de gorgonias blancas que había sobrevivido medio sepultada por la arena reciente, aún viva pero resistiendo con la mitad del cuerpo enterrado. La imagen de un tiburón pintarroja juvenil, de apenas veinte centímetros, deslizándose entre las rocas, confirmaba que la cadena alimentaria empezaba a restablecerse.
Un hallazgo especialmente afortunado fue un pináculo de roca volcánica, una aguja vertical de casi cuarenta metros que los sucesivos corrimientos habían respetado milagrosamente. Rinaldi la había descubierto treinta años atrás y, al reencontrarla, comprobaron que albergaba una profusión de vida precisamente por haberse librado de la destrucción. Invertebrados gigantes con forma de campana de cristal, Clavelina dellavallei, colgaban en racimos, aprovechando la ausencia de competidores. En el Mediterráneo apenas existen otros lugares donde esta especie encuentre condiciones tan favorables.
El agujero negro de Nápoles
La última inmersión llevó al equipo a la bahía de Nápoles, a escasa milla y media de la costa. Rinaldi quería explorar un agujero en el fondo del mar del que solo hablaban los pescadores locales. Decían que existía una «boca» que engullía redes, sedales y nasas sin devolverlos jamás. El agua era verde, turbia y fría; el lecho fangoso estaba sembrado de basura. No había nada que ver, solo curiosidad que saciar.
A cincuenta metros de profundidad, el fango cedió de repente a una roca negra. Se asomaron al borde de una oquedad casi circular, de más de diez metros de diámetro, que se hundía vertical como un pozo. Descendieron dentro de ese cilindro de roca volcánica hasta que, a setenta y cinco metros, las paredes se abrieron a un abismo tan vasto que los haces de las linternas no alcanzaban pared alguna. Tocaron fondo a noventa y cinco metros; al mirar hacia arriba, distinguían un diminuto resplandor verdoso en la entrada del pozo, tan lejano que parecía la mirilla de una puerta.
Sobre las paredes de esa cámara sumergida se había instalado un ecosistema silencioso. Pequeños invertebrados filtradores cubrían la roca y crustáceos de largas pinzas transitaban con parsimonia. Entre las criaturas que malvivían en aquel tiempo prestado, Ballesta identificó un hallazgo insólito: una esponja carnívora del género Lycopodina, un organismo diminuto con aspecto de bastoncillo de algodón, pero dotado de ganchos microscópicos capaces de atrapar a los crustáceos que pasan demasiado cerca. Sin ataque fulgurante ni lucha violenta, el tejido de la esponja crece alrededor de la presa hasta engullirla por completo a lo largo de varios días.

La belleza de los misterios
Al cabo de tres semanas en los pies de los volcanes, la expedición había desvelado un puñado de secretos y abierto decenas de preguntas. Las observaciones de Italiano sobre la correlación entre el ruido de las burbujas y las erupciones quedaban pendientes de confirmación, pero las muestras recogidas en el Valle de los 200 Volcanes aportaban nuevas pistas sobre la dinámica del vulcanismo submarino. Para Ballesta, la lección principal era biológica: en cada ambiente extremo, por muy corrosivo, oscuro o asfixiante que pareciera, la vida encontraba una grieta por la que colarse. Gusanos que desafiaban al ácido, esponjas que digerían sin prisas, algas que colonizaban la ceniza recién depositada y tiburones juveniles que regresaban a cazar entre las rocas humeantes.
Suele hablarse de la fragilidad de la naturaleza, pero en los fondos eólicos se palpa más bien una obstinación quieta y milenaria. Las mismas fuerzas que disuelven conchas calcáreas construyen chimeneas de hierro; las mismas coladas que arrasan praderas submarinas preparan el terreno para una nueva sucesión de organismos. En ese frágil equilibrio entre la destrucción y la repoblación, los volcanes submarinos del Mediterráneo custodian un secreto que apenas empieza a desvelarse.
«La belleza del mundo es importante, pero es menos fascinante que sus misterios»




