El lento deslizamiento en Alaska que amenaza con un tsunami de 200 metros

El fiordo Barry Arm, en Alaska, alberga un deslizamiento activo desde hace al menos un siglo. Si la ladera colapsa de golpe, una ola de 200 metros podría arrasar la localidad de Whittier. Los científicos trabajan contrarreloj para perfeccionar un sistema que detecte la catástrofe

El agua del fiordo Barry Arm reposa como un espejo de vidrio líquido. Los picos nevados proyectan sombras alargadas sobre un cuerpo de agua que parece inmóvil, medio encajonado entre paredes de roca que se alzan casi verticales. El silencio es denso, solo quebrado por el rumor lejano del glaciar Barry, que retrocede centímetro a centímetro año tras año. Bajo esa superficie calma, sin embargo, se oculta una amenaza en cámara lenta: una ladera entera se desliza hacia el vacío. Si colapsa de golpe, la masa de roca y hielo —un volumen equivalente a más de diez mil piscinas olímpicas— generará un tsunami de hasta doscientos metros de altura, suficiente para borrar del mapa a la localidad más cercana y alterar la costa del Prince William Sound.

El deslizamiento del Barry Arm fue descubierto casi por casualidad en 2019, cuando una artista que remaba en kayak por el fiordo fotografió unas fracturas extrañas en un acantilado. Aquellas imágenes llegaron al geólogo local Bretwood Higman, quien en un primer momento descartó que se tratara de un corrimiento de tierras. Poco después, al ampliar el encuadre y observar el paisaje en su conjunto, rectificó. «Había cometido un error de primero de Geología», explicó más tarde a la NASA. «No había alejado lo suficiente la imagen y se me escapó la imagen global». Lo que Higman vio al alejarse fue una masa inestable de dimensiones colosales, mucho mayor que cualquier otro deslizamiento documentado en la región.

Desde entonces, el Barry Arm se ha convertido en un laboratorio ártico sin parangón. Geólogos, sismólogos y climatólogos de media docena de agencias federales y estatales de Estados Unidos observan día y noche el movimiento de la ladera mediante radar satelital, lidar aerotransportado, fotografía aérea, sismómetros locales y cámaras remotas. El desplazamiento es imperceptible a simple vista —apenas unos centímetros al año—, pero constante. Los análisis retrospectivos indican que el terreno se movió al menos ciento ochenta metros entre 2009 y 2015. En el peor escenario posible, un volumen de roca y hielo veinte veces superior al que se desplomó en el fiordo Dickson, en Groenlandia, se precipitaría sobre las aguas del Barry Arm.

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La señal que nadie supo interpretar

El 16 de septiembre de 2023, sismógrafos de todo el planeta dibujaron una sinusoide oscilante que ningún investigador había visto antes. Un zumbido monótono recorrió la corteza terrestre desde un punto remoto del este de Groenlandia y alcanzó la Antártida en menos de una hora. Los terremotos moderados suelen disipar su energía sísmica en minutos; aquella señal, en cambio, se mantuvo durante nueve días consecutivos. Los sismólogos, perplejos, la etiquetaron como «objeto sísmico no identificado».

«La señal sísmica era algo que nadie había observado jamás», afirma Kristian Svennevig, investigador del Servicio Geológico de Dinamarca y Groenlandia. «Es un nuevo fenómeno natural que nos arroja el cambio climático». El misterio se resolvió meses después gracias al trabajo de un equipo multidisciplinar internacional. El glaciar del fiordo Dickson se había adelgazado tanto —por un proceso conocido como desapuntalamiento glaciar o glacial debuttressing— que la roca que sostenía se desplomó de forma repentina y violenta. Veinticinco millones de metros cúbicos de roca y hielo cayeron al agua y levantaron una ola de doscientos metros de altura.

La morfología alargada del fiordo, sin embargo, contuvo la energía de la ola y la transformó en un seiche: una onda estacionaria que osciló de pared a pared cada noventa segundos, como el agua de una bañera cuando se la empuja rítmicamente. Durante los primeros compases, la onda trepaba siete metros por las paredes rocosas; al cabo de nueve días se había reducido a poco más de dos centímetros. Aquel vaivén constante de masas de agua golpeando la roca fue lo que generó el zumbido de nueve días que los sismógrafos registraron en todo el mundo. «Si el verano pasado alguien hubiera sugerido que una ola podía durar nueve días en un fiordo, nadie lo habría creído», reflexiona Svennevig. «Pero ocurrió. Tenemos que reequilibrar nuestra percepción de lo que puede suceder a causa del cambio climático».

fiordo Barry Arm

Un siglo de baile con la gravedad

Nadie sabe con certeza cuándo empezó a moverse la ladera del Barry Arm. Los registros más antiguos sugieren que una sección considerable del fiordo lleva deslizándose al menos un siglo. Dennis Staley, del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), trabaja sobre el terreno desde 2021 y describe el paisaje con una mezcla de admiración y cautela. «Es un lugar tan hermoso en el noroeste del Prince William Sound… y luego tienes esa ladera de aspecto amenazador colgando ahí —explica Staley—. Una vez que sabes que está ahí, resulta difícil no verla».

La amenaza no es abstracta. En la trayectoria probable del tsunami se encuentra Whittier, una localidad peculiar donde la mayoría de sus doscientos sesenta habitantes residen en un único edificio de catorce plantas. Un muro de agua de doscientos metros engulliría la torre por completo y penetraría kilómetros tierra adentro, destruyendo infraestructuras, áreas naturales protegidas y cualquier embarcación que surcara el sound. Por eso, una coalición de organismos —el USGS, el Centro Nacional de Alerta de Tsunamis, la División de Seguridad Nacional y Gestión de Emergencias de Alaska, la División de Estudios Geológicos y Geofísicos de Alaska, el Centro Sísmico de Alaska y la NOAA— mantiene una vigilancia permanente sobre la ladera.

A diferencia del Dickson, donde la catástrofe llegó sin avisar, el Barry Arm brinda una oportunidad científica excepcional. La lentitud del deslizamiento permite a los investigadores estudiar las tasas históricas de deformación y correlacionarlas con la retirada del glaciar. Aun así, no es un laboratorio indulgente. «Hay muy pocos sitios donde aterrizar un helicóptero, no se puede escalar hasta allí, hay una cantidad tremenda de desprendimientos de roca desde la cima, enormes grietas de tensión que atraviesan la ladera —detalla Staley—. Instalamos un sismómetro en el propio deslizamiento… y no duró ni ocho meses. Una avalancha lo destrozó en abril».

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Bajo el zumbido de los glaciares

Más de la mitad de los terremotos de magnitud superior a cinco que se registran en Estados Unidos ocurren en Alaska. El estado sufre un temblor cada diez minutos como media, fruto de la subducción de la placa del Pacífico bajo la placa norteamericana. A esa sinfonía sísmica se suman los estruendos del hielo al resquebrajarse y los desprendimientos de roca en laderas que han permanecido sepultadas bajo glaciares durante milenios, en algunos casos hasta un millón de años. Distinguir entre todos esos ruidos geológicos y aislar la señal de un deslizamiento tsunamigénico en tiempo real es un desafío mayúsculo.

La sismóloga investigadora Ezgi Karasözen llegó al Centro Sísmico de Alaska para estudiar terremotos en una de las regiones más activas del planeta. Antes de eso, su trabajo se había centrado en los seísmos de Turquía e Irán. El descubrimiento del Barry Arm le cambió el foco. «El Centro Sísmico de Alaska instaló sismómetros en el Barry Arm para ver con qué señales estábamos tratando, y fue entonces cuando empecé a trabajar en este proyecto —cuenta Karasözen—. Me gusta que pueda hacer investigación que realmente ayude a una comunidad en tiempo real».

En pleno verano de 2021, Karasözen y su colega Michael West viajaron al fiordo, colocaron cámaras y tomaron nota de cuanto oían. Grandes gemidos glaciares, semejantes a bramidos graves y ominosos, retumbaban entre las paredes del fiordo mientras el hielo se fundía con el calor estival. Esos estruendos se entremezclaban con la actividad sísmica habitual de la zona, convenciendo a los científicos de que cribar aquella amalgama de ruidos geológicos no iba a resultar sencillo. La solución que adoptaron fue apostar por la simplicidad: centrarse en los sismogramas de periodo largo, que recogen la actividad en frecuencias bajas y ayudan a separar los deslizamientos del resto del ruido sísmico de fondo. Cuando una señal de este tipo aparece de forma similar en varias estaciones sísmicas, Karasözen y su equipo pueden triangular el origen del deslizamiento con bastante precisión.

fiordo Barry Arm

Treinta deslizamientos y una cuenta pendiente

Los algoritmos desarrollados por el equipo de Karasözen entraron en fase de pruebas durante el verano de 2023, abarcando un área extensa alrededor del Barry Arm. En pocos meses detectaron siete deslizamientos. Un año después, la cifra ascendía a cerca de treinta. Los depósitos de roca y hielo oscilaban entre los cien mil y los cuatro millones de metros cúbicos. Ninguno de ellos generó un tsunami. Pero la historia y la geología sugieren que esa racha de buena suerte no durará para siempre. «Basta un solo evento para que la cosa se ponga realmente mal —advierte Karasözen—. No podemos limitarnos a decir: 'Dejemos que ocurra y esperemos lo mejor'».

El sistema, no obstante, no es infalible. Los mismos algoritmos que identifican deslizamientos también capturan terremotos cuyas señales de periodo largo se asemejan peligrosamente a las de un corrimiento de tierras. Cada falsa alarma resta credibilidad y complica los protocolos de aviso a la población. Pero el equipo prefiere afinar los filtros poco a poco, con datos reales, antes que arriesgarse a emitir una alerta tardía cuando la ladera del Barry Arm decida por fin ceder.

Cuando el hielo se retira, la roca despierta

El fenómeno del Barry Arm no es una rareza aislada, sino la manifestación más vigilada de un problema que se extiende por todas las latitudes polares y alpinas. En 2015, el deslizamiento del fiordo Taan, en la vertiente opuesta del Ártico, generó un tsunami de casi doscientos metros en una zona despoblada del Parque Nacional de Wrangell-St. Elias. Dos años después, el colapso del fiordo Karrat, al oeste de Groenlandia, levantó una ola de cien metros que arrasó la pequeña aldea pesquera de Nuugaatsiaq y mató a cuatro personas. Svennevig subraya que el cambio climático antropogénico acelera el retroceso global de los glaciares y, con ello, incrementa la frecuencia y la magnitud de los peligros naturales en esas laderas recién liberadas de hielo.

Durante los últimos quince mil años, los glaciares han esculpido cordilleras, valles abruptos, lagos profundos y fiordos imponentes como los del Prince William Sound. A medida que el hielo se retira hacia los polos, incontables paredes de roca quedan expuestas al aire por primera vez en milenios. Algunas no habían visto la luz en cientos de miles o incluso un millón de años. Esa exposición súbita al oxígeno, a las variaciones térmicas y a la erosión mecánica las vuelve inestables. «Nuestra percepción de estos deslizamientos está limitada a los datos de los dos últimos siglos —advierte Svennevig—. Tenemos que estar preparados para acontecimientos que antes considerábamos inimaginables».

Las implicaciones trascienden los fiordos de Alaska o Groenlandia. Allí donde un glaciar retrocede al ritmo que impone el calentamiento global, se crean las condiciones para un colapso de ladera y un potencial tsunami. La diferencia con el Barry Arm es que aquí la ciencia ha llegado antes que la tragedia. Los investigadores disponen de una ventana única —no saben cuán larga— para comprender los mecanismos que gobiernan estos deslizamientos y, sobre todo, para diseñar sistemas de alerta temprana que algún día puedan salvar vidas en comunidades costeras de todo el mundo.

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fiordo Barry Arm

Cinco minutos para salvar una vida

El objetivo inmediato del operativo interagencias en el Barry Arm es detectar y localizar un deslizamiento tsunamigénico en el momento en que se produzca y difundir una alerta a las poblaciones amenazadas en menos de cinco minutos. Si la ladera colapsa sin aviso previo, el tiempo de reacción será aún menor. Los planes de evacuación de Whittier y otras comunidades del Prince William Sound dependen de que los sensores —sismógrafos, boyas, mareógrafos— capten la señal inequívoca del impacto y la transmitan antes de que la ola llegue a la costa.

El reto técnico es formidable. Con un terremoto cada diez minutos, cientos de pequeños desprendimientos diarios y el estruendo constante de los glaciares al parir icebergs, discriminar la señal de un colapso mayor exige algoritmos cada vez más refinados y una red de estaciones densa y redundante. El equipo de Karasözen trabaja en esa dirección, consciente de que el reloj corre. No hay bola de cristal que prediga cuándo se romperá el equilibrio precario en el que se sostiene la ladera del Barry Arm, pero un siglo de movimiento acumulado indica que la paciencia de la geología no es infinita.

Lo que el fiordo nos devuelve

La historia del Barry Arm es, en esencia, la historia de una mirada que se amplía. Como el geólogo Higman al observar la fotografía de la kayakista, la humanidad está aprendiendo a alejar el encuadre para percibir amenazas que antes pasaban inadvertidas. El zumbido de nueve días que recorrió el planeta en septiembre de 2023 nos recordó que la Tierra habla un lenguaje que apenas empezamos a descifrar. El Barry Arm nos concede ahora el tiempo —un lujo que el fiordo Dickson no ofreció— para aprender ese idioma antes de que la próxima ola se levante sobre nosotros.