La cúpula de la tumba de Bibi Jawindi se alza aún en medio del desierto del Punyab como un testimonio desafiante. A pesar de las inundaciones que en 1817 arrasaron la mitad de su estructura, y de una humedad que corroe sus muros día tras día, sus azulejos vidriados todavía capturan la luz del amanecer con un brillo apagado. La imagen, tomada por el fotógrafo Terence Abela, es una de las cincuenta que conforman el Atlas de lugares abandonados, un compendio editado por la parisina Editorial Jonglez en 2025. La obra recoge la mirada de una decena de fotógrafos especializados en lo que en inglés se conoce como exploración urbana, un fenómeno que busca la belleza en la decadencia y el paso del tiempo.
«He seleccionado las 50 fotos más espectaculares de los casi diez fotógrafos de lugares abandonados que conozco personalmente. También quería incluir países sobre los que no teníamos libro», explicó Thomas Jonglez, fundador del sello, durante la preparación del proyecto. El atlas se convierte así en un recorrido visual por continentes y épocas, desde la mítica Hashima japonesa hasta las antiguas fábricas de cemento catalanas, pero sin perder de vista dos paradas que condensan como pocas el drama de lo que se pierde: la tumba de Bibi Jawindi en Pakistán y el Palacio Atenea en Lombardía.
La mirada de los fotógrafos de lo abandonado
El término exploración urbana —urbex en su acrónimo inglés— designa la visita y documentación de construcciones humanas abandonadas, desde fábricas en desuso hasta mansiones que un día conocieron el lujo. A medio camino entre la aventura, la fotografía y la arqueología del presente, esta práctica ha generado en las últimas décadas una nutrida comunidad internacional. Los fotógrafos del Atlas comparten una ética común: caminar con cautela, no alterar nada y capturar con la lente lo que el silencio ha ido construyendo.
El volumen de Jonglez se distingue de otros compendios por un sesgo claramente patrimonial. «Gran parte de nuestro patrimonio arquitectónico cae con demasiada frecuencia en el olvido en todo el mundo. Muchos tesoros son considerados reliquias sin valor de una época pasada», escribe el fotógrafo Jeremy Chamot Rossi en uno de los pies del libro, que firma también la imagen de una misteriosa cementera catalana de la que —fiel al espíritu urbex— no revela la ubicación exacta. Esa tensión entre mostrar y preservar, entre denunciar el abandono y proteger los lugares de saqueos, sobrevuela todas las páginas. Y tal vez en ningún paraje se aprecie con tanta intensidad como en la tumba de Bibi Jawindi.
Bibi Jawindi: un santuario entre sal y humedad
La ciudad de Uch Sharif, al sur de la provincia pakistaní del Punyab, fue durante siglos un importante centro de aprendizaje islámico. En su entramado de calles polvorientas sobreviven varios mausoleos, pero ninguno tan fotogénico como el de Bibi Jawindi. Levantado en 1493 por orden del príncipe iraní Dilshad, el edificio honraba a la bisnieta de un venerado santo sufí. Su cúpula original, ricamente ornamentada con azulejos azules y turquesas, competía en esplendor con las mejores construcciones de la dinastía mogola. Sin embargo, el agua —en forma de torrente o de vapor— se ha convertido en su peor enemigo.
Las lluvias torrenciales de 1817 arrasaron casi la mitad del conjunto, incluida una parte significativa del recinto amurallado. A partir de entonces, la humedad capilar, la infiltración salina y la erosión eólica han ido desgastando sin prisa pero sin pausa los muros de ladrillo. La cupula que hoy se yergue es solo un fragmento de lo que fue, pero mantiene una dignidad que impacta a quien la contempla desde la base. «Es un lugar que te habla del paso del tiempo con una honestidad brutal», comentó Abela a la editorial tras su visita. La fotografía que publicó Jonglez captura a la perfección ese diálogo entre la geometría sagrada y la fragilidad material.

La preocupación por el deterioro ha llegado a las instituciones. El complejo de Uch Sharif, que incluye las tumbas de Bibi Jawindi, Baha’al-Halim y Ustead, figura desde 2004 en la lista tentativa del Patrimonio Mundial de la UNESCO, paso previo a una declaración que obligaría a destinar fondos estables a su conservación. Mientras tanto, el gobierno pakistaní ha puesto en marcha algunas medidas urgentes para frenar la erosión, aunque los defensores del patrimonio local consideran que el ritmo de las intervenciones es demasiado lento.
El Palacio Atenea: el capricho neoclásico de un magnate de la seda
Si Bibi Jawindi ejemplifica el abandono que devora los monumentos religiosos y remotos, el Palacio Atenea transporta al corazón industrial de la Lombardía del primer tercio del siglo XX. Lo adquirió, o más bien lo mandó construir, Silvio Strumia, un empresario que había amasado una fortuna con el comercio de la seda. En aquella Italia que se asomaba a la modernidad, Strumia quiso un hogar a la altura de su éxito: una enorme mansión neoclásica articulada en torno a una sala elíptica que se extiende en dos plantas y se corona con una claraboya. Dieciséis columnas corintias sostienen la cúpula interior, y cada una de ellas ostenta el emblema de un oficio o una ciencia.
«La cúpula, decorada con cariátides de estuco blanco, es un catálogo de las artes y los trabajos. ¿Era acaso un sutil homenaje a las operarias que hicieron posible su riqueza?», se pregunta el fotógrafo Robin Brinaert, autor de la imagen que recoge el Atlas. Durante las décadas de 1920 y 1930, la factoría de hilaturas que Strumia había levantado en los jardines adyacentes —reconocible por su alta chimenea de ladrillo— daba empleo a decenas de mujeres de la localidad. El palacio y la fábrica eran las dos caras de un mismo esplendor. Pero el incendio de 1992, pocos años después del cierre de la planta, redujo a cenizas buena parte de la memoria industrial, y la residencia quedó como un cascarón vacío y silencioso.
Hoy, quien se adentra en el salón central puede distinguir todavía los frescos desvaídos y el eco de los pasos sobre el mármol. No hay guías ni paneles informativos, solo la certeza de que ese lugar fue un día el centro de una comunidad próspera. «La belleza de lo abandonado está precisamente en lo que no se cuenta, en lo que tienes que imaginar», reflexiona Brinaert.
Encrucijadas del abandono: de la industria al mar
El Atlas de lugares abandonados no se agota en Pakistán e Italia. El libro recorre también una central eléctrica con aires de joya art déco en Budapest, la estación de un funicular que suspendió el servicio tras un accidente con veinte víctimas en la Tiflis de 1990, o los depósitos subterráneos de Londres donde la luz nunca alcanza. Cada uno de estos enclaves cuenta una historia distinta de auge y caída.
La isla de Hashima, bautizada como Gunkanjima por su silueta de acorazado, constituye quizá el ejemplo más extremo. Entre sus muros de contención llegaron a hacinarse cerca de ocho mil personas en apenas 6,3 hectáreas, la mayor densidad de población del planeta a finales de los años cincuenta. Hoy, sus bloques de hormigón se desmoronan y las gaviotas anidan en lo que antaño fueron aulas y cines. La mina de carbón que sostenía aquella colmena cerró en 1974, y la naturaleza ha ido recuperando el terreno con una eficacia que asombra a los escasos visitantes autorizados.
Igualmente inquietante resulta el fuerte de Stack Rock, en la costa galesa de Pembrokeshire. Concebido para repeler una invasión francesa que nunca llegó, sus casamatas y sus 54 cañones pesados jamás entraron en combate. Ahora, el sonido del oleaje sustituye al de las órdenes militares y el colectivo Anoniiem, propietario del lugar desde 2021, invita a fotógrafos y exploradores a documentar la invasión vegetal que trepa por las aspilleras. Matt Emmett, el artista que retrató estas estancias vacías, describe así la experiencia: «Hay algo visceral, excitante y secreto en la exploración de las profundidades de la existencia humana cotidiana, mientras los de arriba siguen ajenos al mundo que se oculta bajo sus pies».

Esa misma sensación de tránsito entre dos mundos se respira en Terre Rouge, un acumulador de mineral luxemburgués de 1907. El agua de lluvia acumulada en su interior es tan cristalina que refleja como un espejo las máquinas dormidas. Pero la pasarela que atraviesa el estanque interior es estrecha y resbaladiza, y el más mínimo descuido puede precipitar al visitante a la zona profunda. El fotógrafo Francis Meslet advierte: «Es un espectáculo para la vista… y un peligro para el cuerpo».
La ética de la exploración
Las advertencias de Meslet no son gratuitas. A medida que la popularidad del urbex crece, también aumentan los accidentes, los actos vandálicos y los robos de objetos de valor histórico. Para los fotógrafos que colaboran con el Atlas, la norma de oro es no dejar más huella que unas pisadas en el polvo y no tomar más que imágenes. Sin embargo, la editorial ha optado en varios casos por omitir la localización exacta de los lugares más vulnerables, como esa cementera catalana que Jeremy Chamot Rossi fotografió pero se niega a geolocalizar.
La decisión no está exenta de polémica. Mientras algunos ven en el secretismo una forma de proteger los edificios, otros sostienen que la visibilidad es la mejor herramienta para forzar a las administraciones a actuar. El debate es especialmente intenso en países donde la legislación patrimonial es débil. El Atlas parece inclinarse por una solución de compromiso: denunciar el olvido, sí, pero sin convertir las ruinas en parque temático.
«No se trata de hacer turismo de la desgracia, sino de mostrar que la arquitectura abandonada tiene un valor estético y documental que merece ser conservado», resumió Thomas Jonglez durante la presentación del libro. Entre las páginas del volumen asoman también la central eléctrica de Kelenföld, en Budapest, cuya sala de control art déco es considerada, en palabras del fotógrafo Roman Robroek, «la más bella que hayan podido ver mis ojos»; o la vieja torre de refrigeración de Monceau-sur-Sambre, en Bélgica, tan popular entre los exploradores que su silueta se ha convertido en un icono de las redes sociales. Todos estos lugares comparten una misma paradoja: su abandono los hace atractivos, pero ese mismo atractivo acelera a menudo su deterioro.
Un patrimonio que se desvanece
Las páginas del atlas son, al fin y al cabo, un fresco de la fragilidad. La tumba de Bibi Jawindi se deshace lentamente bajo el sol del Punyab; el Palacio Atenea apenas sostiene el eco de los telares que lo alimentaron; Hashima se desmorona ante la indiferencia de un Japón que ya ha dejado atrás la era del carbón. Y sin embargo, la mirada de estos fotógrafos detiene por un instante la ruina y la convierte en documento. «Gran parte de nuestro patrimonio cae en el olvido porque se le considera una reliquia sin valor —insiste Chamot Rossi—. Si estas imágenes sirven para que alguien, en alguna parte, se pare a pensar, ya habrá merecido la pena el viaje».
Mientras la UNESCO estudia candidaturas y los gobiernos sopesan presupuestos, la erosión no espera. Cada invierno que azota el Punyab, cada tormenta que barre la costa de Pembrokeshire, resta un poco más de materia a estos testigos mudos de la historia. No es improbable que dentro de cincuenta años algunos de los paisajes recogidos en el Atlas de lugares abandonados hayan desaparecido por completo. Quedarán, eso sí, las fotografías; y con ellas, el recuerdo de que alguna vez existió un mundo que decidió abandonarse a sí mismo.




