Tres descalificados. Cuatro técnicas. Todas al Real Madrid. Un challenge retirado con el balón en juego en lugar de dejar que el equipo lo pidiera. Y la guinda del pastel: una falta antideportiva pitada en directo que el propio árbitro tuvo que revertir segundos después al ir al monitor. El caos provocado ya había hecho su trabajo: Ömer Yurtseven fuera del partido, Sergio Scariolo expulsado. El partido de hoy en Manresa no lo ha ganado ni perdido el Real Madrid. Lo ha gestionado Javier Torres Sánchez, árbitro zaragozano de 38 años, y lo ha gestionado como suele hacerlo con una mezcla de incompetencia técnica y prepotencia de sheriff de película del Oeste que resulta difícil de ver en una liga del nivel de la ACB.
Lo voy a decir sin circunloquios porque la situación no los merece: lo que hemos visto hoy en el Nou Congost es de una gravedad que va más allá del resultado de un partido de cierre de temporada regular. El Real Madrid llega a los playoffs como primer clasificado. La derrota de hoy no les cuesta la posición. Pero lo que ha ocurrido en la cancha en los minutos centrales del partido, y la cadena de causas y efectos que llevó a la expulsión del pivot titular y del entrenador, es exactamente el tipo de episodio que debería terminar en un expediente abierto, en una reunión del comité de árbitros y, si hay justicia deportiva en este país, en una nevera larga para quien hoy ha tomado decisiones que no dan el nivel mínimo exigible en una competición profesional.
Javier Torres, ES un arbitro QUE PARECE de nivel alevines pitando en la ACB.
La falta que no era antideportiva: el error que lo desencadenó todo
Vayamos al origen del escándalo. Ömer Yurtseven comete una falta en el poste. Una falta normal. De las que se pitan cincuenta veces por partido en cualquier ACB de cualquier jornada. No hay zancadilla, no hay brazo por encima del cuello, no hay agarre por detrás. Es una falta de pívot en posición de bloqueo. Javier Torres la pita como antideportiva.
En ese momento hay dos caminos. El primero: el árbitro tiene criterio, ve la duda, va al challenge antes de que los jugadores reaccionen y lo revisa con calma. El segundo: el árbitro pita con convicción, el jugador afectado protesta, el árbitro le descalifica por la protesta, y acto seguido el entrenador pide explicaciones y se lleva una técnica y después una segunda técnica que implica también la descalificación del propio entrenador.
Torres eligió el segundo camino. Y minutos después, al ir al monitor, tuvo que revertir la antideportiva porque por supuesto no lo era. El problema es que a esas alturas el daño ya estaba hecho. Yurtseven fuera. Scariolo fuera. El partido intervenido de forma irreversible por un error que el propio árbitro reconoció al revisarlo.
Aquí está el núcleo del problema que me parece más grave de toda esta historia: el jugador y el entrenador pagan las consecuencias del error del árbitro. Torres se equivoca, pita una antideportiva inexistente, la revierte al verla en monitor, y se va a casa tan tranquilo. Sus dos víctimas, que reaccionaron como cualquier profesional reaccionaría ante una decisión injusta, se quedan fuera del partido por su ineptitud manifiesta. La descalificación de Yurtseven y la expulsión de Scariolo son técnicamente correctas en su mecánica —el jugador protestó, el entrenador protestó— pero son consecuencia directa de un error arbitral que jamás debería haberse producido.
Si hay un protocolo en la ACB para estos casos, que yo sepa no existe. Nadie revierte la descalificación del jugador aunque se demuestre que la falta que la provocó era incorrecta. El árbitro corrige su error. El jugador no recupera sus minutos en cancha. La injusticia queda grabada en el acta.
El challenge que no fue: la otra escena que no tiene explicación
El segundo episodio de la tarde merece también su análisis detenido. El Real Madrid solicita un challenge. El árbitro deniega la petición alegando que el balón ya está en juego. La mecánica del baloncesto es clara: un equipo tiene derecho a pedir el challenge antes de que se reanude el juego. Si el árbitro detecta que un equipo va a pedirlo y acelera la puesta en juego para evitarlo, eso no es gestión eficiente del partido. Eso es obstrucción al derecho reglamentario de un equipo.
Scariolo, lógicamente, protesta. Y en lugar de recibir una explicación o una advertencia, recibe una técnica. Vuelve a protestar, y recibe la segunda. Descalificado.
La imagen de Sergio Scariolo abandonando la cancha en el último partido de la temporada regular, a las puertas de unos playoffs que el Madrid afronta con la plantilla diezmada y sin sus pívots titulares, por una cadena de errores arbitrales que ningún árbitro pagará con ninguna consecuencia visible, es la imagen perfecta de lo que está mal en el arbitraje del baloncesto español.
Tampoco crean que sus acompañantes Alfonso Olivares y Ariadna Chueca hayan dado mucho más nivel, pero lo de Javier Torres supera cualquier expectativa.
El problema de fondo: la impunidad estructural del arbitraje ACB
No es que Javier Torres sea el peor árbitro de la historia del baloncesto. No voy a ser injusto con alguien que lleva nueve años en la ACB desde su ascenso en 2017 y que ha dirigido centenares de partidos. Lo que sí es cierto es que lo que hemos visto hoy tiene un nombre técnico en cualquier análisis de rendimiento arbitral: intervención indebida en el resultado mediante decisiones equivocadas tomadas con autoridad excesiva.
La prepotencia que describo no es una impresión subjetiva de un aficionado madridista. Es la actitud objetivamente observable de un árbitro que, ante sus propios errores, responde con más autoridad en lugar de más modestia. El árbitro bueno, cuando se equivoca, busca la manera de corregir el error con el mínimo impacto en el partido. El árbitro malo, cuando se equivoca, defiende la decisión aunque sea revisando nada.
Torres revisó la antideportiva. Bien. Pero entre la decisión inicial y la revisión hubo dos descalificaciones. Y ahí está exactamente el problema. Si te has equivocado -habitual en este pollo-, todo lo que pasa después es TU problema, tu responsabilidad y los equipos no pueden asumir las consecuencias y responsabilidades derivadas de TU error. Creanme, es un completo inutil, y encima arrogante.
Lo que me parece inadmisible, y en esto el Real Madrid debería ser muy claro en su comunicación oficial posterior al partido, es que un arbitraje de este nivel pueda producir tres descalificados, cuatro técnicas, todas sobre el mismo equipo, y que el siguiente paso sea simplemente pasar página hacia la siguiente jornada como si nada hubiera ocurrido. En la NBA, un arbitraje de estas características activa automáticamente una revisión interna que puede derivar en sanciones al colegiado. En la ACB, la estructura de control del arbitraje tiene margen de mejora que se mide en años-luz.
Lo que la ACB debería hacer y probablemente no hará
El Real Madrid tiene toda la legitimidad del mundo para presentar una queja formal ante la ACB documentando lo ocurrido. Tres descalificados. Cuatro técnicas. Una antideportiva revertida por el propio árbitro al revisarla. Un challenge denegado con el balón puesto en juego antes de tiempo. El dosier se escribe solo. Todo ello en un partido intrascendente en el que nadie se jugaba nada. ¡Vaya cracks del trío arbitral!
La pregunta es si lo hará. En el baloncesto español, los clubes grandes son notoriamente reticentes a quejas formales contra árbitros porque el sistema, como en cualquier deporte, genera incentivos para no ganarse enemigos innecesarios en el colegio arbitral antes de unos playoffs. Esa reticencia es comprensible y al mismo tiempo es exactamente lo que perpetúa la impunidad.
Sería pátetico y lamentable que le permitieran pitar en las próximas jornadas. Debería vivir en una nevera permanente.
Javier Torres Sánchez tiene 38 años, lleva nueve en la ACB y tiene por delante lamentablemente potencialmente muchos años de carrera. Si el sistema arbitral de la ACB funciona con el mínimo de accountability que se exige a cualquier profesional en cualquier otro sector, lo que ocurrió hoy debería tener consecuencias visibles: una revisión del expediente, una reducción temporal de asignaciones, algún tipo de señal pública de que los errores de esta magnitud tienen coste.
Si no ocurre nada, el mensaje a jugadores y entrenadores es el de siempre: ustedes pagan con minutos, con expulsiones y con partidos. El árbitro cobra el viaje de vuelta a casa.
El baloncesto español se merece árbitros que entiendan que su función es servir al juego, no gobernar sobre él. Lo de hoy en Manresa fue lo segundo. Y eso, en las vísperas de unos playoffs, es más grave de lo que parece.
Esperemos que el comité de árbitros vea las imágenes con la misma atención con la que Torres vio la repetición de la antideportiva. Aunque para entonces ya era demasiado tarde.



