15 instantáneas ganadoras del Wildlife Photographer of the Year

El Museo de Historia Natural de Londres celebra más de seis décadas del certamen más prestigioso de fotografía de naturaleza. Las imágenes galardonadas revelan comportamientos inéditos, escenas de caza y el impacto de la contaminación en especies amenazadas.

Bajo una manta de lirios acuáticos que cubre la superficie como un techo verde, una legión de puntos negros asciende desde la oscuridad del lago Cedar. Son miles de renacuajos de sapo occidental que remontan hacia la luz para alimentarse de algas, ajenos al fotógrafo que, a pocos metros, contiene la respiración tras la máscara de buceo. Shane Gross, canadiense, llevaba horas sumergido en las aguas de la Columbia Británica cuando apretó el disparador. Para no enturbiar la toma, había seguido los senderos que los castores abren entre los lirios. Aquella imagen —un enjambre de vida suspendido entre dos mundos— le valdría el título de Fotógrafo de Vida Salvaje del Año.

El certamen Wildlife Photographer of the Year, que organiza el Museo de Historia Natural de Londres desde 1965, es la referencia indiscutible de la fotografía de naturaleza. Concebido en sus orígenes como un modesto concurso de revista, ha crecido hasta recibir decenas de miles de candidaturas de más de un centenar de países. En su sexagésima edición, fallada en 2024, el jurado examinó 59.228 imágenes —una cifra récord— y seleccionó un puñado de fotografías que, más allá de su factura técnica, retratan comportamientos esquivos, dramas evolutivos y las cicatrices que la actividad humana inflige al medio natural.

«Estas fotografías no solo impulsan nuevos esfuerzos de conservación: encienden la creación de defensores reales de nuestro planeta a escala global», afirma Doug Gurr, director del museo.

Bajo la manta de lirios

La imagen de Gross trasciende el retrato naturalista clásico. Los renacuajos, vistos desde abajo, se recortan contra los lirios como siluetas caligráficas. La composición evita el centro de atención único: cada punto negro reclama su porción de luz. Kathy Moran, presidenta del jurado, confesó que el panel quedó «cautivado por la mezcla de luz, energía y conexión entre el entorno y los renacuajos». También celebró la entrada de una especie apenas fotografiada en el archivo histórico del concurso. «En los últimos años, la competición ha iluminado entornos y especies a menudo ignorados que, sin embargo, provocan la misma maravilla que la fauna salvaje más emblemática», explicó.

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Esa inclusión tiene un trasfondo urgente. Los anfibios son la clase de vertebrados más amenazada del planeta. Un estudio publicado en 2023 reveló que dos de cada cinco especies de ranas, sapos y salamandras se encuentran en riesgo de extinción. Los humedales donde se reproduce el sapo occidental —charcas, lagos de montaña, remansos fluviales— se cuentan entre los ecosistemas más castigados por la desecación y la contaminación. Gross lo resumió en sus redes sociales: «Espero que la atención que esta imagen brinda a nuestros anfibios y humedales se traduzca en protecciones urgentes».

El universo en miniatura

Si la foto ganadora exige protección para los grandes humedales canadienses, la del joven Alexis Tinker-Tsavalas reclama la mirada para un mundo que rara vez merece un segundo vistazo. Este fotógrafo alemán, de diecisiete años, levantó un tronco caído en un parque de Berlín y encontró, cara a cara, a un colémbolo y un moho mucilaginoso. El colémbolo —un hexápodo diminuto, primo lejano de los insectos— mide apenas dos milímetros, el tamaño de un grano de arena. Para obtener una imagen nítida, Tinker-Tsavalas combinó treinta y seis fotografías, cada una con un plano focal distinto.

El resultado, titulado «Life Under Dead Wood», le valió el galardón de Joven Fotógrafo de Vida Salvaje del Año. Moran destacó «la increíble atención al detalle, la paciencia y la perseverancia» del autor. La fotografía no es solo una proeza técnica: recuerda que el suelo que pisamos hierve de actividad. Los colémbolos son agentes esenciales del reciclaje orgánico. Devoran bacterias y hongos, fragmentan la materia vegetal y airean el sustrato. Sin ellos, la descomposición se ralentizaría drásticamente. Además, estos artrópodos poseen una capacidad asombrosa: cuando se sienten amenazados, ejecutan un salto acrobático con una tasa de rotación que los ingenieros estudian para aplicarla a la robótica.

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Depredadores en el punto de mira

El comportamiento predatorio es uno de los grandes imanes del concurso, y tres imágenes de la sexagésima edición lo abordan desde ángulos muy distintos. La primera, «On Watch», del canadiense John E. Marriott, congela a una familia de linces canadienses en el Yukón. La madre, echada sobre la nieve, clava sus ojos amarillos en la cámara mientras los dos cachorros, ya adultos, se protegen del viento a su espalda. Marriott había seguido a este grupo durante más de una semana, avanzando con raquetas por el bosque boreal y manteniendo siempre una distancia prudencial. «Acercarse a un felino tan esquivo —muy trampeado por su piel— ya es raro; retratar a la familia entera es extraordinario», comentó la jueza Roz Kidman Cox.

La segunda imagen, del estadounidense Jack Zhi, muestra a un halcón peregrino juvenil que todavía no domina el arte de la caza. En lugar de abalanzarse sobre palomas o pelícanos —como hará en pocas semanas—, el polluelo se entrena con una mariposa. Los halcones peregrinos adultos alcanzan en picado los trescientos veinte kilómetros por hora, la velocidad más alta registrada en el reino animal. Zhi llevaba ocho primaveras fotografiando a los polluelos que anidan en Los Ángeles cuando capturó esta estampa de aprendizaje torpe y tenaz.

La tercera fotografía, «Wetland Wrestle», de Karine Aigner, eleva la tensión depredadora a un duelo de titanes. En los humedales de Mato Grosso, Brasil, la fotógrafa estadounidense guiaba a un grupo de turistas que observaba ciervos de los pantanos cuando distinguió una forma extraña en el agua. Al enfocar con los prismáticos, descubrió a una anaconda amarilla enroscada a un caimán yacaré. Cualquiera de los dos podría devorar al otro. La imagen, simétrica como un emblema heráldico, muestra a los contendientes quietos, con la serpiente catando el aire con la lengua. «El agua inmóvil, los reflejos, los dos adversarios observándose… casi te engaña haciéndote creer que es un momento de paz», señaló el juez Chien Lee.

El cuervo que se volvió pincelada

No todas las imágenes ganadoras persiguen el instante decisivo. El fotógrafo checo Jiří Hřebíček apostó por el movimiento. En un parque de Basilea, Suiza, disparó contra un cuervo carroñero con una velocidad de obturación lenta mientras desplazaba la cámara de forma deliberada. El barrido resultante difumina las plumas y convierte al ave en una mancha impresionista: una silueta oscura que emerge de un fondo de trazos dorados y grises. Moran calificó la pieza de «elegante y embrujadora». «El movimiento es el justo para darle filo, pero no tanto como para robarle el ambiente creado por la luz y la colocación perfecta del pájaro», añadió.

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Los cuervos carroñeros son córvidos de inteligencia notable. Se desenvuelven con soltura en entornos urbanos, usan herramientas sencillas y reconocen rostros humanos. En 2024, un equipo de investigadores alemanes demostró que podían adiestrar a tres ejemplares para «contar» hasta cuatro, emitiendo un número de graznidos equivalente al de objetos mostrados en una pantalla. La foto de Hřebíček, en su ambigüedad calculada, resulta un retrato mucho más fiel de la mente de un córvido que cualquier imagen hipernítida: el cuervo no se deja atrapar del todo.

Centinelas del hielo antártico

Matthew Smith jamás había visto una foca leopardo. En la bahía Paraíso, en la península Antártica, el fotógrafo británico-australiano se sumergió con una lente diseñada a medida, capaz de capturar simultáneamente el mundo sobre y bajo la línea de flotación. El animal, de casi tres metros de longitud, nadó alrededor de él con curiosidad durante varios minutos, dibujando círculos cada vez más cerrados. «Cuando miró directamente al interior del objetivo, supe que tenía algo bueno», recordó Smith.

La foca leopardo es, hoy por hoy, una especie abundante. Pero su sustento depende del krill antártico y de los pingüinos, y ambos recursos menguan a medida que el océano se calienta y la banquisa retrocede. El juez Tony Wu resumió la fuerza simbólica de la imagen: «Una sola foca leopardo mirando fijamente a la cámara parece casi un centinela que amonesta a la humanidad por la reducción del hielo marino del que depende». Bajo esa lectura, la instantánea de Smith se convierte en algo más que un retrato subacuático: es una advertencia vestida de belleza.

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Seis meses para un instante

Frente a la espontaneidad con que Smith encontró a su foca, el ruso Igor Metelskiy encarna la paciencia llevada al extremo. Instaló una cámara trampa en un paraje remoto de Primorsky Krai, en el extremo oriental de Rusia, cerca de huellas de presas de lince. Esperó medio año. Cuando por fin recogió la tarjeta de memoria, encontró una sola imagen, pero definitiva: un lince euroasiático que, bañado por la luz anaranjada del atardecer, se estiraba con languidez ante un telón de montañas nevadas.

El contraste entre el esfuerzo del fotógrafo y la despreocupación del animal no pasó desapercibido para Moran. «Simplemente aparece, hace una reverencia, deja una fotografía y sigue su camino», bromeó. Los linces de la región son escasos: un censo de 2013 estimaba unos 5.890 ejemplares en todo el Lejano Oriente ruso, frente a los 22.500 del total nacional. Metelskiy logró algo más que un trofeo técnico: documentó a un fantasma de los bosques boreales en un entorno que, en las próximas décadas, podría transformarse por la presión maderera y el cambio climático.

La brigada del despiece

Las hormigas rojas de la madera tienen un menú amplio. Aunque suelen alimentarse de la melaza azucarada que segregan los pulgones, de vez en cuando necesitan proteínas. En esos casos, la colonia se moviliza: decenas de obreras se coordinan para derribar insectos mucho mayores que ellas. El alemán Ingo Arndt fotografió a un escuadrón de estas hormigas desmembrando un escarabajo azul de tierra ya muerto, en un bosque de Hesse. Para lograr el encuadre, tuvo que tumbarse en el suelo a escasos centímetros del hormiguero. «En pocos minutos estaba cubierto de hormigas», confesó.

La imagen transmite una energía casi sonora. Wu afirmó que podía «sentir —casi oír— la energía del enjambre» mientras admiraba «la dedicación inquebrantable de la hormiga solitaria que escala hasta la cima del escarabajo». Cada obrera tira en una dirección distinta, pero el resultado neto es un movimiento concertado. Las hormigas rojas de la madera son una especie clave en los bosques europeos: airean el suelo, dispersan semillas y controlan plagas. Sus nidos en forma de cúpula, construidos con agujas de pino, albergan a su vez a decenas de otros invertebrados.

Un mosaico de plástico

La imagen más dura de la edición no muestra un animal vivo, sino cuatrocientas tres piezas de plástico ordenadas como un mosaico. El australiano Justin Gilligan extrajo esos fragmentos del tracto digestivo de una sola pardela de patas pálidas, un ave marina recogida en la isla de Lord Howe, en Nueva Gales del Sur, donde la especie mantiene colonias de cría. Allí, los polluelos reciben de sus padres el alimento regurgitado, y con él, los desechos que flotan en el océano.

Las cifras globales de contaminación por plásticos abruman: cada año se vierten al mar alrededor de ocho millones de toneladas. Esos residuos se fragmentan con el oleaje y la radiación ultravioleta en micropartículas que los organismos marinos confunden con alimento. Las pardelas, como muchos otros proceláridos, recorren miles de kilómetros de océano abierto y son especialmente vulnerables. La fotografía de Gilligan no necesita un animal moribundo para denunciar la catástrofe: el inventario minucioso de objetos —tapones, fragmentos de bolsas, hilachas de colores— resulta más elocuente que cualquier cadáver. El jurado valoró la capacidad de la imagen para convertir un dato —403 piezas— en una experiencia visual perturbadoramente bella.

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Seis décadas de testimonio visual

El Wildlife Photographer of the Year comenzó en 1965 como un concurso modesto vinculado a la revista Animals. En aquella primera edición, el ganador absoluto fue un retrato de un búho nevado tomado por un aficionado inglés. Sesenta años después, el certamen es un fenómeno global que trasciende el ámbito de la fotografía. Las imágenes premiadas se exponen en una muestra que itinera por decenas de ciudades de todo el mundo y las publica el propio Museo de Historia Natural de Londres en un volumen anual. El archivo acumulado constituye una de las mayores crónicas visuales del mundo natural jamás reunidas.

Ese corpus no solo documenta la evolución de la técnica fotográfica —del blanco y negro a las cámaras trampa digitales, de la película a los sensores de alta sensibilidad—, sino también los cambios en la sensibilidad conservacionista. En las primeras décadas, el concurso premiaba sobre todo la belleza formal: retratos frontales, paisajes impolutos, fauna exótica y descontextualizada. Con el tiempo, las imágenes ganadoras han incorporado de forma creciente el conflicto entre el ser humano y la naturaleza, desde la caza furtiva hasta la crisis climática. La pardela rellena de plástico de Gilligan o el lince acorralado por las trampas de piel que retrató Marriott habrían sido impensables en los años setenta.

La presidenta del jurado, Kathy Moran, lo resumió en una declaración durante la ceremonia de entrega: el concurso ha aprendido a «iluminar entornos y especies que a menudo se pasan por alto», pero que provocan la misma capacidad de asombro que los grandes mamíferos africanos o las aves rapaces. Las quince imágenes seleccionadas en 2024 —de los renacuajos de Gross al colémbolo de Tinker-Tsavalas, pasando por la foca leopardo de Smith o las hormigas de Arndt— comparten una misma intención bajo sus estéticas dispares: recordar que la belleza y la fragilidad son las dos caras de una misma moneda. Y que el visor de una cámara, cuando se maneja con talento y honestidad, es una de las mejores herramientas para defender lo que aún nos queda.