La llamada “droga de los pueblos” vuelve a dar de que hablar y esta vez con más fuerza. ¿Una pastilla por tres euros capaz de provocar alucinaciones, agresividad y euforia extrema? Esa es la peligrosa promesa del karkubi, una mezcla explosiva que nació en los barrios más pobres de Marruecos y que hoy empieza a circular por las calles de Madrid, Sevilla y otras ciudades importantes españolas. Lo que comenzó como un problema sanitario en el norte de África, ahora se ha convertido en una alarma creciente para las autoridades españolas.
A simple vista, el karkubi parece inofensivo, pequeñas pastillas rojas fáciles de ocultar y baratas de conseguir. Pero su composición es una bomba. Se elabora mezclando ansiolíticos como el Rivotril (clonazepam) con hachís, alcohol, pegamento y harina. El resultado es una droga con potentes efectos psicotrópicos, que desinhibe, distorsiona la realidad y, en muchos casos, despierta una agresividad incontrolable y la peor parte, el daño que puede generar en el organismo es realmente “brutal”.
En los últimos meses, la Policía Municipal y la Guardia Civil han dado varios golpes a las redes que trafican con este tipo de fármacos. Desde falsificación de recetas médicas hasta la venta ilegal de medicamentos por internet, las operaciones apuntan a un mismo fenómeno, el karkubi ha llegado para quedarse, y su expansión preocupa tanto como su bajo precio.
Una droga nacida de la pobreza y el ingenio

El karkubi surgió en Marruecos a mediados de los 2000, en los barrios más humildes del país, donde las drogas tradicionales eran y siguen siendo demasiado caras, como una alternativa más económica y accesible. Su apodo, “la droga de los pobres”, no es casualidad, sus ingredientes (benzodiacepinas, hachís y alcohol) son fáciles de conseguir, baratos y, sobre todo, “legales” si se adquieren con receta. Esa accesibilidad convirtió al karkubi en una alternativa peligrosa, sobre todo entre jóvenes y personas con escasos recursos.
Durante años, esta sustancia permaneció como un fenómeno local. Pero el tráfico ilegal de ansiolíticos desde Europa al norte de África cambió las reglas del juego. El clonazepam, principal componente del Rivotril, empezó a llegar en cantidades enormes a Marruecos, y pronto la droga dio el salto inverso, de regreso a España, donde ha encontrado un mercado en expansión. Vamos, que se trata de una triste ironía, España proporciona la materia prima para elaborar esta droga, que llega al país a un precio accesible para los más jóvenes.
De Marruecos a Madrid: el viaje del karkubi

El pasado mes de mayo, la Policía Municipal de Madrid detuvo a dos hombres en la calle San Bernardo con más de 500 pastillas de Rivotril escondidas en su coche. Iban a mezclarlas con hachís para producir karkubi, lo que indica que la droga de los pobres ya se produce en España, no proviene sólo de Marruecos, sino que existen laboratorios clandestinos en varias ciudades del país. Y no era un caso aislado, en los últimos meses, se han desmantelado redes en provincias como Alicante, Zamora o Sevilla dedicadas a fabricar y distribuir esta droga.
La investigación reveló un sistema sofisticado, recetas falsificadas, médicos inexistentes y farmacias engañadas. Los traficantes compran los medicamentos con documentos manipulados y luego los mezclan en laboratorios caseros. En algunos casos, los comprimidos se colorean de rojo para imitar el aspecto del karkubi marroquí. El resultado se vende por apenas tres euros la unidad. Un precio que, por barato, está saliendo carísimo a nivel de salud pública.
Efectos devastadores y una expansión silenciosa

Lo que hace al karkubi tan peligroso no es solo su composición, sino su efecto imprevisible y es justamente este efecto lo que buscan los jóvenes que la consumen, la adrenalina de someterse a una experiencia totalmente nueva. El consumo altera drásticamente el estado de ánimo, combina la somnolencia del ansiolítico con la euforia del hachís, y en dosis altas puede provocar “ataques de agresividad, alucinaciones o incluso estados psicóticos”, sin mencionar el daño permanente que puede ocasionar en el organismo de los más jóvenes. En Marruecos, llegó a usarse para “dopar perros de pelea” y se popularizó entre jóvenes durante los partidos de fútbol por su efecto desinhibidor.
En España, los servicios sanitarios ya están empezando a notar su impacto. Clínicas de salud mental en Sevilla y Madrid reportan un aumento de pacientes que buscan recetas de Rivotril o Trankimazín sin necesidad médica. La combinación de pobreza, acceso fácil y desconocimiento está impulsando una nueva ola de adicción que amenaza con colapsar la atención primaria, lo que ha llevado a las autoridades sanitarias a implementar mayores controles en la expedición de recetas.
Un problema que exige respuesta

Entonces, tenemos claro que el karkubi no es solo una droga más del montón, se trata de una droga elaborada con ingredientes que pueden generar daños importantes en el organismo de quien la consume, pero además es el reflejo de un problema más profundo, donde la vulnerabilidad social y la falta de control sanitario se cruzan. Mientras las autoridades refuerzan los mecanismos para evitar la falsificación de recetas y el tráfico de fármacos, los expertos advierten que la clave está en la educación y la prevención, pero desafortunadamente en los estratos donde se comercializa son de difícil acceso.
España todavía no enfrenta una epidemia, pero las señales son bastante claras si no se toman las medidas adecuadas para prevenirla, porque si algo ha demostrado el karkubi es que “no hace falta mucho dinero para caer en una adicción peligrosa”. La solución pasa por mirar más allá de las calles, entender qué lleva a tantos jóvenes a buscar escape en una pastilla de tres euros. Porque detrás de cada comprimido rojo, hay una historia que merece ser escuchada, una necesidad o simplemente un problema que resolver, antes de que sea demasiado tarde.







