Los 10 lugares abandonados más famosos del mundo

Del pueblo en llamas de Centralia a la ciudad fantasma de Pripyat, un viaje por diez lugares que quedaron congelados en el tiempo. Sus historias revelan la fuerza de la naturaleza, la ambición humana y las cicatrices que aún marcan el paisaje.

Hay lugares donde el silencio pesa más que las ruinas. Donde cada grieta en el cemento y cada ventana vacía cuentan una historia interrumpida. Los diez sitios abandonados que recorremos a continuación comparten un destino común: un día, sus habitantes se marcharon para no volver. Pero las razones —desde el fuego subterráneo de Centralia hasta la radioactividad de Chernóbil— forjaron paisajes tan distintos como fascinantes. Todos ellos, congelados en el momento de la partida, se han convertido en monumentos involuntarios a la fragilidad de los asentamientos humanos.

Isla de Hashima, el acorazado de hormigón

Frente a la costa de Nagasaki, la isla de Hashima emerge del mar como una fortaleza deshabitada. Sus bloques de apartamentos de hormigón, apilados en apenas 6,3 hectáreas, le valieron el apodo de Gunkanjima —isla acorazado—. Lo que una vez fue el lugar más densamente poblado del planeta, con 5.259 habitantes en 1959, quedó vacío la noche del 20 de abril de 1974. Ese día, la compañía Mitsubishi cerró la mina submarina de carbón que había sustentado a la comunidad durante casi un siglo. Los trabajadores recogieron sus pertenencias y, en cuestión de horas, la isla entera quedó a merced de las olas y el viento salino.

Durante la fiebre del carbón, Hashima albergaba escuelas, un hospital, túneles subterráneos y hasta un pachinko. Hoy, los pasillos están tapizados de óxido y las aulas vacías miran hacia un horizonte sin niños. La naturaleza, sin embargo, no ha sido tan implacable como la sal. Las estructuras de hormigón se mantienen en pie, lo suficiente como para que la UNESCO incluyera el enclave en la lista del Patrimonio Mundial en 2015. Desde 2009, pequeñas embarcaciones de turistas recorren sus muelles, respetando la prohibición de adentrarse en los edificios, demasiado frágiles para soportar el peso de la memoria.

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Centralia, la brasa infinita

Bajo las calles agrietadas de Centralia, en Pensilvania, no hay silencio: hay un crepitar incesante. En 1962, el ayuntamiento decidió quemar un vertedero para reducirlo. Las llamas alcanzaron una veta de carbón situada justo debajo de la población y, desde entonces, no se han apagado. Más de sesenta años después, el fuego avanza a ritmo de un kilómetro por año, emitiendo columnas de humo sulfuroso a través de las fisuras del asfalto. Los temblores y los socavones obligaron a evacuar a los últimos residentes en la década de 1990. De los mil habitantes que tenía Centralia en 1980, apenas quedan cinco tozudos, y la ruta estatal 61 se desvió tras partirse en varias secciones humeantes.

Se han invertido más de 700 millones de dólares en planes de extinción, pero el carbón arderá, según los geólogos, durante otros 250 años. Mientras tanto, el paisaje es un recordatorio persistente de que existen incendios que ni el hombre ni la lluvia pueden apagar.

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Beelitz-Heilstättten, la clínica del bosque

En el estado de Brandeburgo, a 40 kilómetros de Berlín, un laberinto de pabellones de ladrillo rojo se oculta entre hayas y robles. El complejo sanitario de Beelitz-Heilstättten fue inaugurado en 1898 como sanatorio para tuberculosos, y en su diseño se integraban los últimos avances de la arquitectura terapéutica: galerías soleadas, dormitorios ventilados y espacios concebidos para que los enfermos respiraran aire puro. Durante la Primera Guerra Mundial, sus camas acogieron a miles de soldados, entre ellos un joven Adolf Hitler, herido en la batalla del Somme. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Rojo convirtió el lugar en el hospital soviético más grande fuera de la URSS, y lo mantuvo operativo hasta su retirada en 1994. Al marcharse, dejaron murales con la hoz y el martillo, camillas metálicas oxidadas y un silencio que el bosque se apresuró a colonizar.

Desde 2015, una parte del recinto ha sido reconvertida en centro de rehabilitación neurológica, pero la mayoría de los 60 edificios sigue abandonada. La luz se cuela por ventanas rotas sobre máquinas de rayos X obsoletas que lucen como esculturas de otra época.

Oradour-sur-Glane, el memorial detenido

El 10 de junio de 1944, la 2.ª División Panzer de las SS rodeó el pueblo de Oradour-sur-Glane, en el centro de Francia. Reunió a los 642 vecinos, separó a los hombres de las mujeres y los niños, y procedió a fusilarlos casa por casa. Después incendió cada edificio. Tras la guerra, el presidente Charles de Gaulle ordenó conservar las ruinas como testimonio. De modo que Oradour nunca se borró: los coches calcinados permanecen en la calle, los postes de electricidad yacen torcidos, y la iglesia, donde murieron abrasadas 247 personas, sigue albergando las cenizas entre sus muros. Unas vallas discretas permiten a los visitantes deambular por las calles vacías bajo un silencio que pesa como una losa.

Junto a las ruinas, se levantó un nuevo Oradour, con supermercado y rotonda. Pero el pueblo original quedó como un agujero en la historia, un lugar donde el tiempo no avanza porque está prohibido olvidar.

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Fuertes Maunsell, centinelas oxidados

En la desembocadura del Támesis y del Mersey, el horizonte está punteado por unas torres metálicas que semejan robots caminando sobre el agua. Los fuertes Maunsell se construyeron en 1942 para defender las rutas marítimas británicas de los ataques aéreos alemanes. Dotados de cañones antiaéreos y tripulaciones de hasta 265 hombres, constituían una muralla flotante contra los cazas de la Luftwaffe. Concluida la guerra, el ejército los abandonó en 1964. Desde entonces, estas moles de acero han conocido usos tan diversos como la piratería radiofónica —allí emitían las radios ilegales en los años 60— y la micro-nación. Uno de ellos, Roughs Tower, fue ocupado por un excéntrico mayor que proclamó el Principado de Sealand, con pasaporte y moneda propios.

Hoy, herrumbrosos y sin mantenimiento, los fuertes se visitan en barco, aunque solo los tripulantes más locos se atreven a atracar. El oleaje choca contra sus pilares recordando que, pese a las bombas y la historia, el mar siempre termina ganando.

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Bodie, la decadencia vigilada

En 1877, la fiebre del oro transformó un campamento polvoriento de California en la ciudad de Bodie, con 65 salones, 10.000 habitantes y una reputación de asesinato diario. Pero el filón se agotó a principios del siglo XX y, poco a poco, los buscadores de fortuna se marcharon. En 1932 un incendio devoró gran parte del centro, y el golpe final llegó con la Segunda Guerra Mundial: el gobierno prohibió la minería de oro por ser considerada no esencial. Bodie se convirtió en un pueblo fantasma custodiado por el viento de la Sierra Nevada.

En 1962, el estado de California lo declaró parque histórico estatal y optó por una filosofía de «decadencia detenida»: conservar los edificios tal como están, con sus puertas desvencijadas y sus objetos domésticos intactos. El resultado es un museo vivo en el que los turistas pueden asomarse a una escuela con pupitres de tintero o a una oficina de correos con cartas sin enviar. Las tablas crujen, pero nada se restaura. «Es lo más cerca que estarás de caminar por una ciudad del Lejano Oeste sin viajar en el tiempo», suele decir un guardabosques anónimo.

Humberstone, salitre en el desierto

En pleno desierto de Atacama, donde la aridez conserva mejor que el formol, se alza Humberstone. Esta antigua oficina salitrera fue el corazón de un emporio que, entre 1880 y 1930, exportó nitrato a todo el planeta y acumuló riquezas suficientes para acuñar moneda propia y traer las últimas novedades europeas. El teatro de Humberstone, con su telón pintado a mano, recibió a compañías líricas italianas. La iglesia, de madera traída de Estados Unidos, congregaba a misa a los mineros. Pero en los años 30, la síntesis química del salitre asestó un golpe mortal. La explotación cesó en 1960 y los trabajadores partieron sin apenas llevarse nada.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2005, Humberstone es hoy un esqueleto impecable. La sequedad del desierto ha preservado máquinas, talleres y viviendas como si esperaran el regreso de sus dueños. Al atardecer, cuando el sol tiñe de rojo los cerros, uno puede imaginar el bullicio de un pueblo que nació del polvo y al polvo retornó.

Kolmanskop, las mansiones engullidas

La fiebre de los diamantes hizo brotar palacios en medio del desierto de Namibia. Kolmanskop, fundada en 1908 por colonos alemanes, llegó a contar con hospital con máquina de rayos X, casino, bolera y elegantes mansiones con balcones y ventanales. Pero tras la Primera Guerra Mundial las gemas escasearon y, en 1954, la empresa De Beers cerró las operaciones. La arena, que nunca pidió permiso, empezó a infiltrarse bajo las puertas.

Hoy, las habitaciones están semienterradas en dunas doradas. La luz de mediodía entra por los cristales rotos y rebota en parqués que la sílice ha curvado. Un grupo de operadores locales ofrece visitas guiadas con permisos especiales, porque las dunas, al moverse, descubren un día un salón intacto y al siguiente lo esconden. Es una danza entre el desierto y el ingenio humano que deja claro quién lleva las riendas.

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Craco, la joya medieval desplomada

Encaramado a una colina calcárea de la Basilicata, en el sur de Italia, Craco parece un belén vacío. Fundado en el siglo VIII, el pueblo prosperó durante la Edad Media gracias a la agricultura y a una posición estratégica que lo defendía de invasores. Sin embargo, las mismas fuerzas geológicas que esculpieron su belleza fueron su perdición: deslizamientos de tierra, terremotos continuos y el lento deslizamiento de la arcilla sobre la que se asienta forzaron evacuaciones graduales. El abandono definitivo llegó en 1963, cuando un corrimiento amenazó con tragarse las casas.

Lo que quedó es un laberinto de callejuelas medievales, iglesias vacías y escalinatas que ascienden hacia ninguna parte. Su carácter fantasmagórico atrajo a directores de cine: Mel Gibson rodó allí escenas de La pasión de Cristo, y la cinta de James Bond Quantum of Solace lo utilizó como escenario de una persecución. A pesar de los apuntalamientos de emergencia, Craco sigue hundiéndose milímetro a milímetro, como si la tierra estuviera reclamando su trozo de historia.

Pripyat, la ruina nuclear

La ciudad de Pripyat fue el orgullo de la Ucrania soviética. Diseñada para albergar a los trabajadores de la cercana central nuclear de Chernóbil, contaba con escuelas, centros culturales, piscinas y un parque de atracciones listo para inaugurarse el 1 de mayo de 1986. Pero a las 1:23 de la madrugada del 26 de abril, el reactor número 4 explotó. Treinta y seis horas después, autobuses militares evacuaron a 49.000 personas. Los vecinos creyeron que volverían en tres días. Dejaron las mascotas, los juguetes y la ropa tendida.

Hoy, la noria oxidada del parque nunca estrenado se ha convertido en el icono mundial del olvido atómico. Entre los bloques de pisos crecen abedules y musgo. La zona de exclusión, de 2.600 kilómetros cuadrados, recibe visitas esporádicas de turistas ataviados con dosímetros, que deben ceñirse a rutas estrictas. Pero la naturaleza ha encontrado el modo de habitar lo inhabitable: lobos, jabalíes y caballos de Przewalski campan por las calles donde antes sonaban los patios de colegio. Algunos ancianos regresaron a sus isbas en aldeas cercanas, desafiando las estadísticas de cáncer. Saben que el tiempo, en Pripyat, se mide en radiación.

Legados de ausencia

Los diez lugares resumen un catálogo de las formas en que un asentamiento puede vaciarse: la extenuación del recurso minero (Hashima, Bodie, Humberstone, Kolmanskop), la catástrofe natural o la guerra (Craco, Oradour), la contaminación imparable (Centralia, Pripyat), la obsolescencia estratégica (Maunsell) o la agonía de un gigante sanitario (Beelitz). En todos ellos, la huella humana persiste como una cicatriz que la vegetación, el óxido o la arena intentan disimular. Pero en lugar de desaparecer, estos lugares se han convertido en atracciones precisamente por lo que no tienen: personas.

Quizá visitarlos responda a una necesidad de comprender nuestra propia fragilidad. O quizá sea simple curiosidad por lo que queda cuando apagamos la luz y cerramos la puerta. En cualquiera de los casos, la prohibición de entrar en sus edificios más ruinosos —por derrumbe, por radiación o por respeto— añade un último matiz a la historia: lo abandonado nunca es del todo nuestro.