Bioluminiscencia y ballenas, icebergs que escupen... Ocho fenómenos naturales increíbles

Desde los ríos fosforescentes de Florida hasta las rocas que cantan en Pensilvania: ocho maravillas del mundo natural que la ciencia explica pero que ningún dato agota. Incluye el único volcán cuyo interior se puede visitar, la reserva de cachalotes de Dominica y las cataratas ho

La noche es cerrada y la proa del kayak corta el agua como un cuchillo silencioso. De repente, cada golpe de remo desata un reguero de chispas azules, un polvo de estrellas líquidas que se retuerce tras la embarcación. No es magia: son millones de dinoflagelados, microorganismos que al ser perturbados emiten un destello brevísimo. En las lagunas de la Costa Espacial de Florida, el fenómeno se repite cada verano con una intensidad casi irreal, y flotar en medio de esa oscuridad salpicada de zafiros es una de esas experiencias que reformulan la idea misma de viaje.

La bioluminiscencia —ese truco evolutivo que comparten medusas, luciérnagas y hongos— es solo el umbral de una colección de prodigios que el planeta despliega con la regularidad de un reloj geológico o astronómico. Algunos requieren travesías transoceánicas, permisos especiales o un casco de escalada; otros, en cambio, se anuncian en el cielo del vecindario. Lo que sigue es un recorrido por ocho fenómenos naturales que merecen un viaje, desde las entrañas de un volcán islandés hasta unas rocas que timbran al ser golpeadas con un martillo.

La noche en que la Luna se tiñó de sangre

La madrugada del 13 al 14 de marzo de 2025, buena parte de América contempló un eclipse total de Luna. El satélite no desapareció, sino que se revistió de un tono cobrizo, a medio camino entre el ladrillo y la herrumbre. El efecto —que durante siglos aterrorizó a las culturas antiguas— tiene una explicación óptica precisa: la atmósfera terrestre filtra las longitudes de onda azules de la luz solar y deja pasar las rojizas, que se proyectan sobre la superficie lunar. De ahí el apodo de «luna de sangre».

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Aunque hoy comprendemos la mecánica celeste, el eclipse total de Luna no ha perdido un ápice de su capacidad para suspender el aliento. La NASA y otros organismos astronómicos recuerdan que estos eventos se producen, de promedio, una vez cada dos años y medio, pero no siempre son visibles desde el mismo hemisferio. La edición de 2025 fue especialmente nítida en el continente americano y bastó con alejarse de la contaminación lumínica para observarla a simple vista. Durante los minutos de totalidad, la Luna adquirió una luminosidad fantasmal y el firmamento pareció encogerse. Cristóbal Colón ya supo sacar partido del temor que inspiraban estos eclipses: en 1504, según los cronistas, amenazó a los indígenas de Jamaica con hacer desaparecer la Luna si no cooperaban, una artimaña que le funcionó gracias a un almanaque astronómico.

Ríos y lagunas que brillan como estrellas

De junio a octubre, las aguas salobres del Indian River Lagoon, el río Banana y la laguna del Mosquito, en la costa atlántica de Florida, se convierten en un planetario horizontal. Los responsables son los dinoflagelados —microalgas unicelulares— y las medusas peine, organismos gelatinosos que emiten una luz azul verdosa al ser agitados. Basta con pasar la mano por el agua para que surja un relámpago líquido; los peces dibujan trayectorias fosforescentes y los delfines parecen torpedos de neón.

El fenómeno no es exclusivo de Florida, pero allí alcanza una intensidad que sorprendió incluso a los satélites. El científico Steven D. Miller, de la Universidad Estatal de Colorado, lideró un estudio que detectó desde el espacio enormes manchas bioluminiscentes. «Fue una epifanía —declaró Miller—. Estas imágenes de satélite deberían ayudarnos a entender mejor qué causa los grandes parches de bioluminiscencia». La mejor época para verlo es el final del verano, cuando el agua está calma y las lluvias no la han enturbiado. Las excursiones en kayak parten al anochecer y, a falta de luna, el espectáculo alcanza una intensidad que hace dudar de los propios sentidos.

bioluminiscencia en el mar

Descender al corazón de un volcán dormido

En Islandia, a unos 30 kilómetros al sureste de Reikiavik, se alza el Thrihnukagigur, o cráter de los Tres Picos. Lleva 4.000 años dormido y guarda un secreto que ningún otro volcán del mundo comparte: una cámara magmática de 150 metros de altura, 70 de ancho y paredes veteadas de rojos, naranjas, amarillos y verdes, pigmentos que los minerales han ido depositando a lo largo de milenios. «Normalmente no existen cavidades como esta en la Tierra —explica Freysteinn Sigmundsson, geofísico de la Universidad de Islandia—. O se derrumban o se rellenan de lava durante una erupción. Aquí, la cavidad está rodeada de gruesas capas de lava antigua que forman el techo de la cueva».

Visitar el interior del Thrihnukagigur no es una excursión de senderismo cualquiera: hay que caminar unos tres kilómetros por un campo de lava, embocar un ascensor de cable abierto y descender 120 metros hasta el fondo. Las visitas operan de mayo a octubre y el precio ronda los 320 euros por adulto. La recompensa es una estampa única, un vientre geológico que parece un decorado de ciencia ficción pero que certifica la violencia creadora del planeta.

El santuario de los cachalotes defecadores

Que un cachalote defeque cerca de la superficie no solo es un espectáculo de dimensiones colosales: es, además, un servicio ambiental de primer orden. Las heces de estos cetáceos —ricosas en hierro— fertilizan el fitoplancton, que a su vez absorbe dióxido de carbono de la atmósfera y lo arrastra al fondo oceánico al morir. «En cierto modo, los cachalotes están luchando contra el cambio climático en nuestro nombre», afirma el biólogo especializado en ballenas Shane Gero.

Por razones que la ciencia aún no ha desentrañado, estas grandes criaturas defecan con mayor frecuencia de lo habitual en las aguas de Dominica, una pequeña nación caribeña situada entre Guadalupe y Martinica. En 2023, el gobierno dominiqués creó la primera —y única— reserva mundial de cachalotes: 780 kilómetros cuadrados de océano donde la pesca comercial está prohibida y los grandes buques deben navegar por carriles específicos. La medida protege no solo a los animales, sino la excepcional oportunidad de observarlos en un entorno resguardado. Varias empresas ofrecen salidas en bote e incluso inmersiones en aguas abiertas con los cachalotes, que en Dominica están presentes todo el año, aunque los avistamientos más fiables se dan entre noviembre y marzo.

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Los icebergs que esculpen Groenlandia

La apertura, en otoño de 2024, del nuevo aeropuerto internacional de Nuuk ha colocado a Groenlandia bajo los focos del viajero curioso. La isla —la mayor del mundo si descontamos el continente australiano— alberga algunos de los glaciares más activos del hemisferio norte, y con ellos una deriva interminable de icebergs que se desprenden como si fueran arquitecturas efímeras.

El fiordo de Ilulissat, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, concentra la mayor producción de icebergs del hemisferio norte. El glaciar Sermeq Kujalleq vierte allí unos 35 kilómetros cúbicos de hielo al año, cifra que equivale a casi todo el consumo anual de agua de Estados Unidos. Los bloques —algunos del tamaño de un portaaviones— navegan lentamente hacia el mar de Baffin y cambian de forma según la luz, la temperatura y las corrientes. Un poco más al norte, la localidad de Uummannaq ofrece panorámicas donde los icebergs parecen criaturas vivas que mutan con las estaciones. El turismo groenlandés insiste en que «allí donde un glaciar encuentra el mar, uno encuentra icebergs», y la variedad de aproximaciones —senderismo, kayak, sobrevuelos e incluso submarinismo— permite que cada cual elija su escala de asombro.

bioluminiscencia en el mar

La isla de los frailecillos sin miedo

La isla de Staffa, un peñasco volcánico deshabitado al oeste de Escocia, se convierte cada primavera en una guardería al aire libre. Entre abril y agosto, decenas de miles de frailecillos atlánticos aterrizan en sus acantilados para reproducirse. La peculiaridad de estas aves es su absoluta indiferencia hacia los humanos: saben que nuestra presencia ahuyenta a sus depredadores, las gaviotas, y por eso se dejan fotografiar a pocos metros sin el menor aspaviento. La isla pertenece al archipiélago de las Hébridas Interiores y se alcanza en ferry desde la isla de Mull.

El mayor número de ejemplares se concentra de finales de mayo a julio. Las colonias cubren los salientes basálticos y los prados de hierba corta, y el aire se llena de un trajín constante de idas y venidas con el pico cargado de lanzones. La población de Staffa goza de buena salud, pero en otras latitudes los frailecillos sufren los estragos del cambio climático y la sobrepesca. La Lista Roja de la UICN clasifica al frailecillo atlántico como especie vulnerable, lo que añade una nota de urgencia a la contemplación de estas aves de porte cómico y vuelo torpe.

Una cascada que corre en horizontal

La expresión «cascada horizontal» suena a oxímoron, pero David Attenborough la calificó como «una de las mayores maravillas naturales del mundo». El fenómeno se produce en la remota bahía de Talbot, al noroeste de Australia, donde las mareas —que en esta región alcanzan hasta 11 metros de desnivel— se comprimen entre dos gargantas paralelas y aceleran el agua hasta los 30 kilómetros por hora. El resultado es un torrente que fluye con la violencia de un salto de agua, solo que lo hace en el plano horizontal y, además, cambia de sentido dos veces al día por efecto de la marea reversible.

No existe carretera que conduzca hasta allí: el acceso es solo por vía aérea o marítima. Los operadores turísticos ofrecen excursiones en hidroavión o en cruceros de expedición que sortean las islas y los arrecifes del archipiélago de Buccaneer. Una vez en el lugar, la travesía en lancha rápida a través del estrecho es una experiencia visceral que mezcla el estruendo del agua con la quietud del paisaje de arenisca roja. El espectáculo pertenece al Parque Nacional de la Bahía de Talbot, una zona de una biodiversidad marina asombrosa donde conviven dugongos, tortugas laúd y tiburones ballena.

Las rocas que cantan al golpe de un martillo

A hora y media al oeste de Nueva York, en el condado de Bucks, Pensilvania, el parque de Ringing Rocks —Rocas que Timbrán— oculta un enigma geológico que los científicos llevan décadas sin resolver. Sobre un campo de siete acres se amontonan bloques de diabasa, una roca ígnea formada hace 175 millones de años. Al golpearlas con un martillo, aproximadamente un tercio de ellas producen un sonido metálico, cristalino y prolongado, similar al de una campana. El resto, idénticas a simple vista, emiten un golpe seco y sordo.

Varias hipótesis intentan explicar el fenómeno: la composición mineralógica, la tensión interna, la forma en que los bloques se apilan o incluso una posible influencia extraterrestre (un impacto meteórico que habría liberado energía vibracional, según alguna teoría peregrina). La realidad es que, como admite la revista especializada Rock & Gem, el fenómeno «inspira más preguntas que respuestas, incluso para los geólogos». El parque, de 50 hectáreas, es gratuito y se rige por la regla no escrita del «BYOH»: bring your own hammer, traiga su propio martillo. No hay guías ni paneles interpretativos, solo piedras, silencio y la posibilidad de arrancar una melodía a una roca que ha permanecido muda durante 175 millones de años.

bioluminiscencia en el mar

«Fue una epifanía. Estas imágenes de satélite deberían ayudarnos a entender mejor qué causa los grandes parches de bioluminiscencia» — Steven D. Miller, Universidad Estatal de Colorado.

Los ocho fenómenos comparten una cualidad antigua: nos recuerdan que la Tierra no ha terminado de contarse a sí misma. Que bajo la piel del paisaje cotidiano el planeta ensaya movimientos que desafían la escala humana y, con ella, la soberbia que a veces acompaña al conocimiento. La Luna seguirá tiñéndose de cobre, las lagunas se encenderán puntuales cada verano y los cachalotes fertilizarán el mar con la misma rutina con la que respiraron los primeros cetáceos. El viajero solo necesita elegir dónde dejarse asombrar.

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