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Cuando decidí colegiarme en el Ilustre Colegio de Abogados de Madrid, hace ya algunos años, sabía que la actividad desempeñada por un profesional de la abogacía llevaba consigo una serie de dificultades añadidas a las de cualquier profesión. Cada gremio es evidente que tiene sus problemas, pero en el caso que nos ocupa, siempre tuve la sensación de que el número de obstáculos a saltar era superior al resto de profesiones.

La abogacía es junto posiblemente la medicina, permanente centro de atención social, cada paso que da es seguido con lupa, con el agravante que cuando atesora algún mérito todo es normal, pero cuando resbala, las críticas son extraordinarias.

Por otro lado, se produce la circunstancia, que mucho de los puestos ejecutivos de este país son ocupados por abogados, lo que supone todavía un mayor grado de responsabilidad y escaparate público, aspecto que siempre se ha llevado con dignidad y honra, pues estamos preparados para ello.

Casos de abogados populares que no actúan de acuerdo con lo que se espera de ellos y que tanto se airean en los medios de comunicación, sitúan a la profesión y a nosotros mismos en posiciones irreales e injustas, causando un perjuicio muy grave. Es momento de que el conjunto del colectivo cierre filas, analice la realidad y se esmere para que esta profesión y dedicación sea lo más profesional e impecable posible.

Aquí surge la palabra mágica, algo esencial en mi opinión, la Deontología profesional. Termino que cada vez reclama una mayor importancia y que debe ser el gran reto de cara al futuro.

Todo profesional tiende a pensar que su tarea es la más importante del mundo y que su servicio a la humanidad es irrenunciable. Pero en esto como en todo, no es solo importante lo que pensemos nosotros sino también lo que piensen los demás.

Dentro de las diferentes profesiones existen algunas que tienen más claro su auténtico papel, simplemente porque sean desarrollado antes. En el caso que nos ocupa y preocupa, las profesiones jurídicas se desarrollan al final de la Edad Media, con el resurgir del derecho romano en las universidades italianas; van estrechamente unidas al desarrollo del estado secular moderno.

Y desde el comienzo mantuvieron los juristas una cierta independencia de las autoridades políticas. Los juristas, aunque dependían de los príncipes, eran expertos independientes. Después llegó la imparable ascensión de los juristas y el paulatino sometimiento de todos al poder del derecho.

Profesionales siempre habrá buenos y malos, tanto en el sentido técnico como ético. La ética debe culminar en el colectivo. Se debe ser buen profesional tanto en el ámbito privado como público.

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El cliente al que se presta un servicio en el caso de los abogados no es un objeto, sino alguien que tiene la última palabra de algo que le afecta. El profesional y su profesión tienen que aportar su granito a la sociedad, sin caer en el corporativismo. La profesión se puede ver como trabajo, como carrera o como vocación o las tres cosas al tiempo.

Palabras como independencia, confianza, honestidad, secreto o responsabilidad profesionales son claves en el desarrollo de un buen abogado.

El esfuerzo debe ser de todos, primero desde cada uno, el principio es siempre individual, después de forma colectiva, naturalmente bajo la coordinación de los colegios respectivos, que dentro del marco legal deben ser los guardianes de nuestra libertad y de nuestros derechos (también tenemos obligaciones), así como nuestro punto de encuentro.

La abogacía reclama profesionales con conocimientos técnicos profundos en su área, pero también con ética.

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Me consta que, en la mente de la mayoría de la profesión, este asunto ocupa un lugar de privilegio, aspecto que puede ser determinante para los pasos a seguir en los próximos tiempos.

Es cierto que los resultados en una profesión son muy importantes, porque esta sociedad los exige y mide así a las personas, pero tan importante como el resultado, es la forma de obtenerlo, el camino honesto y respetuoso quizá no sea él más corto, pero sin duda puede ser tan efectivo y es el correcto, en especial entre compañeros, por muy feroz que sea la competencia.

La Deontología jurídica no es un proyecto es puro presente, como el mismo internet.