15 lugares abandonados del mundo alucinantes: historias olvidadas

De una isla minera japonesa devorada por el óxido a una ciudad china sumergida hace más de sesenta años, cada rincón recuerda lo efímero de la obra humana. Un viaje por las ruinas más sobrecogedoras del planeta.

Nadie sabe exactamente dónde se alza. Su imagen apareció un día en foros de fotografía abandonada: una casa de madera de dos plantas, de estilo colonial, rodeada de árboles y con un porche derruido. Las ventanas, como cuencas vacías, devuelven la mirada del espectador sin ofrecer pista alguna sobre su ubicación. Es la llamada “Casa Fantasmal”, un lugar que existe pero cuyo paradero permanece en el misterio, un enigma perfecto para quienes sienten fascinación por lo abandonado.

El planeta está sembrado de lugares como este: edificios que un día albergaron vidas, industrias o sueños y que reposan en silencio, carcomidos por el óxido, la humedad, la arena o la vegetación. Detrás de cada fachada desconchada hay una historia —a veces dramática, a veces insólita— que explica por qué quedaron vacíos. Este recorrido reúne quince de los rincones abandonados más sobrecogedores del mundo, desde islas mineras japonesas hasta ciudades sumergidas en China, pasando por sanatorios centroeuropeos, buques varados en la Antártida y teatros que nacieron el mismo día que el Titanic se hundía.

Ciudades que el tiempo sepultó

El abandono más extremo no es el de un solo edificio sino el de núcleos enteros que un día fueron prósperos. Tres casos ejemplifican cómo la naturaleza o la desgracia pueden borrar una comunidad en apenas unas décadas.

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En la prefectura de Nagasaki, Japón, emerge del mar la silueta inquietante de Hashima, también llamada Gunkanjima o Isla Acorazado. Durante buena parte del siglo XX fue uno de los enclaves mineros de carbón más densamente poblados del planeta: sus bloques de hormigón armado llegaron a alojar a más de cinco mil personas, apiñadas en una superficie equivalente a quince campos de fútbol. Edificios de apartamentos de hasta nueve plantas se alzaban como acantilados verticales; entre ellos discurrían pasajes estrechos donde nunca daba el sol. Pero en 1974 la mina cerró y, en cuestión de semanas, la isla quedó vacía. El viento marino cargado de salitre ha ido descascarillando las fachadas y retorciendo los hierros de la armadura. Cuando se pisa Hashima, el único sonido es el clic de las cámaras de los visitantes y el crujido de los pasos sobre cascotes sueltos. El gobierno japonés autorizó visitas controladas en 2009 y la Unesco la declaró Patrimonio de la Humanidad en 2015 como parte de los Sitios de la Revolución Industrial Meiji. A pesar de ello, la sensación de caminar por este panal deshabitado es la de estar violando un silencio que el tiempo ha convertido en sagrado.

Muy distinta es la arena que sepultó Kolmanskop, en el corazón del desierto del Namib, en Namibia. A principios del siglo XX, esta localidad era un hervidero de colonos alemanes llegados en busca de diamantes. Durante tres décadas se construyeron mansiones con tejados a dos aguas, un hospital, una sala de baile, una bolera y hasta una fábrica de hielo: todo ello con la arrogancia de quien cree que la riqueza va a durar para siempre. Pero al término de la Primera Guerra Mundial las gemas empezaron a escasear y, para los años cincuenta, la villa fue abandonada. El Namib, uno de los desiertos más antiguos del mundo, comenzó entonces su lentísima reconquista. Las puertas de las casas están hoy bloqueadas por dunas que trepan hasta los techos; en algunas habitaciones la arena lo inunda todo, como una marea petrificada. Los pasillos se han convertido en túneles de color ocre donde la luz se filtra a través de ventanas semienterradas. Kolmanskop es, más que una ruina, una metáfora: lo que el hombre extrajo de la tierra fue devorado, casa por casa, por la misma tierra que explotó.

En las antípodas, en la provincia china de Zhejiang, duerme sumergida la ciudad de Shicheng, conocida como la Ciudad León. Fundada durante la dinastía Han del Este, hace más de mil trescientos años, sus calles empedradas, sus templos y sus arcos conmemorativos presenciaron la prosperidad de la Ruta de la Seda y las sucesivas dinastías imperiales. Pero en 1959 el gobierno chino decidió construir una central hidroeléctrica en el río Xin’an, y el valle quedó anegado por completo, formando el actual lago Qiandao. Bajo decenas de metros de columna líquida, Shicheng permanece intacta: los dinteles tallados con dragones, las escalinatas hacia los patios interiores y los relieves de piedra se conservan como si el agua los hubiese congelado en el tiempo. Contrariamente a lo que cabría esperar, el agua ha actuado como un escudo —protege la piedra de la erosión del viento, del sol y de la lluvia— y la ha revestido con una pátina de coral que brilla bajo los focos de los buzos. Solo los submarinistas más experimentados pueden descender a este museo sumergido, una Pompeya acuática que el siglo XX decidió sepultar en nombre del progreso. Durante la inmersión, el único ruido es el burbujeo del regulador y, de vez en cuando, el susurro de las corrientes que mecen las algas adheridas a los muros.

Ecos de guerra y devastación

No pocos lugares abandonados son cicatrices de conflictos armados o de los peores accidentes de la era nuclear. Dos de ellos, en Ucrania y Alemania, comparten la estampa de un silencio cargado de historia.

Pripyat, a sólo tres kilómetros de la central nuclear de Chernóbil, es quizá la ciudad fantasma más célebre del mundo. Se fundó en 1970 para alojar a los trabajadores de la planta y a sus familias: fue una urbe modélica de la era soviética, con amplias avenidas, parques, escuelas, un estadio, un hospital de vanguardia y hasta una noria que nunca llegó a estrenarse. En la madrugada del 26 de abril de 1986, el reactor número 4 explotó durante una prueba de seguridad y lanzó a la atmósfera una nube radiactiva que se dispersó por Europa. En menos de 36 horas, los casi cincuenta mil habitantes fueron evacuados sin que pudieran llevarse apenas nada. Pasadas cuatro décadas, los apartamentos siguen conservando juguetes esparcidos por el suelo, libros abiertos sobre las mesas y ropa colgada en los armarios. En el suelo del polideportivo aún se apilan las máscaras antigás de los liquidadores. La vegetación ha quebrado el asfalto; jabalíes, lobos, linces y hasta caballos de Przewalski pasean por avenidas donde antes correteaban los niños. Pripyat puede visitarse dentro de circuitos estrictamente controlados por el gobierno ucraniano, y es un recordatorio tangible de la velocidad con que la naturaleza asume el control cuando el ser humano se ve forzado a huir.

Más al oeste, en el estado federado alemán de Brandeburgo, se extiende el complejo hospitalario de Beelitz-Heilstätten. Fue levantado a finales del siglo XIX como un sanatorio para enfermos de tuberculosis, un mal que entonces diezmaba a la población urbana. Sus pabellones de ladrillo rojo, unidos por galerías acristaladas y rodeados de bosques de pinos, respondían a la doctrina de la cura de reposo: aire puro, luz natural y sosiego lejos de la ciudad. Durante la Primera Guerra Mundial, Beelitz atendió a miles de soldados heridos, entre ellos un joven cabo austriaco llamado Adolf Hitler, que allí se recuperó de una herida en la pierna en 1916. Tras la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Rojo convirtió el lugar en el mayor hospital militar soviético fuera de la URSS y no lo desalojó hasta 1995, tras la reunificación alemana. Desde entonces, la ruina ha ido apoderándose del complejo: la hiedra tapiza los muros del pabellón de cirugía, las bañeras de porcelana aparecen astilladas entre escombros y las camas de hierro forjado se alinean fantasmagóricamente en las salas comunes. Beelitz ha sido escenario de rodajes cinematográficos —como El hotel de los suicidas o Valkiria—, pero su atmósfera sigue siendo la de un lugar donde el dolor y la Historia respiran en cada grieta. Caminar por sus pasillos es adentrarse en un tiempo suspendido, donde el olor a musgo húmedo se mezcla con el eco de pisadas que nunca terminan de apagarse.

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Donde la tierra se traga la memoria

La naturaleza no solo devora ciudades: también puede borrar del mapa una isla entera o quebrar los cimientos de la última casa que resistía. Holland Island, en la bahía de Chesapeake (Estados Unidos), fue durante el siglo XIX una comunidad próspera de pescadores y agricultores, con medio centenar de viviendas, una escuela y una iglesia. Pero el aumento del nivel del mar y la erosión acelerada de la costa —un fenómeno que allí se ha medido con una tasa de retroceso de hasta medio metro por año— fueron reduciendo la superficie habitable. Para 1922, la mayoría de los vecinos se había marchado al continente. Solo quedó una casa solitaria, de madera blanca, ventanas simétricas y tejado a dos aguas, que se aferraba obstinadamente al último promontorio de tierra. La imagen de esa vivienda rodeada de agua, sola en medio de la inmensidad, se convirtió en icono de la fragilidad humana frente al cambio climático. A finales de 2010, la última casa de Holland Island se desplomó para siempre. Ya no queda nada, solo las olas que siguen royendo un pedazo de historia sumergida.

En el extremo climático opuesto, en la Antártida, otro testigo silencioso reposa bajo el hielo. El yate brasileño Mar Sem Fim (Mar Sin Fin) era una embarcación de recreo convertida en plataforma para un equipo de documentalistas que registraba los paisajes del continente blanco en 2012. Una tormenta de intensidad inusitada, con vientos superiores a los cien kilómetros por hora, sorprendió a la tripulación en Ardley Cove, en las islas Shetland del Sur. El casco, construido para la navegación deportiva y no para los embates polares, resistió mal el oleaje y se partió; los cuatro ocupantes lograron ser rescatados por la Armada chilena, pero la nave se hundió en aguas de una transparencia casi irreal. Su esqueleto metálico descansa a pocos metros de profundidad, visible incluso desde el aire, y se ha convertido en una parada improvisada para los escasos navegantes que surcan esas latitudes. El contraste entre el azul intenso del océano austral y la silueta retorcida de la nave genera una estampa tan fantasmagórica como cualquier ruina terrestre, con el añadido de que el silencio antártico es aún más absoluto.

Hoteles, teatros y el eco de lo que fue lujo

Hay abandonos que duelen especialmente porque fueron concebidos para el placer y el esparcimiento: lugares donde la risa y el bullicio dieron paso al silencio absoluto.

Colgado sobre un abismo de vértigo, a solo unos metros de las cataratas del Tequendama —157 metros de caída libre de agua en la sabana colombiana—, el Hotel Salto abrió sus puertas en 1928. Era un establecimiento señorial, frecuentado por la élite bogotana, que combinaba el disfrute del paisaje con una arquitectura neocolonial coronada por torreones y un mirador que se asomaba directamente al abismo. Pero la carretera de acceso, sinuosa y mal asfaltada, comenzó a ahuyentar a los turistas; a finales de los años ochenta, el hotel registraba más cuartos vacíos que huéspedes. La crisis económica de 1990 y la inseguridad que asolaba entonces la región asestaron el golpe definitivo, y el Salto cerró sus puertas. Durante dos décadas la humedad y el abandono hicieron mella: los suelos de madera se combaron y reventaron, los frescos del vestíbulo se deshicieron en escamas de pintura y los ventanales quedaron sin cristales, ofreciendo un marco al rugido permanente de la cascada. En 2012, la gobernación de Cundinamarca lo rescató y lo reabrió como Museo del Salto, una institución que exhibe la historia del inmueble y preserva parte de la ruina como testimonio. Aun así, la neblina que asciende desde el cañón sigue envolviendo los pasillos en un halo de misterio que ningún plan de restauración podrá del todo disipar.

En New Bedford, Massachusetts, el Teatro Orpheum es un caso de destino fatal. Se inauguró el 15 de abril de 1912, exactamente la misma noche en que el Titanic chocaba contra un iceberg en el Atlántico Norte. Conocido también como French Sharpshooters Hall, el edificio albergaba un fastuoso auditorio de mil quinientas butacas, decorado con molduras doradas, palcos de madera noble y un telón de terciopelo granate. Durante décadas fue el corazón cultural de la ciudad portuaria, con funciones de ópera, vodevil, combates de boxeo y mítines políticos. Pero la Gran Depresión y la posterior crisis industrial vaciaron la sala; a mediados del siglo XX, el teatro cerró definitivamente al público. El espacio permaneció intacto aunque cubierto por una gruesa capa de polvo: las butacas seguían alineadas como esperando a los espectadores, el telón seguía colgado y los programas de mano de la última función se descomponían lentamente sobre la moqueta. La organización sin ánimo de lucro O.R.P.H. Inc. adquirió el inmueble con el plan de restaurarlo y devolverle la vida escénica, aunque el proceso avanza con la lentitud que impone la crónica escasez de fondos. Mientras tanto, el Orpheum permanece como una cápsula del tiempo, un lugar donde parece que en cualquier momento va a alzarse el telón y comenzar la música.

Muy diferente era la utopía futurista de San Zhi, al norte de Taiwán. A finales de los años setenta, un grupo inversor proyectó una ciudad de vacaciones formada por una serie de viviendas modulares de plástico reforzado con fibra de vidrio, pintadas de colores pastel y con formas redondeadas que recordaban platillos volantes. El destino estaba pensado para militares estadounidenses que regresaban del frente asiático y necesitaban un lugar de descanso. Pero el coste de la construcción se disparó, varios inversores se arruinaron y una sucesión de accidentes de tráfico en los accesos alimentó la leyenda negra de que el lugar arrastraba una maldición. El complejo fue abandonado apenas finalizado, en 1980, y durante tres décadas se convirtió en un imán para fotógrafos y exploradores urbanos, que retrataban sus pasarelas serpenteadas, sus piscinas vacías y sus ventanas ovoides devoradas por la vegetación subtropical. En 2010, las autoridades taiwanesas ordenaron la demolición completa. San Zhi ya no existe, salvo en los archivos de quienes captaron con sus cámaras aquella estética de ciencia ficción destartalada.

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Fortalezas flotantes y catedrales bajo el agua

Algunos lugares abandonados se levantan sobre el agua como si desafiaran a la lógica, mientras otros reposan en el lecho marino transformados en santuarios.

En los estuarios del Támesis y del Mersey, frente a las costas inglesas, se alzan las Fortalezas Marinas de Maunsell. Fueron diseñadas por el ingeniero civil Guy Maunsell durante la Segunda Guerra Mundial, con una misión muy concreta: detectar y repeler los intentos de la Luftwaffe de sembrar minas magnéticas mediante hidroaviones para destruir la flota británica. El complejo se compone de varias plataformas de hormigón armado sostenidas sobre pilotes metálicos, unidas por pasarelas expuestas al viento y coronadas por torretas de vigilancia antiaérea. Al terminar la contienda, el Almirantazgo británico desmanteló gran parte de las estructuras y las abandonó a merced de las mareas. La más curiosa de ellas es Roughs Tower, emplazada en aguas internacionales. En 1967, el antiguo comandante de la Royal Navy Paddy Roy Bates la ocupó y proclamó el Principado de Sealand, una micronación con bandera propia, himno, constitución e incluso moneda, que no ha sido reconocida oficialmente por ningún Estado pero que ha resistido intentos de desalojo judicial y ha sobrevivido hasta el siglo XXI como la más excéntrica de las repúblicas autoproclamadas. Contemplar los fuertes desde la costa o acercarse en barca supone toparse con un monumento a la inventiva militar que, al mismo tiempo, es el escenario de una de las aventuras políticas más insólitas del siglo XX.

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En las profundidades del Mediterráneo, frente a la costa italiana de Liguria, un Cristo de bronce extiende los brazos hacia la superficie. Conocido como el Cristo del Abismo, esta estatua de un metro y medio de altura fue depositada en 2001 en el fondo marino de la bahía de San Fruttuoso, a unos diecisiete metros de profundidad. Es una réplica del original —colocado en 1954 por el submarinista Duilio Marcante en memoria de los hombres y mujeres del mar— y se ha convertido desde entonces en un lugar de peregrinaje para buceadores y fieles. Cada 15 de agosto, una procesión de voluntarios equipados con botellas de oxígeno desciende hasta la figura para depositar coronas de flores que el mar acaba deshaciendo con sus corrientes. La quietud del agua, el juego de luces que filtra el sol desde la superficie y el silencio absoluto que envuelve la escena confieren a este rincón una atmósfera casi mística, como si la fe y el océano hubieran alcanzado una tregua bajo la mirada serena del Redentor.

El silencio de los rieles

La desindustrialización ha dejado su propia cosecha de esqueletos metálicos. En Częstochowa, al sur de Polonia, junto al santuario de Jasna Góra que alberga a la venerada Virgen Negra —y que recibe anualmente a más de cinco millones de peregrinos—, existe un cementerio de locomotoras y vagones de tren que muy pocos viajeros se detienen a contemplar. Decenas de unidades de la época socialista, pintadas originalmente de rojo y gris, se pudren sobre vías muertas mientras la maleza trepa entre los bogies y el grafiti tiñe las carrocerías de colores caleidoscópicos. El viento silba entre los hierros retorcidos y el olor a grasa oxidada impregna el ambiente. Es un erial de metal y desidia donde el tiempo parece haberse detenido, un museo involuntario de la era industrial que contrasta con la devoción multitudinaria que se respira apenas a unos kilómetros de distancia.

Los túneles subterráneos de Kiev, en Ucrania, componen otra clase de abandono. Inaugurados en los años sesenta para descongestionar el tráfico de la capital, algunos tramos nunca llegaron a utilizarse y otros fueron clausurados por filtraciones de agua de los acuíferos. Pasado el tiempo, los pasajes sumergidos exhiben una estampa casi geológica: del techo cuelgan estalactitas formadas por la lenta filtración de minerales a través del hormigón, mientras las aguas estancadas reflejan las bóvedas en una penumbra irreal. El goteo constante y el eco de las gotas al caer sobre la superficie líquida son la única banda sonora de estas catacumbas modernas, que parecen extraídas de una novela de ciencia ficción postapocalíptica. Penetrar en ellas exige linternas, trajes impermeables y un cierto desapego por el mundo de la superficie.

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El inventario de lugares abandonados es inabarcable: por cada rincón documentado hay decenas que jamás figurarán en mapa alguno. Lo que une a todos ellos es la misma paradoja: son espacios que nacieron de la necesidad o el sueño humano, y que, sin embargo, alcanzan su mayor belleza cuando el ser humano se retira y deja que la naturaleza, lenta pero incansable, escriba su propio epitafio. Como aquella casa fantasma de la que nadie sabe el nombre ni la ubicación, estos lugares nos miran con sus ventanas vacías y nos recuerdan que el olvido es, al fin y al cabo, el destino más universal de todas las obras del hombre.