El corazón geotérmico de Islandia o safaris a pie: 11 lugares remotos que merecen un viaje

En un mundo de turismo masivo, la soledad se ha convertido en el lujo supremo. Desde los icebergs de Groenlandia hasta los cielos oscuros de Pitcairn, estos once destinos ofrecen aislamiento, paisajes vírgenes y encuentros con la naturaleza salvaje.

El bloque de hielo se desgaja del glaciar con un estruendo seco, como si la tierra misma rompiera un hueso. La mole, de un azul profundo vetado de blanco, se desploma en el fiordo de Ilulissat y desata ondas concéntricas que agitan los kayaks de los pocos testigos. Allí, en la costa occidental de Groenlandia, el silencio que sigue es casi ensordecedor: un recordatorio de que el verdadero lujo en el siglo XXI no es la opulencia, sino la ausencia de ruido.

La búsqueda de rincones donde el paisaje aún domina la experiencia humana ha convertido determinados destinos en obsesiones viajeras. No por casualidad, una selección de once enclaves —desde la selva guayanesa hasta los fiordos neozelandeses— encabeza el imaginario de quienes persiguen la soledad. Son lugares que exigen un esfuerzo, a veces varios vuelos, días de caminata o travesías en barco, pero entregan a cambio lo que las rutas masificadas han perdido: el contacto con una naturaleza intacta y la sensación de que el mundo todavía guarda secretos.

Guyana y el salto que empequeñece el Niágara

En el corazón del Escudo Guayanés, la selva espesa cede de repente ante un abismo: las cataratas Kaieteur, una cortina de agua que se precipita desde 226 metros de altura, cuatro veces más que las cataratas del Niágara. La visión estremece no solo por la potencia del río Potaro, sino por el hecho de que este salto, el más alto del mundo en caída única, sigue siendo un paréntesis casi secreto en el mapa turístico sudamericano.

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Guyana, único país anglófono de Sudamérica, ha ido tejiendo una red de vuelos directos desde Estados Unidos que acorta distancias históricas. Su capital, Georgetown, bulle con un aire de renovación, pero la verdadera joya aguarda tierra adentro. La sabana del Rupununi, en el sur, es un mosaico ecológico donde jaguares, osos hormigueros gigantes y victorias regias de tres metros de diámetro comparten territorio con comunidades indígenas que conservan sus tradiciones. Operadores como Wilderness Explorers permiten adentrarse en este interior poco desarrollado, siempre con la premisa de un turismo que respeta los ritmos locales.

El alojamiento en Caiman House, un ecolodge regentado por la propia aldea de Yupukari, ofrece excursiones nocturnas para avistar caimanes negros —los mayores aligatóridos del mundo— y destina sus excedentes a la biblioteca del pueblo. Dormir allí significa escuchar el croar de las ranas mientras el cielo ecuatorial se despliega sin contaminación lumínica.

Groenlandia: el lenguaje de los icebergs

Si algo enseña el fiordo de Ilulissat, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, es que el hielo habla. Los icebergs que se desprenden del glaciar Sermeq Kujalleq, el más productivo del hemisferio norte, flotan como esculturas efímeras en un azul que va del turquesa al cobalto. Navegar entre ellos en un barco silencioso es asistir a una liturgia geológica.

Groenlandia, la mayor isla del planeta, se debate entre su carácter remoto y una creciente accesibilidad. La ampliación del aeropuerto de Nuuk y la incorporación de rutas aéreas desde ciudades como Newark y Copenhague han multiplicado las posibilidades de llegar hasta este territorio autónomo danés. Sin embargo, la isla sigue siendo salvaje: en invierno, las auroras boreales tiñen el cielo de verde y violeta; en verano, más de veinte horas de luz permiten explorar glaciares y asentamientos inuit sin prisas.

Al norte del Círculo Polar Ártico, en Ilulissat, el Hotel Arctic se asoma al fiordo con cabañas en forma de iglú que parecen nacidas del paisaje. Su restaurante sirve cordero groenlandés y fletán negro, y desde la ventana el espectáculo de los témpanos a la deriva no necesita más adorno.

Madagascar: el santuario de la vida única

Separada del continente africano hace unos 88 millones de años, Madagascar ha evolucionado como un laboratorio biológico sin parangón. Las cifras lo dicen todo: el 98 % de sus mamíferos terrestres, el 92 % de sus reptiles y el 41 % de sus aves son endémicos. Caminar por sus bosques espinosos o sus selvas húmedas es adentrarse en un catálogo de formas vivas que no existen en ningún otro rincón del mundo.

Los tsingy —esas agujas calcáreas afiladas que emergen del suelo como un bosque de cuchillas— constituyen uno de los paisajes más extraños del planeta. El Parque Nacional de Namoroka alberga estas formaciones junto a una fauna que incluye lémures de cola anillada y camaleones minúsculos. Las noches en el Namoroka Tsingy Safari Camp, el único alojamiento dentro del parque, transcurren iluminadas por energía solar y acompañadas por el canto de los indris en la lejanía. Los baobabs, con sus siluetas de raíces al cielo, completan la postal de un país que parece dibujado por un ilustrador visionario.

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Kerlingarfjöll y el corazón geotérmico de Islandia

Islandia está salpicada de lugares remotos, pero el área geotérmica de Kerlingarfjöll, en las tierras altas del interior, se lleva la palma en cuanto a sensación de otro mundo. Lejos del saturado Círculo Dorado, estas montañas de riolita exhiben franjas de colores ocres, rojos y amarillos, mientras columnas de vapor surgen de la tierra como respiraciones de un dragón dormido. Senderos bien marcados guían a los excursionistas entre piscinas geotermales donde es posible bañarse bajo la luz perpetua del sol de medianoche, en verano, o bajo las auroras, en invierno.

La meteorología islandesa es caprichosa, y en estas altitudes conviene llevar capas de abrigo en cualquier estación. La reciente apertura del hotel Highland Base Kerlingarfjöll, un refugio de diseño nórdico con grandes ventanales que enmarcan el paisaje, ha hecho más cómoda la exploración de este rincón volcánico sin renunciar a la sensación de aislamiento.

Svalbard, al filo del Polo Norte

A medio camino entre Noruega y el Polo Norte, el archipiélago de Svalbard es uno de esos escasos lugares donde los osos polares superan en número a los humanos. La capital, Longyearbyen, alberga a unos dos mil quinientos habitantes y se extiende entre montañas nevadas y fiordos helados. Las regulaciones recientes limitan el tamaño de los cruceros que surcan estas aguas, preservando el frágil equilibrio de un ecosistema donde las focas anilladas y las morsas son vecinas habituales.

Las excursiones con guías armados —obligatorias fuera del núcleo urbano— permiten explorar glaciares y avistar la fauna polar con seguridad. Tras la jornada, el Funken Lodge, un alojamiento que mezcla la elegancia nórdica con el calor de una chimenea crepitante, recibe a los viajeros con platos elaborados a base de ingredientes locales y ventanales que miran a la tundra infinita.

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Aotea, el refugio oscuro de Nueva Zelanda

A sesenta millas náuticas de Auckland, Aotea —la Isla de la Gran Barrera— es un paraíso sin conexión a la red eléctrica convencional, donde las playas de arena blanca y los bosques primarios de kauri crean un ecosistema casi autárquico. Declarada Santuario Internacional de Cielo Oscuro en 2017, la isla ofrece una bóveda celeste tan prístina que la Vía Láctea proyecta sombras en las noches sin luna. Además, su situación geográfica la convierte en un balcón privilegiado para observar las auroras australes.

Buena parte del territorio es una reserva natural, hogar del pāteke, uno de los patos más raros del mundo. El alojamiento 175° East, con sus tres villas de diseño sostenible encaramadas en una colina, permite adentrarse en este universo de silencio y estrellas sin renunciar al confort. La experiencia de una noche allí se completa con la compañía de la empresa Good Heavens, que organiza sesiones de astroturismo a pocos metros del mar.

Ushuaia, donde empieza la Antártida

En el extremo austral de Sudamérica, Ushuaia se asoma al canal de Beagle con la autoridad de ser la ciudad más meridional del mundo. Rodeada por los picos nevados de la cordillera Fueguina y los bosques de lenga, esta urbe argentina es el principal punto de partida para las expediciones antárticas, pero encierra en sí misma suficientes alicientes como para merecer una estancia reposada. El Parque Nacional Tierra del Fuego despliega senderos que serpentean entre castoreras y lagos glaciares, y el Tren del Fin del Mundo revive la memoria de los presidiarios que construyeron el ferrocarril más austral del planeta.

La mejor época para recorrer sus sendas va de noviembre a marzo, durante el verano austral, cuando las temperaturas suavizan las caminatas y la fauna se muestra activa. El Arakur Ushuaia Resort & Spa, situado en una reserva natural, organiza excursiones guiadas y ofrece piscinas climatizadas con vistas al canal. La proyección de nuevos hoteles en la región fueguina anticipa que este confín del mundo será cada vez más accesible, pero su esencia de frontera permanece intacta.

Nangma Valley, el Yosemite de Pakistán

En el noreste de Pakistán, donde se abrazan tres cordilleras —Himalaya, Karakórum e Hindu Kush—, el valle de Nangma despliega un anfiteatro de agujas graníticas que recuerdan a las paredes del Yosemite californiano. Sin embargo, hasta fechas muy recientes el número de viajeros extranjeros que se aventuraban aquí no alcanzaba los veinte mil anuales. El aumento de la conectividad y la oferta de itinerarios organizados, como los de Intrepid Travel a través del Karakórum, han ido cambiando ese panorama.

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Las caminatas cruzan prados esmeralda salpicados de flores silvestres, riachuelos glaciares y puentes colgantes que ponen a prueba el equilibrio. Al fondo, el K2, la segunda montaña más alta de la Tierra, se yergue como un guardián temible. Los porteadores, cocineros y guías locales garantizan que los excursionistas puedan concentrarse en la belleza del entorno sin preocuparse de la logística. Dormir en tiendas bajo un cielo cuajado de estrellas, tras una jornada de esfuerzo físico, devuelve un tipo de satisfacción que los hoteles de lujo no alcanzan.

Zambia: safaris a pie en South Luangwa

África lleva décadas asociada al safari en todoterreno, pero en el Parque Nacional de South Luangwa, en Zambia, la tradición manda caminar. Este espacio protegido, con una de las densidades más altas de leopardos del continente, es también refugio de leones, elefantes y jirafas que se observan a ras de suelo, acompasando el paso al ritmo de los guías armados.

La experiencia de un safari a pie modifica la percepción del paisaje: el olor de la tierra mojada, el rumor de las termitas, la tensión ante una huella fresca. El Chichele Presidential Lodge, situado en una colina dentro del parque, fue construido en los años setenta como residencia de vacaciones de un antiguo presidente zambiano y hoy, tras una ambiciosa renovación, ofrece panorámicas ininterrumpidas del valle del Luangwa. Alojarse allí supone unir el pulso de la naturaleza con la herencia de una historia peculiar.

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Milford Track, la senda de las cascadas y fiordos

En el Parque Nacional de Fiordland, en el suroeste de Nueva Zelanda, la Milford Track se extiende a lo largo de 53,5 kilómetros entre montañas cubiertas de helechos y bosques templados empapados por la lluvia. Catalogada como una de las «Grandes Caminatas» del país, esta ruta de cuatro a cinco días conduce hasta el fiordo de Milford Sound, donde los acantilados se precipitan verticales sobre el agua y las cascadas se multiplican tras cada chubasco.

Es una travesía para caminantes con cierta experiencia, que deben llevar equipo propio y asumir que durante buena parte del recorrido no hay cobertura telefónica. Los refugios gestionados por Ultimate Hikes, el operador exclusivo de la ruta, proporcionan literas, electricidad hasta las diez de la noche y un merecido plato caliente al final de cada etapa. Caminar por estos parajes es sumergirse en una Nueva Zelanda tan ensimismada como la que conocieron los primeros exploradores maoríes.

Pitcairn, la isla de los amotinados y las estrellas

Para alcanzar Pitcairn, último Territorio Británico de Ultramar en el Pacífico Sur, no basta con comprar un billete de avión. Es necesario embarcar en un carguero que zarpa de Mangareva, en la Polinesia Francesa, y navegar entre cuatro y once días según el estado del mar. Esta dificultad de acceso mantiene a la isla en una burbuja donde viven apenas medio centenar de personas, descendientes en su mayoría de los amotinados del HMS Bounty y sus acompañantes tahitianos, que llegaron en 1790. El episodio, inmortalizado por la literatura y el cine, impregna cada conversación y cada apellido local.

Más allá de la historia, Pitcairn ofrece un tesoro astronómico. Designada Santuario de Cielo Oscuro en 2018 —uno de los pocos del planeta—, sus noches sin contaminación lumínica desvelan constelaciones que en otras latitudes resultan invisibles. El estudio Little Flower, con terraza privada sobre el valle de Isaac, es uno de los contados alojamientos con los que cuenta la isla. Allí, el viajero comprende que la verdadera distancia no se mide en millas náuticas, sino en la capacidad de un lugar para detener el tiempo.

En un planeta donde casi cada rincón ha sido cartografiado y geolocalizado, estos once enclaves demuestran que la aventura no reside en la novedad del descubrimiento, sino en la disposición a llegar hasta donde el silencio aún pesa más que el bullicio. Allí, la naturaleza sigue hablando un idioma que la prisa no entiende.