El imparable auge de los retiros de desconexión digital: "Ahora ponemos que no hay WiFi para que vengan"

Los alojamientos que piden a sus huéspedes guardar los dispositivos viven un crecimiento sin precedentes. Estudios científicos documentan los efectos de pasar días sin pantallas: ansiedad inicial, seguida de calma y liberación.

Cuando Ophelia Wu llegó al Eremito en Umbría no buscaba lujo ni exotismo. Cargaba consigo una vida frenética en Londres, una sensación difusa de agotamiento y la intuición de que algo tan sencillo como no mirar una pantalla podía devolverle el aliento. El antiguo monasterio no ofrecía wifi, cobertura telefónica, televisores ni ningún tipo de tecnología: solo paredes de ladrillo, habitaciones espartanas y la luz de las velas. El zumbido de los abejorros sustituyó al de las notificaciones. «Cuando me marché, me resistía a encender el teléfono de nuevo», recuerda. «Me había acostumbrado a la paz de estar incomunicada, a la ausencia de urgencia».

Lo que Wu experimentó en esos tres días no es un capricho aislado ni una trama sacada de una serie de éxito. En todo el mundo, un número creciente de viajeros está pagando por algo que, en apariencia, ya posee: un tiempo sin pantallas. El fenómeno, bautizado como desconexión digital o digital detox, ha saltado de los círculos de bienestar a la corriente principal, impulsado por un malestar tan extendido como el propio teléfono inteligente. Según la organización It’s Time To Log Off, la persona media pasa un día completo a la semana conectada a internet, el 34 % de los adultos ha consultado Facebook en los últimos diez minutos y el 62 % «odia» el tiempo que dedica al móvil. En respuesta, los retiros de desconexión digital — alojamientos que piden a sus huéspedes que guarden los dispositivos durante la estancia — están viviendo un auge imparable.

La revista Current Issues in Tourism publicó en 2019 uno de los primeros estudios sobre el turismo sin pantallas. Los investigadores observaron que muchos viajeros experimentaban ansiedad y frustración iniciales, pero que esas emociones daban paso, con el paso de los días, a la aceptación, el disfrute y una sensación de liberación. Sin una barrera externa que obligue a soltar el dispositivo, sugería el trabajo, esos sentimientos positivos quizá nunca llegarían.

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El primer día sin pantallas duele

Martin Dunford, fundador y director de Cool Places, una web que selecciona alojamientos con encanto en el Reino Unido desde 2012, ha observado un giro significativo en las preferencias de sus clientes. «Antes teníamos una etiqueta para indicar qué alojamientos ofrecían wifi», explica. «Ahora estamos añadiendo una etiqueta de ‘sin wifi’». Su plataforma recoge ya 34 destinos de desconexión en las islas británicas, desde un eco-yurta en Cornualles hasta una casa flotante en Ullswater, en el Distrito de los Lagos, y la lista no deja de crecer.

Intrigado por esta deriva, Dunford colaboró con las universidades de Greenwich y de East Anglia para analizar qué ocurre realmente cuando alguien se desconecta durante unas vacaciones. Los resultados dibujan un patrón nítido. «Las primeras veinticuatro horas los huéspedes se suben por las paredes», relata. «Pero a las cuarenta y ocho ya se han adaptado y empiezan a disfrutar de otras actividades. Al final de una estancia de tres noches — o más —, algunos se alegran de recuperar el teléfono y otros se muestran indiferentes».

Ese primer día de síndrome de abstinencia digital revela por qué no basta con proponerse dejar el móvil en el cajón. Los hábitos son resistentes y la adicción a las pantallas especialmente tenaz. El estudio de 2019 en Current Issues in Tourism ya documentó que sin la imposición de un límite externo, la mayoría de las personas no alcanza la fase de aceptación. Por eso los retiros no se limitan a sugerir la desconexión: la convierten en parte de la infraestructura del lugar, retirando la cobertura, eliminando televisores y, en algunos casos, instalando cajas fuertes para que el huésped deposite voluntariamente sus aparatos.

De la saturación digital a la vida entre colmenas

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La historia de Rosanna Irwin condensa buena parte de este movimiento. Irwin empezó su carrera en Facebook, trabajando sin horario con equipos distribuidos por todo el mundo, respondiendo mensajes a cualquier hora y atrapada en una cultura de «vacaciones ilimitadas» que, en la práctica, volvían casi imposible desconectar. «Estar en línea todo el tiempo de esa manera acabó rompiéndome», confiesa. La epifanía le llegó en la isla danesa de Samsø, donde pasó tres días sin internet. «Volví a casa sintiéndome curada», recuerda. «Renuncié a mi empleo, regresé a Irlanda y pasé los ocho meses siguientes dando forma a esta idea. Sentía un impulso visceral y llevaba mucho tiempo sin escuchar mis instintos».

Irwin fundó Samsú en 2024, un conjunto de cabañas aisladas en el campo irlandés, a una hora escasa en coche de Dublín. Cada refugio prescinde de wifi y de cualquier tecnología. Los únicos trinos que escuchan los huéspedes proceden de los pájaros. Hay juegos de mesa, libros, una radio y utensilios básicos de cocina. En caso de emergencia, cada cabaña dispone de un teléfono simplificado hasta la médula: solo reproduce pódcast y música, sin acceso a redes ni navegación. «.

Las dos cabañas iniciales se llenan con facilidad y otras tres se abrirán a lo largo de este mismo año. Irwin no está sola en este crecimiento. El movimiento ha generado una geografía internacional de retiros: el Offline Club ofrece estancias de dos y cinco días en Países Bajos y Francia, además de encuentros sin teléfono en entornos urbanos; Swallowtail Hill, una granja en East Sussex, ha diseñado experiencias para niños donde las pantallas se sustituyen por cuentos alrededor del fuego y malvaviscos tostados; el Morromico Lodge, en la costa pacífica colombiana, propone hamacas, selva y buceo sin una sola distracción digital; el Careys Manor Hotel de Hampshire comercializa un bono de spa con «caja de amnistía» para móviles; y la Global Retreat Company agrupa destinos de todo el mundo, desde retiros de yoga sin conexión hasta campamentos de surf donde el teléfono no pisa la arena.

Una cabaña, un candado y diez años menos de expresión

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Hector Hughes, cofundador de Unplugged, una red de cuarenta cabañas de desconexión repartidas entre el Reino Unido y España, personifica otra rama del mismo árbol. Su biografía es casi intercambiable con la de Irwin: agotamiento en una carrera de empresa emergente, colapso personal y un viaje de diez días a un templo budista en el Himalaya sin teléfono. «Estaba al límite en 2019», rememora. «Nunca había tenido un descanso así». A su regreso, dejó el trabajo y creó, junto a su socio Ben Elliott, una alternativa laica y accesible al retiro espiritual: cabañas escandinavas alimentadas con energía solar, enclavadas en lugares como las verdes praderas de Cheshire, una reserva de cielo oscuro en Exmoor o los bosques montañosos del pre-Pirineo catalán.

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Dentro de las cabañas de Unplugged hay mantas, juegos de mesa y una caja fuerte para dispositivos. Es el huésped quien debe tener la determinación de encerrar sus aparatos. La misión, dice Hughes, es hacer aspiracional el tiempo sin pantallas. Sus observaciones hasta ahora son llamativas: «La gente sale con aspecto de tener diez años menos», afirma, «y las parejas, en especial, se muestran más conectadas. Si llevas una década con alguien, probablemente nunca has pasado un día sin teléfono con esa persona. La experiencia te regala una conexión intensa que quizá no habías vivido antes».

La empresa preveía alcanzar las sesenta cabañas a finales del año, y el ritmo de reservas sugiere que la cifra se quedará corta. Como en el caso de Cool Places o Samsú, la demanda no procede de una élite minoritaria, sino de un espectro amplio de trabajadores del conocimiento, autónomos, familias y parejas que reconocen en su día a día los síntomas de la hiperconexión.

El peso científico de apagar el interruptor

El éxito de estos retiros no se apoya solo en el boca a boca o en la promesa de una fotografía idílica. Un metaanálisis publicado en 2021 en la revista International Journal of Environmental Research and Public Health revisó 21 estudios sobre intervenciones de desintoxicación digital y encontró reducciones significativas en los niveles de estrés, ansiedad y fatiga mental, así como mejoras en la calidad del sueño y en la satisfacción vital. La clave no era simplemente el descanso vacacional, sino la eliminación de la multitarea digital constante y de la rumiación inducida por las redes sociales.

Otro trabajo, aparecido en Computers in Human Behavior en 2020, analizó a un grupo de adultos que se sometieron a una semana sin redes sociales. La mayoría informó de un aumento inicial del aburrimiento, seguido de una mayor realización de actividades analógicas y un descenso de la comparación social. Los autores concluyeron que periodos regulares de desconexión podían funcionar como un «prerrequisito para la salud mental» en la sociedad contemporánea.

Estos hallazgos encajan con la intuición de los fundadores. «Gran parte de la experiencia consiste realmente en desconectarse de internet y sumergirse en la naturaleza», explica Hughes. «Estar solo tres días sin conexión produce un efecto profundo. Al final sientes una calma honda, casi irreal». Dunford, por su parte, cree que la desconexión dejará de ser un producto de nicho: «Las vacaciones de desintoxicación digital son una reacción inevitable contra nuestro mundo hiperconectado. Con el tiempo, quizá no resulten tan extraordinarias. Tal vez estar de vacaciones sin wifi se convierta en lo normal».

Una desconexión que cuesta dinero... o no

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Llama la atención que los consumidores estén dispuestos a pagar por algo que, en teoría, podrían practicar por sí mismos sin desembolsar un céntimo. ¿Por qué reservar una cabaña de doscientos euros la noche cuando bastaría con apagar el router de casa? La respuesta vuelve a los hallazgos de Dunford y a la experiencia de Ophelia Wu: la fuerza de voluntad no siempre es suficiente. La arquitectura de estos retiros elimina la tentación antes de que aparezca. No hay cobertura, no hay televisor, no hay excusa. Durante las primeras horas de malestar, el entorno refuerza la decisión en lugar de boicotearla.

Además, los alojamientos han comenzado a sofisticar la propuesta. No se trata solo de un espacio vacío de tecnología, sino de un espacio lleno de alternativas analógicas: juegos de mesa, instrumentos musicales, rutas de senderismo señalizadas, libros escogidos, cocina sin prisas y, cada vez más, propuestas de creatividad guiada como el recetario de Samsú. La desconexión digital se convierte así en una puerta hacia otra forma de estar presente.

El fenómeno tiene, asimismo, una vertiente urbana. El Offline Club organiza quedadas en ciudades como Ámsterdam y París donde los asistentes, al entrar, depositan sus teléfonos en una urna y pasan la velada conversando, leyendo o dibujando. La respuesta, según sus fundadores, ha sido abrumadora: las entradas se agotan en minutos y las listas de espera engordan cada semana. La necesidad de desconexión no es exclusiva del paisaje bucólico; también anida en el asfalto.

Breve guía para el viajero que quiere perderse (sin perder el norte)

Para quien se plantee probar un retiro de desconexión digital, conviene tener en cuenta algunos criterios. Primero, la duración: los estudios y los testimonios coinciden en que tres días constituyen el umbral mínimo para superar la fase de ansiedad y saborear la calma. Estancias más cortas pueden quedarse en el síndrome de abstinencia; más largas, profundizar los beneficios. Segundo, la localización: no hace falta viajar a un monasterio italiano; hay opciones en casi todas las latitudes, desde granjas británicas hasta lodges colombianos, pasando por cabañas a una hora de Dublín. Tercero, la filosofía del lugar: algunos retiros combinan la desconexión con yoga, meditación o alimentación vegetal; otros, como Unplugged, son deliberadamente laicos y se centran solo en la naturaleza y el silencio.

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Conviene también anticipar el momento de la devolución del teléfono. Dunford observa que, tras tres días, hay huéspedes que retoman el dispositivo con naturalidad y otros que lo miran con desapego. «No es tanto el temor a la pantalla como la certeza de que se puede vivir sin ella», resume una participante anónima en el estudio de la Universidad de Greenwich. Esa certeza, intangible y personal, es quizá el verdadero equipaje que uno se lleva de vuelta.

El auge de los retiros de desconexión digital no es una moda pasajera ni un lujo extravagante; es el termómetro de una fatiga colectiva que, tras años de hiperconexión, ha empezado a transformar la forma de viajar. Queda por ver si, como sugiere Martin Dunford, la desconexión llegará a ser la opción por defecto en las vacaciones del futuro. Mientras tanto, cientos de viajeros están descubriendo que, a veces, el mayor lujo no es conectarse a la mejor red, sino apagarla del todo y escuchar, por fin, el zumbido de los abejorros.