El hotel que inspiró 'El resplandor', las ciudades de huesos... 16 lugares espeluznantes alrededor del mundo para los más valientes

Desde un cráter que llevas décadas ardiendo en el desierto turcomano hasta una isla veneciana cerrada al público por su pasado de dolor, estos enclaves atraen a millones de viajeros que buscan el escalofrío. La socióloga Margee Kerr explica que el terror en entornos seguros liber

En el corazón del desierto de Karakum, en Turkmenistán, una boca humeante de sesenta metros de diámetro lleva décadas vomitando fuego sin pausa. Los pastores locales la llaman la Puerta del Infierno, y quienes se asoman a su borde juran sentir un calor que no es solo el de las llamas: es el vértigo de lo desconocido, ese escalofrío que recorre la espalda cuando uno se planta frente a lo que no debería existir. Desde que unos geólogos soviéticos perforaran el subsuelo en los años setenta y prendieran fuego a los gases que brotaban, el cráter arde como un faro infernal en medio de la nada, atrayendo a viajeros que buscan, precisamente, esa mezcla de pavor y fascinación.

El cráter de Darvaza —su nombre oficial— no es el único lugar del planeta capaz de helar la sangre. Desde catacumbas que albergan millones de esqueletos hasta islas abandonadas donde aún resuenan los lamentos de antiguos pacientes psiquiátricos, el mundo está salpicado de enclaves cuyo pasado violento, su atmósfera lúgubre o una leyenda persistente les han granjeado fama de sobrenaturales. El turismo de lo escalofriante, conocido como dark tourism, mueve cada año a millones de personas que, lejos de huir del miedo, lo persiguen. ¿Qué nos empuja a buscar estos destinos? La socióloga Margee Kerr, de la Universidad de Pittsburgh y autora de Scream: Chilling Adventures in the Science of Fear, lo resume con una idea tan sencilla como reveladora: «Sentir terror cuando sabemos que estamos a salvo puede provocar una especie de euforia y confianza especiales». El psicólogo Christopher French, director de la Unidad de Investigación en Psicología Anomalística de Goldsmiths, Universidad de Londres, apunta otra razón: «Algunas personas ven en los fantasmas y los espíritus la prueba de que el alma puede sobrevivir a la muerte del cuerpo». Sea por el subidón químico o por la necesidad de certezas metafísicas, el caso es que estos dieciséis lugares han tejido una reputación tan escalofriante como magnética.

El mapa del escalofrío

Los enclaves que siguen abarcan cuatro continentes y épocas que van desde el Antiguo Egipto hasta la América colonial. Algunos nacieron de un accidente industrial, otros fueron concebidos como lugares de castigo o reposo eterno, y varios deben su aura maldita a la acumulación de tragedias reales. Lo que comparten es una cualidad difícil de medir pero fácil de sentir: la sensación de que, en esos metros cuadrados, la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos se vuelve porosa. Recorrerlos, aunque solo sea con la imaginación, es un viaje a los sótanos de la historia y de la psique humana.

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La ciencia del escalofrío

Antes de adentrarnos en las tinieblas, conviene detenerse un instante en lo que sucede dentro del cuerpo cuando nos enfrentamos a una casa encantada, un osario o un paraje que las leyendas sitúan bajo una maldición. Los estudios de neurociencia afectiva señalan que el miedo controlado —el que se experimenta en una atracción de feria, una película de terror o una visita nocturna a una prisión abandonada— activa el sistema nervioso simpático: el corazón se acelera, las pupilas se dilatan y el torrente sanguíneo se inunda de adrenalina y cortisol. Pero como el cerebro sabe que el peligro no es real, la experiencia se salda con una liberación masiva de dopamina y endorfinas que produce una sensación de alivio gozoso. Es lo que Margee Kerr define como «subidón del miedo» y que, según sus investigaciones, puede fortalecer la resiliencia emocional y la autoestima.

No toda la atracción por lo macabro responde a la química cerebral. El antropólogo Philip Stone, director del Instituto para la Investigación del Turismo Oscuro de la Universidad de Central Lancashire, sostiene que visitar lugares asociados a la muerte y el sufrimiento cumple una función social y memorial: «Estos sitios actúan como contenedores de memoria colectiva; al recorrerlos, los individuos negocian su propia relación con la mortalidad y con los traumas del pasado». Esta doble vertiente —fisiológica y existencial— explica por qué una catacumba o un campo de concentración provocan reacciones tan dispares entre quienes los pisan.

La Puerta del Infierno y otros abismos de fuego

Volvamos al desierto turcomano. El cráter de Darvaza mide alrededor de 69 metros de diámetro y 30 de profundidad. Las llamas que brotan de su interior alcanzan temperaturas de hasta 400 grados centígrados en los puntos más intensos, suficientes para fundir el aluminio. Por la noche, el resplandor anaranjado se divisa a kilómetros de distancia, y el sonido del gas al arder es un rugido constante que los habitantes de las aldeas cercanas comparan con el aliento de una bestia. Aunque durante años se creyó que el incendio se inició en 1971, investigaciones recientes de geólogos turcomanos sitúan el accidente en la segunda mitad de la década de 1970; lo único seguro es que los ingenieros soviéticos prendieron fuego al metano con la esperanza de que se consumiera en unas semanas. Medio siglo después, sigue ardiendo.

El lugar carece de barreras de seguridad, de modo que los visitantes pueden caminar hasta el mismo borde y sentir en la cara el vaho ardiente. Los operadores turísticos de la zona ofrecen acampadas nocturnas en las dunas vecinas, y no son pocos los que describen pesadillas vívidas tras dormir junto al abismo. ¿Sugestión? Probablemente. Pero la leyenda local insiste en que el cráter es una herida que no cicatriza y que en su interior moran criaturas de fuego.

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Ciudades de huesos bajo tierra

A más de cinco mil kilómetros del desierto turcomano, bajo las aceras de París, existe otro reino de ultratumba. Las Catacumbas de París, que ocupan parte de las antiguas canteras de piedra caliza de la margen izquierda del Sena, albergan los restos de más de seis millones de personas. Su origen fue tan práctico como macabro: a finales del siglo XVIII, los cementerios parisinos, en especial el de los Santos Inocentes, llevaban siglos saturados y las filtraciones de los cadáveres contaminaban el agua de los pozos. En 1786, las autoridades ordenaron el traslado de los esqueletos a las canteras abandonadas, una operación que se prolongó durante décadas y que transformó los antiguos túneles en un inmenso osario subterráneo.

Recorrer los 1,7 kilómetros abiertos al público es descender a una arquitectura de la muerte. Tibias y fémures se apilan en muros de contención de tres metros de altura, mientras que los cráneos forman frisos geométricos que los trabajadores del siglo XIX dispusieron con una precisión casi artística. En una de las galerías, un cartel de mármol advierte: «¡Detente! Aquí está el imperio de la muerte». La temperatura constante de catorce grados y el goteo ocasional de la humedad completan una atmósfera que, según el historiador Philippe Charlier, «hace tangible una verdad que preferimos ignorar: somos huesos en tránsito».

La isla de los condenados

Si las catacumbas parisinas son la muerte organizada, la isla de Poveglia, en la laguna de Venecia, es el desorden del horror. Dividida en dos islotes unidos por un puente, Poveglia sirvió desde el siglo XVI como lazareto donde se confinaba a los apestados. Cuando la peste negra asoló Europa, los venecianos enviaban allí a todo aquel que mostrara el menor síntoma; se calcula que más de cien mil personas murieron en sus barracones y fueron enterradas en fosas comunes, muchas de ellas quemadas para evitar contagios. En 1922, el gobierno italiano construyó un hospital psiquiátrico sobre los restos del lazareto, y las leyendas hablan de un médico que experimentaba con los internos antes de arrojarse desde la torre del campanario, enloquecido por los espectros.

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Desde 1968 la isla permanece deshabitada. Sus edificios, devorados por la hiedra, se asoman al mar como muelas cariadas. Los pocos pescadores que se aventuran a desembarcar describen un silencio opresivo, solo roto por el graznido de las gaviotas y, según juran algunos, por susurros ininteligibles. Los cazafantasmas aficionados han registrado psicofonías que atribuyen a las almas de los pacientes olvidados.

El castillo de los espectros y la niña de la escalera

Irlanda aporta al catálogo uno de los castillos con mayor actividad paranormal registrada: el Castillo de Charleville, en el condado de Offaly. Construido a principios del siglo XIX sobre un antiguo monasterio, este edificio de estilo gótico ha sido escenario de innumerables avistamientos. El más célebre es el de Harriet, una niña que en 1861 murió al resbalar por la barandilla de la escalera principal. Visitantes y guías afirman haberla visto correr por los pasillos, vestida de blanco, y oír su risa infantil en las habitaciones del ala este.

El castillo, que funciona como hotel de temporada, organiza vigilias nocturnas en las que los huéspedes pueden recorrer estancias en penumbra armados solo con una linterna. La directora del lugar, Bridget Vance, ha documentado más de trescientos fenómenos —desde subidas bruscas de temperatura hasta aparatos electrónicos que se encienden solos— en una sola noche. Ella misma se declara escéptica: «No creo en fantasmas —dice—, pero aquí ocurren cosas que no puedo explicar».

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La brujería de Salem y el peso de la histeria

Más de tres siglos después de los juicios por brujería que en 1692 llevaron a la horca a diecinueve personas, la localidad de Salem, Massachusetts, sigue viviendo de aquel episodio trágico. Fue la caza de brujas más mortífera de la historia de Estados Unidos, un estallido de histeria colectiva alimentado por rencillas vecinales, fanatismo religioso y las extrañas convulsiones de un grupo de muchachas. El proceso quedó inmortalizado en obras como Las brujas de Salem de Arthur Miller, pero la población ha sabido transformar aquella mancha en un imán turístico que recibe cientos de miles de visitantes al año.

El Museo de las Brujas de Salem, la Casa de los Siete Tejados y el cementerio de Charter Street, donde reposan varios de los jueces que firmaron las sentencias, conforman un circuito que mezcla el respeto histórico con la industria del souvenir. Para el profesor Emerson Baker, autor de A Storm of Witchcraft, el verdadero escalofrío de Salem no proviene de espectros, sino de comprender «lo fácil que es para una comunidad normal volverse contra sí misma cuando el miedo sustituye a la razón».

La maldición del faraón y otros mitos funerarios

El Valle de los Reyes, en Egipto, alberga al menos 63 tumbas de faraones y nobles del Imperio Nuevo, excavadas en la roca caliza del desierto tebano. La más famosa, la de Tutankamón, descubierta por Howard Carter en 1922, dio pie a uno de los relatos de terror más persistentes de la arqueología: la maldición del faraón. La muerte, a los pocos meses, de Lord Carnarvon, el mecenas de la expedición, y de otros miembros del equipo, fue atribuida a una inscripción que supuestamente advertía: «La muerte golpeará con sus alas a quien perturbe el sueño del faraón». La ciencia posterior demostró que la mayoría de los implicados vivieron largos años, pero el mito resultó indestructible.

Hoy, los guías locales se encargan de avivarlo con anécdotas de baterías que se agotan misteriosamente y cámaras que fallan al fotografiar la máscara de oro. La egiptóloga Salima Ikram, de la Universidad Americana de El Cairo, lo atribuye a la necesidad humana de dotar de misterio a la muerte: «Preferimos las historias de maldiciones al simple azar biológico. Necesitamos que la muerte tenga un significado, aunque sea terrible».

El hotel que inspiró El resplandor

Enclavado en las Montañas Rocosas de Colorado, el Hotel Stanley debe su fama paranormal tanto a las sombras que deambulan por sus pasillos como a la pluma de Stephen King. El escritor se alojó en la habitación 217 en 1974 y, durante una noche de insomnio, concibió la novela El resplandor. Aunque la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick se rodó en otro lugar, el hotel original no tardó en capitalizar la leyenda: ofrece tours de fantasmas que recorren el sótano, el salón de baile y, por supuesto, la habitación 217, donde los huéspedes juran oír pasos de niños y ver la cama deshacerse sola.

El Hotel Stanley ha sido objeto de varios estudios parapsicológicos, ninguno de ellos concluyente. Lo que sí está documentado es que la ocupación aumentó un treinta por ciento desde que incorporó las rutas espectrales a su oferta. El turismo del miedo, al menos en este rincón de Colorado, es un negocio perfectamente tangible.

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La aldea que arde por dentro

En el otro extremo de la experiencia sobrenatural, Centralia, Pensilvania, es un pueblo que desapareció tragado por un incendio subterráneo. En 1962, un fuego en el vertedero local se propagó a las vetas de carbón que discurren bajo el municipio y desde entonces no ha dejado de arder. Las autoridades intentaron sofocarlo durante años, pero en 1984 decidieron expropiar la mayoría de las propiedades. Hoy apenas quedan un puñado de vecinos y una carretera, la Ruta 61, cuyas grietas exhalan columnas de humo blanco a cualquier hora del día.

Centralia sirvió de inspiración para la ciudad maldita de la película Silent Hill, y su atmósfera espectral atrae a curiosos y fotógrafos urbanos. Las aceras se han hundido, los árboles brotan retorcidos entre el asfalto y el olor a azufre lo impregna todo. No hay fantasmas que valgan, pero el fuego que devora el subsuelo de Centralia es, quizá, la representación más literal de un infierno en la Tierra.

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Encrucijadas del miedo

La Torre de Londres, el Castillo de Buena Esperanza en Sudáfrica, los ataúdes colgantes de Sagada en Filipinas o el antiguo penal de Port Arthur en Tasmania completan un atlas del espanto que abarca arquitecturas, culturas y tragedias de muy distinto signo. La Torre de Londres, por ejemplo, fue prisión real y patíbulo de dos de las esposas de Enrique VIII; los vigilantes nocturnos han reportado figuras femeninas que deambulan por la Capilla Real de San Pedro ad Vincula. En el Castillo de Buena Esperanza, construido por los holandeses en el siglo XVII, los ecos de castigos corporales y ejecuciones se materializan, según los testigos, en pasos arrastrados por las escaleras de piedra.

En Sagada, la etnia igorot lleva siglos colocando a sus difuntos en ataúdes que luego suspenden de acantilados verticales. La práctica, que busca acercar el alma al cielo, resulta inquietante para el visitante occidental, pero es una expresión cultural que habla, sobre todo, de la relación íntima de una comunidad con la muerte. Port Arthur, en cambio, recuerda el capítulo más oscuro de la colonización australiana: recluía a delincuentes británicos en condiciones tan duras que la tasa de suicidios y enfermedad mental era la más alta del imperio. Sus muros, hoy ruinosos, guardan la memoria de los desterrados.

¿Por qué volvemos?

El inventario podría alargarse, pero la pregunta que flota al final es siempre la misma: ¿qué nos lleva a planificar un viaje para asustarnos? La neurocientífica Christof Koch, del Instituto Allen de Ciencias del Cerebro, lo vincula al instinto exploratorio: «El cerebro está cableado para mapear amenazas. Visitar un sitio que despierta miedo en condiciones controladas es una forma de entrenar nuestros circuitos de supervivencia sin correr riesgo real». Por su lado, la doctora Kerr matiza que la clave está en la distancia emocional: «Si el peligro fuera auténtico, la experiencia sería traumática. Lo que buscamos es el filo, no la caída».

El turismo de lo macabro, además, se ha institucionalizado. Empresas especializadas ofrecen circuitos por las catacumbas de París con visita a galerías no abiertas al público, pernoctaciones en antiguos manicomios y hasta cenas temáticas en cementerios. La demanda es tan sólida que la Organización Mundial del Turismo dedicó en 2023 un simposio monográfico al dark tourism, en el que se abordaron tanto sus implicaciones éticas como su impacto económico. Los expertos allí reunidos coincidieron en que, mientras haya seres humanos, seguirá existiendo la necesidad de asomarse al abismo.

El viaje como espejo

Puede que la auténtica razón por la que estos lugares nos fascinan sea más sencilla. Al recorrer un osario, dormir en una habitación encantada o sentir el aliento ardiente de un cráter, nos enfrentamos a la certeza de nuestra propia fragilidad. El terror, cuando se vive desde la seguridad de saber que al día siguiente habrá un café caliente y un billete de vuelta a casa, se transforma en gratitud. O como dejó escrito el poeta alemán Novalis: «Todo lo visible descansa sobre un fondo invisible». Quizá lo único sobrenatural de estos dieciséis lugares sea la inquietud que despiertan, esa pregunta que nos hacemos en voz baja al apagar la luz: ¿y si fuera cierto?