Estas semana hemos tenido la suerte de asistir al estreno de "Yo solo quiero irme a Francia", y digo suerte porque la obra es una propuesta que no solo habita las tablas del Teatro Pavón, sino que sacude la conciencia del espectador a través de su acompasado y bien elegido elenco. Allí, en el centenario teatro madrileño bajo la dirección de la talentosa Elisabeth Larena, la obra se presenta como uno de los hitos culturales de la temporada, fundamentada en un texto que entrelaza la memoria histórica con la intimidad de los afectos.
El reclamo principal, aunque no el único, es la presencia de la veterana y admirada María Galiana, quien vuelve a demostrar por qué es una figura imprescindible de la escena española, dotando a su personaje de una humanidad que traspasa la cuarta pared desde el primer minuto. Y demostrando que la edad, a veces, es solo un número. En este caso 90 años para la actriz sevillana, un auténtico prodigio de la interpretación de nuestro país.
La pieza nos sumerge en un viaje emocional complejo donde el pasado y el presente colisionan de forma inevitable. La premisa arranca con un suceso aparentemente mundano pero transformador: una herencia inesperada. Este legado no solo consiste en bienes materiales, sino que actúa como el detonante para que cuatro mujeres de distintas generaciones se vean obligadas a confrontar los secretos familiares que han permanecido ocultos bajo el polvo del tiempo. A medida que la trama avanza, el público descubre que el título de la obra es mucho más que una declaración de intenciones geográfica; es un grito de auxilio y un anhelo profundo de redención.
El peso de los silencios compartidos
La dirección de Elisabeth Larena destaca por su capacidad para manejar los silencios y las tensiones no resueltas. En esta producción, el escenario del Teatro Pavón se convierte en un espacio donde la libertad se cuestiona constantemente. Las cuatro protagonistas representan diferentes aristas de la experiencia femenina en España, marcadas por las cicatrices de una historia que a menudo ha intentado silenciarlas. La interpretación de María Galiana sirve como ancla emocional, ofreciendo una perspectiva llena de sabiduría y melancolía sobre lo que significa cargar con la responsabilidad de la memoria en un mundo que prefiere el olvido.
La narrativa se construye de forma circular, donde cada revelación sobre el pasado familiar obliga a las protagonistas a reevaluar su propia identidad. La memoria histórica aquí no se trata como un concepto político abstracto, sino como algo visceral que corre por las venas de las nietas e hijas de quienes vivieron los años más oscuros del siglo XX. La puesta en escena, minimalista pero cargada de simbolismo, permite que el peso recaiga sobre el texto y las actuaciones, logrando que el espectador sienta la asfixia de los secretos y, posteriormente, el alivio de la verdad. El último tramo de la obra es estremecedor y reparador a partes iguales.

Un legado que trasciende generaciones
Uno de los puntos más fuertes de "Yo solo quiero irme a Francia" es el tratamiento de la herencia como un concepto filosófico. ¿Somos dueños de nuestro destino o estamos condicionados por los errores y aciertos de nuestros antepasados? La obra explora esta pregunta sin ofrecer respuestas fáciles, permitiendo que cada una de las cuatro mujeres encuentre su propio camino hacia la emancipación. La química entre el elenco es palpable, creando una atmósfera de sororidad que resulta fundamental para entender el desenlace de la historia.
El público que acuda al Teatro Pavón se encontrará con una obra que, si bien tiene tintes dramáticos profundos, no carece de momentos de luz y esperanza. La búsqueda de la libertad se convierte en el motor que impulsa a estas mujeres a romper con las cadenas invisibles de su linaje. La dirección de Larena acierta al no caer en el sentimentalismo barato, optando en su lugar por una honestidad brutal que resuena con la realidad de muchas familias españolas que aún hoy intentan recomponer las piezas de su árbol genealógico.
El regreso triunfal a las tablas madrileñas
El estreno fue una ovación cerrada, confirmando que el teatro sigue siendo el lugar idóneo para la reflexión social. María Galiana, con su habitual maestría, lidera un equipo que ha sabido captar la esencia de una España que todavía tiene mucho que decir sobre su pasado reciente. La obra se posiciona como una cita obligatoria para los amantes del buen teatro y para aquellos que buscan historias con calado humano y relevancia cultural.
"Yo solo quiero irme a Francia" es un recordatorio de que los viajes más importantes no son siempre los que nos llevan a otros países, sino los que emprendemos hacia el interior de nuestra propia historia. Con una producción cuidada y un elenco de primer nivel, el Teatro Pavón se asegura un éxito de crítica y público que promete permanecer en la memoria colectiva mucho después de que se apague la última luz del escenario. La invitación está hecha: es hora de descubrir qué secretos se esconden tras esa herencia y qué significa, realmente, ser libre. Aprovechen, el Pavón rara vez defrauda y María Galiana menos.




