El calor no avisa. Llega, aprieta y mata en silencio, sobre todo a quienes viven solos, a quienes tienen más de 85 años, a quienes trabajan a la intemperie o no pueden permitirse un ventilador. El verano pasado, según los datos del Ministerio de Sanidad, el Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo) estimó 3.832 fallecimientos atribuibles al exceso de temperatura en España entre el 16 de mayo y el 30 de septiembre de 2025. Son casi 3.900 personas. Y la cifra, lejos de ser excepcional, encaja con la tendencia estructural que los epidemiólogos llevan años señalando.
Ahora, con la primera ola de calor del verano de 2026 ya instalada sobre la península, esos números vuelven a cobrar una relevancia urgente. La ministra de Sanidad, Mónica García, ha advertido esta semana que el calor extremo provoca entre 2.000 y 5.000 muertes cada año en España, lo que supone entre dos y tres veces más víctimas que los accidentes de tráfico. Son cifras que deberían estar grabadas en la memoria colectiva del país, pero que cada temporada parecen sorprender de nuevo.
El informe del Plan del Calor que publicó Sanidad no dejaba margen para la ambigüedad. La mortalidad atribuida al calor aumentó un 87,6% respecto a 2024, año en que el mismo sistema estimó 2.042 muertes. Los episodios de calor extremo —clasificados como nivel 3 o alto riesgo— también crecieron, pasando de 501 a 870, un 73% más. En términos prácticos, eso significa que casi uno de cada cinco días del verano tuvo, al menos, una zona del país en situación de riesgo térmico elevado.
El perfil de las víctimas del año pasado no es aleatorio ni mucho menos sorprendente. El 96% de los fallecidos tenían más de 65 años y más de la mitad superaban los 85. Por sexo, fallecieron 2.276 mujeres, el 59% del total, frente a 1.556 hombres. La mayor parte de las muertes se concentraron en agosto, el mes más letal, con 2.184 víctimas, seguido de julio con 1.060. Junio y septiembre completaron el cuadro con cifras mucho menores, aunque no por ello despreciables.

Un patrón de vulnerabilidad que se repite año tras año
Más allá de los grandes números, el informe de Sanidad pone el foco en algo que los datos estadísticos tienden a diluir: la mayoría de los casos de fallecimiento por golpe de calor confirmados clínicamente afectaron a personas con factores de riesgo sociales, laborales y sanitarios, incluyendo enfermedades crónicas, uso de medicación sensible al calor, exposición laboral o de ocio, y situaciones de vulnerabilidad como vivir solo o en viviendas sin climatización. En total, se registraron 25 fallecimientos confirmados por golpe de calor durante ese periodo, una cifra que, siendo grave, representa solo la punta visible del iceberg frente a las estimaciones del exceso de mortalidad global.
Esto no es solo un problema de edad o de salud individual: es, en buena medida, un problema de desigualdad. Las personas mayores, los enfermos crónicos y quienes tienen menor renta o peores viviendas son los grupos con mayor riesgo, según ha subrayado la propia ministra. La falta de aire acondicionado está en miles de hogares, especialmente en barrios periféricos y zonas rurales, afrontan los picos de calor sin más recursos que cerrar las ventanas durante el día y rezar para que la noche refresque.
Desde un punto de vista fisiológico, el mecanismo letal es bien conocido. La exposición a temperaturas excesivas provoca una pérdida de agua y electrolitos que compromete el funcionamiento normal de los órganos. En personas con enfermedades crónicas o bajo determinados tratamientos, los mecanismos de termorregulación pueden descompensarse con mayor facilidad, derivando en calambres, deshidratación, insolación o golpe de calor, con síntomas que pueden incluir inestabilidad en la marcha, convulsiones, coma e incluso la muerte.
Sanidad insiste en las recomendaciones
Con la primera ola de calor de 2026 activa, el Ministerio de Sanidad ha vuelto a activar su sistema de alertas térmicas y ha repetido las recomendaciones que, a estas alturas, deberían formar parte del sentido común colectivo. La ministra García resumió el mensaje en tres palabras: agua, sombra y fresco. Beber con frecuencia aunque no se sienta sed, mantenerse en lugares con sombra o climatizados, y evitar la exposición directa al sol en las horas centrales del día.

El sistema de alertas que Sanidad mantuvo activo el verano pasado envió más de 100.000 mensajes a ciudadanos suscritos. En total, se remitieron 101.685 SMS y 37.631 notificaciones por correo electrónico con información diaria sobre el nivel de riesgo térmico por zonas geográficas. Es un recurso gratuito, accesible y poco conocido que merece más difusión.
Sanidad también insiste en no dejar a ninguna persona en un vehículo cerrado, usar ropa ligera y holgada, consultar a un profesional sanitario si los síntomas relacionados con el calor se prolongan más de una hora, y hacer comidas ligeras que ayuden a reponer las sales perdidas por el sudor. Y algo que quizá se dice menos: si tienes aire acondicionado en casa, úsalo e invita a quienes lo necesiten. Protegerse del calor, como recordó García, es cosa de todos.
El verano de 2025 dejó una lección estadística brutalmente clara. La pregunta es si este año, con las temperaturas ya disparadas, será suficiente para que el mensaje llegue antes de que sea demasiado tarde.



