El portavoz de la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), Rubén del Campo, lo dejó claro esta semana antes de la nota informativa del organismo: "Dadas las altas temperaturas que se esperan, la persistencia del episodio y la extensión geográfica afectada, es probable que nos encontremos ante la primera ola de calor de este verano".
El aviso llega justo cuando el verano astronómico ni siquiera ha arrancado todavía (lo hará el domingo a las 9:24 horas) y confirma una tendencia que los meteorólogos venían anunciando desde hace semanas, ya que la primavera de 2026 ha sido la segunda más cálida desde que existen registros, solo por detrás de la de 2023.
Desde este sábado, las temperaturas subirán entre 5 y 10 grados por encima de los valores normales para estas fechas, tanto de día como de noche, y en algunos puntos de la mitad norte la anomalía superará los 10 grados. El mercurio rebasará los 35 grados de forma generalizada y alcanzará los 38 a 40 grados en amplias zonas del nordeste, el centro y la mitad sur peninsular.
Las previsiones apuntan a capitales como Bilbao, Ciudad Real, Córdoba o Toledo con máximas de hasta 43 grados durante el fin de semana, mientras que tampoco habrá tregua nocturna, ya que se esperan mínimas que no bajarán de los 20 grados en buena parte del territorio, lo que los meteorólogos llaman noches tropicales o, en los casos más extremos, noches tórridas.

Y es que el verano pasado dejó una fotografía de lo que puede ocurrir cuando estos episodios se prolongan. En 2025, el más cálido de la serie histórica junto con el de 2022, se registraron tres olas de calor, y la segunda de ellas, entre el 3 y el 18 de agosto, fue la segunda más intensa desde que hay registros y afectó a 43 provincias.
Durante esos dieciséis días se quemaron más de 300.000 hectáreas, murieron ocho personas y 150.000 tuvieron que ser evacuadas o confinadas. Que el episodio de este fin de semana llegue antes de que empiece formalmente el verano no tranquiliza a quienes llevan meses advirtiendo de que España no está preparándose al ritmo que exige un clima cada vez más extremo.
Preocupantes incendios antes de que llegue julio
Los datos de la campaña forestal de 2026 son peores que los del año anterior, que ya fue el más devastador del siglo. Según los registros del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales, la superficie calcinada en España antes de comenzar junio había triplicado la del mismo periodo de 2025, con más de 30.000 hectáreas arrasadas frente a las 8.237 contabilizadas un año atrás. El propio Ministerio para la Transición Ecológica (MITECO) reconoce, en sus cifras provisionales, que entre enero y abril se produjeron 987 incendios que calcinaron 16.330 hectáreas, frente a los 662 siniestros y las 7.227 hectáreas del mismo periodo de 2025.
Comunidades como Navarra ya han activado de urgencia planes de prevención ante el riesgo extremo que dejará la combinación de calor, viento del sur y meses sin apenas lluvia, mientras que Extremadura declaró la época de peligro alto de incendios desde el 1 de junio hasta mediados de octubre.
La organización WWF atribuye buena parte de este escenario al abandono de los usos agrarios tradicionales y al descenso de la ganadería extensiva, que durante décadas actuaron como cortafuegos naturales al mantener limpia la vegetación. Mientras la cabaña de ovino se ha reducido casi un 40% en treinta años, los sistemas de prevención clásicos pierden eficacia, y las labores de limpieza forestal que dependen de bomberos y técnicos requieren inversiones que no todas las comunidades autónomas asumen con la misma intensidad.

La consecuencia es que, aunque el número total de fuegos baja desde hace años, crece la proporción de aquellos en los que arden más de 500 hectáreas, los llamados grandes incendios, que concentran la inmensa mayoría de la destrucción. La propia Comisión Europea ha advertido de que la temporada de 2026 podría superar a la de 2025 en gravedad y ha movilizado el mayor despliegue del Mecanismo de Protección Civil desde 2022, con cientos de bomberos y aviones repartidos por las zonas mediterráneas de mayor riesgo.
Aulas convertidas en hornos antes de terminar el curso
Mientras el monte arde, miles de alumnos terminan el curso escolar en condiciones que organizaciones de familias y plataformas ciudadanas califican de insostenibles. En Cataluña, la plataforma Aules que Cremen, que monitoriza con sensores casi 300 centros educativos, ha denunciado que 185 de los 287 centros analizados superaron los 30 grados de forma sostenida en plena recta final del curso, con 614 de las 628 aulas vigiladas por encima de ese umbral, prácticamente la totalidad de los espacios estudiados.
Algunos institutos llegaron a registrar más de 40 grados a primera hora de la tarde, valores propios de plena ola de calor en la calle pero medidos dentro de un aula con niños y adolescentes dentro. Sin ir más lejos, hoy se examinan opositores de educación, y lo harán en esas mismas aulas sin aire acondicionado.
La situación no es nueva, pero cada año que pasa resulta más difícil de justificar. La normativa de prevención de riesgos laborales fija entre 17 y 27 grados la temperatura recomendada en espacios de trabajo sedentarios, una referencia que las familias y los sindicatos docentes utilizan para denunciar que se imparte clase muy por encima de lo razonable desde el punto de vista sanitario.
Pediatras y sociedades médicas insisten en que el calor excesivo reduce la concentración y el rendimiento académico y aumenta el riesgo de deshidratación, mareos y golpes de calor entre los menores. Acortar la jornada escolar una hora, la solución más habitual hasta ahora, ya no resulta suficiente cuando los termómetros se disparan desde por la mañana, y miles de padres siguen reclamando a comunidades autónomas y ayuntamientos que inviertan en climatizar de una vez los centros educativos más antiguos, muchos de ellos construidos sin aislamiento térmico ni previsión alguna para un clima que ha cambiado de forma evidente.
La ola de calor y la mortalidad
Más allá de incendios y colegios, el indicador que mejor refleja la falta de adaptación de España al calor extremo es la mortalidad. El Ministerio de Sanidad, en el balance final de su Plan Nacional de actuaciones preventivas frente al exceso de temperaturas correspondiente a 2025, registró 870 episodios de alto riesgo por calor extremo, un 73 % más que en el verano anterior, cuando se notificaron 501. El mismo informe confirmó 25 fallecimientos por golpe de calor en distintos puntos del país, en su mayoría personas con enfermedades crónicas, expuestas por motivos laborales o de ocio, o en situaciones de vulnerabilidad social como vivir solas o en viviendas sin climatización.

El impacto real es todavía mayor si se atiende al Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria (MoMo), que estimó 3.832 fallecimientos atribuibles al exceso de temperatura entre el 16 de mayo y el 30 de septiembre del año pasado, una cifra que va más allá de los casos clínicamente confirmados de golpe de calor y que, según el propio departamento, refleja el impacto global del fenómeno sobre la salud pública. El verano de 2026 todavía no había comenzado oficialmente cuando mayo cerró con 101 muertes asociadas al calor, la cifra más alta desde que existen registros homologados, según ha avanzado el propio Ministerio.
Dentro de este escenario, las personas sin hogar figuran entre los colectivos que concentran mayor riesgo, junto a los mayores de 65 años, los menores y quienes padecen enfermedades crónicas, y multitud de asociaciones denuncian que no estamos lo suficientemente preparados.
Algunos testimonios a los que hemos tenido acceso ya advierten del peligro. "Nos ha pillado el toro", cuenta un miembro de una de ellas a este diario. Ahora tenemos un problema de salud pública. "Le va a costar la vida a algunas personas vulnerables seguro", nos dice un vecino de la capital que ayuda habitualmente a las personas sin hogar.
Hay que decir que, aunque se eche en falta más previsión, ayuntamientos como el de Madrid sí han llevado a cabo refuerzos en sus dispositivos de protección frente al calor extremo. El Samur Social intensifica desde junio sus rutas de calle para localizar a personas en situación de sinhogarismo, ofrecer hidratación y derivarlas a centros de acogida, mientras que la capital ha habilitado un recurso específico con plazas adicionales y mantiene abierta su sede central en horario ampliado durante los días de mayor riesgo.
La Comunidad de Madrid, por su parte, mantiene activo desde mediados de mayo y hasta septiembre su plan de vigilancia frente a episodios de altas temperaturas, con un sistema de alertas en tres niveles que combina previsión meteorológica y riesgo sanitario, y que incluye medidas específicas en hospitales, residencias, colegios y transporte público.
Las recomendaciones sanitarias se repiten cada verano: hidratarse con frecuencia, evitar las horas centrales del día, buscar la sombra, vestir ropa ligera y vigilar especialmente a quienes viven solos o no pueden permitirse climatizar su vivienda. La temperatura media anual en España ha subido 1,75 grados desde 1961 y los doce años más cálidos de toda la serie corresponden, todos ellos, al siglo XXI.



