El atril está en Los Ángeles, en un salón de moqueta oscura y luces bajas. Abajo, en butacas reservadas con meses de antelación, se sientan gestores de fondos, banqueros de inversión y responsables de oficinas familiares que administran patrimonios de media docena de países. Arriba, Javier Milei. Y horas después, la imagen que se replica no es la del panel sobre mercados emergentes ni la de las diapositivas con balances fiscales, sino la del presidente argentino sonriendo junto a Lionel Richie, el hombre que cantó «Say You, Say Me».
Conviene no confundir los dos planos, pero tampoco separarlos del todo. La foto con el cantante y el discurso ante los inversores forman parte del mismo artefacto: un país que se presenta ante quienes deciden dónde se coloca el dinero y que, para hacerlo, necesita tanto un argumento económico como un relato capaz de circular por canales que no son los de la economía.
El marco fue la 29.ª Conferencia Global del Instituto Milken, en Los Ángeles. Allí, Milei ratificó el rumbo económico de su Gobierno y animó a los empresarios presentes a «apostar por la Argentina». Lo hizo con una fórmula que resume su manera de argumentar: «el sueño americano va de Alaska hasta Tierra del Fuego, para hacer a todas las Américas grandes otra vez».
Un mercado con forma de auditorio
El Instituto Milken no es un banco ni un fondo soberano. Es un laboratorio de ideas económicas fundado en 1991 por Michael Milken, el hombre que en los años ochenta transformó los bonos de alto rendimiento, los llamados bonos basura, en el instrumento que financió una cascada de adquisiciones corporativas en Estados Unidos. Su biografía incluye un capítulo que rara vez se omite: la condena por fraude de valores en 1990, su paso por prisión y el indulto que recibió en 2020.
La Conferencia Global que la institución celebra cada año en Los Ángeles se ha convertido en una de las citas ineludibles del calendario financiero. No compite con Davos en aparato geopolítico ni en despliegue protocolario; compite en otra cosa, más prosaica y más decisiva: allí se cruzan quienes tienen el dinero con quienes necesitan que ese dinero se mueva. En los pasillos del encuentro se han cerrado conversaciones que después aparecen en los balances de inversión de medio mundo.
Para un jefe de Estado, la diferencia entre un foro y otro es sustancial. En un foro político se habla de valores, de alianzas, de arquitectura institucional. En un foro de asignadores de capital se habla de rentabilidad esperada, de riesgo país, de marcos regulatorios que sobrevivan al siguiente cambio de Gobierno. El público que escucha a Milei en Los Ángeles no vota en Argentina, pero decide si una fábrica se construye en Córdoba o en Vietnam.
De ahí que la escenografía importe. Un presidente que llega a un auditorio de este tipo no viene a explicar su programa a los ciudadanos, sino a traducirlo al idioma en que se escriben las hojas de cálculo. Y ese idioma no admite adornos: exige plazos, exige garantías, exige saber qué ocurre con una empresa si mañana cambia el signo político del país que la acogió.
La frase que se llevó el discurso
Entre todas las ideas que un discurso de veinte minutos puede dejar flotando en el aire, hubo una que se impuso sobre las demás: la que estiraba el sueño americano desde Alaska hasta el extremo austral del continente. La frase tiene oficio. Recoge un mito de fundación de la potencia anfitriona, lo despoja de su frontera nacional y lo reparte por todo el hemisferio como una herencia común.
«El sueño americano va de Alaska hasta Tierra del Fuego, para hacer a todas las Américas grandes otra vez».
La operación retórica se organiza en tres movimientos. El primero es de halago: quien habla así no discute a Estados Unidos, lo prolonga. El segundo es de inclusión: Argentina deja de ser un caso exótico de volatilidad económica y pasa a formar parte de una geografía moral compartida. El tercero es de simetría: si el sueño es el mismo de Alaska a Tierra del Fuego, las reglas que lo hacen posible también deberían serlo.
El cierre de la frase, con ese «hacer a todas las Américas grandes otra vez», no disimula su procedencia. Es una traducción continental del lema que llevó a Donald Trump a la Casa Blanca, adaptado del singular al plural y del país al hemisferio. Milei no lo oculta: su afinidad con el trumpismo es explícita y forma parte de su repertorio público desde antes de llegar a la presidencia.
El recurso tiene ventajas evidentes en un auditorio estadounidense y también un coste. Al insertar a Argentina dentro de un relato continental, el país gana escala, pero pierde especificidad: los matices fiscales, los detalles del régimen cambiario y las particularidades del sistema judicial argentino quedan comprimidos en una etiqueta. Un inversor que sale del salón recordando la frase no necesariamente recuerda los números.

Del aplauso al capital comprometido
Un aplauso dura tres segundos. Una decisión de inversión extranjera tarda meses, a veces años, y pasa por filtros que ninguna intervención pública puede saltarse: due diligence, evaluación de riesgo legal, análisis de repatriación de dividendos, informes de abogados locales, comités de inversión que se reúnen trimestralmente y que rara vez se emocionan.
Esa asimetría es la clave para leer lo que ocurrió en Los Ángeles. El discurso no cierra operaciones; prepara el terreno para que otras personas, en otras oficinas y en otro calendario, se planteen abrir un expediente sobre Argentina. Un país que lleva décadas al margen del mapa de la inversión productiva necesita, antes que contratos, que alguien vuelva a incluirlo en la lista de sitios que merecen un análisis.
De ahí que el gesto importe incluso cuando los compromisos concretos no se anuncian. Un presidente que sube a un escenario de ese tipo está haciendo algo más modesto y más difícil que prometer: está pidiendo que se le conceda el beneficio de la duda. Y ese beneficio, en el mercado, se concede una sola vez por ciclo político.
Los horizontes temporales agravan la desconfianza. Un Gobierno piensa en su mandato; un fondo de pensiones piensa en treinta años. Cuando ambos se sientan a hablar, el primero ofrece reformas que pueden revertirse y el segundo pregunta, sin rodeos, qué probabilidad hay de que eso ocurra. Ninguna respuesta brillante en un atril resuelve esa pregunta: solo la resuelve el tiempo, que es precisamente lo que un discurso no puede comprar.
La motosierra en el guardarropa
Hay una distancia llamativa entre el Milei que llegó al poder y el que se sienta hoy en los salones del circuito financiero internacional. El primero blandía una motosierra en los escenarios, repetía que «no hay plata» y construía su capital político sobre la furia contra lo que llamaba la casta. El segundo se anuncia como el anfitrión fiable de un capital extranjero que necesita reglas previsibles.
El libreto no es nuevo. Ocurrió antes en otros foros. En enero de 2024, en Davos, el entonces recién llegado presidente argentino pronunció ante la élite económica mundial un discurso contra el colectivismo y en defensa del capitalismo de libre empresa, con un tono que incomodó a buena parte de los asistentes. Dos años después, el registro se ha desplazado del combate ideológico a la persuasión comercial.
Ese desplazamiento tiene lógica interna. Un libertario consecuente desconfía del Estado, pero también sabe que el único Estado capaz de garantizar un contrato es el que él mismo administra. La paradoja queda al descubierto en cada intervención de este tipo: para que el capital privado se sienta seguro, el Gobierno debe demostrar una solvencia institucional que el discurso antiestatal, llevado al extremo, prometía desmontar.
La motosierra, en ese sentido, está guardada en el guardarropa del hotel. No ha desaparecido del imaginario de sus votantes, pero no es el objeto que se exhibe ante un gestor de fondos. Lo que se exhibe es una batería de conceptos que en otro tiempo Milei habría despachado como jerga de tecnócratas: disciplina fiscal, desregulación, seguridad jurídica, apertura.

Argentina como activo de riesgo
Ninguna de esas palabras cae en el vacío. Argentina arrastra una historia financiera que pesa en cada conversación: varios incumplimientos de su deuda soberana, un Fondo Monetario Internacional que ha actuado como acreedor recurrente y rescate intermitente, episodios de congelación de precios, restricciones cambiarias que se han aplicado y levantado con la misma facilidad con que se anuncian.
El episodio que más se repite en las conversaciones de los inversores veteranos es la expropiación de YPF en 2012, cuando el Estado argentino tomó el control accionarial que hasta entonces estaba en manos de la petrolera española Repsol. La operación dejó una huella duradera: no tanto por su tamaño como por lo que comunicó sobre la estabilidad de las reglas del juego en un sector estratégico.
A eso se suma una característica estructural del país como destino de capital: la volatilidad. Los activos argentinos se han negociado históricamente con descuentos pronunciados respecto a economías comparables, y ese descuento no es un capricho del mercado, sino una prima de riesgo que se paga por la incertidumbre sobre el futuro de las normas. Comprar barato en Buenos Aires ha sido, durante décadas, una apuesta de doble filo.
Por eso el mensaje central de Milei en Los Ángeles no fue una cifra de crecimiento ni una proyección de exportaciones. Fue, en el fondo, una promesa de continuidad: que las reglas que hoy se aprueban seguirán vigentes cuando su firma ya no esté en el despacho. Esa promesa es la que los mercados llevan décadas sin comprar del todo, y ninguna conferencia la resuelve por sí sola.
Lionel Richie y la economía de la atención
Lionel Richie nació en 1949 en Alabama, formó parte de los Commodores, firmó baladas que atravesaron generaciones como «Three Times a Lady» y «Hello», ganó un Óscar por «Say You, Say Me» y ejerció durante años como jurado del concurso televisivo American Idol. Es, en el sentido más literal, una celebridad de masas.
Su presencia en un encuentro de inversores no es una anomalía. Las grandes conferencias económicas han entendido que necesitan rostros capaces de generar contenido fuera de la sala: un cantante, un deportista, un actor. La fotografía resultante cumple una función que ninguna tabla de datos puede cumplir, y la cumple en un terreno donde la política económica rara vez entra: el del entretenimiento.
Ahí está la eficacia del gesto. Un informe sobre el resultado fiscal puede ser leído por unos miles de especialistas; una imagen de un presidente sonriendo junto a una estrella de la música la ven millones de personas que no sabrán nada del balance primario y que, sin embargo, se llevarán una impresión difusa de normalidad. En política, esa impresión difusa tiene consecuencias concretas.
El propio Milei construyó buena parte de su carrera política en ese territorio, el de la televisión y los cortes virales. Lo que cambia en Los Ángeles no es el medio, sino el destinatario: ya no se trata de exasperar a un votante cansado, sino de tranquilizar a un inversor escéptico. La foto con Richie, en ese esquema, funciona como un aval blando, un certificado de que el presidente argentino es alguien con quien se puede compartir un salón.

El eco de «América para los americanos»
Hay una tradición antigua detrás de la frase de Milei, y conviene nombrarla. «América para los americanos» fue la fórmula con la que se resumió la doctrina Monroe, enunciada en 1823 para advertir a las potencias europeas de que el continente quedaba fuera de su alcance. Durante dos siglos, ese lema ha servido tanto para la autonomía hemisférica como para justificar tutelas sucesivas.
Reactivarlo ahora, en clave de campaña estadounidense, introduce un matiz nuevo. La doctrina original excluía a Europa; la versión que Milei maneja excluye, sobre todo, a la competencia por el capital. Al presentar las Américas como un espacio económico homogéneo, se sugiere que invertir en Argentina es una variante de invertir en Estados Unidos: menos riesgo de lo que parece, misma familia de reglas.
La afinidad con Trump no es un detalle accesorio de esta estrategia, sino su condición de posibilidad. Milei ha hecho de esa cercanía una pieza de su política exterior, y la ha exhibido en cada oportunidad. El cálculo es razonable a corto plazo: si el dinero estadounidense mira hacia el sur, conviene tener buena relación con quien lo orienta. A largo plazo, sin embargo, ata la suerte argentina al calendario electoral de otro país.
La lectura desde la región es desigual. Para unos, el alineamiento ofrece protección y visibilidad. Para otros, convierte a Argentina en una pieza de una disputa ajena, con el riesgo de que un cambio de signo en Washington deje al país con el discurso pero sin el respaldo. Es una apuesta que solo se puede evaluar cuando pase el tiempo suficiente para ver qué se firmó y qué quedó en promesa.
Lo que se pide a cambio de una firma
Cuando un gestor de fondos sale de un salón como el de Los Ángeles y pide a su equipo que estudie un país, lo que viene después no se parece a un aplauso. Se parece a una lista de comprobaciones. Estabilidad regulatoria, independencia judicial, mecanismos de arbitraje internacional, reglas claras para mover beneficios, disponibilidad de divisas, tratamiento fiscal predecible a lo largo de una década.
Cada uno de esos puntos tiene consecuencias medibles. Un cambio sorpresivo en las reglas de repatriación puede convertir un proyecto rentable en una trampa de liquidez. Una resolución judicial que se percibe como política encarece el crédito para todo el sector privado. Y una restricción cambiaria que aparece sin aviso puede dejar a una empresa con beneficios contables y sin un solo euro disponible en la cuenta.
De ahí que el mensaje de Milei ante los empresarios se pueda resumir en una palabra que no pronunció pero que planeó sobre todo el discurso: confianza. La confianza no se declara, se acumula. Se construye con actos administrativos aburridos, con sentencias que contrarian al poder, con presupuestos que cuadran y con la decisión de no tocar aquello que se prometió no tocar.
El problema, para Argentina, es que esa acumulación exige continuidad, y la continuidad es justamente lo que la política del país ha producido con menos frecuencia. Cada Gobierno llega con la convicción de que debe corregir lo que hizo el anterior, y cada corrección introduce una variable nueva en la ecuación del inversor. Romper ese círculo es más difícil que cualquier discurso, y bastante menos fotogénico.
Al final del día, en Los Ángeles quedan dos imágenes. Una es la del presidente ante un atril, enumerando las razones por las que su país merece capital. La otra es la de la sonrisa compartida con un cantante de baladas. Las dos cuentan lo mismo desde ángulos distintos: un país que necesita que el mundo vuelva a mirarlo y que ha decidido, para lograrlo, combinar el lenguaje de los balances con el de la celebridad.
Entre esas dos imágenes y la primera transferencia bancaria que financie una planta, un puerto o una mina hay un trecho que ningún aplauso recorre. Lo recorren los tribunales, los bancos centrales y las leyes que sobreviven a quien las firmó. Ahí, y no en el escenario, se decide si la frase sobre el sueño americano que va de Alaska a Tierra del Fuego termina siendo una metáfora afortunada o, una vez más, un buen titular sin edificio detrás.



