El 22 de septiembre de 2019, un cortejo fúnebre ascendió por un sendero de los Alpes suizos. No portaban un ataúd, sino coronas de flores y crespones negros. Unas doscientas personas se congregaron en un valle donde antaño se extendía una lengua de hielo de más de dos kilómetros cuadrados. Un sacerdote ofició una ceremonia y leyó una elegía por el difunto: el glaciar Pizol, que llevaba setecientos años modelando aquel paisaje y acababa de ser declarado extinto a ojos de la ciencia. Aquel funeral no era un acto de excentricidad ni una performance activista. Era el reconocimiento público de que el cambio climático había borrado del mapa una masa de hielo que había resistido invasiones, revoluciones y eras geológicas, pero no un siglo de emisiones humanas.
Aquel adiós, recogido por la prensa internacional, condensó en una imagen el drama silencioso que se repite en todos los continentes: los glaciares no solo menguan, sino que desaparecen. Miles de ellos ya lo han hecho en las últimas décadas, y la velocidad de su extinción está a punto de dispararse hasta cotas nunca registradas. Una investigación publicada en diciembre de 2025 en la revista Nature Climate Change ha cuantificado por primera vez el momento en que el mundo alcanzará lo que sus autores denominan «el pico de extinción de glaciares»: un periodo durante el cual cada año podrían desvanecerse hasta cuatro mil de estas masas de hielo, el equivalente a perder todos los glaciares de los Alpes europeos en solo doce meses.
La muerte silenciosa de un gigante milenario
El Pizol no era un glaciar imponente como el Aletsch o el Perito Moreno. Su modestia, precisamente, le convirtió en un símbolo. Representaba a los glaciares pequeños, aquellos que pasan desapercibidos en los inventarios globales pero que sostienen el caudal de los ríos de montaña, alimentan pastos y refrigeran ecosistemas enteros. En 2006, el Pizol ya había perdido el 80% de su superficie respecto a mediados del siglo XX. En 2019, apenas quedaban retazos de hielo sucio camuflados entre las rocas. La Organización Meteorológica Mundial lo borró de su catálogo oficial. La comunidad alpina decidió entonces que aquella pérdida merecía un duelo colectivo.
«El cambio climático no solo genera el derretimiento del hielo, sino que conduce a la extinción completa de muchos glaciares», explica Matthias Huss, glaciólogo de la universidad suiza ETH Zürich y uno de los autores del estudio. Huss estuvo presente en el funeral del Pizol. Sabe que aquel rito, aunque simbólico, anticipaba lo que los modelos matemáticos acabarían confirmando: la aceleración del deshielo está empujando a miles de glaciares más allá del umbral de lo que técnicamente puede considerarse un glaciar.
Ese umbral constituye el corazón conceptual de la investigación. Los científicos suelen medir la pérdida de hielo en términos de masa, volumen o superficie total, magnitudes que enmascaran la desaparición individual de glaciares concretos. Un glaciar que se reduce a la mitad sigue existiendo; uno que se fragmenta en varios pedazos puede incluso hacer crecer artificialmente el número de cuerpos de hielo en un inventario. Para establecer un criterio objetivo, el equipo de Huss y de Harry Zekollari, de la Universidad Libre de Bruselas, definió el punto de defunción glaciar como el momento en que su superficie cae por debajo de 0,01 kilómetros cuadrados —una hectárea— o cuando su volumen residual equivale a menos del 1% del que tenía en el año 2000. A partir de ahí, la masa de hielo deja de fluir, factor esencial en la definición geofísica de un glaciar, y se convierte en un nevero estático o en un campo de hielo muerto.

El pico de extinción: un horizonte de 2.000 a 4.000 glaciares al año
Los autores aplicaron ese criterio a una base de datos global que recoge más de 200.000 glaciares terrestres. Proyectaron distintos escenarios de calentamiento para determinar cuándo y cuántos cuerpos de hielo cruzarían el umbral de extinción. El resultado es un calendario preciso y a la vez estremecedor. Si el planeta lograse contener el aumento de la temperatura en 1,5 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales —objetivo que los propios científicos consideran cada vez más improbable—, el pico de extinción se alcanzaría en torno a 2041, con unos dos mil glaciares desaparecidos al año. En un escenario sin mitigación, con un calentamiento de 4 grados, el pico se retrasaría ligeramente, hasta mediados de la década de 2050, pero se intensificaría hasta los cuatro mil glaciares anuales. La horquilla intermedia, la que mejor se ajusta a las trayectorias actuales de emisiones, sitúa el calentamiento en 2,7 grados a final de siglo. Bajo ese supuesto, el mundo perderá una media de tres mil glaciares cada año entre 2040 y 2060, un ritmo entre tres y cinco veces superior al actual.
«Esto supone un punto sin retorno —advierte Eric Rignot, profesor de Ciencias del Sistema Terrestre en la Universidad de California en Irvine y ajeno al estudio—, porque reformar un glaciar llevaría décadas, si no siglos». Rignot subraya que la desaparición de un glaciar no es como la subida del mercurio en un termómetro: una vez extinguido, el paisaje, la hidrología y la memoria cultural que lo envolvían quedan irremisiblemente alterados.
Las cifras anuales de extinción proyectadas por el estudio superan con creces lo que muchos investigadores habían anticipado. Hasta ahora, la comunidad científica se había centrado en la pérdida de masa total —el equivalente a varios metros de espesor repartidos por millones de kilómetros cuadrados—, pero rara vez se había preguntado por la fecha de defunción de cada glaciar individual. «Este estudio hace un gran trabajo al destacar el hecho de que no solo los glaciares se están derritiendo en todo el mundo, sino que muchos de ellos podrían desaparecer por completo en las próximas décadas, y la tendencia se está acelerando», insiste Rignot.

Europa, los Andes y el norte de Asia: la primera línea del colapso
El pico de extinción no golpeará a todas las regiones por igual. El estudio traza un mapa de vulnerabilidad que depende del tamaño medio de los glaciares en cada cordillera. Las zonas donde predominan los glaciares pequeños —los Alpes europeos, sectores de los Andes tropicales y de las montañas del norte de Asia— alcanzarán su máximo de desapariciones antes, alrededor de 2040, y perderán más de la mitad de sus cuerpos de hielo en las próximas dos décadas. En los Alpes, por ejemplo, los glaciares tienen de media una superficie inferior a medio kilómetro cuadrado, lo que los convierte en candidatos inmediatos a la extinción técnica. Muchos de ellos ya se han fragmentado tanto que apenas fluyen unas decenas de centímetros al año, un movimiento imperceptible que anuncia su agotamiento mecánico.
En cambio, las regiones con grandes mantos de hielo o glaciares de dimensiones colosales, como Groenlandia y el Ártico ruso, verán un pico de extinción más tardío, avanzada la segunda mitad del siglo. Sus glaciares son tan masivos que tardarán más en reducirse por debajo del umbral de 0,01 kilómetros cuadrados, aunque la pérdida de masa que experimentan —medida en gigatoneladas de agua— es ya la mayor del planeta. La aparente paradoja se explica porque el estudio mide la extinción nominal, no la contribución al aumento del nivel del mar. Un solo glaciar del Ártico que retroceda varios kilómetros puede liberar más agua que cien glaciares alpinos juntos, pero seguirá figurando en los inventarios durante mucho más tiempo.
Lo que se pierde bajo el hielo que se va
La desaparición de un glaciar no es solo una estadística climática. Detrás de cada cuerpo de hielo extinguido hay comunidades que pierden su principal reserva de agua dulce para el regadío, el consumo humano y la generación hidroeléctrica. En los Andes centrales, por ejemplo, los glaciares proporcionan hasta el 30% del caudal de los ríos durante la estación seca. Su extinción forzará a millones de personas a buscar fuentes alternativas o a emigrar. En el Himalaya, diez de los ríos más caudalosos de Asia dependen del deshielo estacional de los glaciares que coronan la cordillera; su retroceso amenaza la seguridad alimentaria de mil quinientos millones de personas.
Además del agua, los glaciares sostienen economías enteras de montaña vinculadas al turismo y a los deportes de invierno. Las estaciones de esquí de los Alpes, los Pirineos o las Rocosas ya invierten millones de euros en cañones de nieve artificial y en la recalificación de sus pistas hacia actividades de verano. En Austria, el glaciar de Hintertux ha perdido tal espesor que los operadores turísticos han tenido que instalar cubiertas reflectantes para frenar el deshielo estival, una medida paliativa que los glaciólogos califican de «cinta aislante sobre una herida abierta». La desaparición total de los glaciares en algunas regiones alpinas podría producirse antes de 2050, según los modelos más conservadores.
«Si te acercas a alguien por la calle y le hablas de que las temperaturas han subido dos grados, le cuesta mucho imaginárselo, pero los glaciares son muy visuales», afirma Harry Zekollari, autor principal del estudio.
Esa visualidad hace de los glaciares los grandes comunicadores involuntarios del cambio climático. Un río que reduce su caudal puede achacarse a una sequía pasajera; una cosecha mermada, a una plaga. Pero un glaciar que ya no está, como el Pizol, no deja lugar a la ambigüedad. Su ausencia es un testimonio geológico de que la atmósfera terrestre se ha calentado lo suficiente como para fundir el hielo que la propia Tierra había acumulado a lo largo de siete siglos.
Los glaciares son también archivos paleoclimáticos. En sus burbujas de aire atrapadas duerme el registro de la composición atmosférica de siglos pasados. Cada testigo de hielo que se extrae de un glaciar antes de que desaparezca es un libro que los científicos intentan leer a contrarreloj. En 2024, un equipo de la Universidad de Venecia logró rescatar el hielo más antiguo de los Alpes orientales en el glaciar de la Marmolada antes de que el calor del verano lo degradase de forma irreversible. Aquella carrera contra el termómetro se repetirá en decenas de cordilleras durante los próximos años.

El peso de una decisión colectiva
Los autores del estudio insisten en que la diferencia entre perder dos mil o cuatro mil glaciares al año no está dictada por fuerzas telúricas incontrolables, sino por las decisiones políticas que se tomen en esta década. Con un calentamiento de 1,5 grados, en torno a la mitad de los glaciares actuales sobrevivirían hasta 2100. Con 2,7 grados, la cifra se reduce a un 20%. Con 4 grados, el mundo afrontaría una pérdida prácticamente total. Cada décima de grado importa, y el margen para actuar se estrecha al ritmo inexorable de las emisiones acumuladas.
Matthias Huss lo expresó con una convicción que muchos de sus colegas comparten: «Cuando nos acercamos a un glaciar, no solo vemos hielo; vemos un sistema vivo que nos da agua, nos cuenta la historia del clima y nos conecta con la belleza elemental del planeta. Perderlo es amputar un órgano de la Tierra». El funeral del Pizol fue, en ese sentido, un ensayo general de las exequias que el siglo XXI tendrá que oficiar por miles de glaciares más.
En el valle suizo donde antes se extendía la lengua del Pizol crecen ahora líquenes sobre rocas desnudas. El arroyo que nacía de su frente se ha convertido en un hilillo de agua que apenas resiste las semanas más calurosas. Los mapas de la región se han actualizado con una nueva mancha parda donde antes figuraba el azul pálido del hielo permanente. La próxima vez que el mundo contemple un mapa redibujado de esa manera, quizá no habrá ceremonias, ni coronas de flores, ni sacerdotes que recuerden lo que hubo. Solo un paisaje huérfano que ya no recordará el peso del hielo.




