El planeta Tierra ha entrado en una fase que los científicos no habían detectado hasta ahora. No se trata solo de que siga haciendo más calor cada año, algo que ya forma parte del paisaje informativo cotidiano, sino de que la velocidad a la que suben las temperaturas se ha duplicado en apenas una década. Y el Mediterráneo, el mar que baña las costas españolas y del que dependen millones de personas, se ha convertido en uno de los termómetros más alarmantes de esta aceleración.
Un estudio publicado en la revista Geophysical Research Letters, liderado por el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK) en Alemania, ha confirmado con una certeza estadística superior al 98 % que el calentamiento global se ha acelerado de forma notable desde 2015. Los datos son contundentes. Entre 1970 y 2015, la temperatura media del planeta aumentaba a un ritmo de unos 0,18 °C por década. Durante los últimos diez años, esa cifra ha escalado hasta los 0,35 °C por década. Prácticamente el doble.
El meteorólogo Mario Picazo, científico atmosférico y uno de los divulgadores climáticos más reconocidos de España, ha difundido estos hallazgos a través de sus redes sociales y en eltiempo.es, donde advierte de que este dato representa la primera evidencia estadísticamente sólida de un cambio en la velocidad del calentamiento desde que existen registros instrumentales modernos. No es una proyección ni un modelo teórico. Es lo que ya está sucediendo, medido y verificado con cinco bases de datos independientes.

Lo más relevante del estudio del PIK es que los investigadores eliminaron de sus análisis la influencia de fenómenos naturales como El Niño, las erupciones volcánicas o las variaciones en la actividad solar. Aun descontando todos esos factores, la tendencia de fondo sigue mostrando una aceleración clara y atribuible al aumento de los gases de efecto invernadero provocado por la actividad humana. Stefan Rahmstorf, uno de los autores del trabajo, señaló que si este ritmo se mantiene, el planeta superará el límite de 1,5 °C de aumento respecto a la era preindustrial antes de que acabe esta década, un umbral que el Acuerdo de París fijó como frontera para evitar las consecuencias más devastadoras del cambio climático.
Reducir las emisiones también ha calentado la Tierra
El principal motor del calentamiento sigue siendo la quema de combustibles fósiles y las emisiones de dióxido de carbono y metano, pero los científicos apuntan a un factor adicional que muchos ciudadanos desconocen y que podría estar acelerando el proceso. Durante décadas, las emisiones de aerosoles ricos en azufre procedentes del transporte marítimo y de la industria pesada ejercían un efecto pantalla, reflejando parte de la radiación solar al espacio y enfriando ligeramente la atmósfera. La regulación ambiental que ha reducido esas emisiones contaminantes, paradójicamente, ha dejado entrar más energía solar hacia la superficie del planeta. Es un efecto colateral que la comunidad científica vigila de cerca.
Algunas emisiones (que también calientan la Tierra) ejercían un efecto pantalla reflejando la luz del sol, que ahora entra con más fuerza
A esto se suma que el sistema climático de la Tierra acumula cada año más energía de la que emite al espacio. Más del 90 % de ese exceso de calor termina almacenado en los océanos, según datos del proyecto ECCO de la NASA. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que el contenido de calor de los océanos alcanzó un récord en 2025 y que la tasa de calentamiento oceánico se ha más que duplicado desde 2005.
En palabras que ha empleado Mar Gómez, doctora en Ciencias Físicas y responsable de meteorología, es como si hubiésemos inyectado el equivalente en energía a miles de bombas atómicas en el océano, y ahora ese calor se manifiesta en los fenómenos extremos que estamos presenciando.

Gómez, autora del libro El tictac climático (Oberón, 2026), ha insistido en sus intervenciones públicas y en redes sociales en que el cambio climático no es una amenaza futura, sino una realidad presente y medible. En un hilo publicado en su cuenta de X, la física desmontó con datos oficiales y evidencia científica interpretaciones erróneas sobre la situación climática actual. Su mensaje es directo y difícil de rebatir: la ciencia son datos, no creencias ni ideología política.
El Mediterráneo, un mar que se calienta más rápido que cualquier otro
Si hay un lugar del mundo donde la aceleración del calentamiento se hace especialmente visible es en el mar Mediterráneo... y eso afecta directamente a España. Este verano de 2026 ha dejado cifras que rozan lo inédito. La boya de Sa Dragonera, al oeste de Mallorca, registró una temperatura del agua de 33,02 °C a principios de agosto, batiendo el récord absoluto de la historia de España. En la boya de Mahón, al oeste de Menorca, se alcanzaron los 30,64 °C, un valor que supera en 5 °C la media habitual para esta época del año. En buena parte de la costa valenciana, los 30 °C se han normalizado de manera casi continua durante semanas.
Según datos del Centro Euro-Mediterráneo sobre Cambios Climáticos (CMCC), el Mediterráneo se calienta aproximadamente un 20 % más rápido que el promedio global de los océanos, con un aumento de 0,4 °C cada diez años desde la década de 1980. Mario Picazo lo ha expresado con claridad en sus publicaciones. El Mediterráneo es el mar que más se está calentando en el mundo, y las consecuencias ya son palpables. La oceanógrafa Mélanie Juza, del Sistema de Predicción y Observación Costero de Baleares (SOCIB), ha detallado que este es el quinto verano consecutivo con temperaturas absolutamente excepcionales en aguas baleares, un escenario sin precedentes en los registros históricos.
Y es que el Mediterráneo lleva desde mediados de la primavera de 2026 acumulando calor sin apenas ventanas de recuperación. Julio dejó la temperatura superficial más alta jamás medida para ese mes, y a mediados de agosto, casi el 59 % de la superficie del mar seguía bajo condiciones de ola de calor marina. Todo ese calor almacenado bajo la superficie funciona, según la expresión que han utilizado varios meteorólogos, como una batería cargada al máximo que puede descargarse de repente cuando llegue el otoño.
Mar Gómez ha explicado que un mar cálido evapora más agua y, cuando ese vapor condensa, libera calor latente que alimenta las corrientes ascendentes de las tormentas. Si a eso se le añade la entrada de aire frío en altura, inestabilidad atmosférica y una circulación favorable, el resultado puede ser precipitaciones torrenciales de gran intensidad. Gómez matiza que un Mediterráneo caliente no implica automáticamente lluvias torrenciales en otoño, pero sí eleva de forma significativa el riesgo. Es como aumentar la cantidad de combustible disponible para un incendio que necesita una chispa para prenderse.
En España, la DANA de octubre de 2024, que dejó 229 víctimas mortales en la Comunitat Valenciana, sigue presente en la memoria colectiva. Los municipios afectados aún esperan la ejecución completa de las ayudas y la reconstrucción de infraestructuras esenciales. Que el Mediterráneo afronte el otoño de 2026 con temperaturas superiores a las de aquel año debería ser motivo suficiente de alerta.

Picazo también ha señalado en sus publicaciones que la aceleración del calentamiento reduce el margen para cumplir los objetivos del Acuerdo de París y que, si las emisiones continúan al ritmo actual, el planeta podría superar los 1,5 °C de calentamiento respecto a la era preindustrial entre finales de esta década y el comienzo de la siguiente. El bimestre junio-julio de 2026 ya ha sido el más cálido jamás registrado en gran parte de España, con récords batidos en estaciones meteorológicas desde el País Vasco hasta Andalucía.
La situación se complica aún más con la perspectiva de un nuevo episodio de El Niño que, según las previsiones, podría intensificarse entre finales de 2026 y comienzos de 2027. A diferencia de episodios anteriores, este se formaría sobre un océano global que ya acumula más calor que nunca, lo que podría amplificar sus efectos. Las olas de calor más largas e intensas, los incendios forestales de mayor magnitud, las sequías prolongadas y los episodios de lluvias torrenciales no son pronósticos para un futuro lejano. Son la realidad del verano que España acaba de atravesar.
Sea como fuere, los expertos coinciden en que la aceleración no significa que todo esté perdido. La velocidad a la que siga calentándose el planeta dependerá de la rapidez con la que se reduzcan las emisiones de gases de efecto invernadero hasta alcanzar un nivel próximo a cero. Como ha descrito Mar Gómez, estamos en el punto de no retorno a la situación inicial, pero aún estamos a tiempo de evitar lo peor.



