En una placa de cristal fabricada para fotografiar el cielo nocturno, un destello aparece donde no debería haber nada. No es una estrella ni un satélite artificial: la imagen fue tomada en la década de 1950, años antes del lanzamiento del Sputnik. Durante meses, los astrónomos del observatorio Palomar, en California, han examinado miles de placas como aquella. Al digitalizar los archivos de 1949 a 1957, encontraron un patrón incómodo: destellos transitorios que coincidían con pruebas nucleares.
Los resultados, publicados en Scientific Reports el 20 de octubre de 2025, no demuestran que naves extraterrestres sobrevolaran los polígonos atómicos. Pero sí aportan una asociación estadística que los investigadores calificaron de «pequeña pero significativa» entre los avistamientos de objetos transitorios y la actividad de armas nucleares. Esa es la clase de hallazgo que alimentó un año entero de revelaciones sobre ovnis: documentos policiales, informes de la fuerza aérea, documentales y bases de datos ciudadanas que han obligado a revisar viejos archivos.
Las placas de Palomar
El observatorio Palomar, gestionado por el Instituto Tecnológico de California, compiló entre 1949 y 1957 un archivo de placas astronómicas de cristal. Cada una capturaba una porción del cielo con una precisión que, para la época, resultaba excepcional. Al digitalizar ese material, los científicos localizaron varios destellos de apariencia estelar que aparecían y desaparecían en exposiciones consecutivas. Muchos correspondían a errores de la placa o a marcas físicas. Pero miles de ellos se alineaban con avistamientos documentados de ovnis cerca de polígonos de ensayos nucleares.
El estudio precisa que los objetos brillantes aparecieron en el cielo nocturno en las dos semanas en las que numerosos testigos informaron de fenómenos aéreos no identificados sobre Washington D.C., entre el 19 y el 27 de julio de 1952. Aquel episodio, conocido como los avistamientos del Capitolio, ya figuraba en la literatura ufológica. La novedad del trabajo de Palomar consistió en encontrarlo en placas fotográficas anteriores a la era de los satélites. El último avistamiento documentado dentro de la serie tuvo lugar el 17 de marzo de 1956, un día después de la prueba nuclear «Joe 21» de la Unión Soviética.
Los investigadores observaron además destellos transitorios sobre al menos 124 pruebas nucleares en superficie realizadas entre 1951 y el lanzamiento del Sputnik en octubre de 1957. La conclusión más robusta es cautelosa: los destellos eran, con probabilidad, resultado de partículas de alta energía presentes en la atmósfera como consecuencia de los materiales de las pruebas. Aun así, el análisis halló que la probabilidad de detectar un transitorio en el aire aumentaba un 45 % en las veinticuatro horas posteriores a un ensayo nuclear. Los autores escribieron que los avistamientos de objetos transitorios directamente correlacionados con las condiciones creadas por las pruebas de armas nucleares muestran «asociaciones pequeñas pero estadísticamente significativas».
La coincidencia con los episodios de Washington de 1952 refuerza la dimensión histórica. Aquel verano, varios radares y pilotos describieron objetos que aparecían y desaparecían sobre la capital. Las placas de Palomar, sin embargo, registraron destellos en el mismo margen temporal, un dato que los investigadores no interpretan como prueba de origen extraterrestre, pero sí como una anomalía atmosférica recurrente durante los ensayos nucleares de la época.
El enjambre sobre Lakenheath

La noche del 22 de noviembre de 2024, un helicóptero policial EC135 del Servicio Nacional de Policía Aérea británico sobrevolaba las cercanías de la base aérea de Lakenheath, en Suffolk, una de las principales instalaciones militares estadounidenses en el Reino Unido. Poco después de las diez de la noche, el piloto comunicó que dos objetos rápidos se dirigían hacia la aeronave. El helicóptero inició una maniobra evasiva de emergencia. Los dos objetos, descritos como drones, la siguieron en el descenso igualando su velocidad, en torno a 190 millas por hora.
Los registros policiales desclasificados recogen el episodio como una persecución no provocada. «Tuvieron que realizar un picado de emergencia y describieron que fueron perseguidos en el picado por dos drones que igualaron su velocidad y que luego los persiguieron durante varios minutos fuera de la zona», reza uno de los partes. Los documentos, compilados entre el 20 y el 22 de noviembre, documentan además una veintena de avistamientos de drones sobre las bases de Lakenheath, Mildenhall y Feltwell. Un testigo describió «entre diez y quince drones» volando en el espacio aéreo de la base, lo que obligó a dejar en tierra a las aeronaves de los alrededores. Otro, provisto de gafas de visión nocturna, vio «cinco o seis drones» sobre la carretera A1065. Un tercero resumió lo que estaba viendo con una frase inquietante: «cosas grandes y estáticas, con forma de tictac; no son pájaros».
La discrepancia entre los testigos y la explicación oficial agrandó el caso. La Junta Airprox británica, encargada de investigar los cuasi accidentes aéreos, concluyó en su informe final que los objetos eran en realidad las luces de un caza F-15 de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que operaba en las proximidades. El análisis de radar indicó que las dos aeronaves se acercaron a unos 1.700 pies entre sí durante la incursión. Los documentos policiales y el vídeo, sin embargo, contradicen esa versión y desacreditan los partes que hablaban de un simple avistamiento rutinario de cazas.
Un mapa de objetos bajo el mar

La aplicación Enigma, una de las plataformas de registro de avistamientos más populares, recopiló a lo largo de 2025 una base de datos que los investigadores no previeron décadas atrás: miles de objetos no identificados detectados cerca de las costas de Estados Unidos. Desde agosto de 2025, la aplicación documentó más de 9.000 avistamientos de lo que llama objetos sumergibles no identificados, o USO por sus siglas en inglés, en un radio de diez millas desde la línea de costa o de grandes masas de agua.
Del total, cerca de 500 avistamientos se produjeron a menos de cinco millas del litoral. Alrededor de 150 objetos fueron vistos suspendidos sobre el agua o entrando y saliendo de ella. Los datos muestran concentraciones en puntos concretos, con California y Florida como los estados con mayor número de registros en todo el país. «Parece que hay cinco o seis zonas donde se concentra una actividad ovni real en torno al agua», explicó Kent Heckenlively, autor del libro Catastrophic Disclosure: Aliens, The Deep State and The Truth. «Tendría mucho sentido. El problema al que se enfrenta la gente de a pie es que se pregunta: si estas cosas son reales, ¿cómo han podido llegar a la Tierra y esconderse? El océano parece un escondite estupendo.»
Heckenlively no es un científico. Sus libros y declaraciones se mueven en el terreno de la hipótesis y la divulgación especulativa. Pero la pregunta que plantea —el océano como refugio— encuentra eco en la tradición ufológica y en los datos recogidos por aplicaciones ciudadanas. Para los analistas, los USO representan una variante poco estudiada del fenómeno ovni, tradicionalmente asociado a cielos despejados y bases aéreas.
La maquinaria del secretismo
En paralelo a los datos, un documental estrenado en 2025 puso sobre la mesa el componente institucional. The Age of Disclosure, dirigido por Dan Farah, reúne entrevistas con 34 altos cargos del Gobierno de Estados Unidos, entre ellos el secretario de Estado Marco Rubio. La tesis central es que Washington ha mantenido durante ocho décadas un encubrimiento global sobre la existencia de inteligencia no humana y su presencia en la Tierra.
«Durante mucho tiempo, el público, el Congreso e incluso el presidente han quedado al margen de este asunto», afirmó Farah. «En los últimos años, altos cargos del Congreso y de la Administración, gracias a los denunciantes, se han enterado de lo que ha estado ocurriendo y ahora persiguen la verdad para sí mismos y para el pueblo estadounidense.» El documental sostiene además que Estados Unidos participa en una carrera secreta de alto riesgo con países adversarios como China y Rusia para investigar objetos de origen no humano, y menciona la recuperación de cuerpos no humanos en algunos incidentes.
Una de las declaraciones de Rubio en el tráiler concentra la tensión entre el fenómeno y la seguridad nacional. El secretario de Estado asegura que ha habido casos repetidos de algo que operaba en el espacio aéreo sobre instalaciones nucleares restringidas y que «no es nuestro». Esa frase, pronunciada por un responsable de política exterior, conecta el enigma ovni con la preocupación por las armas atómicas, un vínculo recurrente desde los primeros años de la Guerra Fría.
«Hemos tenido repetidas ocasiones en las que algo operaba en el espacio aéreo sobre instalaciones nucleares restringidas, y no es nuestro.» — Marco Rubio, secretario de Estado de Estados Unidos
Lo que dicen los datos

El artículo publicado en Scientific Reports no habla de naves ni de cuerpos. Habla de destellos y de placas fotográficas. Los autores, tras analizar los transitorios, concluyeron que una parte del fenómeno se debía probablemente a partículas de alta energía liberadas por los ensayos nucleares. Esa conclusión, lejos de cerrar el debate, lo abre en dos direcciones: por un lado, explica algunos avistamientos como producto de condiciones atmosféricas extremas; por otro, deja constancia de que la actividad nuclear y los avistamientos de ovnis comparten una correlación documentada desde antes de la era espacial.
La cifra del 45 % resume el hallazgo. Los destellos transitorios no aparecían en cualquier momento, sino con más frecuencia en las veinticuatro horas siguientes a una prueba. Los científicos calificaron esa asociación de «pequeña pero estadisticamente significativa». En el lenguaje de la investigación, eso significa que la relación no se explica por azar puro, aunque su magnitud sea modesta. Los propios autores señalaron que los datos van «más allá de los relatos de testigos», al añadir evidencia empírica a un fenómeno que durante décadas se ha estudiado casi exclusivamente a partir de testimonios.
La coincidencia con los episodios de Washington de 1952 ya no es sólo un relato. Las placas de Palomar registraron destellos en el mismo periodo en que los radares y los pilotos describieron objetos sobre la capital. Esa superposición temporal, medida sobre material fotográfico, otorga una base cuantitativa a un episodio que la Fuerza Aérea atribuyó en su día a inversiones térmicas. Los autores del estudio no ofrecen una explicación cerrada, pero insisten en que los datos «contribuyen más allá de los relatos de testigos».
El factor histórico
El vínculo entre ovnis y armas nucleares no es un hallazgo nuevo: los informes desclasificados a lo largo de décadas han descrito objetos no identificados sobre instalaciones nucleares, y el propio secretario de Estado Marco Rubio habló de casos repetidos en espacios aéreos restringidos. El estudio de Palomar aporta un elemento que rara vez se había podido medir: placas fotográficas contemporáneas de las pruebas que permiten cuantificar la frecuencia de los destellos en relación con los ensayos.
La serie de placas arranca en 1949 y termina en octubre de 1957 con el lanzamiento del Sputnik. En ese intervalo, las pruebas nucleares en superficie se convirtieron en un fenómeno recurrente. El estudio recoge que los transitorios aparecieron sobre al menos 124 ensayos realizados en distintos polígonos. El último avistamiento documentado dentro del periodo fue el 17 de marzo de 1956, un día después de la prueba soviética «Joe 21». La coincidencia no implica causalidad, pero sitúa el fenómeno en el corazón de la Guerra Fría.
El incidente de Lakenheath tampoco fue un caso aislado. En noviembre de 2024, varias bases aéreas británicas y alemanas reportaron incursiones de drones durante semanas sin identificar a los operadores ni determinar su propósito. La palabra «dron» se volvió una etiqueta cómoda: describía la forma y el comportamiento, no necesariamente el origen. En los informes policiales de Suffolk, la ambigüedad aparece en las descripciones: objetos con forma de tictac, enjambres que entran en espacio aéreo restringido, luces que maniobran y desaparecen.
La búsqueda de una explicación
El fenómeno ovni se mueve entre tres registros: el científico, el testimonial y el institucional. El registro científico exige datos replicables; el testimonial ofrece relatos subjetivos; el institucional filtra, clasifica y a veces desclasifica. En los casos recopilados a lo largo de 2025, los tres registros se cruzan: las placas de Palomar son datos; los policías de Lakenheath y los usuarios de Enigma son testigos; las conclusiones de la Junta Airprox y las declaraciones de Rubio representan el aparato oficial.
La versión de la Junta Airprox, que atribuyó los objetos de Lakenheath a las luces de un F-15, ilustra la dificultad de cerrar estos episodios. Los registros policiales contienen informes de drones sobre varias bases al mismo tiempo, incluidas descripciones de testigos con gafas de visión nocturna. Un caza no explica los enjambres. Un dron tampoco explica los tictacs. La explicación oficial en este caso dejó sin respuesta la pregunta sobre quién volaba lo que fuera sobre una instalación militar sensible durante varias noches.
En el otro extremo, la aplicación Enigma muestra los límites de la ciencia ciudadana. Los datos no están filtrados por metodología: cualquiera puede registrar un avistamiento y las categorías, como «objeto sumergible no identificado», dependen de la interpretación del usuario. Los 9.000 registros no son 9.000 pruebas. Son 9.000 señales de que la costa estadounidense concentra una actividad que merece, al menos, un estudio sistemático. La preferencia por California y Florida también puede reflejar la densidad de población, no la presencia de bases secretas.
El futuro del enigma
El documental de Farah apunta a una batería de revelaciones más allá de 2025. Según su director, altos cargos del Congreso y de la Administración han comenzado a perseguir la verdad con la ayuda de los denunciantes. Los expedientes secretos de ovnis han dejado de ser un asunto marginal para convertirse en un objeto de contienda política y científica. En ese movimiento, las viejas placas de cristal y los nuevos registros ciudadanos comparten un mismo propósito: fijar en datos lo que durante décadas fue sólo testimonio.
Los hallazgos de Palomar no cierran nada. Los autores afirman que sus resultados ofrecen «apoyo empírico adicional a la validez del fenómeno ovni y a su posible conexión con la actividad de armas nucleares». También reconocen que los destellos podían explicarse por partículas de alta energía. Esa doble lectura es la esencia del enigma: los datos no resuelven la ambigüedad; la documentan. En una época de drones baratos, satélites y sensores distribuidos, la frontera entre lo explicable y lo anómalo se ha vuelto más porosa.
El océano, como sugirió Heckenlively, se ha convertido en la nueva frontera de la especulación. Si los ovnis necesitan un escondite, el agua ofrece inmensidad, opacidad y una lógica propia. La próxima generación de instrumentos, desde hidrófonos hasta satélites de vigilancia marítima, podría aportar datos donde sólo hay relatos. Mientras tanto, los expedientes siguen creciendo: placas de cristal, partes policiales, vídeos de helicópteros y miles de marcas en un mapa de la costa.
«Creo que la raza humana maduraría mucho si descubriera que vivimos en un vecindario muy poblado», dijo Heckenlively. «Seríamos curiosos, querríamos encajar. Creo que subiríamos nuestro listón si supiéramos que existen especies ahí fuera sin algunos de los aspectos negativos asociados a la raza humana.» El enigma, por ahora, no se disuelve: sólo cambia de soporte.



