La geología es la ciencia del tiempo profundo. Lee en las rocas lo que ocurrió hace millones de años, descifra extinciones, reconstruye paisajes que ningún ojo humano vio jamás. Es, en ese sentido, una disciplina con una vocación narrativa poderosa y sin embargo raramente aprovechada por la ficción. Daniel H. Barreña lo sabe, y Tras las huellas del tiempo nace precisamente de esa convicción: que la geología merece una novela que la coloque en el centro, no en el margen.

La premisa arranca con el hallazgo de un cuerpo humano de más de veinte mil años de antigüedad en el interior de una sima de la cordillera Cantábrica. El cadáver, bautizado popularmente como "Julián" en homenaje a un personaje de la vieja serie televisiva española El anacronópete, no sería más que un hallazgo arqueológico notable de no ser por sus anomalías: fibras de tejido denim entre los restos, una lentilla de contacto de plástico moderno y un esqueleto que registra fracturas múltiples que debieron ser mortales y que sin embargo el individuo superó en vida. La hipótesis que acaba imponiéndose en la opinión pública, frente a las teorías atlantidistas y extraterrestres que no tardan en proliferar, es la más desestabilizadora: Julián fue un viajero del tiempo que cometió un error de cálculo fatal. Y en torno a esa premisa, Barreña construye una novela que funciona en dos velocidades simultáneas y que no siempre resuelve con igual destreza la tensión entre ambas.
La primera velocidad es la del thriller científico contemporáneo. El trío protagonista está compuesto por tres amigas de edades próximas a la treintena: Sara, paleontóloga zaragozana que trabaja su tesis doctoral sobre perisodáctilos del Paleógeno en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid; Ana, física asturiana que investiga gravitones en los laboratorios de la sierra de Guadarrama; y Paula, profesora de francés de origen valenciano que vive instalada en la cotidianeidad más ajena, en apariencia, a la aventura científica. Las tres están bien individualizadas desde el primer capítulo, y Barreña tiene el acierto de presentarlas en un contexto radicalmente mundano —una noche de viernes en un pub madrileño— antes de arrastrarlas hacia lo extraordinario. El contraste funciona: la normalidad de sus vidas hace más creíble el salto.
La Madrid de la novela es un futuro cercano perfectamente reconocible, construido con detalles de trazo fino. Las bracelet cards han sustituido casi por completo al dinero en efectivo, los gravitones han dejado de ser una hipótesis para convertirse en noticia de laboratorio, y el uso de mascarillas quirúrgicas ante el resfriado común se ha instalado como costumbre social normalizada tras la pandemia de 2020. Este mundo próximo tiene la virtud de la verosimilitud: no exige al lector ningún esfuerzo de extrañamiento, simplemente prolonga tendencias que ya reconoce. Sobre ese suelo firme, la irrupción de una máquina del tiempo resulta, paradójicamente, más creíble.

La segunda velocidad de la novela es la del viaje al pasado geológico profundo. Cuando las protagonistas atraviesan el umbral de distintas eras —el Triásico, el Jurásico, el Cretácico, el Pérmico—, el texto se muda de registro y adopta uno deliberadamente didáctico. Las descripciones de fauna prehistórica son precisas y apasionadas: el Iberosuchus, el cocodrilo del Cretácico ibérico que Sara admira como a un ídolo personal, se convierte en uno de los emblemas afectivos del libro; los capítulos dedicados a las grandes extinciones en masa —en especial la extinción del Pérmico, la llamada "Gran Mortandad"— tienen una densidad informativa que desborda con frecuencia el marco narrativo. Es aquí donde la novela revela sin disimulo su segunda naturaleza: Tras las huellas del tiempo quiere ser, al mismo tiempo, una historia que se disfrute y un texto que instruya. La tensión entre ambas metas es el principal eje de discusión crítica que la obra plantea.
Estructuralmente, los treinta y cuatro capítulos de la novela tienen una extensión muy desigual, lo que refleja esa doble ambición. Los capítulos de acción y diálogo avanzan con fluidez; los de divulgación tienden a expandirse, a incorporar notas a pie de página que remiten a instituciones reales —el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana de Burgos, el proyecto Virgo de detección de ondas gravitacionales— y a interrumpir la tensión dramática con explicaciones sobre hipsodoncia dental, paradojas temporales o estratigrafía del Mesozoico. La bibliografía académica que cierra el volumen, de una extensión inhabitual en la ficción comercial, confirma que Barreña no concibe la divulgación como adorno, sino como objetivo central.
La paradoja del científico loco —ese dilema temporal que Ana formula en uno de los momentos más logrados del libro— ilustra bien el método narrativo del autor: tomar un concepto científico genuinamente fascinante, explicarlo con rigor y luego construir alrededor de él una situación dramática que lo haga tangible y urgente. Cuando funciona, como en ese capítulo, la novela alcanza su mejor tono: el de la aventura intelectual que no renuncia ni al rigor ni al pulso. El problema es que ese equilibrio no se sostiene de manera uniforme a lo largo de casi setecientas páginas.
Tras las huellas del tiempo es, en definitiva, una apuesta singular dentro del panorama editorial español: una novela que toma en serio tanto a la geología como al lector, que se niega a tratar la ciencia como telón de fondo y que prefiere cargar con el riesgo de la densidad antes que con la ligereza del espectáculo vacío. Sus protagonistas —científicas competentes, curiosas y humanas— encarnan una visión del conocimiento como aventura colectiva que resulta, a estas alturas, más necesaria que nunca. Para quien esté dispuesto a aceptar las condiciones del pacto que propone, el viaje merece la pena.



