Tras el primer avance de la serie de Harry Potter de HBO, estuve un rato buceando en redes y leyendo opiniones diversas. En un momento dado, me topé con un mensaje de Alex Lei, un guionista y director con apenas un par de cortos a su espalda. Decía: "Es paradójico que el producto nostálgico carece del color y el brillo de aquello que evoca nostalgia". No pudo explicarlo mejor.
Es algo que viene sucediendo desde hace unos cuantos años. Ya no hay apenas color en el cine y las series de televisión; todo luce con tonos apagados, con depresión cromática. Y el problema es que eso está muy bien en propuestas —y escenas— cuyo universo, mensaje o personajes son oscuros, pero lo vemos en casi cualquier tipo de producción audiovisual. Y en el teaser de Harry Potter, también.
Por eso llega el punto en el que me da igual que el producto sea más fiel a la obra literaria de J. K. Rowling, o la polémica de que Snape sea negro (ya ves tú qué polémica). La serie parece que dará más espacio para tramas y detalles que el cine dejó fuera, desde la crudeza del maltrato en casa de los Dursley hasta pequeñas escenas cotidianas de la infancia del protagonista. Y a Paapa Essiedu habrá que juzgarle por su interpretación, y si no te gusta, eso no hace desaparecer la adaptación original.
Las películas de Harry Potter costaron aproximadamente 1.000 millones de dólares y generaron unos 7.000. La saga genera 2.000 millones al año con merchandising, parques y mucho más. Es evidente que HBO Max (y Paramount ahora) la tiene que traer de vuelta, sea como sea, porque es una mina de dinero.
De lo que estoy algo cansado es de que todo se vea tan igual. La pérdida de color y el oscurecimiento generalizado de películas y series no es una percepción mía. No estamos locos; responde a decisiones estéticas, técnicas y de mercado que se vienen consolidando desde hace más de una década, y que en los últimos cinco años se han convertido prácticamente en norma en las grandes producciones.
En Harry Potter también nos han robado el color
La nueva Harry Potter también ha sustituido el color por una gama de grises, marrones y azules apagados. Hace ya unos años, la analista Katie Stebbins bautizó esta estética como "el lodo intangible", en referencia a una desaturación que vuelve pálidas las pieles, uniformes los fondos y borra los contrastes cromáticos.
Puede comprobarse al comparar fotogramas de la serie Dexter de 2006 con su continuación de 2021, al echar un ojo al universo Marvel o a las nuevas versiones de Peter Pan y Wendy o La Sirenita, cuyo tono visual resulta ostensiblemente más sombrío que el de las cintas animadas en las que se inspiran. El mismo filtro se ha ido extendiendo por multitud de sagas de blockbusters, franquicias de ciencia ficción y remakes de clásicos.

Directores de fotografía y analistas lo definen como un "tobogán de grises que finaliza en la oscuridad total" y lo vinculan con una reorientación estética de las grandes producciones hacia una suerte de neo–noir mainstream. En el universo de Hogwarts ya lo vimos en Harry Potter y las reliquias de la muerte, pero podemos hablar de infinitos ejemplos que han marcado el estándar: Batman, Juego de tronos, Dune o los live action más recientes de Disney.
El Hogwarts del teaser parece más cercano al Castillo de Rocadragón de La casa del dragón que al colegio luminoso y de contrastes vivos de las primeras entregas de la saga cinematográfica. La luz tenue y azulada, donde los detalles se adivinan más que se contemplan, está en el tren, en las habitaciones, en los exteriores... Se refuerza así una idea de gravedad y madurez, pero se pierde parte del componente de maravilla visual que distinguía al Mundo Mágico original.
También hay una explicación técnica
Es verdad que existe un viraje narrativo hacia historias más adultas y pesimistas, obsesionadas con el fin del mundo, las distopías y el trauma. El auge del cine y las series postapocalípticas, así como la voluntad de subrayar que los blockbusters ya no son cosa de niños, ha empujado a muchos creadores hacia paletas más apagadas y ambientes menos luminosos.
Pero el grueso del problema está en la corrección de color digital, que se ha convertido en una herramienta omnipresente. Desde finales de los noventa, con títulos pioneros como O Brother o la trilogía de Matrix, la gradación de color se usa no solo para igualar planos, sino para imponer una estética unificada con verdes enfermizos, sepias amarillentos, cielos permanentemente nublados. Hoy, el estándar de la gran producción es un look desaturado que muchos directores asocian con el realismo y con una supuesta sofisticación dramática.
A ello se suma el elemento práctico de que trabajar en entornos más oscuros facilita esconder las limitaciones de los efectos digitales. Técnicos de CGI han reconocido que pintarlo todo de negro es una solución recurrente para disimular costuras en criaturas, fondos o composiciones complejas. La oscuridad es más barata de producir, más indulgente con el error técnico.
El problema es que lo que puede funcionar como apuesta estética o compromiso técnico en sala de cine se vuelve un escollo considerable en el salón de casa. La suma de imágenes muy oscuras, televisores mal calibrados, condiciones de visionado poco ideales y la compresión propia del streaming hace que muchas escenas resulten, sencillamente, ininteligibles para el público general. El episodio 'La larga noche' de Juego de tronos se convirtió en el caso paradigmático, con una batalla que una parte importante de la audiencia apenas pudo ver, hasta el punto de obligar al director de fotografía a defenderse alegando que se trataba de una decisión estética consciente.
Las plataformas de streaming estropean todavía más el resultado
Este conflicto se ha repetido con La casa del dragón y otras producciones de HBO y de distintas plataformas, hasta el extremo de que fabricantes de televisores como Samsung o LG han publicado guías específicas para "ver mejor" este tipo de contenidos, con recomendaciones de usar el modo cineasta, ajustar brillo y contraste o incluso apagar las luces de la sala para mitigar la sensación de negro absoluto que transmiten muchas secuencias.
También las propias plataformas de streaming contribuyen, de forma indirecta, a agravar la situación. La compresión agresiva para ahorrar ancho de banda suele castigar especialmente las zonas oscuras de la imagen, donde aparecen artefactos y se pierde detalle. Cuando una serie está pensada y gradada en un entorno profesional y se ve después en una televisión en una sala con reflejos y luces encendidas, la fotografía cinematográfica puede convertirse en una pesadilla.
Por eso me da igual el color de piel de Snape, me importa el color de la serie. No sé si voy a poder soportar otra paleta visual que sí que va a reescribir un mundo que, para varias generaciones de personas, siempre fue sinónimo de luz, magia y descubrimiento.



