Pues sí: los monos capuchinos cazan lagartos y roedores cuando falta fruta, y lo han grabado en 5.000 horas de observación.
La fruta escasea y el mono se convierte en cazador
El estudio, publicado en la revista PLOS One, no es una anécdota de zoo: un equipo internacional se ha pasado 45 meses en la Fazenda Boa Vista, una zona semiárida del noreste de Brasil, para analizar 446 episodios de depredación de vertebrados.
Eso da una tasa media de 6,4 capturas por cada 100 horas de observación, una cifra que demuestra que no es casualidad.
Y aquí va el matiz: los capuchinos no cazan por deporte ni de forma constante, sino que se lanzan cuando escasea su fruta favorita.
El 43% de las presas fueron lagartos y el 28% roedores; también cayeron, por primera vez en la especie, comadrejas, iguanas, serpientes, y polluelos.
El hambre convierte a un mono frugívoro en un cazador eficiente, y esa flexibilidad es la clave evolutiva.
Los machos adultos cazan con bastante más frecuencia que las hembras y se atreven con presas potencialmente peligrosas, como las serpientes.
Aun así, no es una actividad egoísta: también se documentaron cacerías cooperativas y transferencia selectiva de alimento entre miembros del grupo.
El lugar no es una selva frondosa, sino una transición entre el Cerrado y la Caatinga, donde la estación seca aprieta de verdad y los frutos maduros se esfuman durante meses.
Ahí está la gracia: el capuchino no busca activamente carne cuando hay fruta a su alcance, sino que adapta su menú a lo que el clima le da.
El cerebro primero, el músculo después
La precisión anatómica al procesar las presas también sorprendió a los primatólogos: devoran el cerebro y los órganos internos antes que el músculo.
En la gran mayoría de los casos van directos al cerebro y a los órganos internos antes de tocar el tejido muscular, que es lo último que comen.
Es una jugada nutricional inteligente: buscan tejidos ricos en grasas y nutrientes densos para maximizar la ingesta calórica en plena competencia por el alimento.
Susana Carvalho, investigadora del Parque Nacional de Gorongosa, lo resume sin rodeos: 'Los pequeños vertebrados se convierten en una fuente de alimento crucial'.
Por qué este estudio me encaja (y qué nos dice de nosotros)
Estos monos no son un espejo directo del Homo erectus, pero su flexibilidad conductual explicaría por qué nuestros antepasados empezaron a comer carne hace 2,5 millones de años.
Y aquí va mi opinión: me creo el hallazgo porque está basado en 45 meses de observación real, no en una simulación de laboratorio.
Eso sí, no conviene pasarse de frenada: que un capuchino cace lagartos no convierte a la carne en la base de la dieta de todos los primates.
Los autores piden revisar el registro fósil y las marcas de corte en huesos pequeños para confirmar si nuestros antepasados usaron la misma estrategia antes de la caza de megafauna.
Noemi Spagnoletti, investigadora de la Universidad La Sapienza de Roma y coautora del trabajo, insiste en que hacen falta estudios de campo a largo plazo para entender a primates tan adaptables.
La carne no era un lujo: era el plan B.
Así que la próxima vez que pidas una hamburguesa, piensa en un mono hambriento hace un millón de años.
🧠 Para soltarlo en la cena
Los capuchinos cazan carne cuando escasea la fruta, como homínidos.




