La otra cara del CERN: así consume el LHC la electricidad de 300.000 hogares para acelerar partículas casi a la velocidad de la luz

El CERN necesita tanta electricidad como una ciudad entera para acercar protones a la velocidad de la luz. Te contamos de dónde sale esa energía y a dónde va a parar.

El CERN consume cada año 1,3 teravatios-hora de electricidad, una cifra que equivale al gasto energético de 300.000 hogares funcionando de forma simultánea. No hace falta ser físico para entender la magnitud: es la misma energía que necesitaría una ciudad española de tamaño medio para calentar sus casas, encender sus luces y cargar sus móviles durante todo un año.

La paradoja es evidente y por eso engancha. Un laboratorio dedicado a estudiar las partículas más diminutas del universo necesita una de las infraestructuras eléctricas más voraces de Europa para conseguirlo. Y esa contradicción, lejos de ser un problema oculto, es algo que el propio CERN explica con total transparencia.

Por qué el CERN necesita tanta energía

El corazón de esta demanda energética es el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), un anillo de 27 kilómetros enterrado a cien metros de profundidad entre Francia y Suiza. Dentro de ese túnel, protones minúsculos son impulsados hasta alcanzar el 99,9999991% de la velocidad de la luz, una cifra que por sí sola explica por qué la instalación necesita tanta potencia.

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Para lograrlo, el LHC recurre a imanes superconductores que deben mantenerse a temperaturas cercanas al cero absoluto, más frías que el espacio exterior. Ese sistema criogénico es, según reconoce el propio centro, uno de los mayores consumidores de energía de toda la instalación, junto con los aceleradores que empujan las partículas en su recorrido circular.

El calor residual que no se desperdicia

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El CERN no solo consume energía: también la recupera. Parte del calor generado por sus instalaciones se transfiere a sistemas de calefacción urbana en la zona de Ginebra, de modo que la energía que normalmente se disiparía sin más termina calentando hogares reales fuera del laboratorio. Es un detalle que pocas veces se cuenta y que cambia la percepción sobre el impacto ambiental del centro.

Este aprovechamiento conecta directamente con el mayor logro científico del laboratorio: la confirmación del bosón de Higgs en 2012, la partícula que explica por qué el resto de partículas elementales tienen masa. Ese descubrimiento, que le valió el Premio Nobel de Física de 2013 a los teóricos que lo predijeron, sigue siendo hoy la razón de ser de buena parte de los experimentos que consumen esa electricidad.

Qué está pasando ahora mismo en el túnel

El 29 de junio de 2026 el CERN apagó el LHC para iniciar una parada técnica de cuatro años, la más larga de su historia. No es un cierre por avería ni por recorte presupuestario: es una renovación planificada que dará paso a una versión mejorada del acelerador, bautizada como LHC de Alta Luminosidad (HL-LHC).

Durante este periodo se sustituirán 1,2 kilómetros del anillo con imanes más potentes y sensores mucho más precisos. La física del CERN Nedaa-Alexandra Asbah lo resume con una imagen sencilla: es como cambiar la cámara del corazón del detector por otra con píxeles mucho más finos, capaz de captar detalles que hasta ahora pasaban desapercibidos.

Lo que cambiará cuando vuelva a encenderse

Cuando el HL-LHC entre en funcionamiento completo, previsiblemente en 2030, el objetivo será alcanzar la cifra récord de 6.000 millones de colisiones de protones por segundo. Eso multiplicará por varias veces la cantidad de datos que los físicos podrán analizar, y con ellos, las posibilidades de resolver preguntas que el bosón de Higgs dejó abiertas.

Entre esas incógnitas destaca si el Higgs se comporta exactamente como predice la teoría, si guarda relación con la materia oscura o si puede ser la puerta a partículas todavía desconocidas. El propio CERN ha instalado una nueva máquina, el calorímetro, capaz de visualizar los depósitos de energía de protones y electrones con una precisión comparable a un smartphone de 250 toneladas funcionando a 40 grados bajo cero.

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Entre las mejoras que se están evaluando también destacan:

  • Imanes superconductores de nueva generación con mayor capacidad de enfoque
  • Sensores capaces de registrar eventos físicos en microsegundos
  • Sistemas de recuperación de calor ampliados para uso urbano
  • Mayor eficiencia energética por colisión generada

El futuro: entre la ciencia y la sostenibilidad

El debate sobre el consumo energético de grandes infraestructuras científicas no es exclusivo del CERN, pero pocas instalaciones exponen tan bien la tensión entre ambición científica y responsabilidad energética. La buena noticia es que el propio centro ya trabaja activamente en reducir esa huella sin frenar la investigación.

De cara a los próximos años, la comunidad científica europea, estadounidense y japonesa coincide en que el futuro pasa por colisionadores todavía más eficientes, diseñados desde el origen para minimizar pérdidas de energía. Si el HL-LHC cumple sus promesas, no solo ampliará lo que sabemos sobre el universo: también servirá de modelo para que la próxima generación de grandes máquinas científicas gaste menos y aporte más.