Conejo ibérico: la nueva especie que llevaba siglos oculta en la Península

Un estudio del CSIC acaba de separar dos linajes de conejos que llevaban millones de años sin chuparse los bigotes. Las diferencias con el conejo europeo van mucho más allá del tamaño y la cantidad de gazapos, y la sorpresa es que una de las dos especies se nos está yendo.

Reconócelo, cuando piensas en conejos te vienen a la cabeza las pelusas de campo que corretean por los parques. Pero la Península Ibérica esconde un secreto que llevamos siglos sin pillar: aquí no hay una, sino dos especies diferentes de conejo salvaje. Y la recién bautizada Oryctolagus algirus, el conejo ibérico, estaba justo delante de nuestras narices.

¿Un conejo nuevo? La pista estaba en los genes (y en el tamaño)

Un estudio liderado por el Instituto de Estudios Sociales Avanzados del CSIC (IESA-CSIC) y publicado en la revista Biological Conservation acaba de poner las cartas sobre la mesa. Hasta ahora, los manuales decían que el único conejo europeo era el Oryctolagus cuniculus. Pero la evidencia acumulada en los últimos años —genética, ecológica, parasitaria y hasta de las propiedades de la carne— ha sido tan contundente que los científicos han tenido que abrir el paraguas y sentenciar: el conejo ibérico es una especie distinta.

Y es que, aunque a simple vista los dos son primos hermanos, las diferencias son más bestias de lo que imaginas. El conejo ibérico es bastante más pequeño y ligero, y de media produce menos gazapos por camada. Además, sus ritmos de crecimiento no van al mismo compás y sus tripas tienen un microbioma con actores muy distintos. Vamos, que ni de chiste se podrían sentar en la misma mesa familiar.

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Durante más de un siglo hemos tratado a los conejos de la Península como una sola especie, y ese error ha camuflado el declive del conejo ibérico.

Dos millones de años de divorcio evolutivo

La separación no es cosa de ayer. Las dos especies quedaron aisladas hace aproximadamente dos millones de años, cada una en su propio refugio glaciar: una en el valle del Ebro y la otra en el entorno del golfo de Cádiz. Así que mientras el conejo europeo se fue de gira por medio mundo (está hoy en Argentina, Chile, Oceanía y casi toda Europa), el ibérico se quedó en casa, ocupando de forma natural el oeste peninsular, Portugal y algunas islas atlánticas donde lo metieron los humanos.

Esa historia paralela explica que hoy tengan distribuciones separadas dentro de la propia Península. El europeo campa por el este y ha logrado mantener poblaciones estables e incluso crecientes en muchas zonas. El ibérico, en cambio, se nos está escurriendo entre los dedos.

Por qué este hallazgo puede salvar al lince ibérico… y de paso, tu próxima paella de conejo

Aquí llega el dato que nos obliga a tomarnos el asunto en serio. Ambos conejos son el sustento principal de hasta 40 depredadores —sí, entre ellos el lince ibérico—, pero los números del Oryctolagus algirus no paran de bajar. «No podemos seguir gestionando como una sola especie dos conejos que han evolucionado por separado durante casi dos millones de años», explica Miguel Delibes-Mateos, coautor del estudio.

Reconocer al conejo ibérico como especie propia no es solo un capricho taxonómico. Como dice el otro investigador principal, Rafael Villafuerte, «lo que ha cambiado es nuestro conocimiento». Y ese conocimiento permitirá rediseñar los programas de seguimiento, las translocaciones y las estrategias de recuperación sin hacer trampas: ya no se podrá aplicar lo que sabemos del conejo europeo al ibérico como si fueran clones. Si lo piensas, es como si durante décadas hubiéramos querido cuidar a un gato con el manual del perro.

La buena noticia es que ahora tenemos el mapa para actuar. La mala, que el reloj corre más rápido para el conejo de la esquina oeste de la península. Así que la próxima vez que oigas hablar del lince, acuérdate de su plato principal.

🧠 Para soltarlo en la cena

En la Península Ibérica existen dos especies de conejo desde hace dos millones de años.