Una llamada telefónica bastó para reescribir un reglamento que llevaba más de sesenta años sin tocarse en pleno Mundial. Donald Trump reconoció el pasado fin de semana que se puso en contacto con Gianni Infantino para pedirle que revisara la tarjeta roja mostrada a Folarin Balogun, delantero de Estados Unidos expulsado tras una entrada sobre el bosnio Tarik Muharemovic.
Horas después, la Comisión Disciplinaria de la FIFA aplicó el artículo 27 de su Código Disciplinario y suspendió la sanción, permitiendo que el jugador disputara los octavos de final ante Bélgica, donde finalmente Estados Unidos cayó eliminada. Nunca antes, desde que existe la suspensión automática por expulsión en una Copa del Mundo, se había revertido una sanción de este tipo en plena competición a través del artículo 27; un antecedente que solo admite comparación con lo ocurrido en el Mundial de 1962, cuando Brasil logró que se levantara el castigo a Garrincha antes de la final.
Una vergüenza para el mundo del fútbol, que evidentemente reaccionó. La Real Federación Belga de Fútbol expresó su malestar y anunció que estudiaba emprender acciones, mientras que la UEFA calificó la decisión de inaudita, incomprensible e injustificable y advirtió de que la resolución había cruzado una línea roja que compromete la integridad de la competición.

"Los Congresos de la FIFA son grandes escenificaciones de unanimidad, ningún debate real y decisiones que llegan cerradas antes de que empiece la votación", ha llegado a decir sobre el asunto Javier Tebas, presidente de LaLiga, en un mensaje en su cuenta de X.
El expresidente de la FIFA Joseph Blatter, que dirigió el organismo entre 1998 y 2015, fue más allá y publicó que las tarjetas rojas no se anulan por llamadas telefónicas políticas, sino por reglas, evidencia y organismos independientes, y se preguntó abiertamente hacia dónde se dirige la institución que él mismo presidió durante casi dos décadas. Infantino, por su parte, admitió la conversación con Trump pero insistió en que la decisión final correspondió en exclusiva a los órganos judiciales del ente, a los que calificó de independientes.
Décadas de sospechas y corrupción en la FIFA
El episodio ha vuelto a poner sobre la mesa algo que el fútbol mundial conoce de sobra, y es que la FIFA arrastra un historial de corrupción y sospechas que se remonta décadas atrás y que rara vez ha encontrado una respuesta institucional convincente. El golpe más duro llegó en 2015, cuando el Departamento de Justicia de Estados Unidos, con el FBI y el Tesoro como brazos de investigación, destapó una trama de sobornos, fraude y lavado de dinero que salpicó a decenas de dirigentes de la propia FIFA y de sus confederaciones continentales.
El escándalo, conocido como FIFAgate, terminó con la salida de Sepp Blatter de la presidencia y con la suspensión de Michel Platini, entonces al frente de la UEFA, después de que se conociera un pago de dos millones de francos suizos que Blatter había autorizado a su favor. Ambos fueron finalmente absueltos en los tribunales suizos años después, pero el daño reputacional para el organismo ya estaba hecho.
Aquella investigación abrió, además, la puerta a otro de los episodios más señalados de la historia reciente del fútbol, el llamado Qatargate. La revista francesa France Football destapó en 2013 que la elección de Catar como sede del Mundial de 2022 había estado marcada por presuntos pagos y acuerdos políticos, entre ellos una reunión en el Elíseo con Nicolas Sarkozy en la que se habría acordado el voto de Platini a favor del país del Golfo.

El informe elaborado posteriormente por el exfiscal Michael García documentó con detalle las irregularidades del proceso, y para 2019 dieciséis de los veintidós miembros que votaron aquella sede arrastraban ya problemas con la justicia en distintos países. Ni siquiera el propio Infantino ha estado libre de sospechas relacionadas con aquel proceso, en el que su nombre ha aparecido citado en distintas investigaciones periodísticas sobre las negociaciones previas a la designación.
El coste económico de esta deriva también ha ido en aumento y conviene tenerlo presente cuando se analiza el poder real que acumula la FIFA a la hora de repartir sedes. El Mundial de Catar 2022 se convirtió en el más caro de la historia, con un desembolso estimado de 220.000 millones de dólares, una cifra que dejó pequeñas las inversiones de citas anteriores y que reabrió el debate sobre los llamados elefantes blancos, estadios construidos a un coste desorbitado con escaso uso posterior. A ello se suman las denuncias por explotación laboral durante la construcción de las infraestructuras cataríes y las dudas que ya rodean a la designación de Arabia Saudí como sede del Mundial de 2034, señalada por numerosos analistas como un nuevo ejercicio de sportswashing. La corrupción se extiende al amaño de partidos, las apuestas ilegales y el reparto discrecional de entradas en competiciones de menor rango.
España y la RFEF temen una jugarreta de Trump y Marruecos a través de la FIFA
Sobre este historial se proyecta ahora la cercanía entre Trump e Infantino, una relación que ambos han cultivado públicamente desde hace tiempo. El dirigente suizo visitó en varias ocasiones el Despacho Oval durante el actual mandato del republicano, y el año pasado le entregó en un acto celebrado en Washington un galardón bautizado como FIFA Peace Award, un reconocimiento que numerosos observadores interpretaron como un gesto de acercamiento tras el fracaso de Trump en lograr el Nobel de la Paz.
Infantino ha confirmado además que será el propio Trump quien entregue el trofeo al campeón del actual Mundial el próximo 19 de julio en Nueva Jersey, una imagen que sin duda alimentará todavía más la percepción de que el organismo y la Casa Blanca caminan de la mano.
Esa cercanía es precisamente lo que ha encendido las alarmas dentro de la Real Federación Española de Fútbol. Según ha revelado el periodista Juanma Castaño en El Partidazo de COPE, en la RFEF existe un temor creciente y sustentado en información contrastada de que la final del Mundial 2030 termine disputándose en Marruecos y no en España, como se daba prácticamente por hecho hasta ahora. Se señala a Trump como el principal impulsor de esa maniobra, subrayando que el presidente estadounidense presiona de manera clarísima a favor del país norteafricano, al que considera un socio prioritario en la región, y que además mantendría una especial animadversión hacia España en el terreno diplomático.

España, Portugal y Marruecos comparten la organización de la cita de 2030, con partidos adicionales en Uruguay, Argentina y Paraguay por el centenario del torneo, pero la FIFA no ha cerrado todavía la sede de la final. Hasta hace poco, el renovado Santiago Bernabéu y el futuro Camp Nou aparecían como favoritos casi indiscutibles, pero Marruecos ha movido ficha con el Grand Stade Hassan II, un recinto proyectado para más de 115.000 espectadores que superaría ampliamente el aforo del estadio madridista. Dentro de la propia RFEF se admite sin tapujos que existe un gran miedo y que negarlo sería mentir, según fuentes consultadas por este diario, que además apuntan al creciente acercamiento militar y económico entre Washington y Rabat como un factor que podría inclinar la balanza en los despachos.
El presidente de la RFEF, Rafael Louzán, ya ha lanzado un aviso público al Gobierno español pidiendo una mayor implicación institucional en el proyecto, en un contexto en el que el distanciamiento diplomático entre el Ejecutivo de Pedro Sánchez y la Administración Trump se percibe desde algunos despachos del fútbol como una variable que juega en contra de los intereses españoles.
Si quedaba alguna duda, el caso Balogun ha servido para confirmar que una llamada desde la Casa Blanca puede cambiarlo todo por capricho de Trump. Con la FIFA pendiente todavía de resolver el reparto final de sedes de 2030 y 2034, el precedente sentado en este Mundial deja a España en una posición incómoda de cara a los próximos cuatro años, atrapada entre un historial de opacidad que arrastra la propia institución y una relación personal entre Infantino y Trump que, de confirmarse las presiones, podría acabar costándole la final de su propio Mundial.



