A mediados de la década de 1930, mientras la Gran Depresión estrangulaba la economía estadounidense y el fascismo se extendía por Europa como una mancha de aceite, una joven maestra negra de Harlem llamada Melva L. Price tomó una decisión que definió el resto de su vida. No era una decisión cómoda ni popular: consistía en vincular la lucha contra el racismo en Estados Unidos con la resistencia a los regímenes fascistas que estaban surgiendo al otro lado del Atlántico. En un momento en que el gobierno estadounidense se aferraba a una política de neutralidad, Price y sus compañeras activistas eligieron un bando. Comenzaron a enviar suministros médicos a Etiopía, a recaudar fondos para ambulancias destinadas a la España republicana y a construir, desde los sótanos de iglesias y los salones de las hermandades femeninas negras, una red transnacional de solidaridad que desafiaba las fronteras, las leyes y el silencio cómplice de las potencias occidentales.
La historia de Melva L. Price no figura en los libros de texto convencionales. Su nombre no aparece en los monumentos ni en los discursos oficiales. Sin embargo, su trayectoria —y la de otras mujeres afroamericanas como Salaria Kea y Thyra J. Edwards— ofrece una ventana excepcional para entender cómo el activismo por los derechos civiles en Estados Unidos se entrelazó, desde fechas muy tempranas, con una conciencia global sobre el racismo y el fascismo. Lo hicieron sin grandes plataformas mediáticas, sin respaldo institucional y, a menudo, sin el reconocimiento de sus propios compatriotas. Esta es la crónica de aquellas mujeres que, desde Harlem, miraron a Etiopía y a España y vieron reflejada su propia batalla.
Una niña prodigio en la Carolina segregada
Melva L. Price nació el 14 de noviembre de 1902 en Belmont, una pequeña localidad de Carolina del Norte, en pleno régimen de segregación racial. Su infancia transcurrió durante los primeros compases de la Gran Migración, el éxodo masivo de afroamericanos que abandonaban el sur rural en busca de mejores oportunidades en las ciudades industriales del norte y el oeste del país. La familia Price tomó esa ruta en 1905, cuando Melva tenía apenas tres años, y se instaló en un apartamento en un barrio predominantemente negro de Harlem, en Nueva York.
El traslado resultó decisivo. En Harlem, los Price encontraron empleo estable y pudieron matricular a sus hijos en las mejores escuelas disponibles. Melva asistió a la escuela primaria P.S. 158, un centro integrado y mixto en Brooklyn que la obligaba a desplazarse durante casi una hora cada día. La distancia no mermó su rendimiento: en 1916, con trece años, se graduó como la mejor estudiante de su promoción —la única niña negra en una clase de treinta y siete alumnos—. Los periódicos locales recogieron el acontecimiento con una mezcla de asombro y condescendencia. Un miembro del consejo escolar del distrito declaró que «una niña de la raza negra se ha llevado todo lo que había a la vista, hablando en términos intelectuales». La frase, que hoy chirría por su carga paternalista, refleja el doble rasero al que Price se enfrentó desde la infancia: el reconocimiento de su talento iba siempre acompañado de un recordatorio de su condición racial.
Tras graduarse en el Hunter College en 1924, Price inició una carrera como docente en las escuelas públicas de Nueva York. Su compromiso con la educación de los estudiantes negros era absoluto. En poco tiempo pasó de maestra en prácticas a jefa de departamento en una gran escuela, pero el ritmo de trabajo empezó a pasarle factura. Combinaba la enseñanza con estudios de posgrado y su salud comenzó a resentirse: cartas conservadas en los archivos de la Schomburg Center for Research in Black Culture revelan que faltó a varias clases por «problemas nerviosos» y que llegó a tomarse una breve pausa para recuperarse de una posible anemia. A las exigencias laborales se sumaban las humillaciones del racismo cotidiano: en abril de 1933, durante una conferencia sobre derechos civiles en Washington D.C., el Hotel Hamilton le negó el servicio de comedor. Price y otros delegados tuvieron que buscar otro lugar para comer. Los asistentes blancos abandonaron el hotel en señal de protesta; la reacción de Price quedó sin registrar.
La crisis económica como detonante del activismo
La Gran Depresión transformó el panorama social de Estados Unidos y golpeó con especial crudeza a las comunidades afroamericanas. Mientras millones de personas luchaban por sobrevivir, Price amplió su radio de acción más allá de las aulas. Se afilió a la Asociación Cristiana de Mujeres Jóvenes (Young Women’s Christian Association) y a Alpha Kappa Alpha (AKA), la hermandad femenina negra más antigua del país, fundada en 1908 en la Universidad de Howard. Estas organizaciones, que en apariencia tenían un carácter social y asistencial, se convirtieron en plataformas fundamentales para el activismo por los derechos humanos en un momento en que no existían entidades formales dedicadas explícitamente a esa causa.
Las AKAs, en particular, proporcionaron a Price una red de contactos y una infraestructura organizativa que resultó esencial para sus proyectos posteriores. La hermandad aglutinaba a profesoras, enfermeras, trabajadoras sociales y artistas que compartían una visión común: la defensa de la dignidad humana no podía limitarse al ámbito local ni restringirse a las fronteras estadounidenses. Esta convicción cristalizó con toda su fuerza cuando, en octubre de 1935, las tropas de Benito Mussolini invadieron Etiopía.

Etiopía 1935: cuando la guerra iluminó las conexiones entre racismo y fascismo
La Segunda Guerra Ítalo-Etíope fue un punto de inflexión para la conciencia política de los afroamericanos. Etiopía representaba un símbolo poderoso: era, junto a Liberia, uno de los dos únicos países africanos que no habían sido colonizados por las potencias europeas. Su resistencia frente a la agresión italiana despertó una oleada de solidaridad entre los activistas negros de todo el mundo que no se había visto hasta entonces. En Estados Unidos, escritores, periodistas y ciudadanos de a pie se movilizaron para denunciar la invasión y organizar el envío de ayuda humanitaria a los refugiados etíopes.
Para Price y sus compañeras, la guerra de Etiopía fue mucho más que un conflicto lejano: fue la constatación empírica de que el racismo y el fascismo eran dos caras de la misma moneda. Los argumentos pseudocientíficos que Mussolini utilizaba para justificar la conquista de Etiopía —la supuesta inferioridad racial de los africanos— resonaban con las mismas teorías que sustentaban la segregación en Alabama o Misisipi. La invasión italiana ofrecía una oportunidad para explicar al mundo que la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y la resistencia al fascismo en Europa eran, en esencia, una misma lucha.
La respuesta de las mujeres negras fue inmediata. Salaria Kea, una joven enfermera de Harlem, lideró una campaña de recogida de suministros médicos que culminó con el envío de un hospital de campaña con capacidad para setenta y cinco camas a Etiopía. Price, por su parte, se integró en las redes de apoyo a los refugiados y comenzó a tejer alianzas con otros grupos de activistas. Aquellas acciones, que hoy pueden parecer modestas, constituían en realidad un desafío político de primer orden: desafiaban la neutralidad oficial de Washington y señalaban la hipocresía de una nación que predicaba la democracia mientras mantenía a millones de sus ciudadanos bajo un régimen de segregación racial.
La Guerra Civil española y la brigada de los olvidados
En julio de 1936, cuando Price zarpaba hacia Europa a bordo del transatlántico Berengaria para emprender un viaje de estudios que la llevaría por Bélgica, Alemania, Polonia y la Unión Soviética, otro conflicto estaba a punto de estallar. Ese mismo mes, el general Francisco Franco encabezó un golpe militar contra el gobierno legítimo de la Segunda República española. La Guerra Civil española, que se prolongaría hasta abril de 1939, se convirtió rápidamente en el laboratorio donde se probaron las armas y las alianzas que pocos años después devastarían el continente entero.
Para las activistas afroamericanas, la contienda española representó una nueva oportunidad para demostrar la conexión entre la opresión racial y la amenaza fascista. Price se unió al Comité del Pueblo Negro de Ayuda a los Refugiados Españoles (Negro People’s Committee to Aid Spanish Refugees), una organización que trabajaba incansablemente para socorrer a los miles de civiles desplazados por el conflicto. No era una tarea sencilla: el gobierno estadounidense mantenía una política oficial de no intervención, y cualquier apoyo a la República española era visto con recelo por amplios sectores de la sociedad.
Pese a las dificultades, aproximadamente tres mil estadounidenses desafiaron la neutralidad oficial y se alistaron como voluntarios en el bando republicano. Muchos de ellos sirvieron en la Brigada Abraham Lincoln, una unidad de las Brigadas Internacionales. De aquellos voluntarios, alrededor de noventa eran hombres negros. Para ellos, la guerra en España representaba una oportunidad única: por primera vez en sus vidas, podían servir en un ejército integrado, donde el color de la piel no determinaba el rango ni el trato recibido. Oliver Law, un organizador sindical de Chicago, se convirtió en el primer afroamericano en comandar tropas blancas en combate.
Las motivaciones de aquellos hombres quedan reflejadas en las palabras de Vaughn Love, un voluntario procedente de Harlem que explicó su decisión con una claridad desarmante: «Había leído el libro de Hitler, conocía las leyes de Núremberg y sabía que, si a los judíos no les iban a permitir vivir, entonces, desde luego, los negros no nos íbamos a librar». La frase de Love encapsula el razonamiento que guiaba a Price y a sus compañeras: el fascismo era una amenaza existencial que no distinguía entre judíos y negros, entre europeos y africanos. O se combatía en todas partes, o terminaría por imponerse en todas partes.
Salaria Kea y el frente de las batas blancas
Aunque las mujeres afroamericanas no podían alistarse en unidades de combate, encontraron su propio espacio en el frente sanitario. Salaria Kea fue una de ellas. Tras haber participado activamente en las campañas de ayuda a Etiopía, en 1937 se embarcó rumbo a España como parte de un equipo médico de doce enfermeras y médicos voluntarios. Su destino eran los hospitales de campaña del bando republicano, donde atendió a soldados heridos y a civiles atrapados en el conflicto.
La experiencia en España marcó a Kea para siempre. Fue testigo directo de la pobreza extrema de las comunidades rurales españolas y de la violencia desatada por las tropas franquistas. Aquella vivencia reforzó su convicción de que la defensa de los derechos humanos no podía detenerse en las fronteras nacionales. Cuando regresó a Estados Unidos en 1938, se unió a un grupo de mujeres internacionalistas que estaban decididas a continuar la lucha contra el racismo y el fascismo en todos los frentes. Junto a Thyra J. Edwards, otra de las figuras clave del Comité del Pueblo Negro, Kea recorrió las principales ciudades del noreste, el sur y el medio oeste de Estados Unidos para recoger suministros y recaudar fondos con los que enviar una ambulancia a la España republicana.
La labor de Kea y Edwards ilustra un aspecto fundamental del activismo de aquellas mujeres: su capacidad para transformar la asistencia humanitaria en una herramienta política. Cada venda enviada a Etiopía, cada ambulancia fletada hacia España, era un mensaje que denunciaba la indiferencia de las democracias occidentales y reivindicaba la dignidad de todos los seres humanos, sin distinción de raza ni nacionalidad.

El viaje a la Unión Soviética y las contradicciones de la utopía
El 2 de julio de 1936, Price zarpó del puerto de Nueva York a bordo del Berengaria acompañada de su amiga y colega Lucile Spence, otra destacada educadora y activista afroamericana. El itinerario incluía escalas en Bélgica, Alemania, Polonia y varias ciudades de la Unión Soviética. Aunque Price presentó el viaje como unas vacaciones de verano, la travesía le permitió conocer de primera mano las realidades políticas y sociales de una Europa que estaba a punto de sumergirse en la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial.
De todas las paradas del viaje, fue la Unión Soviética la que más impresionó a Price y a Spence. Ambas elogiaron públicamente la nueva constitución soviética —aprobada precisamente en 1936— por consagrar, según su interpretación, la igualdad en el acceso a la educación. «Nada en ninguna otra constitución podría ser más grandioso», declaró Price a un periodista durante su estancia, «especialmente cuando uno se da cuenta de que la constitución soviética significa exactamente lo que dice». Spence añadió que en la Rusia soviética existía «una verdadera democracia en la educación, porque cada ciudadano tiene plena oportunidad de desarrollar cualquier interés cultural que pueda atraerle».
La lectura que ambas hicieron de la realidad soviética adolecía de un idealismo que los acontecimientos posteriores se encargarían de desmentir. Price y Spence pasaron por alto las políticas imperialistas de la URSS y las desigualdades que persistían en su sociedad —como la discriminación de las minorías étnicas—, probablemente porque el contraste con el sistema segregacionista estadounidense les resultaba demasiado evidente como para matizar. Sin embargo, sería injusto juzgar aquella mirada con los ojos del presente: para dos mujeres negras que sufrían el racismo cotidiano en Estados Unidos, la posibilidad de imaginar una sociedad donde la educación no estuviera condicionada por el color de la piel era una aspiración tan poderosa que nublaba cualquier análisis crítico.
Thyra J. Edwards y la red de solidaridad transnacional
El Comité del Pueblo Negro de Ayuda a la Democracia Española —como se rebautizó posteriormente— fue mucho más que una organización de socorro. Durante los años más duros de la Depresión, el comité proporcionó un espacio para que mujeres como Price, Kea, Edwards y otras activistas negras impulsaran una agenda de justicia global e igualdad de oportunidades que trascendía ampliamente el ámbito asistencial. Thyra J. Edwards, trabajadora social y periodista, fue una de las figuras más destacadas de aquel entramado. Sus crónicas desde Europa, publicadas en la prensa afroamericana, permitieron que los lectores de Harlem, Chicago o Atlanta comprendieran lo que estaba en juego en los campos de batalla españoles.
Edwards entendía el periodismo como una extensión de su activismo. En sus artículos, trazaba paralelismos explícitos entre el avance del fascismo en Europa y la violencia racista que asolaba los estados del sur de Estados Unidos. Para ella, los linchamientos de afroamericanos en Misisipi y los bombardeos de la Legión Cóndor sobre Guernica formaban parte de un mismo fenómeno: la negación de la humanidad de ciertos grupos por parte de quienes detentaban el poder. Aquella perspectiva, que hoy resulta precursora de los enfoques interseccionales contemporáneos, era excepcionalmente audaz para su época y le granjeó tanto admiradores como detractores.
Price y Edwards colaboraron estrechamente durante aquellos años. Juntas organizaron actos de recaudación de fondos, redactaron manifiestos y coordinaron el envío de ayuda humanitaria. Su trabajo, sin embargo, no se limitaba a la respuesta de emergencia: ambas aspiraban a construir un movimiento duradero que conectase las luchas de los afroamericanos, los etíopes y los republicanos españoles en una causa común contra el fascismo global. Era un objetivo ambicioso que, con los medios de que disponían —apenas un puñado de voluntarios, recursos limitados y la indiferencia de las instituciones—, resultaba casi imposible de alcanzar. Pero la dimensión de la dificultad no las disuadió.
El Japón imperial y los dilemas de la solidaridad negra
Las tensiones geopolíticas de la década de 1930 forzaron a las activistas afroamericanas a moverse en un terreno plagado de contradicciones. En mayo de 1938, Price expresó su preocupación por el creciente número de activistas negros que buscaban alianzas políticas con Japón. La atracción que el Imperio japonés ejercía sobre ciertos sectores de la comunidad afroamericana no era nueva —se remontaba a la victoria japonesa sobre Rusia en 1905, que muchos interpretaron como la primera derrota de una potencia blanca por parte de una nación no blanca—, pero se había intensificado durante los años treinta a medida que Tokio desafiaba el orden colonial establecido por Occidente en Asia.
Price se mantuvo alejada de aquella corriente. Aunque comprendía las razones del descontento que alimentaba la simpatía hacia Japón, consideraba que cualquier alianza con un régimen imperialista —por muy enemigo que fuera de los enemigos de la comunidad negra— era un error estratégico y moral. Su atención, en cambio, seguía fija en Europa y en África, donde creía que se estaba decidiendo el futuro de la lucha contra el racismo a escala planetaria. Esta toma de posición revela la madurez política de Price, que no se dejaba seducir por alianzas oportunistas y mantenía un análisis coherente de las relaciones entre racismo, colonialismo y fascismo.

El legado silencioso de una generación de mujeres
La historia de Melva L. Price, como la de tantas otras mujeres negras que dedicaron sus vidas a la defensa de los derechos humanos, ha permanecido durante décadas en los márgenes del relato histórico. Los archivos que conservan sus cartas y documentos —el Schomburg Center for Research in Black Culture en Harlem, las hemerotecas digitales de la prensa afroamericana— atesoran las huellas de una trayectoria que, sin embargo, no ha recibido la atención que merece. Su nombre no aparece junto al de Martin Luther King ni al de Rosa Parks en los manuales escolares. Y sin embargo, ¿cómo entender el movimiento por los derechos civiles sin la labor previa de mujeres que, en plena Depresión, ya habían establecido que la lucha contra el racismo era una lucha global?
Price, Kea, Edwards y sus compañeras no vieron culminada la transformación social que anhelaban. La Guerra Civil española terminó con la victoria de Franco en 1939. Ese mismo año, la Segunda Guerra Mundial sumió al planeta en una espiral de violencia que desplazó a millones de personas y que, paradójicamente, terminó por validar algunas de sus advertencias. El fascismo que ellas habían denunciado desde las trincheras de la solidaridad se reveló como una amenaza tan letal como habían anticipado. El vínculo entre racismo y autoritarismo que habían señalado se hizo trágicamente evidente en los campos de concentración nazis y en la lógica del exterminio.
Pero su legado no se mide en términos de victorias políticas inmediatas. Lo que aquellas mujeres construyeron fue un marco de interpretación del mundo que permitió a las generaciones posteriores entender que los derechos humanos no son una cuestión exclusivamente nacional, sino que requieren una mirada transnacional. Cuando hoy se debate sobre interseccionalidad, solidaridad global o la conexión entre distintas formas de opresión, se está pisando un terreno que mujeres como Melva L. Price empezaron a desbrozar hace casi un siglo desde un apartamento modesto en Harlem.
Quizá la lección más valiosa de su historia resida precisamente en su obstinación. Price y sus compañeras actuaron sin la certeza de que sus esfuerzos tuvieran éxito. Enviaron ambulancias a una guerra que luego se perdió. Recaudaron fondos para refugiados cuyos países terminarían ocupados. Denunciaron alianzas imperialistas mientras otras voces, incluso dentro de su propia comunidad, miraban hacia otro lado. Y sin embargo, no cejaron. En su testarudez silenciosa, en su negativa a aceptar que la dignidad humana se detiene en las fronteras, reside una enseñanza que el siglo XXI haría bien en recordar.
Al fin y al cabo, como dejó escrito el poeta afroamericano Langston Hughes —contemporáneo de Price y conocedor de las mismas calles de Harlem— en un poema sobre los voluntarios de la Brigada Lincoln: «La libertad es una semilla / que se planta en la tierra ajena / y florece en la propia».




