Al caer la noche, el fulgor anaranjado del cráter del Nyiragongo transforma el cielo de la República Democrática del Congo en un lienzo ígneo. Desde los barrios periféricos de Goma, una ciudad de casi un millón de habitantes edificada sobre las faldas del volcán, ese resplandor no es un espectáculo, sino el recordatorio constante de que la tierra bajo sus pies ruge con una fuerza primitiva. A 3.470 metros de altitud, en el corazón del ramal occidental del Gran Valle del Rift, se abre uno de los boquetes más inquietantes del planeta: un lago de lava que borbotea desde hace décadas sin dar tregua, alimentado por una columna magmática que conecta directamente con las entrañas de la Tierra.
El Nyiragongo es, para la comunidad científica internacional, el volcán más peligroso del mundo. No por su altura, que no supera los tres mil quinientos metros, ni por la explosividad de su magma, inusualmente fluido, sino por la combinación letal de tres factores: la persistencia de su lago de lava —uno de los pocos que existen de forma continua—, la velocidad de sus coladas —capaces de alcanzar los 100 kilómetros por hora— y la presencia de una urbe entera en su radio inmediato de destrucción. «Es una olla a presión con millones de vidas apostadas en su borde», describió en una ocasión un vulcanólogo del Observatorio Vulcanológico de Goma, consciente de que cualquier pequeño cambio en el conducto podría desencadenar una tragedia de proporciones bíblicas.
El latido de África
El Nyiragongo se alza en la provincia de Kivu del Norte, dentro del Parque Nacional de Virunga, uno de los enclaves con mayor biodiversidad del continente y también uno de los más castigados por los conflictos armados. Forma parte de la cadena volcánica de Virunga, un rosario de ocho volcanes que cabalgan la frontera entre la República Democrática del Congo, Ruanda y Uganda, y cuyo origen se remonta al desgarro tectónico que separa la placa Africana de la Somali. Ese desplazamiento, que avanza a razón de unos pocos milímetros al año, ha creado una corteza adelgazada por la que el magma asciende con relativa facilidad, dando lugar a fenómenos tan extremos como el propio Nyiragongo y su gemelo apagado, el Nyamuragira, doce kilómetros al norte.
El edificio volcánico es un estratovolcán de silueta perfecta formado por capas alternas de coladas basálticas y depósitos piroclásticos. Su cono se eleva 3.470 metros sobre el nivel del mar, pero lo que lo hace único es la caldera de 1,2 kilómetros de diámetro que corona su cumbre. En su interior, en lugar del característico cráter anidado que podría esperarse, se ha instalado desde al menos 1948 –año de la primera observación documentada– una plataforma de lava semifundida que en ocasiones alcanza los 250 metros de anchura. Ese lago, alimentado por un sistema de diques y fracturas que conecta con el manto superior a unos 70 kilómetros de profundidad, oscila de nivel según la presión del sistema, creando ciclos de vaciado catastrófico que constituyen la principal amenaza para las poblaciones del entorno.
Los estudios sismológicos realizados por el Centro Europeo de Vulcanología y otras instituciones señalan que el Nyiragongo es uno de los volcanes más activos del planeta, con una tasa de emisión de dióxido de azufre que ronda las 15.000 toneladas diarias. Esa cifra, de por sí alarmante, se multiplica en los períodos pre‑eruptivos y satura la atmósfera del cráter de gases tóxicos que convierten las labores de vigilancia en un ejercicio mortal.

Un lago de lava permanente
Los lagos de lava verdaderamente persistentes son una rareza geológica. En todo el mundo apenas se cuentan con los dedos de una mano: el Erta Ale, en Etiopía; el Kilauea, en Hawái —cuyo lago desapareció tras la erupción de 2018—; el monte Erebus, en la Antártida; el Ambrym, en Vanuatu, y, desde luego, el Nyiragongo. De todos ellos, el congoleño es el más voluminoso y el que ha demostrado una continuidad más prolongada. Su existencia depende de un delicado equilibrio entre el calor que suministra el penacho mantélico —que mantiene la lava a una temperatura cercana a los 1.200 grados centígrados— y la pérdida de calor en la superficie del lago. Si el suministro magmático se interrumpe o una fractura lateral drena el contenido, el lago desaparece en cuestión de horas y la lava se derrama por los flancos del cono.
Ese mecanismo, documentado con escalofriante precisión por el vulcanólogo belga Haroun Tazieff en los años cincuenta, fue el responsable de la mayor tragedia atribuida al Nyiragongo. En la madrugada del 10 de enero de 1977, tras varios días de actividad sísmica anómala, una de las paredes del cráter cedió y el lago se vació en menos de una hora. Una lengua de lava basáltica de una fluidez casi acuosa se precipitó ladera abajo a velocidades de entre 60 y 100 kilómetros por hora, sepultando aldeas enteras y alcanzando las afueras de Goma. Aquel flujo mató a unas 2.000 personas —las cifras oficiales nunca se cerraron del todo— y dejó para la posteridad una lección brutal: la aparente quietud de un lago de lava es solo un espejismo.
Desde entonces, el lago se ha reformado en varias ocasiones, siempre con la misma obstinación. En los años ochenta y noventa, los episodios de recarga permitieron reconstruir un anillo de lava activo que se mantuvo hasta la nueva crisis de 2002. Aquel enero, una erupción lateral abrió una fisura de varios kilómetros en el flanco sur del volcán, evacuó de nuevo buena parte del lago y envió dos coladas hacia Goma. La lava atravesó el aeropuerto, destruyó un tercio de la ciudad baja y dejó sin hogar a 400.000 personas. La comunidad internacional se volcó en la ayuda humanitaria, pero el aviso fue inequívoco: la ciudad seguía creciendo en la misma dirección que la lava.
La noche que el volcán volvió a rugir
Tras casi dos décadas de relativa estabilidad, el Nyiragongo recordó su naturaleza el 22 de mayo de 2021. Sin apenas preaviso, una nueva fisura se abrió en el flanco este y comenzó a expulsar lava que se encaminó hacia el norte, lejos esta vez del centro urbano. La evacuación de Goma fue caótica: un millón de personas huyeron a pie por carreteras convertidas en ríos de desesperación, mientras las coladas cortaban el suministro eléctrico y las comunicaciones. El gobernador militar ordenó la evacuación, pero las alertas del observatorio vulcanológico, debilitado por años de falta de fondos y por el saqueo de su equipo en un conflicto armado anterior, no llegaron a tiempo para una respuesta ordenada. Treinta y dos personas murieron por la lava, los derrumbes y los accidentes durante la huida.
Los científicos detectaron a posteriori que el lago de lava había descendido de nivel sin llegar a vaciarse del todo, y que las deformaciones del suelo indicaban la migración de magma hacia el sur —en dirección a la frontera con Ruanda—, lo que planteó un temor adicional: si la nueva intrusión fracturaba el terreno bajo el lago Kivu, se podría desatar una catástrofe aún mayor, la liberación masiva de gases letales acumulados en sus profundidades.
El veneno silencioso bajo el agua
El lago Kivu, situado apenas a quince kilómetros al sur del Nyiragongo, en la frontera entre la R. D. del Congo y Ruanda, es uno de los tres únicos lagos del mundo que albergan enormes bolsas de dióxido de carbono y metano disueltos en sus capas profundas. Los otros dos, el Nyos y el Monoun, ambos en Camerún, ya demostraron en los años ochenta el potencial mortífero de una erupción límnica: en 1984, una liberación súbita de CO₂ del lago Nyos asfixió a 1.746 personas y a miles de cabezas de ganado en las aldeas circundantes. El Mecanismo es sencillo: el gas, disuelto a alta presión en el fondo, se libera cuando una perturbación —un terremoto, una erupción volcánica o un deslizamiento de tierra— rompe la estratificación del agua y provoca la exsolución explosiva.
El lago Kivu es más de tres mil veces mayor que el Nyos y contiene un volumen de gases estimado en 300 kilómetros cúbicos de CO₂ y 60 kilómetros cúbicos de metano, atrapados en una zona de aguas profundas que se extiende hasta los 485 metros de fondo. La proximidad del Nyiragongo y del Nyamuragira convierte la región en un polvorín: una erupción volcánica de suficiente energía o una intrusión magmática que alcanzase el lecho lacustre podría desencadenar un evento límnico que liberaría el gas y formaría una nube asfixiante capaz de desplazarse decenas de kilómetros, aniquilando a la población de Goma y de las localidades ruandesas vecinas en cuestión de minutos.
«El escenario es tan plausible que los gobiernos de ambos países, con apoyo de la ONU, han puesto en marcha proyectos para extraer el metano y generar electricidad, lo que al mismo tiempo reduce el riesgo de explosión», explica un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Sin embargo, los esfuerzos de desgasificación son todavía insuficientes frente a la entrada continua de gases desde los volcanes, y la monitorización sísmica sigue siendo frágil, especialmente en un territorio marcado por los conflictos armados y los desplazamientos masivos.
La ciencia al filo del abismo
Investigar el Nyiragongo no es una tarea para vulcanólogos convencionales. Las condiciones en el borde de la caldera son extremas: los gases irritan las mucosas incluso con máscara, el calor irradiado castiga la piel a decenas de metros de distancia, y los desprendimientos de rocas en el interior del cráter son impredecibles. Las campañas de campo se organizan como operaciones militares: helicópteros que despegan al alba, ascensos de varias horas por laderas de ceniza suelta y turnos cortos cerca de la fuente de radiación para evitar la deshidratación. «Cada expedición al cráter te hace entender por qué para los antiguos el volcán era la morada de los dioses enfurecidos; es imposible no sentir un respeto casi religioso», relató un geoquímico del Museo Smithsonian que participó en la recogida de muestras durante la crisis de 2021.
Los científicos utilizan una combinación de imágenes de satélite, sensores remotos de gases, sismógrafos y gravímetros para interpretar la actividad interna del sistema. En los últimos años, la colaboración con instituciones europeas ha permitido instalar estaciones de medición del gas radón y del flujo de CO₂ en el suelo, indicadores tempranos de la migración de magma. No obstante, la dificultad de mantener el equipamiento en una zona sin seguridad y con intemperie tropical hace que los datos lleguen a menudo con interrupciones, justo cuando más se necesitan.
Uno de los hallazgos más reveladores de las últimas dos décadas ha sido la confirmación de que el sistema magmático del Nyiragongo no es un simple conducto vertical, sino una intrincada red de diques y fracturas que se extiende lateralmente hasta el propio lago Kivu. Ese modelo, construido a partir de tomografía sísmica y de la distribución de los enjambres de terremotos que preceden a las erupciones, sugiere que el magma puede viajar varios kilómetros en horizontal antes de encontrar salida, lo que explicaría la aparente falta de señales claras antes de algunos episodios eruptivos y agrava la incertidumbre para los sistemas de alerta temprana.

La vida bajo la sombra ígnea
Goma es una ciudad que se ha levantado sobre sus propias cenizas, en el sentido más literal de la expresión. Las coladas de 2002 sepultaron calles enteras; en algunos puntos, la lava solidificada alcanzó los tres metros de espesor. Los habitantes regresaron a sus hogares arrasados con una resiliencia que los científicos califican de asombrosa, aunque no exenta de fatalismo. «Aquí sabemos que el volcán puede matarnos, pero no tenemos otro lugar al que ir», declaró una comerciante del mercado central a un equipo de la BBC que filmó el retorno tras la erupción de 2002.
La economía de la ciudad depende en parte de la agricultura fértil que los suelos volcánicos favorecen, pero también de la minería del coltán y de otras materias primas que financian los grupos armados que operan en la región. La pobreza endémica, la falta de planificación urbanística y la inaccesibilidad de muchas zonas dejan a la población en una situación de vulnerabilidad extrema ante cualquier nuevo embate del volcán. Las escasas vías de evacuación, las carreteras intransitables en época de lluvias y la carencia de sistemas de comunicación redundantes convierten cada alerta en un juego de vida o muerte.
Desde la erupción de 2021, los organismos humanitarios han reforzado los protocolos de evacuación y se han distribuido mapas de riesgo entre las comunidades. Sin embargo, el crecimiento demográfico —Goma ha duplicado su población en los últimos quince años— y la expansión de los asentamientos informales sobre las mismas coladas recientes hacen que la próxima crisis, cuando llegue, encuentre una ciudad aún más expuesta.
Un laboratorio natural para la Tierra primitiva
Más allá de la amenaza que representa, el Nyiragongo ofrece a los científicos una ventana a procesos que moldearon la corteza terrestre hace miles de millones de años. La composición de su lava, una foidita rica en olivino y clinopiroxeno con una viscosidad muy inferior a la de los basaltos comunes, recuerda a los magmas que fluían en los océanos primordiales del Arcaico. Estudiar la convección dentro del lago, los ciclos de renovación del magma y la interacción con los gases es un ejercicio de geología planetaria que puede arrojar luz sobre la formación de los primeros continentes.
A nivel astrobiológico, los lagos de lava activos se consideran análogos de los ambientes extremos en los que pudo surgir la vida en otros cuerpos del sistema solar. La misión europea EnVisión, cuyo lanzamiento está previsto para la década de 2030, se ha inspirado en los mecanismos de desgasificación del Nyiragongo y de otros volcanes activos para diseñar los instrumentos con los que analizará los penachos volcánicos de Venus, un planeta cubierto por una atmósfera tóxica y con una superficie que probablemente albergó océanos de lava durante buena parte de su historia.
El porvenir del volcán
Los modelos de predicción a largo plazo son implacables: el Nyiragongo continuará funcionando como una válvula de escape del manto africano durante los próximos miles de años. La probabilidad de que una nueva erupción mayor, con vaciado total del lago o con fractura del suelo bajo el lago Kivu, se produzca a lo largo del siglo XXI es elevada según las series estadísticas. La pregunta no es si ocurrirá, sino cuándo lo hará y si los sistemas de alerta, la cooperación internacional y la planificación urbana serán capaces de mitigar el desastre.
Mientras tanto, el lago sigue borboteando. Cada noche, el resplandor anaranjado sobre las colinas de Goma es, al mismo tiempo, una maravilla geológica y un reloj de cuenta atrás. El Nyiragongo no es el volcán más alto del mundo, ni el de lava más fría, ni siquiera el más activo en número de erupciones. Pero en la ecuación del riesgo volcánico —donde se multiplican la peligrosidad del fenómeno y el valor de lo expuesto— ningún otro volcán del planeta acumula una puntuación tan despiadada. Por eso, en los despachos de los centros de vigilancia sismológica, el nombre del Nyiragongo se pronuncia con un respeto que se parece al miedo.



