"El Sevilla no va a bajar". Ese ha sido el mantra, casi una oración desesperada, que nos han repetido hasta la saciedad en los últimos meses. Cualquiera de nuestros amigos, con esa fe ciega que otorga la historia, me discutía la realidad con un "¿Pero cómo va a bajar el Sevilla?".
La afición puritana, sin embargo, era la único que se sentaba a ver cada partido con la certeza de que el abismo estaba a un solo paso. De que el equipo estaba cogido con alfileres y que solo hacía falta un último empujón para que todo saltara por los aires.
Ese empujón final llegó de la mano de Antonio Cordón. El director deportivo del Sevilla FC compareció en la presentación de Luis García Plaza hablando de velatorios, sin querer entender que el muerto ya estaba de cuerpo presente. Es difícil defender la categoría cuando un equipo profesional es incapaz de rematar entre los tres palos en campos como los del Oviedo o el Levante, los dos colistas de la Liga. El colapso no es una posibilidad; es una realidad técnica que se manifiesta en cada control fallido y en cada repliegue tardío.
La gestión deportiva del Sevilla FC bajo sospecha
Cordón, el hombre que llegó prometiendo sevillistas felices, decidió que la solución a una crisis estructural era prescindir de Alfon para traer a Maupay como único refuerzo invernal. El resultado es un descarte del Olympique de Marsella que acumula cero minutos con el nuevo entrenador. Sin embargo, sería injusto cargar toda la responsabilidad sobre Cordón o García Plaza. Ellos solo son los últimos ejecutores de una obra que lleva tres años gestándose en los despachos.

El Sevilla FC lleva demasiado tiempo en manos de una dirigencia que ha actuado con una negligencia casi delictiva. No hablamos de leyes, sino de delitos morales. Un club de fútbol no es una empresa que fabrica sartenes o colchones; gestiona sentimientos, sueños y una identidad centenaria. Los dueños actuales parecen desesperados por vender al mejor postor y cerrar este capítulo ominoso, sin importarles quién compre ni cuáles sean sus verdaderas intenciones, con tal de quitarse el problema de encima.
La sombra de la venta y el papel de Sergio Ramos
La operación de venta a Sergio Ramos parece ir "por buen camino", según comentaba recientemente el exjugador. El camero se postula como futuro presidente si el negocio cuaja, aunque ahora mismo parece preferir ver los toros desde la barrera mientras el equipo sufre en el césped.
Resulta sospechoso que una transacción de este calibre, que debería estar condicionada por la permanencia en Primera, parezca avanzar con la misma fluidez hacia el abismo de Segunda División. Si el descenso no es un factor relevante para el comprador, es que hay gato encerrado.

El futuro del club pinta de un azul oscuro azabache. Al sevillismo le quedarán los recuerdos de las noches de gloria en Europa, pero eso es un consuelo ínfimo ante una debacle con nombres y apellidos. Lo más doloroso es que los culpables de este saqueo institucional probablemente se marchen con los bolsillos llenos, dejando atrás un solar donde antes hubo un gigante.
La gloria efímera frente al saqueo
Conviene recordar la historia. El Sevilla ganó una Liga y tres Copas entre 1935 y 1948. Aquel equipo de Arza, Campanal y los Stukas era tan grande como el de Juande Ramos o Emery. Sin embargo, tras aquella etapa, el club pasó 58 años sin levantar un trofeo. La gloria es efímera si se dilapida el capital acumulado con esta velocidad pasmosa. Si se consume este descenso, que hoy parece irremediable, el Sevilla volverá a una casilla de salida que ya creía olvidada. Por mucho que todavía quede algún iluso que, ante la evidencia, siga repitiendo que "el Sevilla no va a bajar".



