San Pío de Pietrelcina, el fraile de los estigmas que la Iglesia recuerda cada 23 de septiembre

San Pío de Pietrelcina murió hace más de cincuenta años y, sin embargo, su tumba en Italia sigue recibiendo millones de visitas al año. Cada 23 de septiembre, el santoral católico se detiene en su figura: un capuchino de origen humilde que llevó en su cuerpo las llagas de Cristo durante medio siglo.

Su historia no es la de un personaje lejano y de piedra. Fue un hombre que confesó hasta dieciséis horas al día, que sufrió calumnias en vida y que, pese a todo, se convirtió en uno de los santos más queridos del último siglo. Esto es lo que hay detrás de su fiesta litúrgica.

Quién fue San Pío de Pietrelcina

Nació como Francisco Forgione el 25 de mayo de 1887, en el pequeño pueblo italiano de Pietrelcina, en el seno de una familia campesina de profunda fe. Desde niño tuvo visiones y fenómenos místicos que, según los testimonios recogidos por la Iglesia, lo acompañarían el resto de su vida.

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A los quince años ingresó en el noviciado de los frailes capuchinos de Morcone y adoptó el nombre de Pío, en honor al papa San Pío V. Fue ordenado sacerdote en 1910, aunque problemas de salud lo obligaron a alejarse temporalmente de la vida comunitaria antes de instalarse definitivamente en el convento de San Giovanni Rotondo.

El santo de los estigmas

El 20 de septiembre de 1918, mientras oraba, San Pío recibió en su cuerpo las llagas de la Pasión de Cristo: manos, pies y costado. Se convirtió así en el primer sacerdote de la historia del que se tiene constancia documentada de haber sido estigmatizado, un hecho que generó tanto devoción como una intensa investigación por parte de la Santa Sede. Su vida está recogida con detalle en Padre Pío, la entrada que Wikipedia dedica a repasar su biografía y su proceso de canonización.

Durante cincuenta años convivió con esas heridas abiertas, que nunca se infectaron ni sanaron pese a estar expuestas de forma continua. Numerosos médicos lo examinaron a lo largo de su vida sin encontrar una explicación clínica convincente, algo que alimentó tanto su fama como las suspicacias de parte de la jerarquía eclesiástica.

El confesor que leía las almas

Más allá de los estigmas, la fama de Padre Pío creció por su labor como confesor. Se dice que llegaba a pasar hasta dieciséis horas diarias en el confesionario, y que era capaz de conocer los pecados de quienes se acercaban a él antes de que los confesaran.

También se le atribuyeron otros dones extraordinarios: bilocación, profecía y curaciones inexplicables. Fue, además, un hombre práctico: fundó la Casa Alivio del Sufrimiento, un hospital que sigue funcionando hoy en San Giovanni Rotondo y que es referencia médica en el sur de Italia.

De la sospecha a los altares

Su camino hacia la santidad no fue sencillo. Durante años sufrió restricciones impuestas por el Vaticano, que llegó a prohibirle celebrar misa en público y a limitar su contacto con los fieles mientras se investigaban sus fenómenos místicos. Nunca respondió con rencor a esas medidas, algo que sus biógrafos destacan como una de las claves de su santidad.

La canonización de Juan Pablo II

Falleció el 23 de septiembre de 1968, con 81 años, tras una última misa multitudinaria. Fue beatificado en 1999 y canonizado el 16 de junio de 2002 por el papa Juan Pablo II, en una de las ceremonias más concurridas de la historia reciente del Vaticano, con más de 300.000 fieles en la plaza de San Pedro.

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Un santo muy presente en España

En España, cientos de hombres llevan el nombre de Pío gracias a su devoción, y son muchas las parroquias que organizan misas y novenas en su honor cada 23 de septiembre. Su figura sigue apareciendo en libros, documentales y películas que se estrenan con regularidad en el circuito hispanohablante.

Por qué su devoción sigue creciendo

La popularidad de San Pío no se ha apagado con el tiempo, todo lo contrario. Sus reliquias han viajado por distintos países en los últimos años y atraen a miles de peregrinos allí donde se exponen, especialmente entre quienes buscan intercesión en momentos de enfermedad o sufrimiento.

Su frase más repetida, "reza, confía y no te preocupes", se ha convertido en un lema espiritual que trasciende lo estrictamente religioso. Todo apunta a que, lejos de diluirse, su culto seguirá expandiéndose entre nuevas generaciones que encuentran en su historia un ejemplo de perseverancia ante la incomprensión y el sufrimiento.