Por qué los dueños de la inteligencia artificial ahora quieren que le tengas miedo

Detrás del discurso de seguridad se esconden motivaciones económicas, una burbuja de inversión cada vez más frágil y una estrategia de regulación que podría blindar su dominio del mercado frente a competidores más pequeños y China.

Estamos asistiendo a una situación sin precedentes en Silicon Valley. Después de que un extrabajador de Anthropic advirtiera de que la inteligencia artificial podría extinguirnos, Dario Amodei, consejero delegado de Anthropic —la compañía detrás de Claude—, publicó el 12 de septiembre un extenso ensayo titulado We Must Pace the Frontier en el que pedía a toda la industria de la inteligencia artificial que frenara. Que bajara el ritmo. Que las máquinas que él mismo estaba construyendo podían volverse incontrolables y que había llegado el momento de actuar antes de que fuera demasiado tarde.

En cuestión de horas, Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI y padre de ChatGPT, se sumó públicamente al llamamiento. Elon Musk, fundador de xAI y dueño de la red social X, escribió escuetamente en su plataforma algo que nadie esperaba leer: "Dario tiene razón". Un día después, Demis Hassabis, presidente de Google DeepMind, respaldó la propuesta y la calificó como "el camino correcto". Y Microsoft, por su parte, publicó un código de conducta de 37 páginas bajo el lema de que "las personas importan más que la IA".

Es decir, los hombres más poderosos de la carrera por la inteligencia artificial, rivales directos entre sí, se pusieron de acuerdo casi de forma simultánea en el mismo mensaje. Y el mensaje es que su propia tecnología es tan peligrosa que habría que pararla, o al menos frenarla, con la intervención de los gobiernos.

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La pregunta que muchos nos hacemos desde entonces no es si la IA entraña riesgos —que los tiene—, sino por qué todos estos directivos decidieron lanzar esta alarta ahora, justo en este momento y de forma tan coordinada. Para responderla hay que mirar más allá del relato de seguridad y entender qué está ocurriendo realmente con el dinero que sostiene a toda esta industria.

Empecemos con Sam Altman, quien apenas unas horas después de respaldar a Amodei, confirmó en una entrevista con la revista Fortune que OpenAI descartaba salir a bolsa en 2026. La compañía, valorada en casi un billón de dólares, había sido una de las salidas al parqué más esperadas de la historia reciente. La razón oficialista volvió a ser la seguridad. Según Altman, sería "poco prudente" llevar a OpenAI a los mercados públicos en un momento de tanta incertidumbre sobre el control de los modelos avanzados.

El CEO de ChatGPT, Sam Altman, impulsor de la inteligencia artificial
El CEO de ChatGPT, Sam Altman | Fuente: IA

Lo que no dijo es que su directora financiera, Sarah Friar, ya había expresado internamente sus dudas sobre los planes de gasto de la empresa —hasta 600.000 millones de dólares en cinco años, según The Information— y sobre si la organización estaba realmente preparada para someterse al escrutinio trimestral de Wall Street.

Anthropic, mientras tanto, negocia la que podría ser la mayor oferta pública inicial de la historia: hasta 100.000 millones de dólares, con NVIDIA como inversor de referencia y una valoración cercana a los dos billones. Una cifra difícil de justificar ante inversores del mercado abierto si no se mantiene intacta la percepción de que esta tecnología tiene un potencial prácticamente ilimitado. Y ahí está la clave. Decir que tu inteligencia artificial podría acabar con la civilización humana no le resta valor comercial; al contrario, lo multiplica. El inversor escucha que el producto es tan poderoso que podría destruir el mundo, y su conclusión no es huir, sino apostar más fuerte, porque asume que quien controle esa tecnología controlará el futuro.

La regulación de la inteligencia artificial como barrera de entrada

El plan de tres fases que presentó Amodei en su ensayo propone, en esencia, lo siguiente: primero, incrustar evaluadores externos dentro de las empresas de IA; segundo, que las principales compañías del sector lleguen a acuerdos conjuntos sobre límites de seguridad —para lo cual pide exenciones antimonopolio por parte del gobierno—; y tercero, coordinación internacional entre Estados y laboratorios. Hassabis, por su lado, fue un paso más allá y planteó crear en Estados Unidos un organismo de normalización similar al que regula la industria financiera, que obligaría a las compañías a presentar fichas técnicas y superar pruebas obligatorias antes de lanzar cualquier modelo avanzado al mercado.

En la superficie, todo esto suena razonable. Nadie puede estar en contra de la prudencia... ¿no? Pero lo que muchos observadores detectan debajo del discurso es un mecanismo de protección del mercado que funciona con la misma lógica que cualquier barrera de entrada. Si se imponen requisitos de auditoría externa obligatoria, pruebas de ciberseguridad previas al lanzamiento, reportes trimestrales y supervisión federal para poder comercializar un modelo de inteligencia artificial, las únicas empresas capaces de asumir esos costes serían las que ya dominan el sector.

Las startups, los proyectos de código abierto y los laboratorios con menos recursos quedarían fuera de juego sin necesidad de competir con ellas. Es regulación para consolidar un oligopolio, no para proteger a la humanidad.

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Representación de la extinción que puede generar la IA de Anthropic u OpenAI
Representación de la supuesta extinción que podria generar la IA de Anthropic u OpenAI | Fuente propia

Es algo que pasa en otros sectores y siempre con el dinero y el capitalismo de por medio. Cuando los grandes bancos de inversión apoyaron las reformas regulatorias posteriores a la crisis de 2008, muchos economistas señalaron que el efecto real fue consolidar la posición de las entidades más grandes, porque eran las únicas con la estructura necesaria para cumplir con las nuevas exigencias. Lo mismo ocurrió históricamente con las telecomunicaciones, la industria farmacéutica y la aviación. Las empresas dominantes tienden a abrazar la regulación cuando perciben que sus competidores más pequeños no podrían seguirles si se lleva a cabo.

La burbuja de la IA: mucho valor, poco retorno

A esto hay que sumar una realidad incómoda que la industria prefiere no airear. Hablo de que las grandes tecnológicas han invertido, como he dicho, más de 600.000 millones de dólares en infraestructura de IA desde 2024 —centros de datos, chips, electricidad, refrigeración—, y los retornos aún no justifican semejantes desembolsos. OpenAI pierde dinero, Anthropic necesita rondas de financiación cada pocos meses y hasta NVIDIA, el gran beneficiado de la fiebre del oro de la IA, depende de que la demanda de procesadores siga creciendo a un ritmo que muchos consideran insostenible. Ahora no chirría tanto frenar voluntariamente la carrera, ¿verdad? Es una forma de ganar tiempo sin quedar en evidencia ante los inversores. Si es el gobierno quien impone los límites, ninguna empresa queda señalada; simplemente obedecen la ley.

Las empresas dominantes tienden a abrazar la regulación cuando perciben potencial de sus competidores más pequeños o extranjeros

Hay quienes van todavía más lejos en su lectura y apuntan a que la inteligencia artificial generativa ha alcanzado un techo técnico que las empresas no quieren reconocer públicamente. Las mejoras entre versiones sucesivas de los grandes modelos son cada vez más incrementales, y el coste de lograr esas mejoras crece de forma exponencial.

Si los progresos no acompañan a las expectativas que se han vendido durante los últimos tres años, mantener el relato de que tu IA es tan avanzada que podría destruir el mundo es la mejor forma de seguir justificando valoraciones astronómicas. No necesitas demostrar que tu modelo es más inteligente que el del trimestre anterior; te basta con que los mercados crean que lo será pronto y que, mientras tanto, conviene regularlo para que no se descontrole.

Geopolítica y la sombra de China

El frente geopolítico añade otra capa de complejidad a todo este debate. El mismo día en que los jefes de la IA occidental pedían moderar el desarrollo, el diario oficialista chino Global Times publicó un editorial acusando a Dario Amodei de esconder una "agenda oculta" contra China detrás de su llamamiento a la prudencia. Según el medio del Partido Comunista Chino, Amodei propone en realidad "estrangular" primero el desarrollo tecnológico de Pekín —prohibiendo la venta de chips avanzados, persiguiendo la destilación de modelos y blindando los pesos internos de los sistemas de IA—, y solo después negociar una ralentización conjunta del sector. En otras palabras, lograr una ventaja tecnológica insalvable y luego establecer las reglas del juego.

El portavoz del ministerio de Exteriores chino, Guo Jiakun, reforzó la posición oficial al afirmar que "la difusión de narrativas de amenaza solo obstaculizará el proceso de gobernanza de la IA", un campo que, según Pekín, "concierne al bienestar de toda la humanidad". La prensa estatal china comparó directamente esta estrategia con un "manual de Guerra Fría" y acusó a parte de la comunidad tecnológica estadounidense de instrumentalizar el debate sobre seguridad para frenar el avance de un rival geopolítico.

En este contexto, mientras la empresa china Z.AI —antes conocida como Zhipu AI— acababa de lanzar una colocación de acciones y bonos convertibles por valor de 5.000 millones de dólares para financiar su expansión, los laboratorios estadounidenses pedían precisamente las restricciones que más dificultarían la competencia internacional. Ninguna coincidencia es casual: la seguridad es la excusa, pero el verdadero destino es la hegemonía comercial.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos
Donald Trump, presidente de Estados Unidos | Fuente: Agencias

Frente a todo esto, el propio Donald Trump rechazó las peticiones de ralentización desde un campo de golf en Irlanda, donde calificó de "fuerzas negativas" a quienes las promueven y afirmó que "quien gane con la IA, gana". El presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, fue igual de claro al advertir de que no podían imponer una moratoria porque China les va a sobrepasar. Y ahí sigue el tira y afloja, con los líderes tecnológicos pidiendos frenos que su propio gobierno se niega a aplicar, pero el mero hecho de pedirlos ya cumple su función mediática y financiera.

Cubrirse la espaldas también les viene de perlas

Por último, hay que mencionar lectura complementaria que merece, como mínimo, un poco de atención. Me refiero a que algunos de estos modelos de inteligencia artificial hayan podido demostrar capacidades que sus propios creadores no anticipaban. OpenAI reconoció un incidente en el que agentes de su sistema lograron escapar de un entorno de pruebas controlado y acceder a sistemas externos. La plataforma Hugging Face sufrió un ataque masivo protagonizado por agentes de IA que creaban cuentas y explotaban vulnerabilidades durante días, como documentó The Wall Street Journal.

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Estos episodios alimentan el argumento de quienes consideran que las empresas no buscan proteger a la humanidad, sino protegerse a sí mismas de responsabilidades legales y económicas si sus modelos causan daños a gran escala. Pedir regulación antes de que un accidente masivo ocurra es también una forma de cubrirse las espaldas ante futuras demandas, reclamaciones de seguros y caídas de reputación.

Esta perspectiva cobra sentido si se tiene en cuenta que compañías como Anthropic ya han mantenido relaciones contractuales con el Departamento de Defensa de Estados Unidos por valor de cientos de millones de dólares. En febrero de 2026, Anthropic fue designada como "riesgo para la cadena de suministro" después de negarse a eliminar los filtros que impedían el uso de Claude en planificación de ataques y vigilancia masiva, según CNN. No es sencillo aceptar sin matices el discurso de que estas compañías anteponen la seguridad de la humanidad cuando, al mismo tiempo, negocian contratos militares y buscan valoraciones de dos billones de dólares en bolsa.

La inteligencia artificial (IA) de Anthropic es una de las más utilizadas
La IA de Anthropic es una de las más utilizadas | Fuente: Agencias

El grueso de la economía estadounidense —y, por extensión, de buena parte del mundo capitalista— descansa hoy sobre la premisa de que la inteligencia artificial cumplirá las promesas que ha vendido. Los índices bursátiles, los fondos de pensiones, las estrategias de inversión de los grandes bancos y las proyecciones macroeconómicas de decenas de gobiernos están construidos sobre esa expectativa. Si la burbuja estalla sin control, las consecuencias serían devastadoras mucho más allá de Silicon Valley.

Por todo ello, el el relato del apocalipsis de la IA es tan interesado. Mantiene viva la percepción de poder descomunal de la tecnología mientras ofrece una coartada para ralentizar el gasto sin perder la confianza del mercado. No son las empresas las que reconocen haber llegado a un techo, sino los gobiernos quienes, supuestamente, les obligan a pisar el freno. La narrativa se invierte y el resultado es el mismo: los dominantes siguen dominando.