El suelo de la depresión de Danakil es una costra de sal que se quiebra en placas hexagonales, teñida de amarillo azufre, verde mineral y naranja oxidado. Las fuentes termales burbujean con un vapor ácido que irrita la garganta y cristaliza al contacto con el aire. No hay vegetación, no hay pájaros, no hay sombra. Esta llanura, una de las más bajas y calurosas del planeta, no parece un lugar de la Tierra: parece una postal de Venus.
El anhelo de pisar otro mundo ha dejado de ser una fantasía exclusiva de astronautas. Empresas aeroespaciales como SpaceX han reiterado su intención de transportar personas a Marte, y la NASA ha esbozado conceptos de ciudades flotantes en la atmósfera de Venus. Sin embargo, mientras esos planes maduran —o se postergan—, la propia Tierra conserva enclaves cuya geología, colores y silencio evocan con una intensidad incómoda la superficie de otros cuerpos del sistema solar. No exigen billete espacial, pero sí algo de logística, respeto por el terreno y, en algunos casos, suerte con el cielo.
De la depresión de Danakil a la isla de Socotra, de los desiertos rojos de Utah a los cráteres de impacto de Canadá, estos paisajes comparten una cualidad: desorientan. La mente los lee como lugares imposibles porque carecen de los referentes habituales —un árbol, una carretera, una escala humana— con los que construimos la familiaridad. Y en esa extrañeza se esconde su poder de fascinación.
El Danakil: un paisaje de Venus en la Tierra
La depresión de Danakil se extiende en el noreste de Etiopía, en la región de Afar, cerca de la frontera con Eritrea. El calor resulta tan opresivo que los afar la consideran uno de los lugares más duros del planeta. Allí, el suelo se hunde por debajo del nivel del mar y la corteza terrestre se estira, se adelgaza y se desgarra: es uno de los pocos rincones del mundo donde un océano empieza a nacer entre continentes.
Los manantiales hidrotermales alimentan estanques de colores imposibles. El azufre derramado tiñe de amarillo; el óxido de hierro aporta rojos y ocres; el cobre y otros minerales completan una paleta que no parece natural. Al amanecer y al atardecer, los vapores ácidos se encienden y el paisaje entero adquiere un aire de Venus. No es una licencia poética: la presión y la temperatura de la superficie venusiana, 471 grados Celsius, y sus nubes de ácido sulfúrico hacen del Danakil un análogo terrestre de los procesos hidrotermales extremos que estudian los astrobiólogos.
Pese a la dureza, no es un lugar vacío. Las caravanas de camellos recorren desde hace siglos los yacimientos de sal, extraída en bloques y transportada hacia las tierras altas. Esa convivencia entre lo inhóspito y la vida cotidiana forma parte del hechizo: uno camina sobre una costra mineral que, sin embargo, tiene una economía, una historia y una forma de resistencia.
Socotra: una isla que evolucionó al margen del planeta
Muy lejos del desierto africano, la isla de Socotra brota del océano Índico como un fragmento desprendido de otra evolución. Pertenece a Yemen y forma un archipiélago aislado por centenares de kilómetros de mar. Ese aislamiento geológico, prolongado durante millones de años, permitió que la flora y la fauna tomaran caminos propios. El resultado es un paisaje que ningún visitante acierta a situar.
El árbol de sangre de dragón es el emblema. Su copa se abre en una maraña de ramas con forma de paraguas y de su corteza brota una resina roja. Junto a él crecen los árboles botella, con troncos abombados, y espesuras de pepino arborescente. Sobre las mesetas calizas, estos organismos no se parecen a un bosque: se parecen a un decorado de ciencia ficción. La UNESCO reconoció el valor universal de Socotra, pero la mera etiqueta no alcanza a transmitir la extrañeza. Hay que verla para comprender por qué quienes la visitan insisten en que no se siente de este planeta.

El sur de Utah: un simulador de Marte
El sur de Utah ofrece otro tipo de asombro: un desierto rojo que imita con inquietante fidelidad la geología de Marte. Los cañones profundos, las mesetas y las agujas de arenisca se extienden en una paleta de rojos oxidados y ocres. Si se ignora la vegetación —las suculentas, los arbustos dispersos—, la vista evoca de inmediato el Valles Marineris, la versión marciana del Gran Cañón.
Dentro de esta región, el Rainbow Bridge National Monument se alza como uno de los arcos naturales más grandes del mundo: 88 metros de altura de arenisca Kayenta, oscura y rojiza, tendidos sobre un cañón lateral del lago Powell. La escala engaña. El arco es tan colosal que los visitantes pueden pasar por debajo y sentirse pequeños, como lo harían ante una obra de geología alienígena.
La misma zona alberga la Mars Desert Research Station, un simulador de dos plantas que reproduce las condiciones de una futura base marciana. Dispone de esclusas simuladas, espacios reducidos y protocolos de salida al exterior con trajes. Desde 2001, más de mil personas han participado en misiones de entre dos y tres semanas. La Mars Society, promotora de la colonización de Marte, sigue reclutando voluntarios. Cada tripulación prueba comunicaciones, consumo de agua, movilidad y tolerancia psicológica. El desierto, con su silencio y su paleta roja, se convierte en un laboratorio mucho más convincente que cualquier imagen de archivo.
Albuquerque: flotar en el cielo de Venus
Venus, en cambio, es un mundo que quizá no lleguemos a pisar. Su superficie volcánica alcanza 471 grados Celsius, las nubes descargan ácido sulfúrico y la presión aplasta cualquier vehículo de aterrizaje. Por eso la NASA ha esbozado el concepto HAVOC: ciudades flotantes situadas a gran altitud, donde las temperaturas y las condiciones serían menos hostiles para visitantes llegados desde la Tierra. La idea, todavía hipotética, resuena con fuerza en una tradición mucho más antigua: la de elevarse en globo.
La Fiesta Internacional de Globos de Albuquerque permite tocar esa sensación de flotar sobre las nubes sin abandonar Nuevo México. En la ascensión masiva, más de 500 globos se elevan en un espectáculo que llena el cielo de color. El evento dura nueve días en octubre e incluye sesiones nocturnas en las que los globos anclados, iluminados desde dentro, brillan como farolillos. La tierra se vuelve un anfiteatro; el cielo, un océano de seda y fuego. Quien mira hacia arriba entiende por qué la imaginación espacial ha buscado durante décadas un refugio en la atmósfera de Venus.

Mauna Kea: el valle donde los astronautas ensayaron la Luna
La Luna también tiene su ensayo en la Tierra. Buzz Aldrin, astronauta de la misión Apolo 11, escribió que, de todos los lugares donde entrenaron, la Isla Grande de Hawái era la que más se parecía a la superficie lunar. El sitio, a unos 3.350 metros de altura en las laderas de Mauna Kea, recibió el apodo de Apollo Valley.
«De todos los lugares de la Tierra donde entrenamos, la Isla Grande era el que más se parecía a la Luna».
La frase pertenece a Buzz Aldrin, segundo hombre en pisar la Luna. Durante los años sesenta, los geólogos sometieron a los astronautas del programa Apolo a un curso intensivo sobre formaciones volcánicas. Los llevaron a sobrevolar y recorrer tubos de lava, coladas pahoehoe ondulantes y delicadas hebras de basalto conocidas como cabello de Pele. El paisaje de Mauna Kea, el volcán más alto de Hawái, presentaba las texturas y las sombras adecuadas para ensayar la exploración lunar.
Mauna Kea todavía presta servicio a la ciencia: sus laderas albergan un complejo de observatorios de primer nivel y se utilizan para probar rovers lunares. El visitante puede ascender a la cumbre en una caminata de ocho horas de ida y vuelta. Si el tiempo acompaña, un vehículo con tracción a las cuatro ruedas puede subir desde el centro de visitantes, abierto cada noche, para contemplar la puesta de sol y, después, las estrellas.
Pingualuit y Vredefort: las cicatrices de otros mundos
Los cráteres de impacto recuerdan que la Tierra no siempre ha estado protegida del bombardeo espacial. Calisto, una de las lunas de Júpiter descubierta por Galileo en el siglo XVII, es uno de los cuerpos con más cráteres del sistema solar. Su mayor cicatriz, Valhalla, alcanza unos 4.000 kilómetros de diámetro. Nuestro planeta, protegido por la atmósfera, ha sufrido menos impactos, pero conserva las huellas de los que lograron tocar el suelo.
Se conocen 190 cráteres terrestres confirmados. El más grande, Vredefort, en Sudáfrica, es un anillo de montañas erosionadas de unos 160 kilómetros de anchura. Es tan extenso que cuesta percibirlo como una única estructura; desde el interior, se camina sobre una de las cicatrices más colosales de la Tierra sin sospechar su origen. Más nítido y joven es el cráter de Pingualuit, en la tundra del norte de Quebec. Su forma casi perfecta engañó a un antiguo prospector, que creyó ver una chimenea de kimberlita y empezó a soñar con diamantes. Lo que guarda es algo distinto: el llamado Ojo de Cristal de Nunavik, un lago profundo de agua dulce extraordinariamente transparente.

Auroras: las luces que comparten varios planetas
El Sol expulsa partículas durante las tormentas solares. Algunas alcanzan los planetas del sistema solar, pero solo los que poseen campo magnético y atmósfera convierten ese viento en un espectáculo de luz. Los científicos han observado auroras en los polos de Júpiter, Saturno y Urano. En la Tierra, el mismo fenómeno se manifiesta como aurora boreal en el norte y aurora austral en el sur.
Las cintas de luz danzan en verde, azul, rojo o púrpura cuando las partículas interactúan con los gases de la atmósfera. Verlas exige planificación y algo de suerte. Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia, situadas en latitudes muy septentrionales, ofrecen buenos puntos de observación. Conviene elegir cielos oscuros entre septiembre y abril, cuando las noches son largas; la luna nueva y el tiempo despejado mejoran la visibilidad. Tras una tormenta solar, las auroras se intensifican, aunque no hay forma de predecir con antelación esos arrebatos. El Instituto Geofísico de Fairbanks, en Alaska, mantiene una vigilancia constante y publica pronósticos muy a corto plazo, a una hora vista.
Bajo los icebergs de Groenlandia: el océano de Encélado
En 2011, la sonda Cassini detectó chorros de vapor de agua y hielo expulsados desde el polo sur de Encélado, una de las lunas de Saturno. El hallazgo apuntó a un depósito de agua bajo la superficie congelada. Cuando los investigadores analizaron los pequeños bamboleos de la luna, sus cálculos propusieron algo mayor: un océano global encajado entre la corteza helada y el núcleo rocoso.
Sumergirse en ese océano resulta imposible por ahora, pero bucear bajo los icebergs de Groenlandia ofrece una aproximación. Las superficies inferiores del hielo presentan texturas abolladas que se derriten y cambian constantemente; no hay dos inmersiones iguales. Esa mutabilidad entraña peligro, porque el hielo puede desprenderse y caer al agua helada. Para quienes quieran iniciarse en la práctica sin riesgo extremo, el centro de buceo de Morrison's Quarry, en Canadá, propone un escenario más controlado. De un modo u otro, la sensación de deslizarse entre agua y hielo devuelve al buceador la misma satisfacción que persigue la exploración planetaria: la de moverse por un mundo donde el ser humano es, apenas, un visitante.
Al caer la noche, estos parajes adquieren una segunda vida. La Vía Láctea se derrama sobre el desierto de Utah, sobre el cráter de Pingualuit o sobre las laderas de Mauna Kea con la misma indiferencia con que iluminaría un páramo marciano. La experiencia no consiste en imaginar que uno ha abandonado la Tierra, sino en comprobar que la propia Tierra contiene ya lo extraño, lo anterior y lo imposible. El billete hacia otro mundo quizá no esté en un cohete; está en la paciencia de viajar lejos, en la humildad de pisar con cuidado y en la disposición a dejarse desorientar por un paisaje sin escala humana.



