‘¡De Viernes!’ repasó el fatídico 31 de diciembre, una noche festiva que lamentablemente culminó en una agresión física de gravedad. Tal y como relató Raquel Bollo en directo, el desenlace de aquel ataque incontrolable podría haber sido fatal si no hubiera sido por una intervención indirecta pero providencial. Su hijo Manuel Cortés, que en aquel entonces era apenas un niño inocente de seis años, tocó a la puerta de la habitación justo en el instante preciso de los golpes. Esta sorpresiva interrupción frenó al agresor y permitió que el pequeño escapara corriendo por los pasillos para pedir auxilio.
“Muchas veces te crees que ellos no se dan cuenta y, al final, los niños son esponjas y se dan cuenta de más de lo que tú te imaginas”, aseveró. Para Raquel Bollo, la presencia del niño aquella madrugada fue un verdadero milagro que le permitió seguir respirando. “Yo pienso que al final los hijos vienen al mundo a darte la vida y mi Manuel me la dio a mí ese día cuando llamó a la puerta”, sentenció.
El refugio familiar de Raquel Bollo tras el infierno vivido en Algeciras

Ahondando en los detalles de aquella violenta agresión en ‘¡De Viernes!’, la protagonista ubicó los hechos geográficamente en la ciudad de Algeciras. En medio de la desesperación y el caos absoluto, el respaldo incondicional de sus seres queridos resultó fundamental para evitar un desenlace catastrófico. “A mí esto me coge en Algeciras. Tengo que agradecer enormemente a esos familiares con los que hoy en día sigo teniendo trato, que son parte de mi familia y de mis hijos. Y fueron ellos los que me llevaron directamente al hospital”, rememoró Raquel Bollo.
Dar el paso hacia las autoridades y los tribunales nunca resulta un trámite sencillo para una víctima asustada y vulnerable. De hecho, la sevillana admitió que el pánico la paralizaba por completo y que su intención inicial no era recurrir a las instancias policiales. Fueron sus propios allegados quienes tomaron las riendas de la crítica situación con una firmeza envidiable. “Yo no quería denunciar y me dijeron: ‘O denuncias tú o denunciamos nosotros’. Y ahí, pues, se denunció”, explicó la empresaria.
Uno de los grandes lastres psicológicos que arrastró Raquel Bollo tras lograr apartarse del conocido cantante fue el durísimo e injusto juicio de la opinión pública. A pesar de contar con una firme sentencia judicial a su favor y de que Chiquetete fue condenado formalmente por violencia de género, una parte de la sociedad y de las tertulias mediáticas insistió en cuestionar su verdad durante muchísimo tiempo.
Al visualizar las imágenes de archivo sobre aquel antiguo romance, la colaboradora se mostró visiblemente conmovida, pero quiso aclarar rápidamente que esa etapa oscura ya no logra lastimarla desde la misma herida. “A mí ya esto no me hace daño. Quiero que eso vaya por delante”, puntualizó.
No obstante, el desgaste psicológico del constante escrutinio mediático fue devastador a lo largo de los años. Raquel Bollo confesó que lo que realmente le destroza el alma al recordar el pasado no es la figura de su agresor, sino el sufrimiento indirecto que causó a sus propios progenitores. “Cuando yo veo estas cosas, solo me acuerdo de mis padres. Porque mis padres a mí me han criado muy bien, a mí y a mis hermanos. Cuando yo escribo este libro, una de las cosas que pido es que, por favor, déjenme contar mi infancia. Yo volvería a mi infancia”, detalló.
En un alarde de sinceridad, añadió una reflexión que impactó a los presentes en el plató: “Y puede sonar raro decir: ‘Cómo no volverías al parto de tu hijo o de tu hija’. No, yo volvería a mi infancia con otra vida diferente, la que a lo mejor me correspondía o la que mis padres hubiesen querido para mí por cómo me criaron”.
Respecto al incesante murmullo social que la persiguió, Raquel Bollo no ocultó su frustración ante la absoluta falta de empatía generalizada. “Yo ahora cuando lo veo digo: '¿Qué más le hacía falta a la gente si él mismo lo dice?. Después vino todo el ruido, todo valía, cualquiera hablaba, cualquiera decía cuando él mismo lo dice. Eso está sentenciado, entonces a mí me da igual. Pero durante mucho tiempo me ha hecho daño, porque cuando intentas salir de eso y logras salir de ello, ahora tengo que empezar a demostrar y yo no tenía que demostrar”, denunció.
Detalles estremecedores sobre el control y el temor constante

Para que logres entender la verdadera magnitud del problema, Raquel Bollo retrocedió en su relato hasta los frágiles inicios de aquel noviazgo. Por aquel entonces, ella era una chica sumamente joven y completamente deslumbrada por una figura pública de éxito mucho mayor que ella, un artista que curiosamente atravesaba horas muy bajas a nivel financiero. “Yo me enamoré. Esa persona no tenía dinero, estaba en su peor momento y lo saben muchísimas personas. Con nosotros tuvo una familia y él lo reconoce”, argumentó.
Tras verse obligada a soportar diez largos años de un auténtico calvario dentro de su propio hogar, logró escapar definitivamente de las garras del maltrato apoyándose con fuerza en los pilares inquebrantables de su familia. “Yo he tenido una infancia muy feliz. Eso ha sido gracias a mi familia, que yo haya podido salir”, subrayó Raquel Bollo.
Al profundizar en el crudo contenido de sus memorias literarias, la tertuliana aclaró que ha preferido omitir la violencia más explícita o gráfica, centrándose especialmente en relatar el agobiante miedo psicológico que gobernaba su rutina de manera asfixiante. “Precisamente en el libro hay episodios que cuento. No entro en el libro a contar episodios de exactamente sangre. Hay muchos episodios contados en el libro”, especificó.
Como muestra representativa de esa enfermiza dinámica de sometimiento, narró un castigo totalmente desproporcionado que tuvo que sufrir por un simple y cotidiano descuido material. “Por haber perdido la llave del coche, dormía en el coche. Y te tienes que saltar el coche, porque además no solo tienes que intentar protegerte tú, es que ya ni te proteges”, reveló.
Analizando ese terrible suceso desde la madurez y la estabilidad actual, Raquel Bollo evidencia lo sumamente distorsionada que estaba su realidad cotidiana: “Yo ahora pienso, digo, que yo por perder una llave me tenga que quedar en un coche y que la vergüenza mía sea que no me vea nadie en ese coche, cuando realmente la vergüenza le tendría que dar a otra persona, no a mí”.



