3 alimentos que estás guardando mal con este calor

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Con el termómetro disparado, la tentación de meterlo todo en la nevera es casi automática. Pero el frío no es sinónimo de conservación: muchos alimentos empeoran o se estropean antes si los guardamos mal. Esta lista recoge los errores más habituales que cometemos en la cocina cuando aprieta el calor, esos gestos que creemos correctos y que, sin embargo, aceleran la pérdida de sabor, textura o incluso durabilidad. Cada entrada explica qué ocurre y dónde debe ir realmente cada alimento, para que el calor no haga de las suyas. El criterio no es la tradición, sino lo que dice la física y la química de cada producto.

La selección no sigue un orden de importancia, sino que agrupa productos de uso diario que sufren especialmente con las altas temperaturas. La base es la conservación práctica, para separar los mitos de las evidencias: no todo lo que parece lógico es correcto. La nevera no siempre es la solución: algunos alimentos empeoran dentro de ella. El objetivo es que aproveches mejor la despensa, la nevera y la encimera, y que evites tirar comida que podías haber conservado en perfectas condiciones. Y no se trata de normas rígidas, sino de sentido común aplicado a la cocina, porque con el calor cada decisión de almacenaje cuenta.

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Los huevos no van en la puerta de la nevera

orange and white egg on stainless steel rack
Foto de Олег Мороз en Unsplash

Que la nevera traiga una huevera moldeada en la puerta no es una recomendación de los expertos, sino un diseño heredado. Esa zona es la más cálida del frigorífico y, sobre todo, la que más oscila: cada apertura y cierre somete a los huevos a un vaivén térmico que se agrava en verano, cuando el aire caliente de la cocina entra con más facilidad. El huevo es un producto poroso y perecedero que exige frío estable, y tanto la Organización Internacional del Huevo como el Instituto de Estudios del Huevo aconsejan dejarlo en las baldas centrales, dentro de su cartón original. Allí la temperatura se mantiene más constante y la cáscara queda además protegida de golpes y de los olores de otros alimentos. Con el calor, ese gesto de guardarlos en el sitio correcto importa más que nunca, porque un huevo que va y viene de temperatura envejece a un ritmo que no se ve a simple vista.

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Las consecuencias de ese tira y afloja térmico no son cosméticas. Con cada subida de temperatura, el huevo pierde agua y dióxido de carbono por los poros de la cáscara: la clara se vuelve acuosa, la yema se aplana, la cámara de aire crece y la frescura cae. Un estudio brasileño que comparó huevos guardados durante ocho semanas en la puerta y en las baldas internas midió una calidad interior inferior en los primeros, precisamente por las oscilaciones del "abrir y cerrar". Además, los cambios de temperatura favorecen la condensación en la cáscara, y esa humedad es una vía de entrada para microorganismos como la salmonela, que se multiplica con rapidez cerca de los 30 ºC. En plena ola de calor, el margen de error se reduce: el huevo que sufre vaivenes térmicos no solo se estropea antes, también aumenta el riesgo de toxiinfección en tortillas poco cuajadas o mayonesas caseras.

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