Quien empuje hoy un carro por el pasillo de frutería de cualquier supermercado español tiene una alta probabilidad de llevarse a casa un producto de Marruecos: una proporción de los tomates, los pimientos, los arándanos o las judías verdes que se exhiben en el lineal ha cruzado el Estrecho antes de llegar a la balanza. Tanto es así que, en pleno 2026, la situación se ha convertido en una de las más comentadas del campo español, y los datos oficiales respaldan esa percepción con una contundencia que ya nadie discute en el sector.
Según la Federación Española de Asociaciones de Productores Exportadores de Frutas y Hortalizas (FEPEX), entidad que procesa mensualmente los datos del Departamento de Aduanas e Impuestos Especiales, las compras españolas a Marruecos mantuvieron durante 2025 un ritmo de crecimiento sostenido y, en algunos meses, espectacular. Por ejemplo, de enero a agosto del año pasado, la importación de frutas y hortalizas frescas marroquíes alcanzó las 416.559 toneladas, un 34 % más que en el mismo periodo de 2024, con un valor de 952,6 millones de euros, también un 34 % superior.
Las cifras convierten a Marruecos en el primer proveedor del mercado español en términos de valor, por delante de potencias como Francia o Países Bajos, y representa ya más de un cuarto de toda la importación hortofrutícola que recibe España.
El fenómeno no es puntual ni reciente, aunque se haya acelerado en los últimos ejercicios. En un horizonte de cinco años, las compras a Marruecos han crecido un 8 % en volumen y un 58 % en valor, según los mismos datos de FEPEX, lo que indica que España no solo compra más cantidad, sino que paga más por cada partida, en parte por la subida generalizada de precios agrícolas y en parte por el desplazamiento hacia productos de mayor valor añadido, como los frutos rojos.
El primer cuatrimestre de 2025 fue especialmente significativo: las importaciones desde el país magrebí sumaron 672 millones de euros, un 28 % más que un año antes, lo que situó a Marruecos como el proveedor que más creció de toda la cesta de importación española, que en ese periodo ascendió a 2.006 millones de euros.

Y, en concreto, el producto que mejor resume esta transformación es el tomate, porque la exportación española de esta hortaliza a la Unión Europea ha caído un 25 % en una década, pasando de 786.599 toneladas en 2014 a 591.098 toneladas en 2024, mientras que las importaciones españolas de tomate marroquí han crecido un 269 % en el mismo periodo, de 18.045 a 66.624 toneladas. España, además, es el principal comprador de tomate marroquí del mundo, con el 25,1% de las exportaciones del país africano en 2024, por delante de Francia, Reino Unido, Alemania e Italia.
El precio de la mano de obra en Marruecos, el factor decisivo
Si hay un elemento que explica por qué la fruta y la verdura marroquí ha ganado terreno en los lineales españoles, ese es el coste laboral. Raúl Cardaba es un frutero que ha analizado esta cuestión en el podcast La Escalera Roja, desglosándola con un ejemplo muy gráfico sobre las judías verdes.
En España, solo la mano de obra necesaria para recoger un kilo de esta hortaliza ya cuesta cuatro euros, a lo que hay que sumar después el trabajo de envasado, el transporte y los márgenes del agricultor, del asentador de Mercamadrid y del propio frutero, lo que puede llevar el precio final a diez euros por kilo en algunas tiendas. En Marruecos, según detalló, ese mismo coste de recolección se reduce a apenas un euro.
Cardaba es claro al señalar que esta brecha no se produce con otros socios comerciales europeos. "En realidad, eso solo pasa con Marruecos", afirma, reivindicando la posición de España en el mapa agrícola continental al recordar que el país ocupa el cuarto puesto entre los grandes productores europeos de frutas y hortalizas.
El coste en España para recoger un kilo de judías verdes puede llegar a 10 euros, mientras que en Marruecos es de apenas 1
El frutero no niega que el producto marroquí sea, en algunos casos, de menor calidad, como ocurre con las propias judías verdes, que según describió resultan más duras y con menos sabor que las españolas porque, dijo, "tienen que hervir más". Pero reconoció con honestidad un comportamiento muy extendido entre los consumidores: cuando la economía doméstica aprieta, el precio gana a la procedencia. "Yo también tiraría por el barato, no por el español, si no tengo dinero", admitió, aunque advirtió de que esa dinámica de compra termina perjudicando a la agricultura nacional a medio plazo.

La solución que plantea el sector pasa, según este frutero, por exigir a los productos importados los mismos controles que deben superar los españoles antes de llegar a la balanza, de forma que la competencia se libre en condiciones más equiparables.
Otros profesionales del gremio coinciden en ese diagnóstico. Un frutero conocido en redes como @fruterodelbarrio explicó en un vídeo que, en el caso de las vainas, alrededor del 90 % de las que se venden en España son de importación marroquí y solo un 10 % de producción nacional, con un diferencial de precio que oscila entre los 5 o 6 euros por kilo del producto español y los 2 o 3 euros del marroquí. Este mismo frutero subrayó que, pese a entender las preferencias económicas de sus clientes, sigue defendiendo el consumo local porque considera que aporta más calidad y sostiene una economía más sostenible.
Las cifras oficiales también apuntan en la dirección de que el coste estructural del trabajo agrícola pesa más que cualquier otra variable. FEPEX insiste en que el crecimiento constante de las importaciones desde Marruecos está impulsado por unas condiciones de competencia desiguales para el sector español, ya que la producción marroquí no está sometida a las mismas exigencias fitosanitarias, laborales y medioambientales que se aplican dentro de la Unión Europea.
Esta federación también atribuye buena parte del fenómeno a la aplicación, según denuncia, ineficaz del Acuerdo de Asociación que la UE firmó con Marruecos en 2012, un pacto que redujo de forma progresiva los aranceles agrícolas y pesqueros entre ambas partes y que, dos décadas después, sigue siendo el marco que regula este comercio bilateral.
A ese telón de fondo se suma una apuesta estratégica del propio reino alauita. El Plan Marruecos Verde, en marcha desde 2008 y reforzado con una revisión integral a partir de 2020, ha impulsado una potente expansión de invernaderos en la región de Souss, cerca de Agadir, al borde del desierto del Sáhara, junto con mejoras en la gestión del agua y en los salarios agrícolas.
El resultado ha sido un crecimiento de las exportaciones marroquíes de frutas y hortalizas del 63 % en valor desde 2019, según datos recopilados por analistas del sector, y un salto del valor total exportado por Marruecos de 625 a 3.772 millones de euros en los últimos veinte años, conforme al análisis del consultor hortofrutícola internacional Paco Borrás, que recurre a datos de la FAO y de ITC Trade Map para documentar esta transformación.
La Unión Europea, por su parte, también ha contribuido con el plan Terre Verte, una iniciativa dotada con 115 millones de euros destinada a reforzar la cadena de valor agrícola marroquí como garantía de suministro alimentario en un contexto marcado por la guerra en Ucrania.
Los bulos y la realidad de los controles sanitarios de fruta y hortalizas
El crecimiento de estas importaciones ha ido acompañado de un intenso ruido informativo en redes sociales, donde conviven denuncias legítimas con desinformación que distorsiona el debate. Uno de los bulos más persistentes asegura que los productos con un código de barras que empieza por 611 proceden de Marruecos y que, por algún supuesto pacto bilateral, quedarían eximidos de pasar controles sanitarios al entrar en España.
Esta afirmación es falsa en sus dos partes. El prefijo 611 no indica el país de origen del producto, sino únicamente que la empresa fabricante está adherida al sistema de codificación de GS1 Marruecos, una entidad que regula estándares de códigos de barras a nivel mundial y a la que pueden adherirse compañías de cualquier nacionalidad. De hecho, una empresa española que comercializa judías procedentes de Marruecos puede perfectamente llevar un código que empiece por 84, el prefijo asignado a España.

En cuanto a los controles, el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación ha negado de forma expresa la existencia de cualquier acuerdo que exima a los productos marroquíes de las inspecciones fronterizas, y ha precisado que todos los alimentos que entran en la Unión Europea desde terceros países están sometidos a controles documentales, de identidad y físicos, que pueden incluir desde una inspección visual hasta la toma de muestras para análisis de laboratorio.
La Comisión Europea ha confirmado en la misma línea que cualquier producto comercializado en la UE, sea nacional o importado, debe cumplir la normativa sanitaria y fitosanitaria comunitaria, y que la política aduanera y comercial es competencia exclusiva de Bruselas, de modo que España no puede modificar unilateralmente la regulación de estas importaciones aunque quisiera. La propia Unión Europea realiza auditorías periódicas en Marruecos para verificar que se respeta esa legislación.
Pese a todas estas tensiones, lo que está claro es que el sector agroalimentario español no atraviesa, ni mucho menos, un mal momento general. España se mantiene como la octava potencia mundial en exportaciones agrícolas, con una cuota del 3,2 % del comercio global, y en 2024 se convirtió en el mayor exportador de frutas y hortalizas de toda la Unión Europea, con 12,3 millones de toneladas vendidas fuera de sus fronteras.
El propio Raúl Cardaba resumió ese contraste con una frase que define bien el sentimiento del gremio: "España es la huerta de Europa", afirma, sobre un sector que crece en sus ventas exteriores al mismo tiempo que pierde cuota dentro de sus propios mercados frente a un vecino cuya pujanza agrícola parece haber llegado para quedarse.



