Al anochecer del 22 de septiembre de 2019, cientos de personas se congregaron en los Alpes suizos vestidas de luto riguroso. No enterraban a una persona, sino a un glaciar. El glaciar Pizol, una masa de hielo que había coronado esas montañas durante siete siglos, agonizaba reducido a unos pocos fragmentos dispersos. Un sacerdote ofició un funeral simbólico mientras los asistentes depositaban flores y los investigadores Matthias Huss y su equipo documentaban la ceremonia. Aquel acto —mitad protesta, mitad duelo— se convirtió en uno de los emblemas más potentes de la crisis climática. Y lo que entonces parecía un punto de inflexión era solo el preludio de una extinción mucho más masiva.
Huss, glaciólogo de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich (ETH Zúrich), no acudió al funeral como mero espectador: llevaba años estudiando la desaparición de glaciares y sabía que Pizol sería el primero de una larguísima lista. Ahora, junto a un equipo internacional de científicos, ha puesto cifras al futuro inmediato de estas masas de hielo. Un estudio publicado en diciembre de 2025 en la revista Nature Climate Change estima que, si la humanidad mantiene su actual trayectoria de emisiones, a mediados de este siglo se alcanzará un pico de extinción de hasta 4.000 glaciares al año. La cifra equivale a perder, en solo doce meses, todos los glaciares de los Alpes europeos juntos.
La investigación, liderada por Huss y el glaciólogo Harry Zekollari de la Universidad Libre de Bruselas, desplaza el foco de la pérdida de masa de hielo al número de glaciares que desaparecen íntegramente. «El cambio climatico no solo genera el derretimiento del hielo, sino que conduce a la extinción completa de muchos glaciares», afirma Huss. Este matiz convierte lo abstracto en un mapa de pérdidas concretas: ya no se trata de que los glaciares mengüen; se trata de que dejarán de existir.
El pico de extinción glaciar

Para determinar cuándo cada glaciar se convertiría en una reliquia, los científicos partieron de una base de datos mundial que cataloga más de 200.000 glaciares. Modelaron su evolución bajo distintos escenarios de calentamiento y fijaron un umbral objetivo: un glaciar se considera extinto cuando su superficie se reduce por debajo de 0,01 kilómetros cuadrados o cuando pierde más del 99 % del volumen que tenía en el año 2000. Este criterio tan estricto permite separar el retroceso del colapso total.
Los resultados dibujan un calendario que depende directamente de la cantidad de dióxido de carbono que la atmósfera siga acumulando. En el escenario más benigno, con un calentamiento limitado a 1,5 °C respecto a la era preindustrial —una meta que hoy parece cada vez más lejana—, el pico de extinción llegaría hacia 2041 y se situaría en torno a los 2.000 glaciares desaparecidos cada año. En el peor de los casos, con un aumento de 4 °C, la fecha se desplaza a mediados de la década de 2050 y la cifra se duplica: hasta 4.000 glaciares anuales. Con los compromisos climáticos actuales, que sitúan al planeta en una trayectoria de unos 2,7 °C, el mundo perdería aproximadamente 3.000 glaciares al año entre 2040 y 2060, un ritmo que supone entre tres y cinco veces más que la tasa de extinción actual.
«No solo hablamos de que el hielo se esté derritiendo; hablamos de que glaciares completos desaparecerán y la tendencia se acelera», subraya Eric Rignot, profesor de Ciencias del Sistema Terrestre en la Universidad de California en Irvine, que no participó en el estudio. «Es un punto sin retorno —añade—, porque reformar un glaciar llevaría décadas, si no siglos».
Los pequeños, los primeros en desaparecer
La geografía de la extinción no es homogénea. Los glaciares más pequeños, aquellos que apenas superan unos cientos de metros de longitud, serán las primeras víctimas. En los Alpes europeos, donde abundan estas masas de hielo modestas, se espera que más de la mitad de los glaciares desaparezcan en las próximas dos décadas. La fecha del pico de extinción se adelanta a alrededor de 2040, y algunas zonas, como el macizo de Pizol, ya han experimentado una deglaciación casi total. El fenómeno se repite en partes de los Andes sudamericanos y en el norte de Asia: regiones salpicadas de glaciares de valle que, al no tener capacidad de regeneración, sucumbirán a un calentamiento para el que no están adaptados.

La desaparición de estos glaciares pequeños tiene consecuencias desproporcionadas. Muchos de ellos alimentan cuencas hidrográficas de las que dependen comunidades enteras. Cuando el glaciar se extingue, el suministro de agua de deshielo se corta de golpe, y con él se pone en peligro la agricultura, la ganadería y el consumo humano de decenas de miles de personas. Los científicos advierten de que el impacto hidrológico será especialmente grave en la cordillera del Himalaya y en los Andes tropicales, donde los glaciares actúan como embalses naturales en estaciones secas.
Groenlandia y el Ártico: un respiro temporal
Frente a esta prisa por extinguirse, los grandes casquetes de hielo de Groenlandia y el Ártico ruso mostrarán una mayor resistencia. Su enorme masa les permite amortiguar durante más tiempo el calor adicional, y el pico de extinción se retrasará hasta más adelante en este siglo. Sin embargo, los autores previenen contra la falsa sensación de seguridad: aunque estos glaciares tardarán más en desaparecer, el proceso de pérdida de hielo continúa acelerándose. Rignot lo resume con crudeza: «No estamos hablando de que unos pocos glaciares se queden pequeños; estamos hablando de una pérdida casi total a finales de siglo si no reducimos las emisiones».
De hecho, las proyecciones para 2100 son demoledoras. Con un calentamiento de 2,7 °C, solo el 20 % de los glaciares actuales sobrevivirán. Si el termómetro sube 4 °C, el mundo se enfrentará a una pérdida casi completa de estas masas de hielo. Incluso en el escenario más optimista de 1,5 °C, la mitad de los glaciares habrán desaparecido para finales de siglo. Esas cifras no solo reflejan una amputación del paisaje, sino también la liquidación de archivos climáticos de miles de años congelados en el hielo.
Un hilo de agua, un lienzo de turistas
Más allá de los números, los glaciares encarnan una red de relaciones humanas que a menudo pasa desapercibida. Son, ante todo, reservas estratégicas de agua dulce: proporcionan caudales estables de deshielo que riegan cultivos, llenan embalses y abastecen a millones de personas. En regiones como el Himalaya, los Andes y los Alpes, la desaparición de un solo glaciar puede desencadenar crisis hídricas y conflictos por el recurso.
Pero también son anclas económicas. Cada año, millones de turistas viajan expresamente para contemplar el azul eléctrico del hielo, caminar sobre lenguas glaciares o esquiar en estaciones de alta montaña. La industria del turismo de nieve, que mueve miles de millones de euros, depende de la permanencia de estas masas. Cuando el glaciar se retira, los remontes se quedan sin sentido y los pueblos de montaña ven menguar sus visitantes. Los gestores de estaciones ya recurren a mantas térmicas para frenar la fusión estival, una medida que refleja la desesperación por conservar lo que se escapa.

Iconos de un planeta que cambia
El valor cultural de los glaciares trasciende lo material. En numerosas comunidades, el hielo eterno está tejido en mitos fundacionales, rituales y fiestas. Los pueblos andinos veneran a los apus, espíritus de las montañas, y consideran que la desaparición del hielo equivale al abandono de una deidad. Para los habitantes de los Alpes, cada glaciar con nombre propio —Pizol, Morteratsch, Upsala— es un vecino centenario que se apaga. La serie de funerales simbólicos que comenzó con Pizol se ha repetido en Islandia, Canadá y otros puntos del planeta, y cada uno de ellos es un epitafio común.
«Son auténticos iconos del cambio climático», afirma Zekollari. «Si te acercas a alguien por la calle y le hablas de que las temperaturas han subido dos grados, le cuesta mucho imaginárselo, pero los glaciares son muy visuales». Y es precisamente esa visibilidad la que convierte su pérdida en un relato que va más allá de los datos: es la imagen de un paisaje que se borra ante nuestros ojos.
La ciencia tras el recuento
Contar glaciares no es tan sencillo como enumerar montañas. Durante décadas, los glaciólogos han debatido cuándo una masa de hielo deja de ser un glaciar y pasa a ser un simple nevero o un campo de nieve residual. El umbral elegido por Huss y Zekollari —0,01 km² o menos del 1 % del volumen original— es deliberadamente restrictivo, pero responde a la necesidad de ofrecer una métrica comparable a escala planetaria. Aun así, los inventarios globales arrastran incertidumbres: muchos glaciares pequeños están recubiertos de escombros y son difíciles de detectar por satélite, y definir qué es un glaciar en regiones con acumulaciones de nieve perenne ha sido históricamente un quebradero de cabeza.
El nuevo estudio no resuelve todas estas limitaciones, pero sí ofrece la primera estimación sólida de cuándo y dónde se alcanzará el clímax de extinciones. Al acoplar modelos climáticos con la base de datos Randolph Glacier Inventory, los autores pudieron trazar la trayectoria de cada uno de los más de 200.000 glaciares identificados. El resultado es un atlas de pérdidas que servirá tanto para planificar la adaptación hídrica como para calibrar la urgencia de las políticas de mitigación.
Duelos que no cesan
Desde aquel funeral de 2019, el glaciar Pizol ha seguido fragmentándose. Las excursiones que antes culminaban sobre hielo ahora recorren pedreras. Matthias Huss, que participó en aquel acto, reconoce que la ciencia no basta para metabolizar el duelo. «Cuando ves desaparecer un glaciar que conocías desde niño —comentó en una entrevista—, sientes que pierdes una parte de tu paisaje, de tu memoria». Esa dimensión emocional empuja a glaciólogos, políticos y ciudadanos a poner nombre a lo que se va, a despedirlo con ceremonia.
Pero por cada funeral, hay miles de glaciares sin nombre que se derriten en silencio. Lo que el estudio de Nature Climate Change ilumina es la escala titánica de la pérdida: un goteo continuo que, en apenas dos décadas, se convertirá en un aluvión. La elección de qué mundo queremos habitar —con la mitad de los glaciares o con solo una quinta parte— se juega en las decisiones que las sociedades tomen ahora.
Los científicos son claros: los glaciares no volverán. Su ritmo de formación necesita siglos de clima estable que ya no existen, y cada grado adicional de calentamiento sella el destino de decenas de miles de masas de hielo. La pregunta que sobrevuela los datos no es cuántos glaciares perderemos, sino cuántos estamos dispuestos a dejar morir.



