Catástrofes naturales: el pulso de energía que forjó dioses y mitos

El vulcanismo retrocede y la corteza se enfría desde hace 4.500 millones de años: es la etapa energéticamente más calmada del planeta. La especie humana se ha asentado en cada llanura aluvial y en cada ladera de volcán: ahí sigue el margen de lo evitable.

Ninguna generación humana ha vivido una etapa tan tranquila del planeta. La corteza terrestre lleva miles de millones de años enfriándose, el vulcanismo retrocede, los océanos amortiguan el calor y la atmósfera que un día fue un horno se ha convertido en un edificio estable. Medida en energía liberada por unidad de tiempo, la Tierra del presente es la más silenciosa de su historia.

La paradoja es que el número de víctimas no ha bajado al mismo ritmo. No porque el planeta se haya vuelto más violento, sino porque hay más cuerpos donde golpee: la especie humana se ha asentado en cada llanura aluvial, en cada ladera de volcán, en cada delta que el agua reclama cada cierto número de décadas.

De ahí nace una distinción que ordena todo el conocimiento del riesgo. En una catástrofe natural conviven dos cosas distintas. Una es la descarga de energía, gobernada por las leyes de la física y ajena a cualquier negociación. La otra es la ruptura de los equilibrios de la biosfera, y esa sí admite margen. La primera no se puede detener; la segunda, en buena parte, sí.

Publicidad

La historia de esa distinción, y de lo que hemos hecho con ella, es también la historia de los dioses.

La energía que se concentra

La Tierra funciona como una bomba de calor que utiliza el agua, líquida y en vapor, como transmisor. El motor está en el ecuador y el sumidero en los polos; entre ambos circula la mayor parte de la energía que afecta a los seres vivos. Por eso el grueso de los desastres asociados a ese mecanismo adopta dos formas casi opuestas: descargas enormes de agua o sequías que se enquistan durante años.

Hay una segunda fuente, y no está en la atmósfera sino debajo. El planeta es una estructura no consolidada: la parte habitable es una corteza finísima que descansa sobre un interior en movimiento permanente, donde se almacenan calor y energía en órdenes de magnitud difíciles de imaginar. Ese interior se descarga por tres vías: el vulcanismo, los seísmos y la tectónica de placas.

De la confluencia de ambas fuentes sale una definición operativa. Hay catástrofe natural cuando una cantidad enorme de energía se concentra a la vez en el espacio y en el tiempo y desborda los niveles de tolerancia de los seres vivos sometidos al evento. Los tres elementos cuentan; sin concentración no hay catástrofe.

Conviene separar los dos términos, porque la lengua los confunde a menudo. La catástrofe es el acontecimiento físico; el desastre es lo que ocurre después entre las poblaciones humanas. Un seísmo en mitad del océano es una catástrofe sin desastre. Un edificio mal cimentado que se derrumba con el mismo temblor convierte la catástrofe en desastre, y ahí la responsabilidad ya no es geológica.

La elevación de una cordillera moviliza energías comparables a las de un gran terremoto, pero repartidas a lo largo de decenas de millones de años. Nadie la llama desastre. El seísmo que dura cuarenta segundos y arrasa una ciudad, sí. La variable decisiva no es la cantidad de energía, sino su densidad temporal.

Ese reparto explica por qué la parte física se puede anticipar pero no evitar. Los procesos que liberan energía natural obedecen a leyes conocidas, de modo que su magnitud y su frecuencia admiten modelos; lo que no admite discusión es que, a esas escalas, ninguna intervención humana impide que la energía se libere. Donde cabe actuar es en el otro extremo de la cadena: en los ecosistemas y en los asentamientos que van a recibir el golpe.

Publicidad

El detalle importa para el debate público. Cuando se discute si un fenómeno es natural o provocado se mezclan dos preguntas distintas: de dónde sale la energía y por qué hay gente en su camino. La primera rara vez tiene respuesta humana; la segunda casi siempre la tiene.

El planeta más tranquilo de su historia

Durante los primeros tramos de su existencia, la Tierra fue un lugar donde las irrupciones de energía eran la norma y no la excepción. A medida que la corteza se enfrió, esos acontecimientos se fueron espaciando hasta llegar al presente. Después de unos 4.500 millones de años de historia, el balance es inequívoco: el periodo que nos ha tocado es el más calmado energéticamente que ha conocido el planeta.

La atmósfera nació de uno de esos episodios. Hace unos 3.700 millones de años, los gases procedentes de la actividad volcánica quedaron retenidos junto a la Tierra por la gravedad, que conservó los más pesados y cálidos y dejó escapar el hidrógeno y el helio. Cien millones de años de lluvia incesante formaron los océanos y enfriaron aún más el planeta. Solo entonces, con un efecto invernadero miles de veces superior al de la atmósfera que respiramos, se abrió la ventana para la vida.

La vida, una vez instalada, se convirtió en agente geológico. La fotosíntesis liberó oxígeno como residuo, y ese residuo acabó construyendo el ozono estratosférico, un escudo contra la radiación. Después, los organismos marinos capturaron cantidades inmensas de CO2 atmosférico y lo depositaron en los fondos en forma de carbonatos. El invernadero primitivo fue apagándose por obra de los seres vivos que lo habitaban.

A la vez, la litosfera no ha dejado de moverse. Los continentes derivan sobre la masa magmática interna, se separan, chocan y vuelven a juntarse. Hace unos 250 millones de años, las tierras emergidas se reunieron en una sola masa a la que se ha dado el nombre de Pangea; desde entonces se han vuelto a dispersar, y ese desplazamiento sigue produciendo grandes seísmos y levantando cordilleras.

El enfriamiento tampoco fue un proceso ordenado. Alternó tramos de estabilidad con crisis breves, y cada crisis reordenó el reparto de las especies. La historia natural se parece menos a una línea que a una sucesión de escalones: largos periodos de calma y saltos bruscos en los que cambia el paisaje y, con él, la lista de los supervivientes.

Nada de eso ocurrió en un planeta benévolo. La vida se consolidó entre episodios que hoy resultarían terminales para cualquier especie grande: impactos, erupciones y extinciones en masa. Cada uno de esos pulsos dejó un rastro en las rocas y una lección en el árbol de las especies. El presente apacible es el resultado de una larga serie de catástrofes, no su contrario.

Sobre ese fondo lento se han superpuesto los golpes que llegan de fuera. Hace unos 65 millones de años, un asteroide incorporó de golpe su masa y su energía a las del planeta y desencadenó una catástrofe que, de no haber borrado a la mayor parte de los dinosaurios, resultaría casi irreconocible en el registro geológico. La vida no ha estado nunca al margen de esos pulsos: se abrió paso entre ellos.

Los fenómenos que suelen agruparse bajo la etiqueta del calentamiento —la desertización, las sequías prolongadas que arruinan cosechas, la regresión de los glaciares, los aludes de primavera— pertenecen a ese mismo mecanismo de bomba de calor. Su interés, en una historia tan larga, no está en su novedad sino en su escala: son ajustes de un sistema que lleva millones de años redistribuyendo agua y temperatura, y que ahora encuentra a miles de millones de personas instaladas justo en las zonas donde se produce el ajuste.

Publicidad
pulsos de energía de la Tierra

La extinción como motor

Las cifras sirven para ordenar la escala. De todas las especies que han habitado la Tierra, apenas el 1% sigue viva: de cada cien formas de vida que han existido, noventa y nueve han desaparecido, y muchas lo hicieron en episodios breves y violentos. La extinción no es una anomalía del sistema; es una de sus condiciones intrínsecas.

Una hipótesis sin confirmar propone que esos episodios se agrupan en ciclos de unos 25 millones de años, y atribuye la regularidad al acercamiento de una estrella gemela del Sol a la que sus defensores bautizaron como Némesis, la divinidad griega del castigo. La propuesta sigue en el terreno de la conjetura. Lo que no es conjetura es el patrón de fondo: la vida avanza a saltos.

Los saltos tienen un mecanismo reconocible. Cuando un ecosistema estable se rompe, las especies dominantes, las más adaptadas al orden anterior, pierden su ventaja, y las que ocupaban un lugar secundario heredan el espacio disponible. La catástrofe actúa así como un acelerador de la selección natural. Hay algo incómodo en la idea: como si la vida necesitara el desastre para progresar.

La catástrofe ambiental, mirada desde la biología, es una discontinuidad en la evolución natural, un corte en el que los mecanismos de selección se hacen visibles porque operan de golpe. Lo que en tiempos ordinarios tarda cientos de miles de años en decidirse se resuelve en unas semanas: quién resiste, quién huye, quién desaparece.

La escala desconcierta. El impacto de hace 65 millones de años liberó en muy poco tiempo una energía que la tectónica tarda millones de años en acumular. No hay proporción entre la causa y el efecto: un objeto de unos pocos kilómetros de diámetro bastó para cambiar el clima de un planeta entero y cerrar una era geológica.

De ahí se extrae una consecuencia práctica que suele pasarse por alto. Si los equilibrios se rompen periódicamente, la adaptación al entorno cambiante deja de ser una virtud secundaria y se convierte en la principal estrategia de supervivencia a medio y largo plazo. No es una cuestión de resistencia, sino de inteligencia: leer el terreno y mover las reglas de conducta antes de que el terreno las mueva por su cuenta.

No hay catástrofe sin dos ingredientes: una dosis de energía desmedida y un sistema vivo demasiado frágil para absorberla.

Cuando el volcán tuvo nombre de dios

Los primeros seres humanos no inventaron nada nuevo cuando aprendieron a convivir con esas fuerzas; aplicaron la misma ley que el resto de la biosfera. Conocían el ambiente y los ritmos naturales en los que vivían, y ajustaban a ellos sus normas de conducta. La diferencia es que añadieron un paso intermedio: elevaron las fuerzas de la naturaleza al rango de dioses.

No fue una operación estética. Convertir el rayo, la crecida o el temblor en divinidad aseguraba una actitud de respeto y, con ella, una mayor supervivencia. Buscaban la forma de convivir con esos fenómenos y procuraban evitar las acciones que pudieran desatar su ira. Cuando no encontraban explicación, fabricaban una leyenda que mantuviera en la memoria colectiva la necesidad de adaptar las pautas de comportamiento a una presencia ocasional pero segura.

La mitología funcionaba, en ese sentido, como un archivo de riesgo. Un relato que se canta en cada generación es más difícil de perder que una advertencia técnica, y sobrevive a quien lo formuló. Buena parte de los dioses de la Tierra son, leídos en clave geológica, instrucciones de uso.

Thera, la isla del Egeo conocida también como Santorini, ofrece el caso más citado. Su gran erupción, hacia el siglo XVII a. C., se ha relacionado con el derrumbamiento de la civilización minoica. La ceniza y el hundimiento de una porción de territorio convirtieron un acontecimiento físico en un archivo cultural: la isla que se deshace y el pueblo que se hunde dejaron de pertenecer solo a la geología.

Hay una consecuencia secundaria que ilumina el problema de fondo. Si el mito era un instrumento de adaptación, su desaparición no elimina la necesidad que lo produjo; solo la desplaza. Las sociedades que ya no rezan al volcán siguen necesitando un relato que mantenga viva la memoria del último desastre, y hoy ese relato lo fabrican los archivos, las normas de edificación y los planes de emergencia, que se leen bastante menos que una leyenda.

El mecanismo tiene un nombre contemporáneo: gestión del riesgo. Cambia el vocabulario, no la función. Lo que el mito hacía con imágenes, el mapa de peligrosidad lo hace con curvas; ambos intentan que una comunidad recuerde, sin haberlo visto, dónde no debe ponerse.

pulsos de energía de la Tierra

El refugio elegido en la ladera

La arqueología del País Vasco conserva la huella material de esa lectura del terreno. En cuevas como Santimamiñe, Amalda, Ekain y Galdames, las ocupaciones prehistóricas se sitúan en las laderas de los montes, apartadas de los cauces de los ríos y de las ensenadas marinas. La elección no responde solo a la comodidad: separa al grupo de las riadas, de los desbordamientos y de las inundaciones.

Leída así, la cueva deja de ser un refugio casual y se convierte en una decisión hidrológica. Quien escoge la ladera está descontando la crecida; quien evita la ensenada está descontando la mar. Ese conocimiento se transmitió durante milenios sin mapas, sin escalas y sin instrumentos de medición, con la memoria de quienes habían visto subir el agua hasta donde no debía llegar.

El saber no era infalible y no protegía de todo: una erupción o un gran seísmo desbordan cualquier previsión. Servía, en cambio, para lo más frecuente, que es también lo que más gente mata. La diferencia entre aquellos grupos y las sociedades industriales no está en la inteligencia del cálculo, sino en el lugar donde se deposita la confianza.

La memoria del agua suele sobrevivir a la generación que la sufrió; no siempre sobrevive a la presión por ocupar suelo junto al cauce. Ese es el punto exacto donde una cultura del riesgo se gana o se pierde, y rara vez se decide en un despacho: se decide en el precio del suelo y en la prisa de quien necesita una casa.

El precio de la técnica

La civilización tecnológica rompió esa continuidad. El hombre contemporáneo cree más en la técnica que en los antiguos dioses, y esa confianza adopta dos formas. La primera ignora las fuerzas naturales; la segunda se siente a salvo de ellas por el simple hecho de disponer de instrumentos. Ambas conducen al mismo punto: tarde o temprano, la factura llega y se paga cara.

El problema no es la técnica, sino el tipo de protección que ofrece. Un dique contiene una crecida ordinaria y, al mismo tiempo, invita a ocupar la llanura que la crecida extraordinaria reclamará algún día. Un sistema de alerta gana minutos, y esos minutos se traducen en vidas, pero no detienen la energía ni discuten su magnitud.

El programa tiene un nombre antiguo. La tecnología promete exactamente lo que prometían los dioses: proteger del rayo, contener la crecida, aplacar el temblor. La diferencia es que ahora la promesa se firma con cálculos y no con rituales, y que su incumplimiento se puede medir en víctimas. Cuando el dique cede, no falla una divinidad: falla un expediente.

De ahí se sigue un reparto de tareas que la propia física impone. La predicción corresponde al modelo: la magnitud de un evento y su probabilidad pueden estimarse con márgenes que se estrechan década a década. La prevención corresponde al territorio: dónde se construye, cómo se construye y cuánto se tarda en salir. Entre ambos extremos queda una ventana estrecha, y es la única donde el daño se puede reducir de verdad.

El resto es aceptar una asimetría difícil de digerir. La historia natural dice que las catástrofes van a menos; la historia humana dice que las pérdidas van a más, porque hay más gente y más infraestructura en el sitio equivocado. La biosfera lleva cuatro mil quinientos millones de años aprendiendo a encajar los golpes; la especie que la habita lleva mucho menos y todavía discute si hace falta hacerlo.

pulsos de energía de la Tierra

El Mediterráneo que se cierra

La tectónica de placas permite asomarse al futuro con más nitidez que cualquier otro capítulo de la geología. Los continentes van a seguir moviéndose: el Mediterráneo terminará cerrándose y Australia se fusionará con el Extremo Oriente. No es una predicción de calendario, sino una dirección, y basta para recordar que el mapa es la fotografía de un proceso.

Después, la energía se irá apagando. La actividad volcánica desaparecerá paulatinamente y, sin volcanismo, el planeta se enfriará hasta detener el motor que desplaza las placas. Sin placas no habrá seísmos ni cordilleras, ni el ciclo que renueva la corteza. Dentro de unos 4.500 millones de años, el océano podría cubrir la Tierra. La vida ya no existirá, y el destino del planeta estará ligado, más que nunca, al del Sol.

Ninguna de esas previsiones sirve para evitar nada. Sirven para lo de siempre: para saber cuánto margen queda y dónde conviene no construir. La paradoja final es que el conocimiento del futuro geológico, que es el más sólido que posee la ciencia de la Tierra, apenas altera el modo en que se ocupa el territorio en el plazo inmediato.

Entre ese final y el horno del origen cabe todo lo que hemos llamado historia. Las catástrofes fueron el escenario en el que la vida se abrió paso, después el material con el que se fabricaron los dioses y, más tarde, el problema técnico que se intenta gestionar con modelos, normas de construcción y sistemas de alerta. Los dioses se marcharon; el calendario de la energía sigue escrito en la corteza. Lo único que cambia, generación tras generación, es quién se detiene a leerlo.