Los 12 edificios abandonados más fascinantes del mundo, en imágenes

La diseñadora de videojuegos Ikumi Nakamura reúne en «Project UrbEx» dos décadas de incursiones en fábricas, teatros y parques clausurados. Del teatro Sattler de Buffalo al osario de aviones del Mojave.

En un rincón del desierto de Mojave, en California, a la vista de una base de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, yace un caza F-101 Voodoo despedazado. El aparato entró en servicio en la década de 1950 como caza de largo alcance; su fuselaje se hunde en la arena junto a los restos de dos bombarderos B-52, y el viento que atraviesa las costillas metálicas silba con un tono que no es del todo el de un avión. «Estos restos parecían menos un avión y más una nave espacial que se estrelló», dice la diseñadora de videojuegos y fotógrafa japonesa Ikumi Nakamura, que ha estado allí tres veces y sigue pensando en volver.

Ese osario de aluminio es una de las paradas de Project UrbEx, el libro en el que Nakamura reúne dos décadas de incursiones en edificios vacíos de Europa, Asia y Estados Unidos. No es una guía de viajes al uso: es el cuaderno de alguien que ha convertido los lugares donde nadie quiere entrar —fábricas, sanatorios, parques de atracciones clausurados, pueblos a medio vaciar— en un método de trabajo y casi en una forma de mirar. Nakamura diseña videojuegos, es directora ejecutiva del estudio UNSEEN y durante años firmó sus expediciones con un alias, Tommy, y una máscara de gas para que nadie la reconociera, en un blog llamado Tomboy Urbex.

«Cápsulas del tiempo» en estado crudo

La exploración urbana, conocida por su abreviatura inglesa, Urbex, consiste en visitar edificios abandonados y en ruinas, lugares que solo un puñado de aficionados busca a propósito. Casi todos ellos fueron otra cosa: escuelas, teatros, complejos turísticos, talleres. Ahora están vacíos y la vegetación les entra por las ventanas.

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Nakamura empezó en el corazón de Osaka, en un hospital abandonado. «La emoción de colarme en el edificio, la rica historia grabada en sus paredes y la descarga de adrenalina de lo desconocido me cautivaron al instante», ha contado. Lo que encontró allí no era solo un inmueble vacío, sino una mezcla de historia y misterio que, a su juicio, ninguna atracción turística puede igualar.

«Estos lugares son cápsulas del tiempo que preservan momentos del pasado en un estado crudo y sin pulir».

Como fotógrafa, dice, encuentra belleza en la decadencia, en los grafitis y en los restos de vidas pasadas, objetos que cuentan historias que suelen pasarse por alto. Esa es la clave del libro: no hay denuncia del abandono ni nostalgia del esplendor perdido, sino una atención obstinada a lo que queda.

Dar con los lugares tampoco es trivial. Nakamura habla de una mezcla de investigación y casualidad: foros de exploración, grupos en redes sociales, mapas antiguos, corazonadas y consejos de otros exploradores. Es un saber gremial, transmitido en comunidades en línea que comparten pistas, rutas y advertencias sobre la seguridad.

Porque el Urbex es una actividad arriesgada. El acceso a los edificios es difícil, las estructuras se están cayendo a pedazos y muchas veces se levantan sobre propiedades privadas. «La posibilidad de encontrarse con guardias de seguridad, animales salvajes o incluso estructuras inestables puede ser abrumadora», admite. A eso se suma una sensación inquietante, casi embrujada: el silencio, los suelos que crujen y las sombras que le juegan malas pasadas a la cabeza forman parte del atractivo tanto como la arquitectura.

El teatro que se quedó sin su calle

El teatro Sattler, en Buffalo, al oeste del estado de Nueva York, abrió sus puertas en 1914 con 928 butacas y un interior de estilo Beaux-Arts, ese repertorio académico que la École des Beaux-Arts de París exportó a medio mundo: simetría, molduras, yeserías y una idea escenográfica de la decoración. Lo encargó John G. Sattler, magnate local de los grandes almacenes, para mayor gloria de su apellido y de su ciudad.

La historia posterior del inmueble resume buena parte del siglo XX estadounidense. En los años sesenta dejó de ser un teatro y se convirtió en una mezquita por la que pasó Malcolm X. Hacia los noventa ya estaba abandonado. Lo que sobrevive es un espacio oscuro y desproporcionado, con un tragaluz circular que sigue abriéndose en el techo y dejando caer un haz de luz sobre los restos.

Cuando Nakamura llegó, encontró el edificio «solitario en una manzana de la ciudad». Los hermosos edificios de ladrillo que habían formado la calle en la que se construyó desaparecieron hace tiempo, sustituidos por aparcamientos, almacenes y gasolineras. El teatro ya no da a ninguna calle: da a un solar.

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Ese desajuste entre el edificio y su entorno es uno de los hallazgos del libro. La ruina no está solo dentro del inmueble, está también fuera, en la trama urbana que lo sostenía y que se ha ido deshaciendo como una costura que se suelta.

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Detroit y la ciudad que hizo las maletas

Detroit es el caso extremo. La población de la que fuera capital próspera de la industria automovilística estadounidense ha disminuido de forma drástica desde 1950, hasta el punto de que la ciudad no acumula solo edificios abandonados, sino barrios enteros vacíos. A Nakamura le impresionó esa escala: «Detroit es realmente una de las ciudades más deterioradas y, a la vez, más hermosas que he visto, y uno de los pocos lugares donde casi una ciudad entera hizo las maletas y se mudó a otro lugar».

La planta de automoción Packard fabricó coches entre 1903 y 1958. Tras el cierre se convirtió en uno de los edificios abandonados más grandes del mundo: una extensión de naves, pasarelas y oficinas que se fue deteriorando durante décadas, devorada por el óxido y por el clima. En 2024 estaba previsto que el complejo fuera demolido por completo, y existían planes para levantar en el solar una nueva fábrica de automóviles. La ruina industrial volvería a ser, sobre el papel, industria.

Hay algo de bucle en esa operación, y también algo de vértigo. Un edificio que produjo miles de coches durante medio siglo acabó siendo el objeto más pesado del paisaje urbano: no un lugar de paso, sino una masa que hay que gestionar, vallar, vigilar y finalmente derribar.

El futuro que duró dos años

Hay ruinas que no son el residuo de un pasado glorioso, sino el resto de un futuro que se pensó mejor de lo que fue. Trotting Park, en Phoenix, Arizona, se inauguró en 1965 como pista de carreras de caballos en mitad del desierto, con una arquitectura que entonces debía de parecer increíblemente futurista. Duró poco: la ubicación remota y el calor hicieron el recinto poco práctico y cerró en menos de dos años. Permaneció abandonado durante décadas, hasta que en 2015 los propietarios intentaron venderlo sin encontrar comprador y acabaron demoliéndolo en 2017.

Nakamura llegó a tiempo. «Al caminar por allí, me sentí como si estuviera en una nave espacial», recuerda. La imagen tiene su lógica: un edificio concebido para un mañana que no llegó, solo en la arena, se parece bastante a un objeto varado de otro planeta.

El parque temático Taman Festival, en Bali, es el otro gran ejemplo de inversión descomunal convertida en escombro. Se construyó en los años noventa con una inversión de 100 millones de dólares y la promesa de cambiar el turismo de la isla: la piscina más grande del país, una montaña rusa enorme, un cine en 3D. Estuvo abierto al público muy poco tiempo y cerró en 2000, probablemente a causa de la crisis económica asiática. Asímismo, sobre sus restos han crecido leyendas urbanas de todo tipo, como la de los cocodrilos del parque abandonados a su suerte. Es hoy una meca para grafiteros y exploradores.

Ella lo describe como un lugar donde el ambiente de los videojuegos era fortísimo: los escenarios ligeramente artificiales del parque mezclados con la vegetación exuberante componían zonas de juego perfectas.

En Japón, esa misma lógica del paraíso artificial fracasado tiene nombre propio: Nara Dreamland, abierto en 1961 como respuesta japonesa a Disneyland, con castillo de cuento de hadas y una gran montaña rusa de madera.

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[PENDIENTE: completar la ficha de Nara Dreamland (fecha de cierre y estado actual del recinto) e identificar el duodécimo enclave del libro, que no figura en el material disponible]

Chatarra con forma de nave espacial

De todos los lugares del libro, el osario de aviones del Mojave es el preferido de la autora. «Este es mi lugar abandonado favorito y, aunque lo he visitado tres veces, siempre estoy pensando en hacer un viaje más», confiesa. Estar junto a esos aparatos destrozados se ha convertido para ella en una experiencia mística: los B-52 despanzurrados, el F-101 Voodoo, la chatarra militar dispuesta como un yacimiento arqueológico del siglo XX.

Al astillero Imari Kawanami, en Kyushu, llegó al principio de su carrera de exploradora. La fábrica fue primero una vidriería, después astillero y fábrica de municiones durante la Segunda Guerra Mundial, y cerró hacia 1950. Para ella es el colmo de la belleza decadente: «Lleno de luz, árboles y olor a aire fresco. Todos los objetos hechos por el hombre vuelven a la naturaleza». En las paredes siguen pintadas las instrucciones para los trabajadores, y esa escritura obrera, pensada para turnos que ya no existen, le produjo una de las impresiones más nítidas del libro: «Podía sentir a los hombres y mujeres que construyeron barcos en tiempos de guerra».

La frase tiene un fondo que trasciende la anécdota. En un edificio abandonado, la pintura de una pared se convierte en documento: no cuenta lo que ocurrió, sino cómo debía hacerse lo que ocurría. El orden de las tareas sobrevive al cierre de la fábrica, igual que sobreviven los vestuarios, los relojes de fichar y las señales de salida.

Cuando la hiedra se come el pueblo

Houtouwan, en la isla Shengshan, es un pueblo pesquero chino construido en los años cincuenta. La mayor parte de sus 2.000 habitantes se marchó en los noventa en busca de una vida mejor; quedaron un puñado de familias, de modo que el lugar no es exactamente un pueblo fantasma. La vegetación ha cubierto los edificios con tal densidad que parecen envueltos a propósito: «La hiedra ha cubierto tanto los edificios que parece que los hayan envuelto deliberadamente en vegetación», dice Nakamura. «Qué vista tan extraña e inusual». El pueblo se ha convertido en una atracción turística, en buena parte por esa masa verde que lo devora.

Kupari, en la costa croata, es el reverso. Aquí no fue un goteo de vecinos, sino una guerra. El complejo de hoteles, antaño animado y glamuroso, quedó en silencio cuando el conflicto desgarró Yugoslavia: «Cuando la guerra civil desgarró Yugoslavia en 1991, la policía croata tomó el control de esta zona, los buques de guerra sitiaron la bahía y este hermoso complejo turístico se convirtió en escombros en un abrir y cerrar de ojos». Desde la distancia, los edificios parecen cualquier otro resort mediterráneo; al acercarse, no hay turistas, solo el estruendo ocasional de los cascotes que caen.

Puestos en fila, Houtouwan y Kupari explican las dos velocidades del abandono. Hay lugares que se vacían gota a gota, en una emigración económica que dura veinte años y deja casas habitadas junto a casas tomadas por la hiedra; y hay lugares que se rompen de golpe, en una semana, y quedan congelados en la fecha exacta del estallido.

Hormigón con alma de catedral

Italia es célebre por sus edificios, pero pocos incluirían una fábrica abandonada en la lista de lugares que hay que ver. Para Nakamura, que visitó una antigua destilería en 2015 durante un viaje de exploración por el norte y el centro del país, fue una vista mágica. La Torre Oculus, como la llama el libro, es una planta industrial de hormigón en la que, sin embargo, alguien había pensado cada remate: «Es solo una planta industrial de hormigón, pero de alguna manera los arquitectos italianos habían incorporado algunos elementos de diseño increíbles que la hicieron genial». La torre y la inmensidad tipo catedral de sus interiores fueron lo que más la impresionó.

El otro extremo del repertorio es un auditorio de instituto en Nueva Jersey, fotografiado en 2018. Grafitis en las paredes, muebles destrozados, un desorden general que no impide adivinar lo que fue: un espacio enorme, concebido para acoger a cientos de adolescentes a la vez. «Incluso en el estado de deterioro en el que lo encontré, pensé que el auditorio seguía siendo absolutamente hermoso», cuenta. «Los rayos de luz que entraban a través de un techo de vidrieras hacían brillar los asientos de color azul».

La luz es, en la mayoría de estas fotografías, el material principal. Un tragaluz circular en Buffalo, una vidriera de colegio en Nueva Jersey, la claridad del astillero de Kyushu: el abandono no oscurece los edificios, los expone. Al desaparecer el mobiliario y la actividad, queda el volumen, y con él la manera en que la arquitectura estaba pensada para recibir el día.

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De la ruina al videojuego

Nakamura no es solo una visitante. Dirige un estudio de videojuegos y ha explicado hasta qué punto esos viajes alimentan su oficio: «La exploración urbana ha tenido un profundo impacto en mi trabajo como creadora de videojuegos». Los lugares abandonados, dice, aportan profundidad y riqueza genuinas a su diseño de niveles, a su arte ambiental y a su creación de mundos. Las historias que descubre, las atmósferas que experimenta, los olores y sonidos, y los personajes que conoce encuentran su camino hacia los juegos.

La correspondencia es casi literal. Un explorador urbano y un jugador hacen lo mismo: avanzan por un espacio cuyo sentido se ha perdido, lo leen por sus marcas —una puerta forzada, una pared pintada, un pasillo que promete salida— y reconstruyen mentalmente lo que allí sucedió. Taman Festival, con sus decorados a medio derretir bajo la jungla, es el ejemplo más claro de esa zona de juego que no fue diseñada para serlo.

Hay, además, una cuestión de método. Nakamura no fotografía el abandono como espectáculo: lo documenta. Anota fechas, busca archivos, pregunta por el uso original de cada estancia. El resultado se parece más a un inventario de pérdidas concretas que a una colección de estampas melancólicas.

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Queda el recuento: 928 butacas en Buffalo, 2.000 vecinos en Houtouwan, cien millones de dólares en Bali, un caza de los años cincuenta en el Mojave. Detrás de cada cifra hay una decisión —cerrar, marcharse, demoler, tapiar— y un intervalo de silencio que puede durar treinta años.

Lo que estas fotografías retratan no es el final de los edificios, sino el tiempo en que dejan de servir y todavía no han desaparecido. En el astillero de Imari, Nakamura encontró la fórmula: todos los objetos hechos por el hombre vuelven a la naturaleza. La hiedra asciende por las fachadas de Shengshan, la arena se acumula bajo el Voodoo, el hormigón de la Torre Oculus se abre en fisuras por las que entra la lluvia. Nada de eso es un funeral; es otra forma de seguir en pie.