‘Locuras Paralelas’ en el Pavón: una comedia atrapada entre el absurdo y las oportunidades perdidas

‘Locuras Paralelas’ convierte el Teatro Pavón en un escenario de universos cruzados donde el absurdo sirve para hablar de las decisiones que cambian nuestras vidas.

Hay obras que parten de una buena idea y otras que, además, consiguen convertir esa idea en una experiencia teatral memorable, y no es peloteo hacia los creadores. ‘Locuras Paralelas’, la comedia escrita por Gabriela García y Paco Mir que estos días se está representando en el Gran Teatro Pavón de Madrid, se queda a medio camino entre ambas posibilidades. La propuesta tiene ingredientes suficientes para provocar una función entretenida, pero también arrastra el problema de las historias que confían demasiado en el mecanismo que las pone en marcha y no tanto en los personajes que deberían sostenerlas.

La obra, dirigida por Paco Mir, se representa en Madrid hasta el 25 de octubre y cuenta con Dafne Fernández, Sergio Mur, Diana Palazón y Fernando Andina en el reparto. Su punto de partida es atractivo: dos parejas, dos realidades que deberían permanecer separadas y un apartamento imposible en el que las fronteras entre ambos mundos empiezan a desaparecer.

Gabriel y Luz se encuentran en un espacio que, sencillamente, no debería poder existir. La cocina pertenece a él y el baño a ella. La lógica cotidiana queda suspendida y el espectador entra en un territorio en el que lo absurdo se convierte en norma. Es una premisa con posibilidades para construir una comedia inteligente, romántica y hasta inquietante.

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El problema aparece cuando el juego empieza a repetirse y el mecanismo termina siendo más importante que aquello que sucede dentro de él.

Escena de la obra ‘Locuras paralelas’. Foto: Teatro Pavón
Escena de la obra ‘Locuras paralelas’. Foto: Teatro Pavón

Una locura con un mecanismo demasiado reconocible

‘Locuras Paralelas’ juega con los universos paralelos, las realidades alternativas y la posibilidad de que una decisión aparentemente insignificante pueda conducir nuestra vida hacia otro lugar. No es una idea nueva, ni en el cine ni en la literatura ni en el teatro, ni siquiera en nuestra vida cotidiana. Y ahí aparece uno de los principales obstáculos de la función: para que este tipo de argumento funcione necesita encontrar una mirada propia.

La obra tiene momentos en los que consigue hacerlo. La convivencia imposible de los personajes genera situaciones de desconcierto y permite que el público se pregunte qué reglas gobiernan realmente ese apartamento. También existe una voluntad evidente de combinar comedia psicológica y enredo sentimental, una mezcla que puede resultar eficaz cuando el humor nace de los conflictos humanos y no únicamente de las situaciones imposibles, pero que muchas veces nos consigue mezclar bien, pero no es el caso que nos atañe.

Pero el universo paralelo acaba pareciendo, en determinados momentos, un recurso demasiado conocido. El teatro madrileño ya ha explorado recientemente mecanismos similares, incluso en el propio Pavón con Goteras, mientras que otras obras como Constelaciones han trabajado desde perspectivas diferentes con las posibilidades dramáticas de realidades alternativas.

Y es precisamente ahí donde ‘Locuras Paralelas’ tiene que luchar contra sí misma. La idea promete más de lo que finalmente desarrolla.

El espectador entiende pronto cuál es el juego. Lo difícil es mantener la sorpresa cuando las reglas ya han quedado explicadas. La obra necesita entonces que los personajes sean suficientemente sólidos para que interese seguirlos aunque desaparezca el efecto de desconcierto inicial.

Cartel promocional de 'Locuras Paralelas', del 30 de septiembre al 25 de octubre en el Gran Teatro Pavón
Cartel promocional de 'Locuras Paralelas', del 30 de septiembre al 25 de octubre en el Gran Teatro Pavón

Cuando los personajes deberían estar a la altura de la idea

La principal debilidad de la función está precisamente en ese terreno. Los personajes no siempre tienen la profundidad necesaria para sostener una historia que pretende hablar de las decisiones, las relaciones y las vidas que podríamos haber vivido.

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Luz y Gabriel son los encargados de atravesar esa frontera entre lo posible y lo imposible. Su encuentro permite hablar de las parejas, del desgaste, de los deseos que permanecen escondidos y de esas pequeñas decisiones que terminan condicionando una existencia entera. Sin embargo, el texto no siempre exprime todas esas posibilidades.

La crítica especializada ha señalado precisamente que la dramaturgia no termina de explotar el procedimiento de los universos paralelos y que la construcción de los caracteres resulta insuficientemente sofisticada. Es una observación importante porque ahí se encuentra la diferencia entre una comedia simplemente ingeniosa y una obra capaz de dejar poso después de abandonar el teatro.

Paco Mir sabe perfectamente cómo manejar el ritmo de la comedia, y su experiencia resulta visible en la dirección. Hay oficio en la construcción de las situaciones, en la búsqueda del gag y en la utilización del espacio escénico. El reparto responde además a las exigencias de una función que necesita naturalidad para que lo extraordinario no termine resultando artificioso.

Pero la maquinaria funciona mejor cuando los personajes reaccionan ante lo imposible que cuando la obra intenta explicar demasiado aquello que está ocurriendo.

Ese desequilibrio provoca que algunos momentos tengan una mayor fuerza cómica que dramática. La risa aparece, pero no siempre viene acompañada de esa segunda capa que podría convertir el disparate en reflexión.

Escenas 'Locuras paralelas'. Foto: Teatro Pavón
Escenas 'Locuras paralelas'. Foto: Teatro Pavón

Una comedia para dejarse llevar, pero no para buscar respuestas

Y quizá ahí esté la manera más justa de acercarse a ‘Locuras Paralelas’. No tanto como una gran reflexión sobre los universos alternativos, sino como una comedia de situación que utiliza la fantasía para hablar de algo mucho más reconocible: la insatisfacción con la vida que tenemos y la curiosidad por imaginar la que podríamos haber tenido.

Porque la verdadera locura de la obra no está en que dos personas compartan un apartamento imposible. Está en la pregunta que permanece detrás del artificio: qué habría ocurrido si hubiéramos tomado otra decisión, si hubiéramos conocido antes a otra persona o si hubiéramos tenido el valor de cambiar aquello que nos hacía infelices. Ahí la función encuentra su territorio más interesante.

‘Locuras Paralelas’ no termina de convertir una buena premisa en una gran comedia, pero sí ofrece una propuesta entretenida, con un reparto solvente y una puesta en escena diseñada para que el público entre en el juego. El espectador que busque una reflexión profunda sobre las posibilidades infinitas de la existencia puede salir con cierta sensación de oportunidad perdida. Quien acuda dispuesto a dejarse llevar por el absurdo encontrará, en cambio, suficientes situaciones para pasar un buen rato.

Hasta el 25 de octubre, el Pavón se convierte así en ese apartamento imposible donde la realidad tiene dos versiones y ninguna parece completamente satisfactoria. Y quizá esa sea la paradoja más interesante de una obra que habla de locuras paralelas: al final, la mayor locura sigue siendo intentar encontrar una vida perfecta cuando todas las vidas posibles tienen sus propias grietas, si tienen oportunidad disfruten del obra, visiten el Pavón.

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