Las producciones de Ryan Murphy suelen llegar acompañadas de unas expectativas concretas. El creador, productor y director ha construido una identidad reconocible a lo largo de sus trabajos, incluso cuando no ocupa personalmente todas esas funciones. Sin embargo, esa fórmula no garantiza que cada proyecto tenga el mismo resultado. Monstruo: La historia de Lizzie Borden, disponible en Netflix, se presenta como una nueva entrega de una franquicia que ya ha abordado casos como los de Jeffrey Dahmer, los hermanos Menéndez y Ed Gein, pero la recepción crítica incluida en el análisis de esta serie considera que esta historia se queda lejos de aquellas propuestas.
La miniserie cuenta con Ian Brennan como guionista y Max Winkler como director, mientras Murphy forma parte del proyecto. Son ocho episodios construidos alrededor de uno de los casos criminales más conocidos de Estados Unidos. El problema, según la valoración analizada, no está en la falta de elementos para construir una historia, sino en la forma en que estos se utilizan. El caso de Lizzie Borden tenía suficientes interrogantes, rumores y posibilidades como para desarrollar un true crime centrado en la incertidumbre, pero la serie opta por llevar varios de esos elementos hacia una representación mucho más extrema.
'La historia de Lizzie Borden' parte de un crimen que todavía genera preguntas

La historia de Lizzie Borden se remonta a 1892, cuando Lizzie fue acusada de acabar con la vida de su padre, Andrew Borden, y de su madrastra, Abby Borden, en Fall River. Ambos fueron asesinados con numerosos golpes de hacha y el caso quedó rodeado de interrogantes desde el principio.
En el momento de los hechos existían varios elementos que alimentaban las dudas. En la vivienda se encontraba un familiar de visita y, pese a la gravedad del crimen, nadie escuchó lo sucedido hasta que Lizzie encontró el cuerpo de su padre. Finalmente, la justicia la declaró no culpable. A pesar de ese resultado, su nombre quedó asociado en el imaginario popular a la figura de una mujer vinculada a un crimen especialmente brutal, hasta el punto de convertirse en protagonista de una conocida rima infantil.
Precisamente esa combinación de hechos conocidos y preguntas sin resolver ofrecía a 'La historia de Lizzie Borden' distintas posibilidades narrativas. El caso tenía zonas desconocidas sobre la vida dentro de la vivienda de los Borden y varias hipótesis que podían utilizarse para construir la trama.
Entre ellas aparece la posibilidad de que el responsable hubiera sido el hermano de la fallecida Abby. También circuló la hipótesis de que Lizzie hubiera sufrido abusos sexuales por parte de su padre. Otra teoría planteaba una relación secreta entre Lizzie y Sullivan, la criada de la familia, y que ambas hubieran decidido acabar con los Borden después de que se descubriera una práctica considerada inmoral en aquella época. Ninguna de estas posibilidades queda presentada como un hecho confirmado, y precisamente esa falta de certezas constituía uno de los principales elementos del caso.
'La historia de Lizzie Borden' modifica el caso para llevarlo al extremo
'La historia de Lizzie Borden' se encuentra ante el mismo dilema habitual de muchas producciones de true crime: hasta dónde puede modificar una historia real para conseguir una mayor intensidad dramática. La valoración de la serie considera que la ficción utiliza esa libertad de manera excesiva y termina alejándose de los elementos documentados del caso.
El análisis sostiene que la producción deja de lado buena parte de la documentación disponible alrededor de Lizzie Borden y tampoco desarrolla una de las cuestiones que podrían haber resultado más interesantes: la posibilidad de analizar el crimen desde la perspectiva de una mujer aparentemente integrada en la sociedad de su época y su relación con la comunidad que la rodeaba.
En lugar de profundizar en ese contraste, la serie construye una versión mucho más sórdida de los acontecimientos. La leyenda que rodea a Lizzie sirve como punto de partida para introducir situaciones y personajes llevados al límite, mientras la historia real queda en segundo plano.
Andrew Borden es presentado mediante elementos especialmente macabros. El personaje, que había construido su fortuna fabricando ataúdes, aparece cortando piernas de cadáveres para poder introducir cuerpos de mayor tamaño en ellos. La interpretación de Charlie Hunnam también recibe críticas en el análisis, que considera que el actor parece más un hombre vestido con ropa de época que alguien plenamente integrado en ese contexto.
'La historia de Lizzie Borden' convierte a sus personajes en caricaturas

Otro de los aspectos cuestionados es la manera en la que se construyen los personajes femeninos. Sullivan, la criada, pasa rápidamente de ocupar una posición dentro de la casa a protagonizar situaciones relacionadas con la seducción, los consoladores victorianos, lecturas macabras y la posibilidad de participar en un asesinato.
La relación entre Sullivan y Lizzie constituye uno de los elementos más controvertidos de La historia de Lizzie Borden. La serie utiliza una de las hipótesis relacionadas con el caso para desarrollar una relación que, según la crítica analizada, termina funcionando como una fantasía macabra más que como una aproximación verosímil a los acontecimientos.
La madrastra de Lizzie tampoco escapa a este tratamiento. La producción la presenta como una figura especialmente cruel, hasta convertir sus intervenciones en escenas deliberadamente exageradas. Rebecca Hall interpreta a este personaje dentro de una construcción que, según la valoración de la serie, lleva sus diálogos hacia un extremo difícil de encajar con la ambientación histórica.
La crítica también cuestiona que los personajes parezcan prácticamente aislados de la sociedad que los rodea. El pueblo y la comunidad de Fall River apenas adquieren el peso que podrían tener en una historia sobre un crimen que generó tanta atención. La casa termina convirtiéndose en el centro casi exclusivo de la narración.
Pierde el contexto del caso real
El contexto histórico es otro de los puntos que aparecen en el análisis. La historia de Lizzie Borden podría haber utilizado las circunstancias sociales de finales del siglo XIX para explicar mejor las relaciones entre los personajes y las diferentes hipótesis surgidas alrededor de los asesinatos. Sin embargo, la serie opta por concentrarse en una realidad mucho más cerrada y extrema. Los diálogos buscan provocar impacto y los acontecimientos se presentan desde una perspectiva que, según la crítica, prioriza el escándalo sobre la verosimilitud.
Esa decisión también afecta al tratamiento de Lizzie. En determinados momentos, la producción intenta presentarla como una víctima del sistema patriarcal y en otros como una figura femenina controvertida que desafía las normas de su tiempo. El problema señalado es que ninguno de esos enfoques termina desarrollándose con suficiente consistencia.
La relación con Sullivan tampoco consigue resolver esa cuestión. En lugar de utilizar la hipótesis como una posibilidad dentro de un misterio criminal, la serie la convierte en uno de sus principales recursos dramáticos. El resultado, según el análisis, es una versión mucho más retorcida de un caso que ya contaba con suficientes interrogantes reales.



