La ansiedad por la vuelta al trabajo tiene explicación: unas vacaciones largas o sin rutina pueden dejar de ser reparadoras, según la psicóloga María Bernardo.
Vamos por partes, porque el titular fácil sería decir que volver a la oficina es un horror y quedarse ahí. No es eso. Lo que plantea Bernardo, miembro de Top Doctors Group, va casi en la dirección contraria: hay gente a la que las vacaciones le sientan mal. Sin horarios, sin límites, con esa sensación de descansar mientras ves pasar el tiempo. A muchas personas el parón les resulta cuesta arriba, y eso, sostiene, es absolutamente normal.
Por qué el descanso sin estructura acaba pasando factura
El trabajo funciona como un andamio invisible. Marca a qué hora te levantas, con quién hablas, qué se espera de ti en cada franja del día. Cuando ese andamio desaparece de golpe durante semanas, mucha gente se queda sin referencias. No es debilidad de carácter: es cómo funciona la cabeza.
Ahí está el detalle que cambia todo. Unas vacaciones dejan de reparar si se estiran sin plan ni rutina, y entonces el regreso no es un aterrizaje suave: es un choque frontal contra el primer lunes. Lo que describe la psicóloga es un malestar que se dispara al reincorporarse, no una pereza cualquiera.
Hay otro malentendido que desmonta. Echar de menos el trabajo durante las vacaciones no convierte a nadie en adicto. Se puede añorar el orden, a los compañeros o la sensación de ser útil sin que eso signifique que tu vida laboral te tenga secuestrado.
Añorar la rutina no es lo mismo que amar el trabajo: a veces lo que falta no es la tarea, sino saber que ocupas un sitio.
Ojo, y aquí conviene afinar. Una cosa es echar de menos la estructura y otra no saber qué hacer contigo mismo cuando no estás produciendo. Lo primero entra dentro de lo humano. Lo segundo merece una mirada más larga.
A quién le pega más la vuelta y qué hacer los primeros días
Ni la psicóloga ni la entrevista manejan porcentajes, así que aquí no vas a encontrar la cifra exacta de cuánta gente pasa por esto. Desconfía de los números redondos que aparecen cada septiembre. El patrón que sí se repite tiene que ver con la estabilidad: quien vuelve a un puesto fijo aterriza distinto que quien vuelve sin saber si le renuevan el contrato.

Y si tu vuelta es a un contrato que se renueva al día, un turno que cambia sin avisar o una nómina de octubre que sigue siendo una incógnita, la cuesta es más empinada. Eso no es bajón postvacacional: eso es precariedad con nombre y apellidos. La incertidumbre laboral pesa más que cualquier lunes.
Para los primeros días, lo que encaja con el planteamiento de recuperar rutina es sencillo y nada heroico: volver un par de días antes a a los horarios de sueño, no meter todo el trabajo atrasado en la primera mañana y dejar algo que te apetezca en la primera semana fuera del trabajo. Dosificar, no aguantar.
Un aviso, este ya de la redacción: si el malestar no afloja, el problema no son las vacaciones. Cuando el cuerpo se queda en alerta sin fecha de caducidad, lo que toca mirar no es el calendario, sino el puesto de trabajo o la salud mental.
Septiembre repite cada año, pero no todo es el bajón postvacacional
La conversación vuelve cada septiembre con la puntualidad de la cuesta de enero, aunque con otra raíz. En enero el golpe es económico; en septiembre, de agenda. Se acaban los planes, se reabren los colegios y todo se reordena a la vez. El llamado síndrome postvacacional (ese bajón físico y emocional de los primeros días tras el descanso) circula desde hace años como etiqueta popular, más como descripción de un malestar pasajero que como categoría clínica cerrada.
Y ahí está el riesgo de la etiqueta. Llamar 'postvacacional' a un problema estructural lo convierte en algo tuyo. Si el malestar viene de horarios imposibles, de un jefe que no respeta el derecho a la desconexión (no responder mensajes del trabajo fuera de horario) o de un contrato que no llega a fin de mes, no se arregla con una rutina de sueño ni con un curso de gestión emocional. Se arregla cambiando condiciones, o al menos nombrándolas como lo que son.
La recomendación práctica para las próximas semanas es simple: fíjate en si el malestar se va difuminando o se queda fijo, y observa si lo que te pesa es la vuelta en sí o lo que te espera dentro. Esa diferencia decide si tienes delante un lunes complicado o algo que merece otra conversación.
En resumen (para tu bolsillo y tu salud mental)
- 🧠 ¿Qué dice la psicóloga? Que unas vacaciones largas y sin rutina pueden dejar de ser reparadoras y hacer más duro el regreso al trabajo.
- 👥 ¿A quién afecta exactamente? A cualquiera, aunque pesa más cuando la vuelta llega con contrato precario, turnos cambiantes o sueldo incierto.
- ✅ ¿Qué puedes hacer al respecto? Recuperar los horarios de sueño unos días antes, no acumular todo el trabajo atrasado y vigilar si el malestar no afloja.



